Tag: ADN

16
Ago

Un libro a medias, nadie mejor para una canción lenta

En la película Toro Salvaje, creo que decían: “una mujer en el lugar apropiado, en un momento apropiado, en las circunstancias apropiadas puede hacer lo que sea”. Eso también influye, porque soy un hombre. El título, que me costó dar con él: Nadie mejor para una canción lenta hasta he pensado usarlo para el siguiente libro y no me parece justo; la ceniza sagrada de otros cuerpos acumulada en la voz de viejos cantos no tendría que dar ramas verdes. Es la cara amarga de la soledad, donde sobran las manecillas del reloj y faltan otras maneras de estar solo, acabándose ahí el silencio. Dulce piel que no prolonga afanes.

Siempre lo he visto así, lo que se empieza se termina. Pero no. La firme aceptación de estar conforme con lo que se está escribiendo genera duda. Conforme me pongo con el libro en curso, mi gesto, mi tiempo, me hace patinar. El actual no es como otros, no sale con esa costumbre de andar sobreseguro, me veo más como un manojo de huesos y de palabras; ni prolongo afanes ni adivino astros.

Todo es una espesa corteza, hasta ha habido días que he tenido que evitar para no escribir malhumorado, porque todo influye. Cuando el entorno no es el adecuado, y los trabajos (funcionariales en mi caso) se convierten en patéticos y odiosos, eso de resguardarse en la escritura como tal paz dorada, seguridad, pan y mejor metal, es un andar cuestionable.

Dudo si seguir y darle un mejor desarrollo y fin, correlacionando lo que ya llevo hecho, que es bastante; o bien dejarlo estar. Me daría igual deshacerme del mismo, como ya hice una vez (hecha la excepción todo vale dicen algunos), o apartarlo al sueño de los justos, dejándolo inacabado en una caja sin nombre. Más el futuro de lo que hay no es la duda, sino habitar esa tierra de culpas, porque este libro iba a ser un pequeño y sucio secreto con deterioros de ADN. Versaba sobre un pueblo de china, junto a la Gran Muralla. Se trataba de poner en duda la verdad absoluta y eterna que existe sobre la misma. Y, sin embargo, como que necesito lo menos cien letras para vehicular lo que antes salía en una, por días inerte, cabizbajo, sumido en la incoherencia de la empresa para la que trabajo (la que ni escucha el terco movimiento de los corazones insomnes).

En fin, la realidad tiene la última palabra para validar o refutar. No todo vale. Negar un libro lo mismo es trucar las leyes de la naturaleza. Si no es lo suficientemente bueno, como me parece a mí -por lo sentido hasta la fecha- lo mismo debo simplemente seguir por eso del método y lenguaje, aunque esté disconforme. Dejarlo todo en presencias que nunca se acabaron ni se fueron podría pasarme factura, ¿y si me acostumbro y sucediera con otro más, y más? Creo que tocará habitar la tierra de culpa, ¿no sé si entregarme sin tristeza a ese rumor amargo?

 

 

17
Mar

Ser escritor y con quién nos cruzamos

Me da los buenos días, cuando nos cruzamos. Y yo a ella. Siempre en días de diario. Temprano. Ella ya dispuesta, yo a ello. Va con la escoba, y el carro. Brilla su uniforme, y ella. Y no, no es un maniquí apostado; además, como persona tiene sus secretos.

Sé que tiene dos hijas, fuimos a la misma universidad, ya creciditos. Compartimos apuntes, creo, la barrendera y yo, como tantos otros. Antes no sabía mirar, ya sí. Por eso sé que es ella, aunque los primeros días costaba saludarse, una de esas ingenuidades de los mayores. No sabía si la ofendería al saludarla, no quería rebajarla. Tiene tantas carreras universitarias y más títulos que yo, seguro, y aunque no lo fuera.

Pero ya no callamos, si es que lo hicimos alguna vez. De hecho, cuando no está la echo en falta. No solo porque tiene sus calles impolutas tras su paso. Tampoco callo con la otra uniformada, que también tiene una hija, y se notan sus ausencias. Con esta también medí los saludos, aquí más bien por timidez, un respeto raro de quienes tenemos prudencia en los cumplimientos; esas vergüenzas que con las generaciones se pierden. Pero me conocen, saben mi nombre, donde trabajo y por donde vivo en los unísonos; a mí, que soy de los de fijarse y observar, con tantas personas con las que me cruzo, últimamente me falta tiempo o sobran nombres cualesquiera, pero lo intento, se lo debo. Formar parte de las mismas, son parte de los trabajos y los días, también, en nada mediocres.

Y sí, son diana de mucha gente porque su trabajo conlleva exposición y cautelas varias, aunque por ingrato sea sumamente necesario.  Sin ser supremacista, sino todo lo contrario, ¿qué empresa o país funcionaría sin esas personas de los servicios básicos? Y no, no son los servicios que aparecen en todos los titulares, no hablo de educación, sanidad, cultura; hablo de limpieza, por ejemplo: de viales e interiores.

¿Cómo sería un día perfecto para ellas?, ¿de cualquier persona en el mundo, a quién invitarían a cenar? Muchas de ellas sirven en ministerios, en empresas cotizadas en bolsa, en empresas de suministros (agua, electricidad). ¿Cuál es el mayor logro de sus vidas? ¿Qué es por lo que se sienten más agradecidas en sus respectivas vidas?… apelar a eso entierra las tres frases sobre nosotros que nos hacen extraños y embarazosos, cumpliendo: Buenos días; Hasta luego; Feliz Navidad.

Quizás, deberíamos tomarnos cuatro minutos; además, ven los fallos donde no los hay, y no se les deja razonar… Está claro que esas número dos pudieran protagonizar muchos libros, conocen el terreno donde pisamos, santos, señas, duelos y quebrantos… y matarían por sus hijas. De hecho, si las tuviera, sé que a ellas se las podría confiar, pero al resto… el corazón tan blanco.

Tanto ADN en los trabajos nos está haciendo el mundo esférico. Si las viéramos asomadas a una ventana nos cabrearíamos… pero, quien no sueña está condenado a ser un esclavo, dicen.

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