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2
Ene

Acabarán bailando

Cynthia se parecía a su madre. No había representado aún a la diosa de la luna Artemisa, y posiblemente jamás lo haría, pero su padre, Lowell C. Denson, el señor Denson, disfrutaba viéndola presumir. No obstante, su reina virgen se le ennoblecía tanto que colmarla de elogios no era lo más recomendable.

Trabajar para la gran apuesta del lujo y ostentar tanto poder le hacía adentrarse en un universo que la agigantaba y empequeñecía. De la mano de su presidente de marcas la colaba en desfiles, reuniones y fiestas, para finalmente terminar espiándola: descubriendo otra manera de hacer moda. Y de competir en la élite del sector de padres de familia.

Recientemente galardonado adujo no saber lo que era una mujer. Lo hizo el mismo día que su hijita apareció con espíritu punk, demasiado aplicada. Le salió fácil, de manera instantánea en el huracán de la polémica. Ella destrozó clichés, y él, acentuó su discurso -claro y directo- con su original forma de dirigir, cosechando tantos seguidores como detractores. Junto al atril, viéndole en primera fila, ocho mil ciento ochenta y seis personas podían haberles acompañado que solo la tuvo a ella y a su madre en su feliz apocalipsis. En el centro del mundo solo estuvieron los tres.

Probablemente, los accionistas se asomaron a un futuro incierto, superados por la transformación social de la industrialización. Muchos pensaron del mismo que se quedaría obsoleto en pocos años: sin ideas. De los que siempre resistían, la mayoría se encontraban en franca decadencia. Y sus amistades poco menos que fueron sombras urbanas, estando ahí, sobre la jungla del asfalto donde se celebró el evento.

Cualquier viandante, con entrada eso sí, pudo haberse parado a mirar y fundirlas con los reflejos humanos a modo de divertimento callejero. Lo dejó mudo su hija en los rincones de esa gran ciudad que albergó no solo juegos de luces inesperadas.

Toda una historia en imágenes que les invitó a reírse de sus propias sombras. Se rieron de quien descubrió otra forma de hacer moda y de quien competía en la élite del sector y por ser padre. Madison Avenue, en la mismísima Nueva York, a las nueve de la noche, con bandejas de hamburguesas servidas por azafatas con vestidos de lunares y cócteles más allá de su querencia por ser descubiertas por un cazatalentos vislumbraba una rara familiaridad.

Comer patatas fritas, y con las propias manos de haber saludado, delante de todo ese elenco por el que el señor Denson estuvo trabajando el último año y medio le hizo parecerse a su madre de muy mal modo. No la regañó en la lujosa fiesta, donde acabó regada por champán entre rumores maliciosos. Según avanzó la noche se fue librando, también porque la música no estaba lo suficientemente alta, amén del nutrido grupo de seguidores. El modelo imperante fue erigirse en el grupo de mayor lujo, el más grande, y competir agresivamente de tú a tú. Se había ocupado de invitar a todos los conglomerados, hasta las poderosas divisiones de fragancias, que siempre destacaban por entre los cotizadísimos catálogos de moda. Iconos y mucho músculo empresarial. Un buen trabajo de su responsable de marcas, mercados y operaciones. Alguien satisfecho de haber nacido, alguien que no soportaba a los camareros por el lado humano que profesaban. “Negocios son negocios” era su religión. Una de las cosas de las que más orgulloso estaba. Buena parte de la construcción, visión de futuro y engranaje estratégico fue suya; medio abogado, medio economista. Le encantaba dibujar sus victorias, iba levantando hoteles y restaurantes de tres tenedores con cada colección que lograban.

Nacido en un poblado ferroviario, el tren ya no paraba para él ni para nadie. Cerraba los ojos al verlos tanto o más que la niña del magnate Denson cuando lo atisbaba cortado por el mismo patrón que su madre.

¡No te soporto! ¡Eres peor que ella! -le decía.

Con ese nivel de estudios, para alguien tan exigente y perfeccionista como su progenitor a poco más que chef llegaría la joven y, sin embargo, de los campus universitarios más prestigiosos guardaba alguna que otra recomendación la nena.

-Sé cuándo la voy a liar y lo hago porque me apetece -sabía valorarse.

Pero él, ya fuera en el backstage o en su propio domicilio, seguía viviendo en el pasado, por mucho que la quisiera.

-El lado humano es muy importante. Estamos orgullosos de no ser divos.

-¡Papá tú no me entiendes! -casi que le escupía la rebelde.

Hace años se focalizaron en conseguir un objetivo. No era la cuota de mercado de las fragancias, que ya lo habían logrado. Era pertenecerse. Tener mucha paciencia. Demostrarse, que así podían estar el uno con el otro.

El concepto de firma siempre había estado por encima de todo. Esa era la visión del presidente ejecutivo, consejero delegado e ideólogo, también nieto del cofundador (una vieja máquina con dos decenas de vagones enganchados según el brazo derecho del señor Denson, que lo odiaba, y eso que llevaba muerto sus muchos años). En la nueva era padre-hija pretendían coherencia, consistencia, la compañía de hacer y observar, tener sus planes de futuro. En fin, desarrollos en absoluto banales, pero demasiado suculentos para donde faltaba arbitrio.

El pasado octubre, un conocido amigo belga de la familia, limpio de polvo y paja, como si tuviera cuatro manos los bendijo y se despidió, una vez terminado el show que le montaron:

-Sois oro en términos de marketing. ¡Y una puta mierda de familia! Nos os queréis. ¡No cotizáis en bolsa!, reconocedlo. ¿Por qué buscáis beneficios inmediatos? ¡Lanzaros más cosas joder!

Todo ello en francés, donde ninguna libertad era libre de por sí.

-Vivimos en una guerra de poder -admitió el padre.

-¡A ver quién produce más! -le siguió picajosa la hija, empecinada en acabar con la industria de su tutor legal.

Tutor era una metáfora, porque cuando se concentraba en su ejercicio profesional no miraba el reloj ni una sola vez. Solo tenía ojos para los números, las firmas, los diseñadores y los escaparates. O al menos en apariencia. Aquel día, en la primera fila también hubo otras. La última una modista que vestía, que era todo lo contrario que su hija: hacía poco, bueno y bien. No era un torbellino, salvo cuando tenía que serlo. Como si le estuviera hecha a medida, la experta en alta costura aceptaba decisiones en principio descabelladas. Sí, atravesaban un momento dulce. Pero no siempre había sido así. Hacia el dos mil trece no tardó en sobresalir su affaire, en la competitiva Semana de la Moda de París.

-Es tu mejor trabajo hasta la fecha -le reprochó su propia esposa. Se lo dijo en el fitting, en el momento justo de probarles y ajustarles las prendas a las modelos el día de antes del desfile.

Y se respiraron nervios y expectación.

No tantos como en el ensayo previo al último estreno teatral de su esposa, solo que la incomodidad añadida por tener a toda la prensa les obligó a poner un montón de dinero encima de la mesa.

Por sorpresa, al día siguiente, en el mismísimo París repitieron su primera colección. Nadie, nunca, jamás lo había hecho. Y crearon tendencia. Fue monocolor, sin estampados, solo que las telas habían evolucionado con los años sin ni tocarlas, dejando a las modelos que exploraran nuevos territorios.

Es la última oportunidad para corregir errores -resolvió la madre, y esposa, con todas quietas. Había muchas más de las que se pensaba.

De manera instantánea se venció por la polémica el potro salvaje. Se bajó de los escenarios y por sus declaraciones, poco más hizo hasta morirse, callada.

El sepelio fue como entrar en una casa incendiada; salieron todos quemados. Insinuaciones, lecturas fáciles y muchos esfuerzos en negarlo. Hasta el grito de una juventud enrabietada que a poco se prostituyó, aunque solo fuera con el lenguaje, desmadrado y excesivo.

Días después la entrevistaron. Pusieron una llanura roja y verde de fondo. Cynthia, la hija y nombre de una de las fragancias más evolucionadas, presumió de madre en un edificio solitario, justo en el tejado, con profunda calma, casi hasta el desasosiego. No se apartó de la misma ni un instante el gerente de medios, que ni se apoyó en la varadilla por miedo al óxido.

Las acciones subieron un treinta y seis por ciento. Su foto apareció en todas las marquesinas: había triunfado sin quererlo, Cynthia, siempre Cynthia, con un reloj señalando impasible la hora en la que su madre se desplomó.

Nueva York era eso: una ciudad fantasma, de reversos y calidad diferenciada. El gorgojeo de los pájaros se oía porque lo imitaban los altavoces repartidos por la ciudad, todas en hilera. Un haz de vías que llegaba hasta las casas bajas.

El padre había influido notablemente en la decisión de venderla. Por entonces era una niña pequeñita, con mucha vida. El caso es que la trató como a una entidad creada para satisfacerle, como casi todas, y también gestionó todo su patrimonio.

-No tienes agua potable, no tienes dinero para desplazarte ni irte de fiestas. No tienes una veintena de hogares.

Protestó ella.

Y él se remontó a todo, absolutamente todo desde que nació. Ni línea telefónica. Fueron los tiempos de la modernización, del creer que todo había sido innecesario. Apostó… y se exacerbó. Pocos años más tarde, ni tres, llevaban como que tres lustros peleándose y abandonándose. Un declive que atropellaba a quien se pudiera entrometer. Él, de profesión nómada; y ella, de la escuela al médico, a la iglesia, de bares, de cines… Como el medio centenar de mujeres que le pretendían, a él y a su revolución industrial.

Cierto es, que, en medio de una paz monacal, muy cerca de todos los límites la espiaba como la niña que era: la suya.

“Antes estábamos acostumbrados al ruido y no nos molestábamos. Ahora ya me hecho al silencio” pensó, propietario de ese edificio de viviendas, el resto, forasteros, atraído por la más abundante belleza deshabitada: se vistió de ella, con su mismo celo… poco a poco, protectora y autoritaria… para ir cobrando forma.

Hubo también quien haría comercio con ello por iniciativa privada, que el padre y magnate no era el único que no residía en chabola alguna. Sus propios empleados podrían ejercer de carniceros, pero ninguno sabía el verdadero valor de esas tiras que se colocaba cuales cintas de baile la damisela, sin ni fuerzas para levantarse ni andar, mucho menos intentar bailar.

“No se trata de obsesionarse con lo que fue” creyó escuchar también a su especialista, “sino en pensar todo lo que podría ser”. Todo, con las aceras desérticas en esa gran urbe, aunque fuera un hervidero esa sala de despiece de Nueva York y sus sanguinarios piratas, nacidos muchos en un monte, como el señor Denson, cuyo lema y mejor herramienta era: creernos lo que tenemos y saber vender lo que hacemos; ningún mercado tiene techo si la calidad es patente.

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