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3
Feb

La familia feliz

Aquella mañana hacía fresco y el sol no calentaba, si bien, se afanaron a su viaje desde que abrieron los ojos tal que respirar el aire puro les fuese una necesidad. Trabajadores, cumplidores, limpios y discretos.

La sensación de calma se hizo esperar, pues al poco de ponerse en marcha creyeron que ya nunca podrían sentir nada parecido a la felicidad.

Regresar de inmediato no estaba en los planes, pero resultó obligado. La voz cristalina emanaba tal seguridad que impresionaba. Abuelo y nieto eran insuperables, y ni el uno ni el otro estaban bien.

El padre los trasladó a la enfermería más próxima al tiempo que la madre intentó adivinar qué había sucedido. Una madre embarazadísima y con angustia que bastante había hecho ya. Sobrevivir se había convertido en su principal empeño.

Todos tenían razones para hacer lo que hacían. Los unos viajar, los otros no querer hacerlo. La madre no dejaba de hacer carantoñas a la hijita cada vez que entraba y salía de la estancia, la cual estaba en su derecho de reclamar a su propio padre, gritando cada vez con más ahínco, nerviosa perdida. Varios cuadros se habían descolgado de la pared (teniéndole a uno mucho aprecio, retrato de su tía abuela) entre carreras, condenas y desganas.

El perro también aguardaba y tenía una notable irritación. Prefería no ladrar y quedarse con la dueña como si pudiera hablar a golpe de estómago y sorpresa. La gata y su feroz mirada feminista hacía lo imposible para seguir siendo ella. El canario había volado.

-Sí, no ha habido otro hombre como nuestro padre -atendió por teléfono a su hermana, que en parte se enteró de lo sucedido, amable y sin pavonearse o ponerse trágica, esperándose lo peor.

Eran más de las nueve y muchos ya iban tarde a trabajar. ¡Cuánto dolor en los cuerpos y en las almas de los que habían trasnochado de más! Atenazados en la garganta hasta hacer llorar de desesperación a sus queridas.

Los periódicos habían tomado buena nota. Demasiados sucesos y muy concentrados, sabían ya los editores con reservas y satisfacción. Pero era ley, dado que la realidad y los ideales no perdonaban, estando algunas en bata de seda mirando por la ventana fumándose un cigarrillo, esperando que el timbre les sobresaltase con las cartas para volver a subirse a la habitación.

No obstante, la inquietud se antojaba como vida en ese paraíso. Confundir un lunes con un sábado fue el pecado, y que el crío se diera cuenta y nadie más, hasta que abrió la boca, casi que les quita la vida. Y casualidad que el abuelo no se tomase las pastillas, refugiado en volver al pueblo para quedarse para siempre, cosa que barajó con sufrimiento, piedad y compasión, de riguroso negro.

-¡Tú no matarás hijo! ¡Tú no matarás! Yo sí -pensaba para sí la madre sobresaltada, esperando su vuelta yendo del lavabo al excusado sin apoyarse en ninguno.

Y el padre, un hombre dedicado al comercio textil, que vivía con discreción, no sabiendo dónde meterse. Solo el mero hecho de volver a casa le producía nauseas. Quizás optaría por la gentileza de una de esas de nombres prestados al notar una punzada en el pecho y tener ganas de llorar y lo que no era llorar, necesitando un gesto deferente que no miedo ni asco, o imponer disciplina.

-Ninguna chica decente habría bebido como ella, y mucho menos coquetear con todos -se calló la hermanísima (la niña de pueblo que decidió ir contra corriente), solo que ese padre la oyó como si la estuviera viendo, sin saber qué más podía decir y mucho menos hacer. Criticona, además de dominar el francés.

Pero era el padre de su otra hija, y también merecía una explicación.

En los planes de la educación infantil se decía que se priorizaba el fomento de la autoestima, la igualdad y la diversidad. 

Suerte que el abuelo se murió, aunque tardó en hacerse oficial. El turno de su amigo el médico terminó hacia las ocho de la mañana y a esa hora regresaba a su casa caminando, luego se pudieron cruzar, uno y otro, a pesar de que no hacía calor. Unos meses atrás no sabían el uno de la existencia del otro. Gentes capaces de resistir esas corrientes de resistencias agazapadas, y ello tenía un efecto benéfico en sus ánimos deprimidos.

La gata Catalina en ningún caso podía ni quería asumir responsabilidad alguna.

 

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