Tag: Negrata

9
Ene

Cuando la nieve

Su cumpleaños era el día más difícil del año. Su padre fingía dejarla hacer. Cynthia no perdía el tiempo en ello ni en su onomástica. Le dio vacaciones al guardaespaldas y a su institutriz, que ese día sí la obedeció a ella y no a su padre, en ese país tan ejemplar de Norteamérica, teóricamente.

Fue despertar y mirar su bandeja de entrada del correo electrónico, desde la misma cama (algo prohibido cualquier otro día) y seguir echada un poquito más en el colchón, sin apenas moverse. La noche había sido mala. Se acordó de su madre y de esas cosas que no había hecho en la vida. Por joven, ya tenía una buena lista de asuntos pendientes. Su padre no le fue más que uno entre un millón. Ni durmió en casa.

No obstante, ponía normas como la de evitar a toda costa los plásticos, o tener siempre la temperatura a veinte grados centígrados, ni uno más ni uno menos, entre una infinidad de obediencias y contaminaciones varias. En fin de año tampoco durmió en su domicilio. Ni se hablaron por teléfono deseándose los mejores propósitos o haciendo las paces. La niña sí se tomó un licor, aunque se quemó la garganta; él no, ya tenía lo suyo. El presidente ejecutivo, y padre, no bebía alcohol. Ese le regaló un perfume, como siempre. Una esencia única, de esas que no salían al mercado. La misma que el día de fin de curso, el día de Acción de Gracias y los otros tantos cumpleaños de la prometedora joven que le importaba un comino la gobernabilidad de la empresa de su padre.

-Son edificios antiguos, en los que se ha hecho el mantenimiento que se ha podido -expresó ante la pregunta de un periodista, pasando de los valores de mercado, los muchos empleados y las arengas de su padre -mirando al local que en esa ocasión inauguraban con toda la pompa de costumbre.

Aquella vez no hubo gritos ni pataleos. La silueta violeta de vestido que llevó puesta fue un berrinche más. Podía ser tan evocadora bien vestida que se empecinaba en ir a lo loco, de ningún modo apropiada para un baile, una rifa o una misa, menos aún para que la vieran junto a su padre y su insigne firma. Los organizados y sindicatos, también eran reivindicativos. Uno de los suyos, pura y simplemente, la disculpaban; obviamente con compromiso y talento. Su padre no contrataba a cualquiera. Neutralizar a la niña ya era más complicado. Un eco de opiniones, le indicaban que la internase y la denigrase a la no existencia durante unos años, dado que no influía bien en su trayectoria laboral y no espabilaba. Aceptar ese discurso le costaba al señor y padre Lowell C. Denson.

Veinticuatro horas al día, siete días a la semana nadie podía con ella. La institutriz, no la actual, sino la primera, quiso hacerla entrar en razón y salió despavorida. La segunda se ocupó de problemas reales y también se despidió. Dos días estuvo sin nadie que la vigilase de ese modo surgió una:

-Es cuando una persona controla completamente a otra, usa violencia para mantener ese control, la explota económicamente y le paga prácticamente nada.

Esa fue la presentación de su cuidadora, que encantó a su padre. Pegar o no pegar fue lo de menos. La bofetada que Charlotte le propinó a la joven fue eso. Una mera puesta en escena de su nueva institutriz, para que siguiera haciendo de las suyas.

El segundo negocio del padre eran las mujeres. Dolor y gloria a todos los efectos.

Si yo pago, yo mando -le dijo a una, para que no dudase de su compromiso- harás lo que yo te diga, señorita.   

El afamado empresario no era un putero cualquiera. Y mejor no preguntar. Ellas se iban con él. Incluidas las turistas. A lo largo de su vida se habría gastado cincuenta millones de dólares en unas trescientas, solo de su país. Y no era nada: como alguna le gustase las cuentas iban aparte.

Cuando una vez la policía le interrogó, supo salir al quite:

-No hablo de las que se definen como trabajadoras del sexo -como un jeque flotando en su chilaba.

Por detrás del tráfico de armas, y delante del mercado de drogas, era el segundo negocio ilegal más lucrativo del mundo.

Para aguantar sin descanso un cuerpo tras otro, ya fuera en diseño como en uso y disfrute, otra de las grandes lecciones impartidas a su hija por el zorro de su padre era tener unos ritos: comer verdura, pescado, un entrenador personal, sesiones de fisioterapia e intentar tener siempre los mismos horarios. Lo tremebundo tampoco lo publicitaba. Cynthia era de lo poco que hacía que un día fuera diferente de los otros días. La estructura misma del tiempo humano no podía con ella.

Su progenitor, que iba de fiesta en fiesta y de aniversario en aniversario, o de sala de un consejo de administración a otro donde todos sus pasos tuvieran sentido, era excepcional con la alimentación y el control horario.

-Papá, morirás de éxito. Por favor, para ya -le comentó una vez, tomándose delante de sus mismísimas narices una especie de vómito de perro.

-Gano, por el color. El color lo es todo: en la vida y en los negocios.

La respuesta le pareció una chorrada a la hija. Peor fue el comentario de después:

-Muchos siglos antes de que tú nacieras, Cicerón enseñó igual verdad, y sostuvo que “desesperarse por sus propios males no es prueba de amistad, sino de egoísmo”. Hace tiempo que no te regalo juguetes, y es por algo. El que tiene vacío, verá todo vacío; el que tiene envidia, mirará por ella.

Ese prisma del amor le pareció un descaro a la menor:

-Soy pequeña como para ponerme a trabajar. No soy una modelo de esas, anoréxicas, que también te follas, arrancadas de sus familias, que ellas sí las tenían. Personas vacías. No me mimes como a tu caballo.

Domesticar, crear lazos, ritos, son cosas que debía mejorar la institutriz, cuyo método era: “el regreso a lo esencial es siempre un deber”.

Por eso mismo Cynthia debió aprovechar su cumpleaños, que las horas corrían y no se agregaban. En sentido estricto quería que le leyeran las líneas de su mano. Pero antes, el poco sol que hubo ese día en Nueva York lo exprimió para sí, detenida y encogida: su manera de estirarse.

Como tu madre te vea se enfadará -se le presentó el padre-. Feliz Cumpleaños hija.

-Ni soy ni seré nunca una bailarina como ella. Gracias -y se le puso flamenca, muy altiva-. Solo subo las piernas para ciertas cosas, papaíto.   

No fue un cambio de planes de última hora. Durmiese donde durmiese, o hiciese lo que hiciese, Lowell C. Denson pasaba por su casa antes de la primera reunión del día.

-Quiero tomarme unos días para estar contigo.

-¿Cuáles?, ¿los del año pasado?, ¿el anterior o el anterior?

-No empieces hija. Así se distinguen los billonarios de los nuevos ricos. Debo trabajar para que todo nos vaya bien. Lo sabes.

Más lujo y dinero no cambiaría las normas de Cynthia.

-Haz lo que quieras. Yo seguiré prisionera… pero hoy es mi día -concilió o negoció.

-Sí. Hoy es tu día. La independencia es otra cosa -cerró el saludo el magnate, alguien sin pareja.

Los bolsillos de ella empezaron a tener miedo. Su teoría es que en ese día le sobraba todo. Y cómo no, ese perfume iba a ser lo primero. No lo tiró desde el rascacielos porque las ventanas no se podían abrir. Un bolso XL de piel en el que poder guardar el portátil iría después. Y de haberle regalado lingotes de oro también los hubiera dado a cualquiera que no fuera de su entorno. Absolutamente todo, porque de ediciones limitadas obsequiaban a esa niña, entregados directamente por secretarios que iban a gimnasios cuya cuota mensual rondaba los mil dólares. Las nuevas formas del lujo no le iban a la cría. Que lo era. Los smoothies verdes los odiaba. No encontraba gloria en toda esa nube de verduras y semillas convertidos en lánguidos, y a veces pesados, batidos healthy.

Quien sí tuvo cercanía fue el chófer. Se sentía identificado en tal artesanía. Le hacía unos llaveros moldeando estaño y acero que de haberlos hecho un rico y no un tipo llegado de Texas en absoluto serían vulgares, sino importantes. La mimaba en vacaciones, en los entrenamientos (que los tenía) y en su día de cumpleaños. Los yates privados y los chefs gourmet o los resorts privados tampoco eran bienvenidos. En eso, el jefe, como llamaba el chófer al padre de la criatura, acertaba. El problema de esa realidad era que las diferencias sociales se tornaban más acusadas incluso desde la infancia.

-Guapa, siempre serás una pija; no puedes evitarlo.

-¿Eso es que no voy lo suficientemente fea Texas? -que era así como le llamaba al conductor, y escolta ese día.

-Estoy seguro que más de cuarenta millones de personas en el mundo, ahora mismo te envidiarían, sin ni saber nada de ti, pero debemos arreglar esa indumentaria. Entra al coche y te peinas, tu mirada eres tú, apártalo de los ojos. Y sí, el dinero y el saber es el único poder de una mujer en este mundo, luego no estropees esos pantalones y la blusa: llévalos normales por favor, que pareces una cortesana.

-¿Cortesana? ¿Me has llamado puta Texas?

-No me lo permitiría jovencita.

Ese estigma de la palabra “puta” lo tenía muy en mente la niña, que llevaba un pantalón de lentejuelas con deportivas, destilando frustración y orgullo herido.

Desafiar el poder patriarcal no lo pretendía el conductor oficial. Las canalladas se pagaban caras en ese emporio. Una de cada cinco mujeres que trasladaba se reía de sus propios chistes, Cynthia no. Tampoco daba besos sin ambrosía, o se guarnecía de la burbuja de las cámaras y los flashes en los grandes hoteles o los mejores restaurantes. La pequeña sí compartía la perspicacia y el respaldo suficiente de ese chófer de empresa.

-La lista -le pidió- ¿dónde te llevo mujercita?

-La tienes tú Texas. ¡No me jodas! ¡Ya estamos!

Él simuló poniéndole esa cara tan suya que nunca la olvidaba.

-Vale. OK. Sorry.

-Lo pies en su sitio, que no eres un perro, guapa. Arranco.

-No le desearía el matrimonio ni a un perro -observó ella, obedeciendo.

-¡Eh! -exclamó ese- no conoces a mi mujer -a las manos del volante, un vehículo que no era sencillo ni extremadamente maravilloso-. Ser hija no es ser tan aterrador. Y tú tienes hasta maquillador. Además, mi mujer es una pasada. Lo sabes.

Cynthia fue Cynthia, callando.

-Profesionales que nos reducen a un producto o un objeto consumible. Sé que ibas por ahí, ¿verdad?

-Verdad.

-¿Y yo? ¿Tú Texas? -citó en una misma frase.

-Tú eres un carca, pero mi carca -se le cambió del asiento trasero al del copiloto, ya recuperada de ese toque de atención.

-Cinturón -escuchó ella de inmediato- y, ¡conciencia de clase! Esto último salió a dúo. Era su frase.

El que trabajaba por seis dólares a la hora de no estar a las órdenes de ese coronel Denson, que estuvo en la guerra, una cosa es que se riera y otra que denostase todos los privilegios.

-No perteneces a una minoría social, nadie te empuja a la calle por necesidad –prosiguió con su santo y seña el negrata.

-OK Texas, que es mi cumple. No me des tú también la brasa ¿vale?, es mi día -dijo ella con una ferocidad de niña mayor, colgándose el papel de víctima.

De repente él echó en falta algo de música. Y como que pinchó.  

-¿Michael?

-No. El señor Michael Jackson jovencita. Señor Michael Jackson -repitió- tenemos esa suerte.

Se acababa de saltar otra norma el chófer. La institutriz lo mataría. Le estaría dando una lipotimia a la boxeadora.

“Si follan con uno, que follen con todos”, pensó ese en su lenguaje interno. No con un fondo de hacer daño. Era fan. Clamaba por su derecho a poseer buena música.

-¿Dónde me llevas? -preguntó dándole ganas de aplaudir.

-Vamos a ir a ver Mujercitas, guapa. Hay que crear el entorno. Luego, que te lean la mano. ¿Vale preciosa? Yo cumplo, tú cumples -así lo consideró ese, otro reflejo de cómo eran como país esos Estados Unidos.

El policía más condecorado de Nueva York, uno que mató a cuatro hombres y no se preocupaba, apodado Fort Apache, les seguía. Por disléxico no perdía ojo. Nunca le importó mucho el cine a Friedman. Un cretino, como cualquier político. Que lo justificaba todo como “legal”. Su sobrenombre indicaba el barrio donde se crió: probablemente el peor barrio del mundo. Los sesenta y cinco años los disimulaba con la enormidad de tatuajes y esos fornidos brazos, polémico por sus expeditivos métodos para reducir el crimen. Se hubiera cargado media Roma clásica para construir otra barroca o simplemente dejara en un vomitorio o boca de túnel y poder disparar al mismo sin ni apuntar, con toda su mala pinta y la ley de ese vasto país dándole la razón. Fueron árabes sus cuatro últimos muertos: mujeres. Su mundo era así.

-Querría vivir a mi aire, tener dinero, hacer mi propio camino -decía Cynthia, al tiempo, que miraba por la ventana.

Cien balas, hubiera recibido la joven de Texas, del señor Lowell C. Denson, de Friedman, de la institutriz, de su maquilladora, del servicio doméstico, del ascensorista y otros tantos agentes laureados del cuerpo de policía de esa ciudad donde se disparaba en el pecho a un crío y no pasaba nada, salvo que se hubiera tenido algo de sexo con el mismo.

No abandonó en su empeño: -Querría vivir sin aire -legitimó.

Al poco se convirtió en una mujer para lo bueno y para lo malo.

-Pequeña. En nada tendrás un cuerpo escandalosamente atractivo. Tienes dinero, solo que aún no puedes ni debes necesitarlo. Y, -resumió- el mundo está cambiando. Aventuras no faltan, hay que saber escuchar. ¡Y guárdate el dedo! No se señala a nadie si no se está dispuesta a pelear hasta el final; hoy no quiero líos. No me seas tan atrevida.

Tímidamente ella lo retiró. -¿Me podrías indicar, por favor, hacia dónde tengo que ir desde aquí? Para.

-Ni hablar. Un plan es un plan. Estás con Texas. Texas cumple su palabra, guapa. Y deja de decir “cerdo gilipollas”. Sube la ventanilla o te ato, no me seas un personaje. Pajarito.

La primera vez que salieron solos, el chófer sintió alucinaciones. No era fácil ser pobre con tanto rico de por medio, o viceversa. Ni ir a ver Mujercitas.

A todo esto, el padre, después de esnifar su segunda raya del día o de la noche, según desde donde se partiese, se fue a rezar. Era el único día del año en el que acudía a la iglesia.

Al continuar con la navegación entendemos que se acepta nuestra Política de cookies. Más información

Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia de navegación, y ofrecer contenidos y publicidad de interés. Al continuar con la navegación entendemos que se acepta nuestra Política de cookies.

Cerrar