Un niño traba amistad con seres fascinantes, y si es niña más todavía. Esas dos pequeñajas, Grecas y Lunares, ya están entre nosotros. Son ese viaje que asusta a la literatura infantil para mayores. Esgrimen todo tipo de argumentos, con sonrisas teatralmente dulces y esas cosas que sacan de quicio a su madre.

Sondean con avidez, hablan incansables, una de ellas, la otra espía. Entre tanto, sus animales, en un festín continuo. A quien los mirase le resultaría difícil imaginárselos capaces de hablar, si bien dan rienda suelta a su imaginación, con el trabajo de ella: Grecas. Alguien de aspecto infantil, alguien capaz de presumir de cualquier cosa menos de su cuerpo, como su hermana.

Prisioneras, prodigio, medio milagro, un puñal para esos padres… o simplemente alguien con ganas de vivir, son. Incluso antes de que nadie empiece a hablar. Pero hay un olor a orfandad, fruto de un encuentro fortuito, quizás.

¿Quién eres?, me preguntaría yo si las tuviera delante. Una con botas militares, la otra descalza, en esa alfombra tan suya, plaza de los inocentes.

Y como desconocido suspiraría, por tanta sombra de duda que dejan el par de dos, con la agonía y éxtasis de sus allegados y el castigo social de nuestra sociedad, que margina la realidad de nuestros propios conflictos. ¿A santo de qué las he inventado me pregunto?, ya no me las puedo quitar de encima. Hasta la acuso de poner su futuro en peligro, con lo bien que estaban en la alfombrita, con la inmensa Finnegan y su caparazón, el felino Guerneville, y los tres tenores de sus jilgueritos: Gianluca, Giambattista, Gianfrancesco.

 

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