Extraños (Blog)

21
May

Y enterrar las dos mitades o cazar mariposas

Hacia la niebla de la tarde, como cada día, como cada noche, se inventaba, prometiéndose a conciencia rellenar su almohada cuando menos con su sola presencia, queriéndose en el aliento e intentando dejar de ser una adulta más, por todo lo vivido y por todo lo que le quedaba por vivir. Un vivir en dos mitades.

Hacia las cuchillas de la mañana, mezclándose con el ansia, y si por cejas tuviera pinceles, las escamas de su piel ni le eran ni pigmentos ni rumores sino espaldas y volcanes, queriéndose hasta venderse a cualquiera de lejos. Un mal maquillaje de tantos. 

Entre tanto, ni los teléfonos de bolsillo, los vestidos y sus estampados o tantas mascarillas de las modernas le reportaban más verdad que darse a cazar mariposas, con el fin, también, de contribuir a su recuperación, que no todo eran esas otras economías sociales o el ponerse la peluca de cada día para seguir fingiendo que todo era maravilloso.

A eso se dio la mayoría de la gente, a esparcir las huecas ensoñaciones, saliendo a las terrazas, andando cuando nunca antes lo habían hecho o, a acudir al trabajo con ganas. Gestos, bienvenidos, pero gestos, al fin y al cabo. Toda una lección de ciencias naturales.

Detrás de la memoria, de las esquinas, de las pisadas viejas como que se necesitaba ese frenesí, instantes y efervescencias. Las agudas intuiciones psicológicas y los extraños misticismos de los confinamientos necesitaban de esa luz de cada cual. Para unos, humo espeso; para otros, diez metros de nieve a los que lanzarse y que rumoreasen todos los demás, hubiera o no copos blanquecinos o fueran todo motas de polvo y polen; para los entendidos, las mujeres se equivocaban desordenándose con esa cierta atmósfera de Venus. Otros que no veían ni la superficie pero que no podían dejar de mirar la pretenciosidad y el esplendor a medida que el vigor físico les ensanchaba. La ciencia siempre fue así, como la naturaleza: caprichosa.

El caso es que las grietas ya no podrían seguir creciendo, ni los besos de labios invisibles. Tocaba darse sí o sí, por mascarillas que hubiera, quien no se hubiera dado antes; eso, o el cazar mariposas y seguir en dos mitades.

14
May

¡Malditos dos besos!

Cuando lo veían, lo primero que pensaban y se preguntaban del mismo era ¿cómo podía caminar así un gato? Poseía una extraordinaria relación tamaño/peso corporal. Pero lo que más destacaba no era su color anaranjado, ni la pluma verde que sobresalía de su sombrero azul o los guantes a juego con el pañuelo que protegía su garganta, resaltándole más si cabe esas botas rojas. Los ojos, no por presumir, iban a juego con el fieltro del sombrerillo. Y el cinturón, también le embellecía, con la hebilla siempre bien dirigida.

Vivió en el París más marginal y underground, de lo más diverso.

Los bigotes, siempre abiertos, pero cuidados, no como esos de los gatos de edad avanzada o los que luchaban contra todo a lo tonto, golpeándose o ronroneando de más.

Armand producía un sonido característico al desplazarse. Tenía una suerte de estilos que lo hacían inimitable. Por eso mismo se marchó de la capital de la luz y corrió a abandonar la metrópolis sin arrepentimientos. Él solo varió la situación de muchos ancianos y niños en todo el país bajo la lupa del sol, que fue regresando por lo civil a su paso. Un hombre lo intentó antes y, no pudo. A pesar de los intentos, otros, ya fueran aves, reptiles, recuas de cuadrúpedos o incluso una manada de ballenas de más de quince, casi nadie pudo hacer lo que Armand. Un pariente suyo lo hizo en Italia: Bernardino. Un gato que se parecía a un oso juicioso y lustroso, pero un oso.

Fueron casualidades, ninguno decidió de antemano salir de casa y no volver. La empresa para que la trabajaban los dejó sin trabajo y ni les dieron largas como para volver pasados unos días. Las bibliotecas en las que oficiaban, como expertos en mantener a raya a los roedores, cerraron. Y, a poco que los paseos diarios (cuando se los permitieron) dejaron de llenarles, o los orgullos patrios, necesitaron huir hartos de esos despidos tan zafios y, de lo que sabían.

Y no por los viejos o débiles. Es que no les dejaron ni entrar a frenar los festejos de los malditos roedores que, con tanta cuarentena y malas decisiones de los gestores, podían azuzar libremente y sin culpa algunas de las barrigas o contornos de tantísimos libros. Libros y volúmenes que yacían despanzurrados tras haberlos metido con esmero los lectores por la plata de esas bocanas, o rendijas al efecto, para ser registrados y preparados para otros usuarios, que los esperaban, no sabiendo en absoluto de ese abanico de colores de tan mala prensa, con páginas maltrechas, peor que en una prisión con goteras. La desvencijada convivencia de tantos libros venía a ser un coso de páginas amontonadas, con lomos y tapas dobladas y arrugadas, alteradas en su mesura, destrezas y continuidad, descubriendo una vida miserable, sin alardes ni lucimientos, apiladas y rematados en el suelo por sus propios congéneres, que los unos hacían de poltrona de los otros, con tamaños y pesos diversos, algunos hasta con los cantos reforzados clavándoselos a otros. Todo, como si hubieran tomado más alcohol de la cuenta las letras y sus lectores.

“¿Qué clase de salvajada era esa?” se preguntaron Armand y Bernardino, cuando lo supieron e intentaron ayudar por todos los medios, sin ni mendigar una mísera cuña de queso.

Pero sí, las aparatosas o ruinosas panzas de tantos confinamientos aplastaron muchos libritos, por sólidos y perdurables; y sus sentimientos. Pareciera que lo hubiera ideado un gato siamés: Nathan. Uno que siempre se creyó mucho más que un mal pinche de cocina penitenciario. En términos estrictos, alguien, que, por cruzado, como todos, jamás alcanzaría el verdadero pedigrí. Uno que no sabía ni de la higiene de manos. Otro de tantos con prisas por avanzar de fase; un felpudo de patas, sin tacto, olfato ni audición, fruto de una mutación del conejo ratonero Peterbald, de coloración atípica sin más ánimo ni intenciones que gruñir, bufar y su elevado éxito reproductivo.

Lo que más destacó de Armand y, respectivamente de Bernardino, fueron aquellos dos besos que tuvieron sabor de labios, dados a través de unas rastreras ventanas de semisótano, despidiéndose de toda esa hecatombe de libros, amigos suyos (puntillosos algunos), obcecados en pervivir y vulgarizados por decisiones de quienes seguramente jamás hubieron amado a nadie.

7
May

El payaso Bondadoso

Si no estás dispuesto a todo, no te acerques demasiado a mí” decía siempre el payaso Bondadoso. Era un doctor que vivía bajo una identidad falsa, que no se creía las mentiras, y que tenía una misión secreta y peligrosa, a pesar de haber tenido su momento de gloria como profesional del boxeo, aunque estuvo muy feo leer telegramas destinados a los demás.

Menos la mueca de una sonrisa, prácticamente optaba ya por ignorarlo todo, dispuesto y a la par relajado en su consulta, aparentemente desmembrado y casi que reducido a poco más que un objeto fundido en indiscernibles amasijos.

-Si no estás dispuesto a todo, no te acerques demasiado a mí -recetaba a quien osase pasar a su consulta, sin moverse ni un ápice. -Ahora puedes descansar -terminaba despidiéndolos, fueran quiénes fueran. ¿Pero cuál era su secreto?, más si cabe si se le veía erguirse y caminar, doblándosele los zapatos en los peldaños de los escalones, que ya casi nunca hacía.

-Lo único que no tengo es anestesia -escuchó alguien, o dijo haberlo escuchado del mismo.

En efecto. Ese doctor trabajaba sin anestesias. Lo más que tenía era un susurro rítmico y entrecortado y su esparcimiento.

-Para ser sincera, yo hasta en la guerra estaba mejor que ahora -llegó a presentársele una clienta muy intransigente.

Pero a él no le daba la gana vivir como a un imbécil. Tenía su propia medicina, porque le dolía mucho la cabeza, ingrávido, silencioso y gentil, entre sus pupilas y el horizonte. 

-No te preocupes por mí, vieja, que voy a estar muy bien -decían que le llegó a responder así a la anciana, la de la guerra. Sin ni girarse para mirarla. Y pasó de ella, tumbado a lo ancho y largo, haciendo de su vida como si nada. Al cabo de una hora, que para él fue un segundo y para la vieja más de una semana, terminó acercándosele la señora y echándose junto al monigote del médico.

-Ahora puedes descansar -le despidió entonces, acertada y enternecidamente, dejándola cariacontecida -tranquila, no hay prisa. Usted relájese señora. Es mejor que tomar decisiones desesperadas. 

Donde jamás volvió el payaso Bondadoso fue a su casa, y no por la señora, prefiriendo la distancia al odio de sus dos hijos. Cada uno tenía sus guerras.

30
Abr

Microcuento del qué pasó

Abuelita, ¿qué pasó en marzo del 2020 en España? Por Pebeltor

 

30
Abr

A mí no me entierras tú

-El talento de las mujeres es el cincuenta por ciento del talento de la sociedad y seríamos muy torpes si prescindiéramos de él -soslayó el galés, callando lo de que “el diablo te ofrece el plato, más no te obliga a comer”.

Y, gracias a una melodía de notas sueltas de piano que salieron del teléfono del americano recuperaron la luminosidad natural, quienes la tenían.

-Me muero por fumarme un cigarrillo -esgrimió Mary Anne a toda esa aristocracia de barrio.

Si alguien me dice que entiende lo que viene sucediendo en este puto reino es que no se lo han explicado bien, farfulló el señor Griffin.

A mí no me entierras tú, barruntó otro.

 

Extracto del libro Mary McCarthy (PEBELTOR)

Disponible en Amazon

 

26
Abr

El placer culpable

La coherencia dice que somos de quiénes hemos dejado que nos conozcan de verdad. Y que a todos nos gustan que nos necesiten, de unas formas u otras. Con eso estaría todo dicho, pero raras veces se rechaza a una persona que te gusta, que te aporta.

Se suceden las horas, se suceden los días y eso son parte de las muchas contradicciones que tenemos las personas.

Decir NO a alguien es legítimo y necesario.

Decir SÍ por salir al paso es otra opción.

Y luego está lo otro; no decir nada, aunque resuenen los vacíos, o decirlo del modo que la otra parte lo entienda, que es casi más complicado y doloroso, pues cuesta creer que dos personas que se tratan duden de la delicadeza, honestidad y afabilidad del otro. Pero sí, a veces toca decidir en la pareja, incluso cuando no se es aún ni pareja, por muchas cosas que se hayan hecho con y sin reservas. Y ese es el puzle.

¿O a lo mejor es que esa persona no nos gusta y/o no nos aporta?, ¿o no hemos sabido hacerlo?

Más complicado es cuando se dice que se está cansado/a. ¿Cansado de qué? Si sabes quién eres, sabes qué hacer.

Conociéndose, ya surgen miedos, un miedo recurrente -porque las cosas hay que vivirlas, que no solo trabajarlas en esos tanteos de los inicios- a todo eso. A no saber entender a la otra parte, a no estar, a creer en algo que no se sabría hacia dónde ni cómo evolucionaría, a volverse cómodo y resultarle egoísta… y fundamentalmente a echar en falta, o sea, a crear esa necesidad. Y para ello no sería necesario compartir mucho, ni todo. Solo una parte, mayormente cosas normales, nimias, ridículas o idiotas, que también algunos caprichos si fuera el caso. Cenar, comer, pasear, charlar, algún viaje, tareas, etc.

De pronto un día te encuentras que te llegan a decir “que no pueden llenar tus vacíos”, como si tampoco lo pretendiesen hacer. Y te callas, por no ofenderte.

Al cabo de un tiempo, escuchas “que todo el mundo tiene las mismas oportunidades en esto de la vida”. Y prudentemente sigues callando. 

La comunicación, sin saber cómo ni cuándo, se vuelve incómoda, ingrata, soez, pero sin caer en la indiferencia, porque hay un interés mutuo, quizás por esa hambre emocional del realizarse en la vida, algo innato y que se retroalimenta. Tanto, como que hay que sacar las palabras y los momentos con sacacorchos.

Y, llegado el caso, ya ni se relativiza. Todo es sacado de contexto, se maximiza, habiendo entrado en un submundo de conciencias donde todo ofende, hasta el propio interés en saber del otro. Nada está en su justo término. Los sentimientos pareciera que desaparecen o se exacerban en contra del otro. Ni a esa voz que un día fue tan cercana, hermosa y apreciada se le admite comprensión y escucha alguna.

Es entonces, cuando aquello del ser distintos pero iguales no suma y las buenas noches no suenan ni a eso; se quiere olvida el querer, respetar, valorar, aceptar. Uno se pregunta ¿qué se ha estado haciendo?, ¿en qué ha invertido? ¿A quién ha dejado entrar en su vida?

El espejo te dice que eres educado, formal y considerado. Tu experiencia vital que no das oportunidades a cualquiera. Y como que hubiera pasado un año.

Abandonas el espejo y te preguntas ¿qué está bien y qué está mal?, los pros y los contras. Sabes que nunca tuviste nada ni fuiste nadie. Solo trabajar, para comer y poner tu granito de arena; pero que seguirás siendo de los pobres. Y esperas que la otra persona dé algún paso, cansada o no. Pudiera llamarse la cuarta vía. Pudiera demostrarte que elegiste bien, que hiciste bien en ir a verla aquel día y ofrecerte, aunque pareciera una mera coincidencia comercial; aunque tardases tanto en dar el paso de entrar en asiduidades -como verse-, que nunca le fueron suficientes; aunque dude de ti y no te conozca, que es lo que más duele, porque ofende cuando te ponen en duda y cuestionan las delicadezas. Pudiera ser que esas caricias que no se han tenido fuesen por algo, y te esperasen. Pudiera ser encontrarte con que no tienes nada suyo, nada material, y que todo es como un sueño pasajero que se te atraganta. Que miras a tu alrededor y nadie recuerda ni sabe de ese alguien que quisiste tener. Que todo se quedó pendiente de hacer por no saberlo hacerlo o estar en ello.

Más el hastío es eso. Intentar rehacerte. Dudar en dejarte ver o pasar de todo; ser débil o fuerte. No saber quién eres, ni saber qué hacer. Y se piensa, mucho. Distintos, pero iguales; o lo esperas. No habiendo nada en lo que creer.

Por no tener, no tienes ni la maderita donde apoyar el puzle y darle sustento. Te falta todo, cuando un día creíste haber encauzado esa otra parte tuya, y suya. Porque en ese duelo uno depende del otro, más si cabe que cuando se estuvo, mejor o peor. Y no te dejan salir, lo cual no sabes si es mejor para evitar presentarte; cosa que no piensas hacer, pero que ni de ti mismo te fías, pues confundes la mediana edad con ser joven.

Y resulta que te llama y, sin decirte nada, te lo ha dicho todo. Tu otra parte. Nada es nada, porque no has escuchado “cariño” y cosas de esas, ni algunas. Pero te ha llamado, ha dado ese paso. Notas que el mundo ha empezado a dar ese paso, aún pequeño, porque es tu continente, tu mundo, mezclándote con su día a día, aunque sea a deshoras, y crees; vuelves tontamente a creer. En nada, que ya es algo. Deseando que de veras llegue a conocerte de verdad, y que te necesite. Con eso estaría todo dicho, que raras veces se rechaza a una persona que te gusta, que te aporta.

Se suceden las horas, se suceden los días y eso son parte de las muchas contradicciones que tenemos las personas.

 

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