Extraños (Blog)

5
Dic

A diez centímetros de silencio

Está linda la mar, allá, retirada.

Tú mi refugio, fundiéndote, fundiéndome,

que lo estoy dejando ya.

Lejos,

lejos de ese aire

y fraguado en la espesura,

con la vida ilesa.

Y no por ello dejo de rogar,

caminando sin pasar, preciosa, mirando.

Incluso de espaldas, que también me lo maldigo.

Por eso tu rostro, guardado;

tuyo, mío. Empujando.

Olías a ese olor, pero más,

por cuando la pena del perderlo todo.

Tú mi refugio, ciudad y solana;

tú mi ahogo y festival.

Qué linda la mar, con su eco:

ni todas las fuerzas.

Y lo no esperado.

Con viento y mala mar estaría,

pues sí, ayudando, pero no.

Y sería ya, que no ayer,

más un ramo de vivos colores.

Al viento he rogado;

yo y mi voz, y detenido el tiempo.

Por ti y tu suficiencia: mucha.

Más solo sigo recordando,

prisionero, como ausente.

Lejos, cerca,

lejos de tu aire, nosotros.

Y azotado por el frío viento,

hacia el silencio, oliéndote,

más la lluvia y tu pelo.

Emperador además de rey,

que no solo tiempos y espesura

al deseo del tenerlo todo,

resignado y ocultado.

En el fondo invasor,

a diez centímetros, más el silencio

Qué linda la mar, con su memoria;

cerrada, abierta.

28
Nov

Palabras en silencio

La joven, como muchas de su edad, seguía viendo los cuerpos desnudos con los ojos cerrados, sola. Su abuela no sabía nada. Su madre menos aún.

Las amigas, empeñadas en no ser unas horteras, caerían en su mismo error, si es que todavía no habían llegado a ese momento. Esa vez no estaban juntas. La conciencia de la cría era de lo poco que le acompañaba.

Los pantalones, de no haber estado rasgados se los hubiera roto ella a base de jirones. Era tendencia, enseñar y no enseñar, para que otros les pusieran caras de envidia o de tarados. Como directriz, esa se la admitieron sus padres. A base de sacar buenas notas le permitieron ciertos deslices con el look, con tal de no lidiar con enfados de más ni con dejarla aislada de esa sociedad rara y exótica, como todas hacia las adolescencias.

Solo que el particular humor no era casual. El sujetador negro se lo había llevado él, el mismo que le insistió, primero elegante, susurrándole y de qué forma; después, ya no tan excelso y encantador, más bien meloso de más. Un boxeador polaco hubiera tenido más tacto con ella.

Pensó en llamar al 112, por si desde el teléfono de emergencias, en lugar de que le felicitasen o regañasen por haber perdido la virginidad, le hablaban de otras cosas, fueran cuales fueran. El seguro de salud privado de los dientes no daba ese servicio, ya había consultado las condiciones.

Las deportivas eran de lo poco que la hacía mujer. Ni descalza ni con tacones aminoraba la tensión. Una de las cosas más asombrosas fue sentarse hacia la paz social de un banco de un parque cualquiera, donde desde pobres blancos hasta las capas más altas y negros de muchas o pequeñas comunidades calmaban las propagandas andando, atravesándolo o limpiándolo. La muerte de la inocencia, no obstante, era sostenible. Se había prometido a sí misma que cuando creciera y fuera una mujer trataría de hacer cosas tan buenas y nobles como las que había hecho su madre.

Solo le faltaba evolucionar. O estar en lugares tan lejanos como Alaska y Kenia. Los rumores sobre una posible autoría, tal vez, ya le estarían rentando, tristemente, con los “calladita estás más guapa”, típico de los que se replanteaban todo a base de arrebatos.

Con los párpados vencidos, hasta se lanzó toda clase de improperios, siendo al mismo tiempo una niña en la calle, consciente de los perros rabiosos, las casas espeluznantes y teniendo esa bella visión de cómo funcionaba la justicia, no atreviéndose.

Pero, sobre todo, la segunda o tercera vida era la variable de ese diario, décadas después, al fundirse sin ni poder sobresaltarse en toda su existencia, leyendo a una niña que observaba todo a su alrededor como una mujer adulta reflexionando sobre su infancia. Un ama de llaves negra sí hubiera sido lo suficientemente valiente sabiendo escuchar, incluso hablándole a los perros, más en tres generaciones la distancia más larga seguía siendo la falta de interés y los prejuicios. ¡Y todo por coquetear!, pero no; no, ni mucho menos: por las palabras en silencio y el día que empezó todo.  

21
Nov

De los que ponen el alma en cada cosa que hacen

Insensatos, así los veían algunos, a todos esos niños saltando en los charcos llenándose de agua y barro. Otros, apenas los distinguían, centrados en los tonos desiguales de las casas contraponiendo la jovialidad (pesimistas a más no poder) con la envidia como sonrisa.

Y luego queremos ser todos iguales. Cabrones.

14
Nov

Era pequeño y negro, un cruce perseguido

El olor del interior le revolvió el estómago. Zumbidos que constataron ellas. Y no estaban en una zona industrial, alejada; ni en una choza mugrienta. 

Inéditas caricias, que halló, de las pocas que había visto nunca, chasqueando los dedos y rondando su mochila. Durante toda la noche había madurado ese encuentro, le dio sed pensar en tantas razas, repleto de agujeros en el edredón. Más al ver a los críos en las faldas y esos simples frutos de la altura, de pecho a pecho, todas esas consignas quedaron en un silbido breve.

Eso fue lo peor del estar vivo, sobrevivir encadenado a su propia argolla, dejando pasar varios minutos en silencio, viejísimo sobre sus propios hombros. Jamás pensó en compartir tiempos de espera con ellas y con los más pequeños, que saturaban la estancia sin farándulas, cuales imperdibles. Quienes le dijeron que serían despojos de camadas inservibles, escuálidos y hambrientos se equivocaron.

Aquella mañana se sintió más perro que hombre. Los cachorros no se preguntaron nada, absortos en el cáliz de sus madres y la lucha por la vida, mamando, sin ni sudarios blancos y mitos que los travistieran. Los dedos y caras, sin aspavientos, eran de manos de hombres y mujercitas, cuyos cuerpos no pudo ni acercarse a olisquear encendiéndose el undécimo cigarro de la mañana, porque siempre había alguien en el otro extremo. La consigna que llevaba era como poco morder al peque y hacerla hervir, amoratándola también, en absoluto el gesto de una mueca de la hermosura o la inocencia verdadera.

Y tanto él como su bate de béisbol salieron, apenas ensañándose con la mirada a medio abrir en un edificio sin ruido, desatendiendo la orden. Es verdad que se detuvo demasiado: hubo de encontrar una excusa, con los dedos imposiblemente largos. Hasta se arrancó el cinturón de cuero hacia un rincón de piel más blanca, girándose el botón del pantalón y bajándose la cremallera con la mano firme pero leve.

Tenía esa edad que se podía explorar, apenas su rostro había llegado a la edad juvenil corriéndole por sus venas una violencia sublimada, que debió prologar en la guerra del volver con los suyos: “¡Qué mierda todo! Apenas gritaron cuando me la follé y los pisoteé”. A pesar de los golpes y la sangre que se hizo al darse contra la pared, rabioso, se peinó con los nudos ensangrentados el flequillo bendiciendo los cuerpos minúsculos y esas madres, también iracundo para no quedarse atrás, negando con la cabeza vehementemente y riéndose al ser jaleado por los otros, desobediente, para al salir volver a darse nuevamente a la belleza efímera de los silbidos breves, solo, sin dejar de mirar de reojo.

 

7
Nov

Porque aquel rastro solo podía significar una cosa

Decíamos de las casas, los pisos, los edificios, las calles y los barrios. Decíamos, como si fueran ellas las culpables de las soledades.

Nadie puede seguir creciendo sin estímulo.

31
Oct

Uno y sus miedos

Él no era un hombre a quien una miraría dos veces.

Encajar sus manos les costó. Angustia, supervivencia. La piedad, la estética de lo difícil. Cuando se abrazaron, la nariz de ella le permitió sentir el helor y el candor que portaba. Una trinchera infinita. Ese optó por hablar y no darse al desconcierto de frecuentar sus rostros sistemáticamente, como un gusano cobarde, rejuvenecidos, sí. No le dijo nada del pelo; pero se fijó. El día de antes, u otro, ella le contó que pretendía recortarse la melena.

Oír a la gente gritar, caminar y saludarse; gemelos, menores, deportistas y las/os de media vida colgados/as al teléfono, pareciera que habitaran un país distinto. Él, con la mejor de las sonrisas e incredulidades, se topó de nuevo con el suficiente horror como para llenar un estadio de fútbol al verse solo frente al espejo sin imagen; ella, toda ella, algo inclasificable, siguió en su segunda vida, hasta con los beneficios medioambientales articulando sus intenciones, viviendo.

Incluso en los momentos extremadamente tristes, ese todavía recordaba que sabía hacerla sonreír. Lo expresaban, y bien, sus mejillas, en nada obsesivas, encabronadas o vengativas. Otra alegoría del miedo, que se le metía dentro y no le dejaba ser. Un poco el motor de todos esos días, complicados.

Perverso, ni le pidió deslizar sus dedos por las teclas. Otro bien raíz: un piano. Negro. Que estuvo a su lado una de esas veces, callado en su serendipia. Un instrumento que hasta pudo haberles notado que les ardía la cara. De hecho, con el salón casi vacío, la normalidad fue perturbadora, siéndoles muy difícil imaginar que no sintieran nada. Su supervivencia cotidiana debió pellizcarles, por esa pequeña alegría del volver a verse.

También humo de tabaco notó. Dos días antes, cuando ella lo visitó con el primer botón del cuello desabrochado, creando oportunidades. Un cuello tan lento como que no lo besó. Ella sí, o casi. Un pedacito de él, guiñándosele los ojos de una vez. Hubiera querido más de esa pianista y su consorcio. Pero aquello fue un magro consuelo. Grandes alegrías y pequeñas alegrías.

Y lo que le corroe es el hondo bochorno, o el sigilo de la cama; por eso abrió mucho los ojos, además del picor, que le hacía reír y llorar sin cauce alguno; o la tos y el chasquido de ese a quién sufrir y a quién amar en un mundo dado.

Más en el nuevo día, trepidante o no, tendrá que inclinarse y poco a poco ponerle medida a esa huida de gigante asentando la rutina, dándole un beso a ella, que le estará sonriendo y mirando a su alrededor, consigo dentro. O bien, si de voz parda y aguda le surgiera, hablándole con el porte alto, ese intentaría olerla. Podría pasar lo contrario, que famélico, solo podría reírse para no asustarla. Una risita, de buen aspecto. Y hasta le alargaría la mano, como cuando le tocó la espalda alta, equilibrándola. Un bonito detalle, poco más, por no hacerla responsable en ningún sentido, tan seguro de su amabilidad.

Ni yendo al médico podría sentir de mejor modo los blandos brazos de ella rodeándole, palpitando en esa dulce medianía de un abrir y cerrar de ojos. Para tal alergía del no olerla no le valdría con tomarse el pulso o jalear la desesperanza y darse al llenarlo todo encogiéndose de hombros.

Más solo habrían de enamorarse de quien estaba enamorado de sí mismos, y habría de querer cada cual solo a quien le quisiera. El último y primer drama social. Personajes y situaciones reconocibles, a veces malas. Cuando ella había querido que la mirara, en ese momento él no lo hizo, respirando hondo, sin ni inclinarse hacia delante. O cuando ella pretendió que le cogiera las yemas de los dedos, toqueteándose nerviosamente, como grandes vigas oscuras en su naturalidad. Hacía dos años que ese vio algo parecido, y aún podría echarse a llorar de su vulnerable inconsciencia.

Probablemente se le había olvidado la belleza de las cosas.

Ni el castañear de los dientes o el apoyar la cabeza cerrando los ojos tendrían la última palabra. La insoportable sensación de soledad tratando por sí sola, obviando los hoyuelos de las mejillas y las diminutas huellas de esos cambios de tono tomarían direcciones opuestas asintiendo con aires distraídos. En vez de la sugestionada nota en la botella al mar, ellos eran un barco en una botella, poniendo cara de buenos, y de equivocados en la guerra de los mundos. Ni les valía tener la madre más guapa de todas, o en los bolsillos caramelos.

Añorarse, no era otra cosa que una diversión, ahogarse, y terminar diciendo: la mayoría de los marineros no saben nadar. La parte que les volvía locos. Sí hasta ese empezó a llamarla por teléfono, tanto como ella toquetearse las uñas a la misma hora dándose prisa y empujando las sillas o cosas que le estorbaban, aunque no se hubieran movido, como recién llegada habiéndose perdido la explicación del principio y suponiendo haberlo fastidiado.

Una pastilla para parar un tren precisarían, y que amaneciera y se les fueran todos, navegando en un mundo que creasen ellos, como de tres meses a la mar; también, con todos los trenes quedándose parados en mitad de las vías. Incluso con unas enormes muñecas, el pelo negro y cortado recto ese la querría, candorosa como un infeliz como él minuto por minuto.

Acababan de advertir la extrañeza de aquello. Solo habían pasado dos lustros y medio, y ni tocado súbitamente siquiera. Espantoso y loca de atar, en ese otoño y los siguientes se les resentiría todo, pestañeando con las gafas de sol.

Alguien diría que habían crecido bastante. Fue entonces cuando se hizo religioso, llevando a la niña en la cadera, no solo en ese gesto de la mano. A decir verdad, cual animal se puso a olfatear el suelo. Esa sombra del foco siempre valió una fortuna… Pero el día pasó bien, y luego pasó otro. La ansiedad, su enfado; dos años, el tragar saliva y los gemidos de nostalgia, la atención de una ternura casi imposible, y lo insoportable del no poder escapar, tanto como la vida de esa botella, aquella, tamborileando en la lavadora, invadida por oleadas de gratitud y de arrepentimiento, piano a piano, de algún modo.

 

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