Extraños (Blog)

8
Abr

Celdas abarrotadas de hombres sucios

Después de pasar casi dos años en celdas abarrotadas de hombres sucios, durmiendo con las piernas encogidas, áspera y sin ni poder distinguir límite alguno a la moral de tantos, sumaba meses y restaba semanas tal que una diosa rubia de la abundancia.

Sin sobresalto, cada día, al quedarse sola su repentina condición le pedía echarse al suelo y sin pretender reconocer cara alguna de aquellos dos o veinte años, mimetizarse e ir dejando a un lado aquel tono cetrino asociado a la peor enfermedad.

Pasar de ser mercancía robada a todo un beneficio razonable tenía esas cosas. Convencer al carcelero fue lo más dantesco que se le pasó por la cabeza, y su puerta trasera. Dos años, veinte o doscientos le tocaría vivir junto a él, y luego sería libre de veras.

Su agonía muda era capaz de digerir piedras en ayunas, después de todo, por aquello de ir con todo al aire y la boca tapada. Llorar veinte minutos en un grado supremo de expresión de la más humano, y sentir el sol, el viento, la lluvia y el polvo no era una extraña coincidencia, ni una recompensa, sino los primeros años… los años de las decisiones… los años del conocimiento. Y todo lo hacía por su hija, la que quería ser domadora de dragones, llena de verdad. 

1
Abr

Parecía quererle, más que a sí misma

Parecía quererle, más que a sí misma. Si bien,

en las últimas esquinas de sus pechos dormidos

el valor dejaba paso al miedo de otras oraciones.

Un horizonte de perros ladrando quiso interrumpirlo, pero no,

relumbraba el querer, cuadrada y blanca la noche, en ella.

Siete gritos, siete sangres, y siete dobles quebraderos tenía ese,

el de la casada infiel, en su mar de juramentos almidonados.

En fin, agudo norte que ni de aire rizado. Amor de escalofrío, y alcoba de silencios.

Turbias huellas lejanas, y presentes yemas de soledad esquiva: breves sueños indecisos.

25
Mar

Remaban los suspiros, en ese pueblo de viudos

Pronunciaban sus nombres y se sentían huecos, y eso que las querían como entonces. Se le fueron de sus cabellos, tristes y sin bienes, más con un reposo claro.

Qué largo abrazo se darían en la azotea de sus penumbras. 

Sus niñas estaban en la mar, con el aire sonrojado de orilla a orilla, y el cielo gallardo. Un amor que le dolía hasta al aire, galán, galancillo.

“Ni que vayas, ni que vengas”, se decían, huecos y con la llave del encierro, viéndolas en entredicho; calientes, nada más.

En las casas aún quemaban tomillo. El pueblo, más bien. Todos.

Bajo los inmensas justas de los árboles no querían decirles nada, si acaso, a los zapatitos de lunares, esos con los que las soñaban, morenitas sobre las aguas, secas y de azabache, tal como eran. Ya fuera en la mañana viva, en la tarde madura o en la noche caída, zapateando y jugando a la noria del amor, ese idilio y dolor mismo; delirio.

Más remaban los suspiros, y se tenían, en ese pueblo de florituras pasadas de moda.

Un lugar al que iban los que se quisieron de veras… pero ellos siempre, un poquito más, no habiendo gente buena, ni mala, ni fea, solo desafortunados. Ni pecados, ni virtudes, solo viudos. Aun así, el miedo mantenía el orden de las cosas. Y eso que eran personas con el calendario en contra, actuando como abuelas, no cansándose de recordarlas en voz alta para que no murieran dos veces.

Un pueblo en el que había un hueco para cada persona, y donde cuando tocaba reír, lo hacían como si nunca hubieran sufrido: y bien que bailaban, ellas, con los tacones verdes de lunares, morenas, todas, en ese afán morboso de enfrentarse al fin del mundo, secas pero mojadas, sobre las aguas y de azabache, todas, tal como eran, ni yendo ni viniendo.

 

18
Mar

El silencio obligado

Aquella vez era verdad. El gesto del coronel, el tono de su discurso y la gravedad de las palabras habían cesado, aunque fuera en un torpe intento.

Por momentos se oficializó el descanso. Las enormes vigas y todo ese mastodóntico entramado se quedó embargado, preciso en su silencio. Las bombas, los flejes y las restantes maquinarias pesadas apenas se quedaron en el bajo techo de la boca de algunos con los cigarrillos rusos que le habían robado al sargento por entre el gigantesco túmulo de piedras y escombros que también cedían al privilegiado descanso, sepultando los instantes.

Había pocos, ningún oficial entre ellos. Pero eso era vida para los que sobrevivieron al bombardeo por pura suerte. Atrás quedaban las diecisiete horas de progreso de todos los días en esos minutos de disidencia e incitación. Un día en el que no le habían tenido que sacar los intestinos a nadie, por entre alguna que otra viga salvadora.

En todo el día no habían comido, y aún les quedaba rapiñar algo en la vuelta, asaltando las ruinas de alguna panadería de mala muerte. Algunos ni sabían parar, por buenos o malos que eran.

Construir en tierra extraña era eso: no poder confesarles a los padres que habían malgastado su vida en vano; y pensar en sus madres, con el delantal muchas, ni provocándose emociones, por honor, gloria.

Pero sí, socavaron del todo al coronel; y eso que el poco amor que les quedaba les detuvo en el ultimísimo instante: enterrarlo vivo, quizás no fue la mejor idea.

11
Mar

Violencia desbocada

Cada vez que pintaba se alejaba de ese asombro que le precipitaba. Signos, garabatos, líneas, colores o lo que fuera que ejecutaba sin vacilación como si inventara un idioma nuevo. Ya fuera de pie, en la cama, desayunando (su única comida) o mientras la lavaban. Esa sensación de plenitud daba calma al resto de la casa, y vecindario.

Chillar, chillaba mucho. Los vecinos, queridos o no, le regalaban lápices de colores a la familia, pinceles, rotuladores, cuadernos y lienzos. Verla sin ellos era bochornoso. Le gustaba ir siempre cargada de bolsas con esos enseres, dentro y fuera del hogar. De no tenerlos expulsaba una bochornosa espuma por su boca, sonrosada de más, que irradiaba lo peor. Daba escalofríos tenerla cerca. A cualquier niño su repentina fragilidad le podía, y a casi todos los mayores, de no ser expertos.

Mirar al horizonte no es que le aportase nada, simplemente lo hacía estuviera donde estuviera, hasta pintarrajeando en el pupitre de su casa, que era suya.

Tan graciosa, tan normal y tan imprevisible a la vez era su hermana. Para ella la vida siempre había sido otra cosa. El único y verdadero contacto con el exterior para la violenta artista. La incondicional hospitalidad de esa doctora era la desesperación de otras tantas personas, ahora bien, la madre lo dejó muy claro en su testamento.

Y no había tratamiento o alternativa. Debía pintar, pintar y pintar. Si se le intentaba dar la cena, la vomitaba. Y para cuando recuperaba la suficiente serenidad por sí sola (que no se dejaba tocar ni querer), nada de intentar apaciguarla hablándole. Su hermana también debía pintarrajear como ella. Era la única y cierta manera de comunicarse. El último novio que tuvo la doctora, al menos le dejó unas líneas de hospitalidad justo antes de abandonar esa casa con el sigilo de un ladrón, estando las dos bordeando colores y direcciones sin norte en plena madrugada sobre un lienzo amarillo pálido en sus inicios.

Los últimos seis meses habían sido una constante. Si bien, ya quedaba menos para que a esa casa y despacho regresara el senador, a punto de jubilarse. Un tipo rodeado de un súbito paréntesis de silencio desde la muerte de su esposa. Y todo un extraño para la hija pequeña, la más dócil y obediente de las dos, porque la doctora se la tenía jurada a su padre; todavía quedaba cicuta, polonio y arsénico de cuando madre, retrato que siempre les salía a las hermanitas, pintarrajeando a las tantas.

4
Mar

La persona perfecta

Sabía de esas normas que no caducaban ni mitigaban con la distancia. Y su voz callaría hasta cuando todos hubieran muerto. Hasta para entrar en el portal de su casa se quitaba los zapatos y se descalzaba como la mejor diplomática.

Solo trasnochaba con señoritos. La mujer de la limpieza era tan invisible para ellos como para los que madrugaban.

Su cuaderno era su cabeza, donde llevaba anotadas más de una historia de amor. Los definía con una sola palabra y un ademán, fruto de su simple y espontánea naturaleza.

Esa vagabunda de las estrellas no dejaba de fabricarse historias fantásticas cada noche, justo después de acostar a sus cuatro hijos y de retratarse en la cama con su marido sin repentina frialdad ni mayores cálculos. Le salía solo, sin número de registro y con abundante munición.

Para lo pequeñita que era parecía casi llena.

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