Extraños (Blog)

29
Oct

La realidad, siempre presunta

Guapa, dispuesta, elegante, viva. Así era ella, mucho más que presencia. De esas personas que avivaban el color rojo haciéndolo más fuerte si cabe. La vida no se le hacía bola, la vivía.

Esa doncella hacía visible lo invisible. Estar a su lado implicaba un resurgir de planes y mapas, hasta los de papel y esas bolas tipo “mapa mundi” de antaño. “No puedes volver al pasado sólo porque te es familiar” decía, justificándose. Porque ella misma se quería y quería agradar.

¿Cuándo fue la última vez, de verdad, que cogiste las maletas y viajaste?”, acusaba, que no solo pensaba y actuaba. Porque era así: tremenda.

Como que su lengua acunaba una culpa aterciopelada que celebraba evadiéndose. Poner su nombre en la boca significaba hacer algo de inmediato; extrayendo el jugo de cuantas magias o alcances prohibidos hubiera. Y también tenía la otra gran verdad: la pausa. Podía disfrutar de una caricia, por el simple hecho de la emoción de la gestualidad del propio roce o la intención.

De la ventana de su casa salía un delicioso aroma a bizcocho, pero no, no quería tener el destino de un gato común. Tenía ese talento que le permitía ser a la vez irrespetuosa e irreverente, poniendo a prueba a todos, no solo a sí misma. Atacar con placer a la iglesia, a la sociedad, a los políticos, era un arte. Jamás se supo de ningún otro animal como ella. Que era territorial y agresiva cuando lo consideraba; hasta tenía su placer sádico.

Pero cuando de verdad nos llevamos las manos a la cabeza fue cuando exhibió ese otro tipo de crueldad, que siempre supo camuflar o esconder. Tras el atropello todo ese poder de la ostentación y la magia de estar con ella se disipó. Al pasar a verla a la habitación del hospital, tras subirla a planta, por no saber muy bien qué hacer con ella los médicos tras ese ensañamiento, ese animal fue mucho más humano: se le salían los cables por todas partes.

Si por humanidad entendemos no ser capaces de generar un gratuito dolor, esa mujer estaba realmente rota. Ni ella misma sabía de antemano que era un jodido robot. Hasta lloraba de sí misma, sufriendo y satisfaciendo ese impulso.

PEBELTOR

15
Oct

¿Qué soy yo para ti?

Lo dejó sin palabras cuando le preguntó ¿qué soy yo para ti? La gente eran los otros, pensó él. Y quizás debería tener miedo al miedo, pero ni eso. Tampoco es que el objetivo es que estuvieran tan ocupados en el trabajo como para que así no se preocupasen por sí mismos; eso hubiera sido malvado, por elegante, y temible.

Aquella mujer insólita, áspera hasta que supo de su forma de demostrar cariño y empezaron a existir, no perdió rasgo distintivo alguno. Tal y como le soltó la frasecita –¿qué soy yo para ti? continuó imaginándolo en ese pañuelo, enfundado o desenfundado, inolvidable y complejo. Y por más que ese alimentó la imaginación no supo de mejor astucia que callar toda esa percepción. Su masculinidad no pasaba por pintarse las uñas ni por mentir. Eran gente normal.

Pero ella provocó el surgimiento. Insinuó algo, o lo dejó caer todo, enmascarada tras ese nimio y apabullante pañuelo bajo el arte de no hacer nada y de vivir de nada. Costaba creer cómo unas palabras tan suaves golpearon tan rudamente a su chico. El ¿qué soy yo para ti?, pasó a ser algo indescriptible; aislamiento y aridez, tenerse sin estar, marcialidad: también un teatro de la sensación donde la belleza no era nada, donde la belleza no permanecía.

Ni tiempo habían tenido como para ponerse a ver las veinte mejores películas de todos los tiempos. Lo dejó como a un caballero sin espada, cautivo del deseo. ¿Quién era ella?, la extraña del pañuelo. Esa mujer marcada que resignificaba los símbolos. Al desnudo, bien que le hacía, porque una misma almohada les valía. Pero sí, eran más que el tiempo; una misma tibieza: juntos, riendo, despeinados. Un tiempo que no se movía, ni parpadeaba. El sonido abstracto de los pensamientos les podía. Los objetos habían dejado de tener significado.

Y ella con su mirada retadora, un tanto petulante, con ese lenguaje conciso, ágil y sencillo del pañuelo y las confidencias de la pasión del alma. Los pájaros se asombraron de que no volase, pudiendo; un niño la apuntó con un dedo, todavía porque ignoraba; nacieron extrañas plantas a su alrededor, laberínticas. Ella y él fueron la Viena de entreguerras con un parpadeo lento. Una guerra que les borró todas las palabras con mayúsculas aquel día de cólera en el que amueblamiento de los ochocientos mil besos detuvo todas las balas.

Un poquito más mayor se sintió ese, y joven ella: magnífica derrota coral, sangrienta deriva. Lo tenían todo, más la guerra sacó lo mejor y lo peor. Había despedidas que eran necesarias: obedecieron a la voz que salió de la radio, queriéndose poner ella delante de los golpes, tanques o lo que fuera, no obstante, ello no fue óbice para que ése, deslavazado y a trompicones desordenara más las cosas, escuchando no muy de lejos el ruido de la puerta y hasta los pasos en el pasillo, mascullando la esperanza y la verdad con las vísceras ya inflamadas.

El hijo, que nunca había matado a nadie antes, con la boca manchada de chocolate, cumplió escrupulosamente las instrucciones.

10
Oct

No se puede ser lo que no se es, pero si no se intenta

No se puede ser lo que no se es, pero si no se intenta...

8
Oct

No parar de sangrar

No paraba de sangrar, sangraba de vida, de apuro, por rabia. Ardía, se retorcía. Lo sabía ella y solo ella. La sensación de encaje, la sensación de que a medida que iba creciendo estaba siendo más absorbida por sí misma, la hacía hasta perdonar y condenar sus orígenes y creerse dos mujeres en una bordeando los sueños bajo el mismo patrón.

Mujeres que decidían con contundencia respecto a los hombres, a quienes unían sus vidas, ya fuera con curiosidad o morbo o con la mejor de las decisiones privadas.

Sangraban y la raza parecía no tener nombre ni el más mínimo atisbo de crueldad que la propia piel, despojada de lo superfluo, intensa y memorable, también breve. Sangre que se recreaba en ciertos sabores dejando una profunda marca a según quiénes.

Sangrar, sangraban hasta las cantantes calvas, las profesoras más inteligentes, las del porvenir y las víctimas del deber. Todas sangraban, incluso las jóvenes casaderas en un delirio a dúo. Sed y hambre de un juego burlesco y dramático, de ídolos vacíos. Nunca cuentos para niños menores de tres años.

Con todo, simplemente sangre; de las que algunas no tenían ni idea, sí que lo sentían mucho. Y lucha encarnizada por ocultar, en realidad, ser mayor como momento cardinal. Fórmula para hacer hincapié en la propia estupidez o en la suma del entendimiento. La lengua más pobre, el extrañamiento.

Y el respiro más profundo de los aires vivificantes, toda una vida.

Hacia la mañana, el primero de los cantos ya se atasca de buenaventura y se señalan las manchas, el primer lugar de pecado, y sin otra alternativa, luce el sol sobre el mundo de siempre. (Para los ingleses lo mismo, que no hay periodo intermedio).

Los días felices se viven con un mundo de color, otros, con acusado humor negro, casi que, sin afinidad, donde nada es más divertido que la desdicha, pero siempre la misma cosa: esa oscuridad que amenaza invadirlo todo.

Para cuando la última cinta, el monólogo interior es más de asedio. Pronto, a pesar de todo. Sin próximo mes, quizás. Más se vive en la transfiguración, y en las fiestas que no se celebran; permaneciendo en las viejas costumbres, esencialmente pesimistas en la voluntad del vivir. “Seré yo, será el silencio, no sé, allí donde estoy, hay que seguir, voy a seguir, en el silencio no se sabe” denotan algunas como mera existencia, obligación, sin meta, sin esperanza.

Ruinas y refugio, el fin, no más falsedad. Un ruido que no se mueve. Rostro gris azul claro, cuerpo pequeño, apagado y abierto. Cuatro lados a contracorriente, sin salida. “Debió de llorar cuando niña”, dirían algunas. Solo el grito del nacer lo supera, cerrados los ojos y cambiada, otra vez: boca arriba, en la oscuridad. No siendo ni dueña, decrépita, pero imperturbable y constante. Sin sentimiento ni deseos o competencia para juzgar. “Todos nacemos locos” continuarían diciendo algunos, no existiendo pasión más poderosa que esas palabras -tan innecesarias- manchando el silencio y en la nada de las vueltas quietas; deseos de un teatro reunido en la capital de las ruinas.

Un fin donde la ordinariez y el egoísmo quedan justificados en la gente que se acerca, que se conoce y la que se llega a tener por amistad. Ese vago espejo, mirando algunos a todas partes desesperados, de manos al aire y niños con la nariz blanca aplastada contra el cristal, mirando serios por la ventanilla abierta del coche hacia las persianas bajadas y contando rincones y cuchicheos, otros chancleteando pantuflas a la espera más amortajada con la puerta bien apretada, sentados en el sitio vacío. La sensación de encaje, la sensación de que a medida que se va creciendo uno va siendo más absorbido por sí mismo, hasta perdonando y condenando sus orígenes, creyéndose dos en uno, bordeando los sueños bajo el mismo patrón.

1
Oct

¿Te apetece un dulce?

-Me alegraría tener que decir que no -expresó el americano, ansiando tocar los pechos de la de al lado, Evans, y darle una bofetada a la que no paraba de comer, distraída del discurso en su riqueza. No así la del mundo solo y desvalido, esa madre con la dádiva del benefactor tabaco que anhelaba.

-¡Me marcho de aquí! Adiós.

-¡Mary Anne! -pidió el jefe.

De algún modo ella percibió su necesidad. -Volveré -no pareció sorprenderse, andando entre mesas desocupadas, con las hormonas y todo disparado, escabulléndose con un sucinto-. Perdón.

Los dos hombres le miraron las caderas, que contoneó rítmicamente, desapareciendo.

Preparativos no hubo de hacer Griffin. Se quedaron cuatro.

-En toda mi vida he robado dos veces -relató Sokorin.

 

Mary McCarthy

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Mary McCarthy, de PEBELTOR

 

24
Sep

Vivir, y trabajar

No dije nada más, no hizo falta. Se serenaron, pero no quisieron sentarse a mi lado. Ella volvió a la butaca e intentó cruzar las piernas para luego descruzarlas, mirándome sin decir nada. Él mantuvo el tono que siempre le había dado buenos resultados, fijando los ojos en la falda de ella.

-Tú y los estadistas planetarios.

El velo de humedad y no pretender ser un arrogante con los mayores me llevó a salir.

Y entonces pasó de nuevo. Podía estar sordo, pero no ciego. Se movían alegremente, reían. Y todo sin venir a cuento. Así llevábamos ocho días. Todas las mañanas salía pronto y ahí estaban. Mis caminatas no tenían otro propósito que convencerme a mí mismo.

-Es que eres muy joven -me decían-, pero no te preocupes hijo, que se te pasará en un suspiro antes de que te des cuenta.

Solo que seguían y seguían aquellos que no levantaban la vista del suelo. Hombres y mujeres agotados de cansancio, carcamales que no paraban de bailar. Todas mis vísceras competían ferozmente por no ver más ese tumulto. Sentarme en la mesa de la cocina con un cigarrillo entre mis labios y la botella de anís no me curaba del susto. Y siempre el mismo susurro rítmico y entrecortado, que me invitaba a volver a la cama y dejarlos tontear.

-Vuelve. Tienes todo el tiempo del mundo para hacer lo que siempre has querido. Disfruta. Algo habrá que hacer para soportar esta mierda de vida, ¿no? En tus días malos te quiero el doble.

El compacto silencio de la noche abrumado por el sonido real, de la libertad total de hacer lo que a cada cual le diera la gana, no me permitía hacerme ilusiones. Eso no podría estar pasando en mi época, en mi país. Trabajar tampoco ayudaba; el ejercicio de la medicina me estaba convirtiendo en un experto en pijamas con tanto robot y, sin ninguna enfermedad.

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