Extraños (Blog)

11
Jul

No es lo que estás pensando

Con su padre le resultaba más fácil, eso era todo.

 

4
Jul

Mujeres torrándose

A la policía les causaban recelo esas mujeres torrándose, aunque a ese dolor humano llegarían a acostumbrarse, que llevaban mucha calle. Si bien, eran un gran cesto de humanidad, entre institucional y cortante, debiendo saludarlas.

Eran dos letradas en ese asidero de las vacaciones, zarandeando los sumarios de mejor modo. En donde las pruebas de convicción y las providencias daban mucho a las miradas, sobre todo cuando se ponían de frente y hacían sentir a cualquiera muy pequeño.

El oficial en jefe siempre optaba por no inmiscuirse, insuflando si había de hacerlo que no apabullándose, medianamente efectivo. Salvo cuando le urgían con tono impaciente, que lo trastabillaban. “Muerte de etiología violenta” decía la autopsia. Tal vehemencia la mantenían y la guardaban sus Señorías, dejando al descubierto sus pieles en ese ámbito de actuación que excedía de la judicatura y de la simple responsabilidad del tomar el sol.

A ellas, cada mañana, les gustaba ver su firma en el último folio, no dejando flanco alguno para el sentimentalismo o la curiosidad cuando se trataba de dar pasos procesales. Y ese juicio no se había ido a la pila de lo rutinario. Es más, estaban tomando diligencias, aunque fuera en otro ámbito judicial, muy lejos de la capital. La inquina con la que algunos las miraban venía de ahí, y la chanza del mercado municipal o los bancos del parquecito. Sus ropas refinadas no ostentaban cochambre alguna cuando se vestían para salir sin solución de continuidad, algo que sufrían cuando sus confesiones no eran del todo jurídicas y la pétrea justicia debía alimentarse estando bien lejos del frontispicio de la Audiencia Nacional.

La vida, en suma, les era un poco vacía, los días largos y las noches frías. Raramente frías, fuera de los atascos y los ruidos callejeros donde los viejos relojes de péndulo aún se estilaban. También, porque la gente, con buen criterio, quería guardar los fines de semana para su vida de verdad, y por más que interrogasen, mascullasen o restallasen, se les alargaba la instrucción.

La presidenta les dio un toque de atención con su característico tono monocorde, para que consignasen prontamente lo sucedido y regresasen a las salas de vistas y a sus despachos, que los mezquinos no paraban de delinquir en la gran ciudad. Y eso sí, que no faltasen a los minutos de silencio, que la víctima de todo ese linchamiento fue mujer.

Leer, por sí solo, no les hacía ser mejor personas. Cuando tenían demasiado tiempo, esas dos pensaban muchas cosas. La jueza y su secretaria judicial, o la jueza y la instructora de la policía judicial, porque las alternaba. Una jueza que pareciera no tener prisa, aunque sus labios siempre supieran a despedida cuando se despachaba con la misma.

Tenía una regla la magistrada: nunca trabajar con gente desesperada. Su padre rico se le inculcó. Y los beatos o los del gesto agrio apenas emitían suspiros delatores. Sí, sonrisas largas, perfectamente tasadas. En eso, el pueblo era igualito que la capital. Una forma de desahogar la premura y de contener el reverso de los dedos, francamente (que se fijaban en todo sus Ilustrísimas). Del resto, atentos, avispados o comprensivos para hacer humana la justicia, poco más. Tarea que le iba pesando ya a la jueza, con orgullo en todos sus huesos.

Pero como la ley solía ser sabia, y Dios tuvo con otras víctimas mucha mejor mano, aguantaba. Era por eso, y no por el sol que no volvía a Madrid. Un lugar de hermosura inhóspita en días. Un pueblo, una ciudad, que le era todo cuando se estaba con la persona deseada. Ahora bien, la jueza estaba sola, llena de sí misma.

Con un leve estremecimiento de inquietud se lo habían detectado sus ayudantes. Cosa que callaron, por no serle insolentes. No obstante, la rutina, ese espejo de seguridad que les daba la sensación de controlarlo todo, acabaría pronto.

27
Jun

En la cama

En la cama se congeniaba o no se congeniaba, más allá de la desafección por la política y las nuevas coordenadas de la ética. Y había siempre un deseo interminable, se quisiera o no. Todo ello formaba parte de las investigaciones del comportamiento humano.

Así como que la cama podía llegar a ser un auténtico tugurio. O bien que se tendiera a gimotear cuando se perdía el sentido. Un cisma, y la otra ventana del cuerpo, en definitiva.

De otro modo, estaba la cama para hacer negocios. O como mero mueble para leer, descansar, dormir. Y estaban los que observaban a los demás, gatos y demás felinos aparte. Era acojonante cómo se comportaba la gente en la misma cuando no era partícipe de lo que realmente hacía, sino que su ser se dejaba llevar y sobre ese lecho expresaba con su cuerpo diversas emociones, contenidas en su mayor parte de llegar a estar despierto o somnoliento.

Actitudes influidas por la biología y la cultura, que no dejaban de ser comportamientos exhibidos. Y emociones, valores, autoridad, persuasión, coerción. Desde la infancia muchos ya apuntaban. Otros había que guiarlos. A eso, y otras decisiones y cosas similares, se dedicaban en buena parte los del cielo o no habría un comportamiento sano y estable. Que también los había optimistas, pesimistas, envidiosos o confiados de más.   

20
Jun

Allí no había pasado nada

Estaba acostumbrada a su olor y a cómo le tocaba. A veces, siéndole lluvia en el desierto. Si bien, pagó por la sangre que derramó.

Había personas que eran unos hijos de puta, y otras que eran buenas. Dormir ocho horas en total oscuridad y con el teléfono en otra habitación no garantizaba lo suficiente. Fueron días salvajes. Estuvo con quince padres cuyos hijos se habían suicidado.

Ella, cuyo padre llegó a ser un tipo muy encorvado. La timorata y endeble.

Sí, él también pereció. El que cada seis meses la llevaba a una doctora lejos de su trabajo y de su familia para que le hicieran un cultivo y la analítica: gonorrea, clamidia, VIH, etc. Que de todo se curó en salud su padre mientras pudo, el muy hijo de puta.

Pueblo chico, infierno grande. Que su madre jamás dijo ni vio nada. La jueza que no movió un solo músculo.

13
Jun

Recordó cómo reían sus ojos

Era capaz de volver a sentir cómo el agua fluía sobre los dedos de los pies, o recordar cómo reían sus ojos.

No era un mal actor, cansado con su mirada de tormenta silenciosa. Estaba aturdido contra el sí del desquite. Recordarla era el otro vino de la sociedad, lágrimas.

Y cuando escribía en sus lentes anhelaba encontrar su mirada. Si estuviera, su amor sería su mayor consuelo.

Volvería a meter los detalles en la escopeta.

PEBELTOR

6
Jun

El barco que no flotaba solo

A veces la vida solo era eso, las cosas que se habían perdido.

El mar, la mar, que sabía dónde se enterraron a los muertos que no estaban en el cementerio, hacía de las suyas, como si no se le hubiera cuidado o mirado lo suficiente.

Había miedo, y se vislumbraba más. No eran jóvenes, ni tampoco viejos. Además, nunca sabían cuándo tenían que rendirse. Habían oído hablar del amor, aunque no sabían si era eso. Y del mar, la mar, también poco o muy poco.  

No habiendo nada más pequeño en el mundo que el ataúd de un niño, no habían tenido que pasar por ese trance, ni posiblemente les llegaría tal ocasión por suerte o desgracia. Es más, ya no tenían a nadie a quien decirle las cosas cuando se dormían o acurrucaban. Estaban en la perspectiva del olvido, salvo por esa voz interior que no sabían si les era de fiar.

De un modo se querían fiar el uno del otro, eran las buenas relaciones humanas las que lo hacían todo más feliz y saludable, si bien, ello también les era fanfarria y emociones sin gestionar por mucho que su mesura les dijera que si se salían de la fila de hormigas estarían más solos. Se podía pasar por algo difícil y, de repente, que la voz interior ya no fuera de fiar y le llevase por el mal camino.

Lo de irse a navegar no estuvo mal. La idea, como tal, fue un juego de inmensidad y de pequeñez. Una buena probatura. Pero el barco no flotó. Y no sucedió de forma abrupta, sino en tierra de nadie, sin fiel infantería a la que llamar dando lugar a un clamor inapelable, convirtiéndose el mar, la mar, en un ladrón de esperanzas.

No obstante, esos peces de asfalto mal que bien llegaron a la orilla. Fue entonces cuando navegado ese desierto de aguas, crestas y sales de nuevo tuvieron ante sí el único horizonte: la hormiga que les caminaba delante. Y nada, excepto la ceniza de aquello que fue una vez un tiempo y la arena asolada.

Cuales grumetes decidieron quererseSabían que un árbol podía crecer en Brooklyn, o jardines secretos y mentiras sobre las madres o el mismísimo tío Oswald. Un medio verano en el que ella tuvo los ojos más verdes y el pelo más rubio.

Habían aprendido porqué cantaba un pájaro enjaulado en toda esa travesía; y él, había tomado notas sobre la mística de la feminidad a la edad de la inocencia en cuanto que no pudieron hacer más que mirar cómo se hundían en la mar, el mar, los restos del día, unos tras otros, maravillosos, dolientes, duros y de quitar la respiración, nadadores secretos en esa interminable historia del navegar solos, a sangre fría viendo el color púrpura de algunas horas o las montañas mágicas que ensoñaban.

Cinco horas más y no hubieran podido. Ni ellos ni la campana del barco, que a punto estuvo de hacerse cristal en el mar, la mar. Un tiempo de silencio, tregua, hasta dar con los vientos del pueblo o las ciudades prodigio. Fueron mil y una noches, o casi, de renglones torcidos y de ensayos de abrazos o cegueras. Un manual para mujeres de la limpieza para el segundo sexo. Y un diario, todo un resplandor; asquerosos a veces. Un estudio sobre la banalidad del mal, en definitiva. 

Pero decidieron quererse. Sí, habían cometido muchas vilezas, pero en qué época no, en qué sitio no.

Esa vez con burla de sí mismos o con leve amargura, que en los telegramas y en las postales todo el mundo ahorraba palabras, al igual que en las despedidas.

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