Extraños (Blog)

13
Dic

Zapatitos y el bastón roto

De pequeña quiso tener un restaurante, pero acabó trabajando en una zapatería. Y no era suya. Como cocinera también hubiera sido muy discreta, quería valer lo que valía, más aún en esos negocios de larga tradición que habían vivido el relevo generacional y estaban siempre de cara al escaparate, bajo los envoltorios.

En un lugar donde necesitaba el reclamo escuchaba de todo, como esas frases tan descomunales del “las mujeres solo son propiedad de los caballeros”, siempre, con el sigilo de un gato que rondaba a un pajarillo dormido.

Ni la sonrisa la delataba, lo más, que de cuando en cuando abría la ventana de la trastienda y respiraba, imaginándose el espacio exterior. Incluso, lo olía a barbacoa en el estío, la pequeñita astronauta. Claro que, eso era cosa de uno de los jubilados, el que extrañaba y le sonreía plácidamente.

Ese le regalaba los oídos llamándola Zapatitos. Y lo decía por todo el arco mediterráneo, porque unos días, pocos, se lo llevaba su familia. -De veraneo- decía él, insatisfecho -dos días-. También la noche de Navidad. No más.

-¿Pero quién te crees que eres?- lo oyó ella quejarse, no sin dificultad.

Más hubo de regirse el abuelillo por ese plazo que le imponía su hija, quien deseaba seguir en ese su piso, con quien había vivido por excelencia. No obstante, el día a día les superaba a todos.

Hacia la noche ya era otra cosa. Era su momento. No se sentaban a la mesa. De alguna forma ese le convidaba a moverse.

-Deja ya de preocuparte por el peso- le dijo el anciano una vez -confía, la tienes- subrayó contundente.

Como en una soleada mañana de marzo desdeñosa, la parca soledad les unía.  Eran amigos, el de la gorra y ella, quien le ponía música a su vida.

Todo empezó, porque un día el guardia civil no pudo dominarlo todo, y ella, patrullando por esa ventana no dudó en saltar encarecidamente y ayudarle. Se había tropezado con su mismo bastón. Ese hombre, que de joven se subió a muchos tejados mirilla en mano, no cesó en su empeño hasta que la jovencita aceptó verle luego, al cierre del negocio. Fue entonces cuando aprendieron a valorar lo realmente bueno, con la interrupción de esos dos minutos, cada tres días, en los que él debía atender a su hija por teléfono, distante más de mil kilómetros. La cual, sentía una envidia brutal de la ´niñita tendera´, como la calificaba, quien iluminaba dos hogares en uno y ninguno.

Si bien, la miseria calculada de esos días le hacía ver que distaba poco para separarse, y se le ensombrecían las piernas a Zapatitos, pero giraba y giraba, como podía, liándose y jugando a la confusión. Lo que pasaba, es que no cesaba de rondarle ese colmo de la realidad invisible al que pasaba las noches durmiendo en la misma habitación en la que vivía de no ser por su invitada:

-No me quedaré tranquila mientras sigas viviendo tan lejos. Te traeré cerca. Hay una residencia estupenda. Tienen arneses y líneas de vida.

 

6
Dic

Vuelta a empezar

¿Por qué se pierden las confianzas?, ¿por qué las amistades se esfuman? ¿De verdad son los trabajos y los días?

Su rostro estaba tenso, los ojos enrojecidos, malamente vivos. Quien fue mi amiga vino en su sofoco, justo semanas después de que dejase de hablarme. Yo no lo pedí, ni ella; la empresa decidió, tras tantos años incompletos. Era su voz el único refugio cómplice. La que parecía reunir los mejores dones.

Y como que me olvidé de los ojos, su pelo negro actuó. Ella también. Estábamos solos; el otro vértice, su as de corazones quizás también estaría soñando hacia atrás en su zona de confort, con agujetas, ya sin más quinielas ni caminos de ida.

A mí, como a ella, compungida, me tocaba aceptar esa calma del saber perder.

Pude casi que olerle el temor pavoroso del no fiarse. Cuando le fui un ángel me apreciaba, se gustaba de tratar conmigo; ciertamente creía manejarme, como toda mujer que se precie. Y claro, los desempeños son los que son: cada uno con sus responsabilidades.  

Semanas atrás cometí el error de haberle dado explicaciones. Pero estaba solo, me sentía solitario, enojado, molesto por su quehacer y el de la empresa y los muchos entuertos, que también los tengo. No supe de las transparencias de las piedras y del saber desaparecer: esa extraña manía de estar siempre.

Aquella exigencia la hizo más combativa y lo que antes era servicial, olvido del bueno y ternura quedó en nada. Otra suerte de la vida con la que lidiar. Su nadie a quien seguir. 

Y de todo ello, con perspectiva, uno sabe que las diferencias las unen las muchas culturas, los trabajos y los días. Todas, todos y cada uno/a. Sí, en este mundo uno tiene que saber dónde está y lo que hay, además de lo que quiere. 

No obstante, lo que de verdad me duele en el alma es que dudase de mí cuando le pedí ayuda al ver rimar todos los dolores hace unos años y no poder hacer nada, salvo certificarlo y someterme a las grietas del juego de la vida. No acudí a ella por desesperación, sino porque era mujer, madre, amiga, de esas pocas personas que estaban, pero… hay muros de humo, culpas y convicciones.  

Ahora bien, ya aprendí que cuando toca tomar decisiones no se pueden tener amigos, consejeros ni médicos de los días. El premio, entiendo, que siempre será ese banco lejano adonde huir, en mi unidad, pobres ricos, vergüenza de tanto y tan poco; un sitio de perdón, extraño, en el más allá… con su ambiente de humildad, en parte por esa confianza de uno.

Los trabajos y los días nos traicionan a todos con las posibilidades, lo matan todo, hasta la realidad suficiente… Creer, disociar

29
Nov

Utiliza la cabeza, sí

Me preguntó ¿que qué hacía?, ¿que si utilizaba la cabeza?

Que fueron compañeros de instituto, de esos de tantos extraños, y que ahora tenían pendiente un café, que le tocaba a él invitarla. Que notaba que a ella le interesaba, que le vino a decir con la mirada que le sacase de su rutina.

Todo, porque coincidieron, ella con su madre y su tía, y él con un amigo en un callejón, donde se miraron de lejos y cerca, parándose y llenándoseles el alma. Él le dio dos besos. Ahí quedó todo, casi veinticinco años después.

Que le costaba salir de ese callejón, sí, ¿qué si utilizaba la cabeza?

Otro civil atrapado en la guerra.

22
Nov

Nueva incertidumbre: accesibilidad

Caída, presunción, extrañezas… accesibilidad. ¿Y si no pudieras andar mañana?

Iba hacia el centro, a una reunión, confiado; faltaban minutos para el anochecer, justito de tiempo. Y esa mujer en silla de ruedas (eléctrica) se convirtió en protagonista, más que el black friday dichoso que llega a todos sitios. Ella iba con todas las de la ley, visible pero discreta, violenta y responsable.

Sus manos eran las de una mujer de mediana edad, con uñas pintadas en tono rojo oscuro que congeniaban con las pulseras de buen ver que realzaban el esculpido. Lo devastador era lo complicado y moderno: un marcador digital en verde primavera que rayaba lo que le quedaba de batería.

Dependiente, accionada el mando con su mano derecha sin honduras, perfecta en su desperfecto. No era de esas personas de capacidades diferentes. Lejos de estereotipos o excepciones, era de las que no podían ni pueden andar, de hecho, en realidad es cuando menos coja e incapacitada; minusválida, sí; a lo sumo discapacitada física en las lenguas soeces.

Ambos discurríamos por una calle en obras, donde el acerado y los pasos de peatones se arreglan y desarreglan, unas veces unos y luego otros. Circular por esas baldosas es todo un deporte de riesgo, pero ella iba muy bien, demasiado. De hecho, me igualó el paso en dos veces que la adelanté.

Dos veces en las que me pregunté si lo estaba haciendo bien en mi trabajo. Soy de los que, a tenor de la financiación, deben implantar la accesibilidad a los edificios donde se ejerce públicamente. Y uno no sabe hasta qué punto priorizar y condicionar todo el bienestar necesario. Entre arreglar baños, goteras, averías de calefacción, aires, sacar a flote los trastos viejos y dar la pertinente uniformidad a las instalaciones, se deben reordenar lo accesos para adecuarlos a todos, para todos, clientes y trabajadores. Son pocos los clientes que llegan incapacitados a ese efecto, se les viene dando respaldo domiciliario, y trabajadores somos los que somos y quedamos. Si bien, su presencia me trastocó todo mi quehacer, por correcta, normal y dispuesta esa mujercita.

Se me quedó la cara muy poco accesible. Mi casa tampoco es accesible; ni muchas calles. ¿Cómo casar tantos argumentos con el blanco de mis ojos, el negro de mis ojos, ceñidos, de hombre, y sus ojos de mujer contra todo? Mujer, de la que no atisbé pelvis, muslos, pies.

Tiene que ser duro que toda tu vida sea un otoño.

 

15
Nov

En apenas minutos

¿Cómo se las arreglaría para hacer los trámites de un entierro en un lugar extraño? Ese pensamiento aguijoneó su sensación de culpabilidad. Se oyó roce de sábanas y el ruido que hace una persona al darse la vuelta en la cama. En una noche tan clara que, por lo pequeña que era la ventana del baño, no tuvo que encender la luz.

Tal como disponían las normas de procedimiento fijadas para casos de emergencia, como que se interrumpieron todas las emisiones de radio y televisión. Pero no se decidía a dejarla, y se había quedado de pie, descalzo en el frío suelo del mosaico, escuchando su respiración y mirando el borde de la cama. Estaban acostumbrados a levantarse juntos, y lo echaría de menos.

El aviso se dio sólo diecinueve minutos antes de que el haz de detritos cósmicos inflamados atravesara su sistema solar lamiendo la luna más bonita.

Recordaba los insomnios de su niñez. ¿Y por qué había tanta luz fuera? La luz no quemaba, ni siquiera despedía calor; no arrastraba polvo, no hacía variar la temperatura del aire; parecía sólo luz, pura, fresca, diáfana e inofensiva.

El pánico duró poco.

En el luminoso jardín, se duplicaban las palmeras de abundante y lustrosa fronda, al cobrar sus sombras, de tan oscuras, densas y nítidas, tanto relieve como los mismos árboles. Una parte infinitesimal de ella.

 

El hombre del toque mágico.

 

8
Nov

Los factores políticos… por algo de lectura y pan

Y eso que solía decir que su madre le había dado la vida por dos veces, una al nacer y, la segunda, cuando quien la alumbró tuvo el arrojo de tirarla de aquel tren ganadero en marcha para que se golpease con la gélida nieve que se abarrotaba al paso de la línea ferroviaria en uno de tantos páramos camino de Auschwitz.

Pero las normas del patio de colegio eran sagradas, se lo enseñó aquel empleado de la compañía del ferrocarril que la recogió en uno de sus empleos, criándola junto a sus otros hijos. Por entonces, siendo todavía muy jovencita, entendió por qué algunas de las suyas cruzaron definitivamente las piernas por tantos toques mágicos de los hombres que las solicitaban.

No obstante, la húngara nunca cesó en la lectura; no formaba parte de aquel amplísimo porcentaje de personas que no había leído ni leída libro alguno. Evidentemente, había otros modos de entretenimiento, sobre todo para ellos, con sus hábitos y prácticas culturales, quienes reunían más del noventa y dos por ciento de las cuotas de poder.

Por entonces, según los científicos, que eran de los pocos que se libraban de los despiadados reclutamientos, la pena, o lo que venía a ser el dolor de la pérdida, también causaba una inflamación que podía llegar a causar la muerte.

Si bien, ella se refugiaba de los linchamientos en ese lenguaje para inspirar. Curiosa profesión al cabo de los años, que le permitió seguir uno de los muchos acertijos que adivinó: no quieras ganar a ese unicornio.

Y que el cielo esperase, porque siempre tenía su refugio. -Arriba el cielo, abajo el suelo- se decía cuando se iba marchitando al ver ese mal porvenir de seres. Su silencio se convertía en el de un río, donde no paraba de manar gente aprisionada, y como que todo debía seguir su curso.

Casi todos sus días fueron lunes o jueves, parecía colgada de un amplio cielo.

-Descansa un poco, vas a casa- se relataba despidiéndose de esos, los suyos, hecha un ovillo, por lo bajini.

Extrañamente se iba volviendo azulada. En algo influiría que rezase, sí o sí: “no habrá armas en el entierro de mi hijo”. Eran las consecuencias de ir modelando contenidos, y del tener que controlar los dos lados de la conversación, así como el quién se reía de quién para que no se le ahuecasen más los ojos. Debía estar guapa y presentable, además de ser dócil.

Hasta que un día se despertó como cada mañana, habiendo perdido el tacto, antaño, en la nieve, y no supo reaccionar. La puesta de sol se le apareció entre el silencio y el olvido. Le gustaban las personas que no la dejaban indiferente, aunque fuera para odiarlas. Una, tuvo fuego en las palabras:

Alguien habrá que críe gansos haciéndoles seguir a un avión desde pequeños, como si fuera su madre. Y ellos volarán, tiempo al tiempo, junto a la nodriza. Jamás serán aviones, ahora bien, incluso cuando se hagan viejos lo creerán.

-¿De verdad terminó la guerra?- preguntó casi a horcajadas a su dueño.

-Parece que una sí- escuchó junto al crujir de la viga que sostenía esa cuerda, y ese cuerpo.

El suyo, aún tirita. No ve ni siente más que esas tres ventanas y los muchos escalones que subía y bajaba a hurtadillas iluminándose por algo de lectura y pan.

 

 

 

 

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