Extraños (Blog)

11
Abr

Cara de susto

Para el hombre sin rostro no era un detalle menor. Tratar de entender la conducta de ese ser humano le llevó a experimentar nuevas formas de amar. Bajo tierra seca la volvería a alimentar, aun reconociendo tener problemas de salud mental y tener que lidiar con todas las mujeres que era.

La conoció con cara de susto, tiempo atrás cuando miró por la ventana y más allá de la terraza y las copas de las palmeras se veían los barcos atracados en el muelle, el rompeolas, el mar y su perfume cabalmente definido.

Sería el único pasajero de vuelta.

4
Abr

La gente de las ventanas de enfrente

En mala ilusión cabía la paz, y eso que no pretendía volver a ser lo que era.

Enfermo del cuerpo o triste del alma, esa vida extremos consideró insuficiente toda explicación. Hubo de salir y tomar aire. Demasiados exabruptos, demasiadas sinvergonzonerías, impuestos y quicios.

Y tomó aire, ni en casa ni en la oficina. Afuera, él y su rostro impenetrable que no lo era. Un señor que no tenía pecera, ni quería, pero que le hubiera venido de lujo para relajarse. La gente quería alegrías, no ilegalidades ni éticas más que dudosas, si bien, para todo había un doble baremo, personas que decían hablar con franqueza, tratos preferenciales y hasta cortesías varias y causas archivadas.

Él nunca había visto a un ser salvaje compadecerse a sí mismo. Y no sabía que esa noche tuviera que decidir sobre el resto de su vida. No obstante, la salud y el tiempo tenían un principio, un inicio, un compromiso. Se le cruzó su vecina, una de siempre, a la que recurrió cuando de joven diagnosticaron a su padre una enfermedad incurable, y ella supo escucharle, atenderle.

La misma que ahora estaba también terminal, pero caminando, si se podía llamar caminar a eso, con la cabeza alta por fatigada y cansada que estuviera. Sin pretenderlo esa vecina volvió a ser su enfermera de guardia, pues tras ella se acordó de otro familiar, y de un compañero de trabajo, y de un amigo. Todos, sin importarle si el oro estaba o no en máximos de cotización, ni cómo se ascendía en la escala social. Ni siquiera pudiendo jugar al juego del escondite con sus hijos, en esa guerra que difícilmente ya podrían ganar del todo.

Esas voces fueron una verdadera opinión, tributos. La vida: el museo de la rendición incondicional. Apretones de manos que pasaban a abrazos saltándose los dos besos en sendas mejillas, no sabiendo dónde almacenar los nervios, la pena y la sinrazón. Y todo a ojos de un soldado de los días y los trabajos pues la vida escribía guiones que parecían películas. Siendo un ente sin nombre ni rostro, apoyado en una barandilla mirando a la nada al filo de la medianoche.

No existió nada similar y ello le llenó de orgullo. Respiró y volvió a ser el mismo, pero mejor. Sin armas, sin procedimientos raros, sin violar normas algunas, manejando su tono y sabiendo pedir ayuda. “Una persona desaparece cuando sus familiares pierden todo contacto con ella” escuchó de su terapeuta, curiosamente una joven dubitativa o una esposa desesperada. Normal. Pues a veces la parodia decía más que la vida misma. Así se tomó esa terapia, sin represalias, sin malos rollos, tal que fuera su pecera, sentado en el sofá conversando apenas solo, dándole de comer a otros. Gente que quería alegrías; y a quien el dolor le mantenía despierto y cabreado, que también capaz. “Si matamos a todos los malos quedaríamos los buenos” llegó a considerar en aquella valla, tibio y sin ver del todo los peces algunos.  

 

28
Mar

Gánate mi perdón

Nadie elegía su propio destino, ni donde descansaban las flores. El desasosiego de nuestro tiempo los hacía caminar como gatos sigilosos hasta donde el techo de los árboles, en plena naturaleza.

Ahora bien, lo más importante en cualquier decisión siempre era ceñirse al plan. Para otros, en cambio, nunca volver atrás.

Con un cierto sentido de expiación esto último intentó él. Como persona insistía en el viejo vínculo entre las palabras y las cosas en ese duelo dialéctico y emocional habiéndose tomado el matrimonio unos días para descansar, por aquello de la Semana Santa.

No obstante, la singladura de sórdidos recuerdos no les abandonó. “Te voy a hacer daño como nadie te lo ha hecho jamás” recordó haberle oído él a ella. Una mujer que sabía que los hombres débiles eran los que en verdad hacían daño. Quizás, por eso, fue ella quien mató a sangre fría y dejó el cadáver en el sótano. Un territorio de muda expresión donde la incertidumbre omnipresente subyacía a base de varias cámaras frigoríficas, repletas de vidas que les rozaron por un breve tiempo.

Los que somos así no podemos disfrutar del mundo” se justificaba ella, guapísima, añadiéndole “no hay que mezclar el corazón en esto”.   

21
Mar

No era paz, era silencio

La primera vez que le seguí se llegó hasta un extraño lugar de su calle, al comienzo de la parte alta, y desapareció por el portal de uno de aquellos edificios. Ninguna tela disimulaba o apaciguaba del todo su estado, sin vacilaciones, sin tropiezos; y el aspecto acogedor se agradecía, como los edificios que se distinguían desde abajo. Pero no se oía ni una voz ni un ruido.

Yo había cumplido sus instrucciones cabalmente, y le había prestado la mayor atención en estricto silencio. Además, uno siempre tiene la excusa del azar, de la involuntariedad, de la coincidencia. Y eso que estuve a punto de soltar una voz y de descubrirme con ello.

Le gustaba caminar, es cierto, aunque también se decía que fingía de maravilla. Si bien, ahora que a mí me han dado la noticia, en seguida comprendí tal necesidad. Y soy yo quien no quiere hablar. También hay quienes cierran los ojos para ayudarse a imaginar que todo es un sueño y que el diagnóstico es otro.    

14
Mar

La carne de los románticos

La belleza y la alegría se teñían de un profundo sentimiento de pérdida y desesperanza en un futuro lleno de incertidumbre. La nostalgia, ese hábito que le inculcaron desde niña, venía a serle su línea del horizonte. Le daban pena hasta las baldosas del suelo.

No obstante, ella hacía el tipo de cosas que cualquier otra mujer haría, dándose a la naturaleza secreta de las cosas como si nada, como si nadie, como si todo y, en días, se trasladaría a su nuevo puesto de trabajo, lejos de él. Al menos, era lo que solicitó tras años de perplejidad y amor exhausto, incapaz de cumplir las reglas que ella misma se autoimpuso, con una atención reducida y dispersa, impedidos por no saber darse amor.

Él, también tenía la impresión de que estaban en el Titanic.

7
Mar

La cita de los viernes

Con la esperanza de que se quedase, ella se inventaba cada viernes un pretexto para aplazar la partida; es más, se prometía no mirar la hora del reloj. Ella lo entretenía, como que mostrándole sus riquezas de mujer y dándose al buen vivir. Él se dejaba querer, sin darse cuenta de que la alentaba; y a su modo resultaba agradable entregado al amor.

En suma, cumplían y callaban a base de murmullos y gemidos, sumidos en ensoñaciones varias y esa parte del día de cada semana que los gobernaba haciendo como que nada antes hubiera pasado guardándose fidelidad y, por otra parte, deseando tener hijos.

De vuelta a casa era cuando cada cual miraba al cielo y echaba cuentas: llevaban, entre los dos, sin desaires ni muchas cavilaciones quince muertos; uno por cada semana.

Al continuar con la navegación entendemos que se acepta nuestra Política de cookies. Más información

Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia de navegación, y ofrecer contenidos y publicidad de interés. Al continuar con la navegación entendemos que se acepta nuestra Política de cookies.

Cerrar