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22
Feb

Luego abrieron las puertas de palacio

Elena acababa de volver a su alcoba, donde ya dormía Nicola, su nuevo marido. Al tiempo, el valeroso Simón, que también la había visto en cueros se subió a la torre y encendió una antorcha.

Era la señal. Entrarían. Con barcos y sin barcos. Casandra, la hija agorera era la única que presentía un desastre inminente.

Elena a lo suyo, abriéndose sigilosamente a los centinelas, que otrora época la hubieran dormido y degollado. Pero tocaban tambores y flautas, y había vino y licores importantes en la cantina. Al fin y al cabo, era una jornada en la que celebraban la victoria, y pensaban que ya tendrían tiempo de reconstruir la parte derribada.

Fue un choque terrible. Dolieron los brazos fatigados, y hasta los más viejos desfallecieron. Las espadas contendieron con las lanzas, y las flechas llovieron en todas direcciones. Solo que algunas flechas fueron distintas, de quemazón, que hicieron que varios cuerpos se retorcieran por sus adentros, más terrenales, con los rasgos distorsionados por el veneno y el dolor de la venganza. Casandra, que jamás se volvió loca, ni con la aurora del décimo día prendiendo fuego a la pira; Casandra y su voraz ponzoña, arrojó los pies de su hermana Elena a los afligidos vencidos: su cena.

Elena, que siempre la consideró una niña, y quien quiso ayudarla, por dentro y fuera de las murallas. Ahora bien, las honras siempre fueron las honras. Eso sí, cada muerto merecía al menos un rastro de su nombre en el viento. Y Simón la despidió. Otro que caería con los pies por delante.

Nadie entendió cómo Nicola pudo haberse clavado la espada una vez muerto.

15
Feb

El ruido del tiempo

Cuentan que Andrómaca, la esposa de Héctor, fue a Épiro con Neoptólemo, el hijo de Aquiles,

y que en aquella tierra extranjera edificó una Troya pequeña, como de juguete, en recuerdo de la grande.

El tiempo pasa, eso seguro;

y los colores de la vida.

PEBELTOR

8
Feb

No soy lo que crees que soy

Esa niña necesita que su madre la vigile y esté más pendiente de ella“, pensó la primera vez que la vio. Con el tiempo supo que le importaba mucho más saber estar, vivir disfrutando de las pequeñas cosas, y la autenticidad de las personas en su vida cotidiana. Que tenía una vida bonita, extraña para la mayoría, y en el campo, que era lo que le gustaba.

Bien es cierto que tenía sus cosas la mujercita, algunas veces como una leona enjaulada.

Después supo que no, que el amor no distinguía ni miraba el bolsillo y que la felicidad se tenía o no se tenía, sin apenas poder hacer nada para ello.

A la niña hay que educarla como hicieron con nosotros“, recordó haberlo escuchado. Fue cuando se parecía más a un potrillo que a una adolescente crecida, con una sola amiga, y con poco interés.

Ella tenía un alma libre, tan guapa como distinta, gustándole sentarse en el rellano de la escalera. Escapándose siempre que podía a ver cómo volaban o anidaban los bellos pájaros que por allí revoloteaban.

A los años a punto estuvo de ser madre soltera, resignación dolorosa a la que venció, entre la preocupación y el orgullo. Serena, sin necesidad de estar rodeada de mucha gente, encontrándose bien entre su familia y la naturaleza.

Su único nieto, un niño que nació para ser feliz muy a pesar de todo, también hubo de tragarse la misma historia, casi que de promiscua y atolondrada. De la amiga de su abuela, que tuvo una nieta, cuya madre escuchó como si todo le fuera una auténtica pesadilla lo de esa niña necesita que su madre la vigile y esté más pendiente de ella; o que había que educarla como hicieron con nosotros. Una realidad terrible que había que asumirla, generación tras generación. Algo contante y sonante, heredada de infinitos antepasados y con el sudor de muchas frentes.

Es lo que tenía respirar los aromas que inspiraron el amor de sus padres.

Castigo de Dios y de los hombres en la tierra,

como tantos otros.

 

 

1
Feb

Se mató aquella misma noche

Se mató aquella misma noche como si estuviera en el garaje de su casa. Gané la primera partida, y entonces él se puso furioso. En la mesa de atrás, un hombre calvo que venía de vestir bata blanca nos escuchaba. Los del comedor ni siquiera repararon en nosotros.

En esa ciudad nada era lo que parecía. Ni los edificios, ni los pasos de peatones, los perros, las farolas, las mujeres. Era un puto barco. Enorme. Donde se bebía agua de botella en los camarotes. Con hombres que iban en calcetines o con pijama. Hasta con mondadientes por entre sus labios.

Sin embargo, la noche en la que jugué al billar se hizo el silencio por unos instantes. Al cabo de dos domingos todos queríamos salir. Me sentí culpable.

Le acaricié su pelo corto, parecido al de un bebé; y la abracé con dulzura hasta que sus hombros se dejaron caer del todo. Como novio no podía soportar un montón de cosas. Nos dijimos adiós con las manos y nos separamos.

El perro también se manchó.

Lo tenía todo,

y no tenía nada

25
Ene

La chica de la cafetería

Y así fue como el rostro se le llenó de arrugas. Entornando los ojos como si tratara de imaginársela. Ni demasiado joven, ni hermosa. Pero de las que abrigaba los pensamientos. Y capaz de sonreír con sarcasmo hasta con viento gélido. Un gesto casi imperceptible.

Con todo, el mundo estaba lleno de mujeres que tocaban el piano mejor que ella. Otra cuestión es que la aceptó como alumna. De ahí que se esforzara en mostrarle su lado bueno, no solo las piernas largas y delgadas.

La suya no fue la típica relación de pareja. Cuando se despertaban juntos tenían la sensación de seguir soñando. Alargaba el brazo e intentaba tocarla nada más amanecer; los pechos redondos y llenos, su carne, experimentaban mejor que nadie el silencio de su respiración, permaneciendo largo tiempo tendidos en la cama.

Desde entonces la mañana era la parte del día que más le gustaba.

La chica de la cafetería fue otra. Cuando anochecía echaba de menos su guitarra. Alguien hubiera debido salvarla. Detestaba las oscuras noches de lluvia.

18
Ene

Cuando la luciérnaga levantó el vuelo

Fue mucho después cuando la luciérnaga levantó el vuelo. Todo empezó en la residencia de estudiantes, hacía veinte años. El suicidio de su mejor amigo le condicionó hasta que se desengañó, tras asumir las culpas en primer término. La novia de éste jamás le perdonó, y eso que se llegaron a casar y a tener dos hijos, superando juntos la melancolía de la pérdida al reencontrarse el último año de carrera y comenzar juntos una actividad profesional de mucho éxito.

Si bien, allí donde todo debería cobrar sentido: el sexo, el amor y la muerte. Les hizo retroceder a su juventud y verse años antes culpables, echándose la culpa el uno a la otra, y viceversa, por aquella cuerda que bajó de ese olmo gigantesco y del cual colgaron a Toni, quedándose al pie del árbol.

La cuestión monetaria también contaba. Mucho más que las lágrimas que afloraron por los ojos de Patricia tras el orgasmo más triste que jamás había sentido, en aquella adolescencia crecida y con el follaje del bosque protegiéndolos, recordando aquel silencio a todas las lluvias del mundo.

Morir no les daba miedo; el futuro de sus hijos sí. Y que creyeran que no les habían querido lo suficiente. A mediados de semana se resolvería el juicio de la custodia. El otro lo contemplaban cada vez que se acostaban y miraban al techo, juntos o separados. O a la pared, o cuando tenían hambre. Con el tiempo la cabeza se les fue embotando, máxime cuando en mayo recibieron una carta de la madre de su amigo.

Hubieran preferido tres febreros seguidos.

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