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9
Jul

Cosas que nunca se fueron

Habían medido hasta el tono de las voces; semanas enteras anduvieron analizándolas. Si tenían algo claro los de seguridad, es que no valía con observar lo que se hacía, sino que había que observar hasta lo que se pensaba. Casi cinco kilómetros en una dirección y otros tantos a la redonda no se podía caminar. Era un mundo más sostenible, más plural y más solidario de no estar en cuarentena. ¡Y el país lo había elegido! Los cafés, descafeinados, por cuando los pies parecían enormes y se les salían de las piernas a esos de gabardina azul, entrenados para todo tipo de vicisitudes.

Hasta John Connolly se congratuló del cambio de decisión de su amigo y colega Griffin, el mismo de los largos y tristes días y tediosas noches:

Desde siempre, ser lúcido y de donde uno es aparejó gran amargura y poca esperanza. Hasta el papa rompió su promesa para convertirse en Pontífice. Todos los gobiernos son más o menos estúpidos, tienen altercados y levantan terraplenes.

-Sí, ayer y hoy no se está hecho para el ancho mundo -admitió-, el yihadismo no es el problema; demográficamente todos nos ganan mi buen amigo -respondió sin entretenerse apenas, dejándole hablar, muy pendiente de que su gato no se olvidase de coger las zapatillas en su inocente falta de respeto al dolor, y sin entrar en detalles por cuanto su amigo había pasado de ser el obispo de los pobres al de los despidos. Otro que había olvidado lo que era ser como ellos-. Es usted un hombre entre un millón, padre-. Esgrimió el señor Griffin a John Connolly.

-De lo bueno aprendes, de lo malo sabes -practicó el amigo John Connolly-, al final se acaban las oportunidades. No queremos ser niños toda la vida. Las guerras están hechas para los hombres de negocios, no para la gente del campo.   

El judío director iba a pasarse por la sinagoga a perjurar en hebreo, como aquella primera vez donde salió a recibir a su majestad la reina madre. Ese día le importaba, se iba a poner la Cruz Victoria, el más alto honor que el Gobierno Británico había dado a un bibliotecario. Como hombre cambiaba de opinión; de estar su mujer viva no lo hubiera dejado (les hubiera llegado a los tímpanos el ensordecimiento). No obstante, en Manchester había hombres cuya lealtad a sí mismos les hacía peligrosos, frágiles y hasta muy osados, valientes hasta la insensatez. La emoción por el nuevo año en parte ayudaba. “Los científicos dicen que el primer hombre que caminará sobre la superficie de Marte ya ha nacido” incorporó a su discurso de arenga y ejemplaridad para con los suyos. Regio y presuntuoso. Y cómo no, el suspiro de buen whisky, eso sí, en su despacho, con los pinceles y sus horribles creaciones: tenues, de un día con tres otoños.  

 

Extracto de la novela Mary McCarthy

Disponible en Amazon

PEBELTOR

4
Jul

Ser escritor y viajar con una maleta rosa

En una sociedad llena de tópicos, sin ni haberse leído las más de quince mil páginas escritas por el autor, cualquiera creería conocerle al verle arrastrando una maleta rosa. Un rosa fuerte, de esos de verdad, toda ella.

Siendo dos personas todo estaría claro; sería de ella, o de él, porque a alguno se le tildaría. Viajando solo, las habladurías se acentúan más si cabe. No saber qué ocurre exactamente nos puede. La condición humana siempre quiere algo más: fatalidad, amor, ¿quiénes son y qué sienten?, etc.

Recorrer los dos lados de cada camino con la escritura me permite ser el hombre de las marionetas y jugar con la posesión de las vidas. Crear personajes y tramas, como, por ejemplo, meter a tres generaciones en apenas sesenta metros cuadrados, ayuda a la inserción social. Encontrar todas esas herramientas e instrumentos del entorno te permite salvar distancias y, de haberlas, conocer las capacidades que hasta el más raro albergaría.

Pero ¿qué pocos se preguntarían si ese hombre de la maleta rosa es una persona sorda-ciega? ¡Cómo nos gusta el morbo! A todos.

Un buen escritor deja huellas, pero sin pisar a nadie. Eso intento, y aprender; viviendo, siendo. Sobre todo, ahora que estoy terminando mi última novela, titulada La importancia de verse, y, que ansío el inicio de una nueva, tras darme a unas vacaciones en algo merecidas y necesarias, en las que muy posiblemente daré que hablar con la maleta rosa.

 

 

2
Jul

Lo difícil que es lo fácil

Un tipo que salió de prisión un viernes, en apenas cuarenta y ocho horas no reconoció nada, salvo que la prisión no le había aportado nada bueno, que fue otra catástrofe más en su vida. Cerca de la cincuentena, se saltó cuatro veces el confinamiento, para volver a la cárcel. Sin pareja e hijos, sin un techo fijo, queriendo mucho a su madre y a sus hermanos, que no soportándolos; vivir en determinados sitios y conocer a determinadas personas llevaba a esa fe del entrar y salir del módulo de preventivos, repitiéndosele los días. Y siempre caminando en círculos, como los perros, dando vueltas sobre sí mismos para acostarse mirando a la nada, toda una caja de comportamientos no solo curiosos, echando un vistazo a todo por si hubiera depredadores, buscando la comodidad de su ser. Alguien capaz de disparar de lado y combatir en distancias cortas sin alzarse.

Esa esquizofrenia del que todo tuviera que seguir funcionando era real, ya fuera al amparo de las alegres cortes familiares, de las altas sociedades o de quienes consideraban a la mujer un hombre incompleto, más las emociones y los avatares en la distancia y el despecho. Unos, ante la epidemia, se preguntaban si los mejores años ya pasaron; otros se dispusieron a blanquear, encalando, las fachadas de sus casas. Un rito de la arquitectura popular. La cal quitaba todos los microbios, no las palabras. Recorrer una sucesión de fachadas blancas iba ligado a la propia mudanza de las estaciones, la pulcritud y hasta la renovación de la muerte. El efecto antiséptico y antibacteriano del óxido de calcio, por el poder higienizante de la cal, lograba en los pueblos de la Campania la uniformización académica más allá de las denostadas y faraónicas construcciones de ese fulgor, que, en poco, quedaba en carestías hacia los mastodónticos complejos. En casi todos los rincones de las casas había un hueco con brochas, escobillas, escaleras, tinajas y cubos con cal apagada. Simpatías hacia los dolores propios y ajenos y un buen repasito para coger los desconchones. Una noción de humanidad.

Siempre se distinguió a seres dispuestos a la perdición, otros que eran eslabones. Hacían lo que sabían, y a partir de ahí empezaban a construir. Una mala noche podría parecer toda una semana.           

La pandemia dejaba al descubierto en muy poco tiempo todo lo que no funcionaba. Los culpables siempre fueron los menos sospechosos. Fabrizio lo sabía. Cuando cogía el coche y le daba el sol de frente prefería que le arrollase un camión y pusiese fin a todo. Nadie sabía nada en Nápoles, ni si eran prisioneros o aliados. Antes fueron enemigos de los rusos, y luego amigos. Pero tenían que vivir, y para ello habían de comer. Con la barriga llena, todos hablaban bien de Dios, fuese el que fuese.

Extracto del Libro La importancia de verse

(Novela en curso, a punto de terminar)

PEBELTOR

27
Jun

Proyectos en curso

En este Blog denominado EXTRAÑOS se vive sin imitaciones, hay encuentros… y si se siguen las pistas se puede obtener mucho más en ese juego de extrañezas:

  • Post (todos los jueves habrá una entrada nueva, al margen de otras -esporádicas-) 
  • Newsletter (a lo largo de los meses, según avance el autor con su obra)
  • Videos: canal PEBELTOR 
  • Juego de rol: pistas en Extraños-bases 
  • Etc.
  • Editando:
  • Booktrailers:
    • De todas las novelas (en curso)
  • Escribiendo:
    • Gay y discapacitado (iniciando)
  • En documentación: 
    • Lowell C. Denson -padre de familia-
    • Huele a tierra quemada 
    • ¿Dónde mirar cuando nadie te mira? 
    • Etc.
  • Pte. de ilustrar:
    • Anhelo, más allá del mar (textos terminados)
  • En documentación:
    • Collar de perlas 
    • Etc.
  • Booktrailers:
    • De todos los libros de relatos (en curso)
  • En documentación:
    • Esqueletos y Diamantes (fotografía, cuento)
    • Malas hierbas, buenas plantas
    • Tinajas
    • Etc. 
25
Jun

Ropa tendida y algo más

Con qué poco, alguien puede poner en movimiento una implacable maquinaria de destinos y fortunas, tan compleja y bien engarzada como la de los astros de la bóveda celeste y, ubicarte en ese lugar donde los que son alguien se convierten en nadie, y donde los que no son nadie se convierten en alguien, que también es necesario, según los días y la ropa tendida. 

18
Jun

Dos camas para nadie

Difícilmente se podía ser más egoísta. Ella nunca le mintió a lo que le preguntó, y siempre le cuidó. Pero sí, salieron negros. Negros como el carbón. Los pequeños Antoine y Susan apenas anduvieron por el mundo unas horas, justo las que necesitó su padre para malograr sus vidas.

Lo peor no fue eso. Los servicios de mediación familiar apenas consiguieron algunas noches en un motel del pueblo y, ni la supuesta ayuda vecinal convenció a su esposa. Ella siguió compartiendo techo, día tras día, y hasta sus oraciones. No se perdió ni la mismísima antenoche del funeral en la que dieron la bendita sepultura a sus criaturas. Así las llamó siempre su padre: criaturas.

No obstante, Elianne, esa madre dolorida no solo por las entrañas, se dispuso a sacarse la leche de sus mamas cada cuatro horas, cinco, seis o las que fueran. Y siempre pensando en esos que llevó en su vientre durante los casi nueve meses, sentada en la butaca frente al cuarto de mayores que tan bien construyeron. Eran niños deseados, programados como casi todo en la vida. A su edad, o se hacía así o no se hacía. Con cuarenta y tres años largos y ningún parto previo si el conducto por el que circularía el niño durante el alumbramiento no estaba creado de antemano habría que andarse con mucho ojo, que no todo en ginecología y obstetricia pasaba por rezar a San Rafael y gestar sacando por el vientre y la placenta.

Ojo que les faltó. Y que ni en la ultimísima radiografía cuatridimensional pudo alguien observar color de piel alguno. Aparentemente cultos, ningún profesional del extensísimo equipo médico que les trató cayó a lo largo de los dos años previos y ese embarazo, en la cuenta de explicarles esa posibilidad de sus ancestros. Blanca como la leche, ella; y, pelirrojo como una zanahoria, él, la cuadratura del círculo se produjo tan notablemente que cuando en el paritorio le entregaron al esposo al primer recién nacido -que gritaba como si tuviera dos cojones- lo dejó escurrir soberanamente, para de inmediato echar mano de la otra llorona criatura y hacer lo propio. Y todo ante los ojos de Dios y de su querida esposa, esa que no era una feligresa más sino la bendita y bella mujer del predicador Thomas.

No contento con ello, arrancó por dos veces los equipos de reanimación a esas criaturas entumecidas, exacerbado e implorando a no se sabe a qué Dios o deminio, haciendo del paritorio toda una Sicilia en pleno julio. Y ella rasgada, cosida por la pelvis, el útero, el cuello uterino y la vagina y sin poder sentir su propio dolor fruto de la epidural, borbotoneándole la sangre a mansalva a pesar de los inumerables esfuerzos de la cirujana que no terminaba de cerrar del todo esa vorágine que los forceps y la indómita experiencia humana habían conseguido.

El jefe de policía, su hermano, otro artista del insulto, siempre supo que lo mejor era dejarlo suelto, que Elianne ya se encargaría. En los archivos constaban cincuenta y dos posibles asesinatos achacables a ella. Todos de criaturas de menos de un año de vida, en circunstancias parecidas y con la probable presencia de ella, blanco de todas las acusaciones de puertas afuera, llenando el cielo de almas. 

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