Mary McCarthy

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¿Qué es?

Una novela en la que la opulencia de esos manuscritos y papiros antiquísimos del viejo mundo están en poder de lo grotesco y abominable del dinero y la dominación para con la historia. Si las mujeres mandasen, posiblemente la biblioteca John Rylands sería solo eso, más la probada inferioridad de una (Mary) solo le permite abrir y cerrar la puerta o ser ruido de vida. Y, todo se parece al dolor de un gran espacio bajo descaros mayúsculos y soberbias impolutas.

Son imágenes reales de esa realeza abrupta, meticulosa y deshecha del Reino Unido. Relaciones tonales de espacios confluentes, y un vivo ejemplo de continuidad de la industrialización. Cada cual más rebelde o contenido en apariencia, como la reina o sus detractores, quien/quienes: nunca dejan de crecer, nunca dejan de morir. Y es que vivir o nacer en la periferia contribuye a la invisibilidad, como los cuentos de buenas noches para las niñas rebeldes. Los días son así.

¿De quién trata?

De alguien que goza de su frágil salud mental: Mary McCarthy. Una ordenanza. Quien saca la cabeza de la miseria y del silencio obligatorio. Y Miss Amelia y su sustituto, el señor Griffin, epicentro de ese cambio radical que pretende dar al Reino Unido, tanto como el señor Berger; y el judío director o su segundo: un tipo de difícil digestión. Más la parecida Susan, una vecinita.  

Todo ello con la valiosa experiencia de los miembros del grupo de lectura y esa retranca, de aparente discurso limpio. Otra verdadera cercanía con los demás. El alcalde (Sr. Schmitt), cómo no, un tambor diferente, apodado Simón el Mago. Y los felinos, simplemente amargos y contundentes (Garlan y Marilyn), capaces de pedir “echadme a lo lobos” o de adivinar los malos tiempos para el país (un Brexit no solo con el viejo continente, también inflexible en su reino).

Sumada a toda esa desventura: la dama del balcón. De algún modo, realidad y leyenda.

¿Cuándo se desarrolla?

Durante el otoño-invierno de un dos mil diecinueve que confunde, en donde todos esos días transitando por los caminos en los que alguna vez habremos de pasar, precisamente recrean momentos sublimes, resentimientos y contradicciones. Sobre todo, porque querer a alguien o algo es un sentimiento inmenso, y porque si pierdes tus alas en el vuelo, no llegarás muy lejos. En cada piedra de esa bella y hospitalaria ciudad se imponen todo género de limitaciones.

¿Cómo se trabaja?

El conflicto entre la libertad individual y la garra por esa habilidad psicológica de salirse con la suya nos muestra a un padre de familia y esposo, viudo y mancillado hasta lo mas vil, miembro de un reducto de aquellos ejércitos que lucharon entre sí por ser irlandeses, galeses, escoceses, británicos o lo que fuera, colisionando con los antagonismos del viajar y la ilusión de quienes aún tienen menos escrúpulos, con la victoria como objetivo incuestionable: tal que la corona.

A caballo de lo anterior, están otros congéneres, de visión íntegra, y no tanto, que confieren un interés especial bajo la lectura de un libro escrito con elegancia, ingenio y que sienta jurisprudencia: Matar a un ruiseñor (de la autora Harper Lee, otra mosquetera, como esa Mary).

Siendo Inglaterra no podía faltar un gato vendedor de cuentos, y escondida bajo su caparazón: una Mary. La joven niña hecha mujer que si hubiera sido descendiente de un líder africano hubiera tenido mejor vida por malo que hubiera sido, sumida en el caos del orden establecido.

¿Dónde sucede?

En Manchester. Tal ciudad, con su biblioteca John Rylands como mejor expresión sirve de parapeto a todas las heridas causadas en el Reino Unido bajo esa unión de pueblos soberanos y no tanto. De Cuba también se comenta. Complicidades que enfurecen y enriquecen a iguales.

¿Por qué?

La mayoría de deseos tardan más o menos nueve años en cumplirse. Un clásico como el señor Griffin, luchador de aquellos días de ira en los Belfast, Dublín y otras tantas trincheras y acuerdos de Viernes Santo apenas tiene espacio para existir. Ni siendo bibliotecario.

La sencilla y enrevesada ordenanza le viene de lujo a su clandestinidad, hambre y lucha. La arrastra a lo más profundo, valiente y tierno: a soñar. Ella, con potencia y autenticidad, como que se lo cree, y espera llegar a conocer el castillo de Highclere con toda esa aristocracia de serie. Un vívido retrato de las experiencias de mujeres inferiores expuestas a la primera línea de combate. Un mundo que no se rinde ni olvida fácilmente: hermoso y terrible, que sufre y ríe.

Temas como el amor, las redes sociales y la venganza se entremezclan con el grupo de lectura, en una ciudad agitada por el germen de la rebeldía, donde su alcalde destaca junto a la singularidad de esos edificios catedralicios en la pasión, desquite, esperanza y justicia.

¿Para qué?

Para encontrar un auténtico camino con el que converger, herederos de la tierra (almas miserables que deambulan, también), con quienes las férreas creencias y el dinero, otros conocen el miedo de exigir. Retrato de una Inglaterra desorientada: dueña de su fracaso.

¿Qué formato se aplica?

Se escribe en prosa y se trabaja el contexto bajo ese programa de Una ciudad, un libro, símbolo de la llegada del modernismo por tantas atmósferas del pasado. Bajo la creación de un mundo casi mágico, y ese juego de paralelismos, donde el color y la esperanza empieza a extenderse por casas, calles y ese gran folletín de la biblioteca: toda una ciudad, un pueblo. Un esperpento.

No se trata de una obra donde el miedo a la libertad y la pulsión autodestructiva de la civilización lo pueda todo, en absoluto. Son historias para quererse mejor, desarrollando esa inteligencia emocional que todos procuramos, y también para descubrir talento y realizarse.

¿Quién conoce realmente la Biblioteca John Rylands?, ¿y Manchester? Se han recopilado leyendas, libros, anécdotas y testimonios de supervivientes, uniformados o no, que ejercieron su medicina y didáctica en tal lugar. Fueron pioneros, y atesoraron otro modo de comprender la libertad interior. La obra la encarnan unos personajes que no cesan de luchar contra el monstruo de la dominación. Y aun así tienen tiempo para devorar sueños, como Peter Pan o alguna isla donde las mujeres de veras miren al mar, con cuentos que son el salvoconducto que les permiten sobrellevar el miedo.

Manchester, el Reino Unido, no deja de ser la gran vergüenza aliada.

Mujeres poderosas las hay, y hasta vírgenes de huesos. Y seres devora-sueños que nos vigilan siempre. El programa Una ciudad, un libro creado en la ciudad de Manchester, sobre el arte de vivir y el crecimiento personal normaliza ese grupo de lectura, además del silencio y la confianza por cuando se van adentrando en la realidad del libro Matar a un ruiseñor y ese Reino Unido de las muchas Inglaterras.

Voces, que enmascaradas en la ficción nos hablan del oficio del vivir bien como terapia y esa clara preferencia por el calor por cuando se huye del frío. Todo, en un otoño de arduos presagios, voluptuosidades y múltiples cambios pese a los rigores. La propia Reina Isabel II se ve envuelto en uno de ellos… Por lo visto hay irlandeses por todas partes o gente que quiera serlo.

La autoridad indiscutible del director de ese Centro solo lo cuestiona el dinero, dinero que quiere hacerse con los papiros y manuscritos de incalculable valor que se guardan en ese emporio de cultura. La estigmatizada inmediatez de una ordenanza llamada Mary McCarthy nos conduce por toda esa inventiva métrica y formal, junto al señor Berger (uno de los empleados de seguridad) y tantos otros como el señor Griffin (ese nuevo y viejo bibliotecario), por ejemplo.

Prometerle ir a ver los castillos y escenarios de la serie Downton Abbey a esa empleada de base no es más que una fanfarria que le abren otro capítulo en su vida, donde, quizás, ningún error insalvable pudiera ser tan duro como ese. ¿Por qué? Por la verdad de enfrentarse a nosotros mismos, a quedarse sola. Que viene a ser lo que hace ese gestor cultural con el grupo de lectura (peor que un poeta intentando enhebrar su pensamiento en la aguja de la realidad), donde cada cual intenta remendar su distancia con la sociedad; en ese grupo, variopinto, los amigos de verdad y las necesidades duran hasta el final, el resto son etapas del pasado. En ello también ayuda Maycomb, aquel pueblo sureño de la Alabama de Harper Lee (autora del libro de referencia); y la niña Scout, porque la carne de la vida está en la sangre, y eso ya se lo contó su padre y abogado, que defiende a un negro de todos los instrumentos habidos y haber. Un clásico de la literatura al que le faltó la aprobación del burlón de Quevedo: “Nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar y no de vida y de costumbres”.

Y están los jubilados, esos que van perdiendo progresivamente su alma en un camino sin retorno, también la bruja oculta y un oscuro secreto. No en vano, todo Manchester se reduce a una lograda y asfixiante atmósfera de pesadilla en donde el aire fresco y torpe de los muchos pueblos del mal llamado Reino Unido dejan a la intemperie los oficios y las inseguridades.

Esa muchacha a quien nadie saca a bailar más que por el compromiso, quién sabe si llegará a conocer al gato Garlan y el servil esplendor del castillo, destinada a envejecer cuidándose. Solo un verdadero amigo y aliado irá a tu rescate cuando te vea decaer.

Un pueblo que honra la lectura, y que también olvida la verdad sobre la que se sostiene. La información no se pierde en la oscuridad, sino en el exceso de luz.

 

 

 

Manchester
Vecinas
Socorrista
Totum revolutum
Pautas
Lo suficiente
Ludopatías
Susan
Arqueólogo
El peor de los tiempos
De forma paralela
Añadidos de ciudad
Champán francés
De burbuja fina
A sangre fría
La madriguera
Aguas abiertas
Besos entre líneas
Ron y tabaco
Algunas contraseñas
Silbidos breves
Cuba
Enemigos íntimos
Boletín diario
La biblioteca de Babel
Penumbra
Última frontera
Bullicio enorme
Una nota de color
Emblemas
Muy orgullosos
Ver el mundo
Mary McCarthy (la ordenanza)
Miss Amelia (una bibliotecaria)
Sr. Griffin (alguien singular)
El Director  (Refugiado en papiros)
El Segundo Director (feo como pocos)
La dama del balcón (…)
Sr. Berger (vigilante de seguridad, padre y esposo)
Susan (la vecina, cómo no)
El alcalde (Sr. Schmitt)
Garlan y Marilyn (pareja de gatos y fieras)
Edith y Sybill (Castillo de Highclere)
O´Connor, Ed Sinclair, John Connolly (inductores, como tantos)

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