¿Se pueden gobernar las leyes secretas del azar?, ¿y los hechizos del corazón?… no sé, siempre queda el mañana; el mañana de los niños que se hacen mayores y llegan a la edad juvenil, su primera frontera conocida. Para la cual se precisan normas, sin ellas ¿hasta qué punto podríamos ocultar un secreto?, ¿ni un solo momento?

Dejar de ser niño es esa corona negra del día del mañana, cuando el sol ya no parece el astro sol, por estar demasiado cerca de todo. Es como escuchar música con subtítulos, que no es lo mismo. Además, si nos roban nuestra cultura, la humanidad de esos chavales difiere, y mucho. Neruda lo hubiera dicho con su prosa de las buenas reconquistas: si nada nos salva de la muerte, al menos que el amor nos salve de la vida.

Todo, porque los humanos son los únicos seres vivos que no tienen suficiente con ellos mismos, y hasta un lobo se cansa de aullar a su propia luna, con el calendario abierto de par en par. En cualquier caso, siempre nos quedarán las mañanas con sus miradas cuando ya no hay amor:

Yo sueño que estoy aquí destas prisiones cargado, y soñé que en otro estado más lisonjero me vi. ¿Qué es la vida?- se ayudó, y mucho, de las manos. –Un frenesí. ¿Qué es la vida?– incidió. –Una ilusión, una sombra, una ficción, y el mayor bien es pequeño: – la miró de todas, todas. –que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son.

Luego se habla de esos ojos de hiel que brillan en la nueva niñez. Pero eso es también soñar, y obligarse a compartir, como en El día que llovió hacia arriba donde se podría decir que la sustancia invisible de los cielos hizo el resto. 

 

 

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