mayo 2019

16
May

El cambio tecnológico ¡no me acostumbro!

Me siguen robando los caramelos. Los cogen de la estantería del despacho. ¿Compro más?, ¿dejo de reponerlos? ¿Pongo una cámara y espío quién es? ¿Me disfrazo?, ¿me pongo extraño?

Ya sucede tanto en invierno como en verano, en todas las estaciones.

Olemos el sexo, la sangre, la envidia, quién ha tocado a nuestro hijo y, ¡no somos capaces de averiguar quién coño nos roba los caramelos de la estantería del despacho! Es más, habría que saltarse algunas normas para saberlo con tanta ley de protección de datos, que hablar de pureza y verdad no siempre es bienvenido. Lo mismo es esa madre, no dejo de mirarla, o su propio hijo, que ya crece: cabrón. ¡Un edificio tiene tantas puertas!

Muchos son los llamados y pocos los elegidos. De ser varios, alguno ya habría cantado por su boca; es alguien a quien no le gustan los cambios tecnológicos. En una bandejita del armario de al lado me dejo siempre la memoria (pendrive) con las grandes verdades. Por años que pasen no me acostumbro a meterlo en la caja fuerte, ni a llevarlo siempre en el bolsillo; todavía me pesa saber lo de Kennedy, la Gioconda, los dinosaurios y el 2025.

15
May

Cuadrar las mentiras, sabiendo que te mueres

Una amiga me ha dicho que ya no tiene arreglo. Que no hay solución posible. Por más que he intentado darle ánimos, casi que ella misma ha acabado dándomelos a mí. Y ahora, que han pasado unas horas, aún en el mismo día: uno llora, uno sufre, uno vive.

Y como ella quiere, nadie lo puede saber. Hay que cuadrar las mentiras. Es su deseo, es mi respeto: mi devoción. Devoción, porque hay personas que conoces, y que por motivos que uno no sabe explicar, te caen bien desde el principio, incluso aunque la relación no sea muy fluida, o más bien, cercana. Porque también uno sabe de esa distancia, que la vida obliga.

Su familia, que la tiene, siempre supo tenerla como referencia; y su trabajo. Hoy mismo quería proteger especialmente a su madre; así me lo ha expresado. Supongo, que le será más fácil tratar el tema en su propio hogar que en aquel del que nació.

Mal que bien, le queda un tiempo, que espero le sea alegría en cierto modo, amén de la pena del saber y no poder. ¡Cada día se inventa algo! Intenté decirle. Y a eso me aferro, en la distancia más obligada. No puedo ni ir a verla. La descubriría. Es más, debo permitirle que sea ella quien se organice, en todo. No puedo invadirla: solo estar.

Y ante el resto, ni aparentar. Pero duele que alguien bueno, capaz, afable y cosas que mejor no decir, se vaya; más si cabe, habiendo pasado ya su lodo, cuando en parte la desnaturalizaron. Y jamás perdió la media sonrisa o el buen tono conmigo, cosa que incluso hoy, ha sabido mantener: en la distancia presente, más que nunca… pero ella es así: una buena persona. Lo que la sociedad necesita, lo que la sociedad no reconoce y, olvida; lo que siempre querré para ella, que siga siendo tal y como es, pero sin esa mala salud que la mata y al tiempo le presta a decírmelo, sin ni poder ayudarla: salvo estando, distanciado, extraño y normal. Recordándola, desde antes de que se vaya del todo.

Entre tanto, uno debe lidiar con gilipolleces, y con mil cosas repletas de sin sentidos. Como si todo, como si nada, como si nunca… descansa en paz, Preciosa.

14
May

Newsletter de Mayo de 2019

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10
May

Obras que son cerrojos sueltos (La frágil moral)

Uno suele contar con el factor esclavo para no rendirse, siéndose obediente: congelándose. A veces es la única forma de superar la escritura, cuando se corta a sí misma, piel con piel.

Me ha sucedido varias veces, que, estando a medias de un libro, o más bien hacia el final, como que mi cabeza pasaba directamente a la siguiente obra. Es algo incontrolable, a priori. Y, entonces uno ha de hacer de cirujano, poniendo las cosas en su sitio, aunque la cabeza planee otras cosas. Es una especie de democracia dirigida o democracia soberana.

Al ir terminando la novela La frágil moral sentí esa cúspide, un reposo y un agobio en mi pecho. Esa novela me ha hecho rectificar. Es la primera vez que destruyo un libro, hecho por mí, porque no pude superar su vértigo. Cuando lo terminé por primera vez no lo sentí como un libro, sí como una serie o una película. Y uno intenta ser lo que es, no fingir otros ADN; luego me quedé con las tres palabras más interesantes (el título) y volví a empezar. Inquieto, fértil, con un vacío que tenía que llenar.

Cambié todo: personajes, lugares, tramas, horarios. Y en tres meses ya pude mirarme a la cara. Ese acento ya lo sentí más familiar, era yo, alguien que escribía. Le puse armas al libro, ceñidos silencios, nombres invencibles y besos al filo de las agujas. Me alejé de aquella tribu tan aislada. Y no siento pena alguna, es trabajo: un apetito es inagotable donde nada es irrelevante.

Lo publicaré, no sé con quién ni en qué formato de inicio, pero espero que pronto. Por un tiempo concurrí a concursos literarios, más o menos por probarme, conocer la disciplina y acumular experiencias. Los otros guarismos no me interesaban nada, que los hay, sí. Pero en el momento en el que consideré que debí rehacer toda La frágil moral supe que precisaba otro salto base. La obra lleva su estilete, sus episodios determinantes y la profunda certeza de esa familia Peterson. 

La extrema cercanía del libro terminado me lleva a vislumbrar, estando el hoy abierto al mañana. Tengo el siguiente libro en la mirada. Es algo brutal, impresionante. Un atropello. Los actos, las palabras, las secuencias son cerrojos sueltos. Lo noto. Cada poco hay una sensación límite, del ir más allá, por todo lo que pueda dar la armonía, la melodía y el ritmo de ese mensaje que iría en el nuevo libro. No obstante, uno ha de contenerse y mantener una regla de orquestación: terminando ese en el que se está. Ese deber y honor lo acabo de gestar, aún tengo el aliento de Chicago y determinadas oraciones y cirugías reconstructivas de esa novela contemporánea, cargadas de toda la musicalidad de esa ciudad emblemática; también sus armas de manipulación.

Y paso página. Sí. Lo mismo me estoy perdiendo algo, pero somos personas que buscamos el sentido de la vida. Un poder, una cumbre. Y hay momentos donde uno coge y pierde altura. Quizás habrá alguien a quien le parezca un contrasentido. Sé que uno de los grandes libros (Lo que el viento se llevó), premiado, se hizo a lo largo de diez años lo menos. Y que, dicen, el mercado no puede asumir todos los riesgos. Pero también hay un momento justo, y un mañana al infinito. 

Eso lo visualicé en esta última novela, y el deseo de posesión. Supe que no era mía cuando la terminé por primera vez, la cancelé, y semanas después ya sentía la necesidad de su muerte, y su destronamiento, para pasar a otra obra. Mi cabeza soñaba, pensaba y visualizaba ese vacío de la caída, dejándola ir sin anquilosarme porque un escritor, escribe.

Lo peor de todo es que pierdes amigos. Ese libro que hacía, que seguía mi mismo camino, se fue. Todo ello. Y el factor esclavo te puede, abriendo otro, cortándote a ti mismo las manos. Pero al mismo tiempo te sientes incapaz, y debes poner una frontera: una relativa pausa. Una postura de miedo, de egoísmo (democracias sostenidas). Después vienen los cálculos, los fastidios, el negar lo que no vale. Dimes y diretes. Para los lectores. Dado que el libro terminado ya contesta por sí mismo, y uno, quien lo escribió, solo es cómplice: respetándolo. Poco más se puede hacer, ni llorar. Que vuele, sea merecedor o no, si acaso un engañoso intento… No creo que haya algo más cercano que estar escribiéndolo y sentir cómo se va, para que florezca… El ocio más querido, tal que viajar, amar, naturalezas; oficios también. Y lo demás son historias, que a buen juez mejor testigo. 

 

 

9
May

Economía verde y circular, dicen

Ese día pensó en cambiar la madre, abogando por tirar las flores, tan extraña y normal, como si tal cosa. Se iba a reciclar y le estorbaba todo, por descontado, primando el interés del momento. Pero claro él llegaría y preguntaría, indudablemente.

Lo que ni su hija sabía era que se había borrado la cara. Su propia madre ya no lo era tanto. Para cuando le preguntase la joven, estando guardando las fotos, debía estar segura, manejándola sin pesar y tratándola como adulta, con la certeza de que no habría pasado nada. Era una voluntariedad aceptada.

Un buen amigo siempre estaría libre. Una cosa era el vino y otra el amor. La frontera de la edad volvería a ser básica.

2
May

El ratón de mirada larga

El ratón quería que le operasen la vista, pero su madre apenas lo dejaba saltar en los charcos. Como madre y rata influía de manera directa en sus decisiones. Probó mirando a las luces de los casinos, y también con metanfetaminas; ver, veía mal de lejos. Abnegado a su madre seguía ceremonioso lo que decía ella, pero a ratos era ultramoderno, subiéndose a los tejados poniendo la imaginación en fuga.

Para los demás, el cielo no era una fiesta de claraboyas. Jamás entró al trapo de esos malentendidos universales. Los sótanos y cloacas le eran una fiesta de la irrelevancia: le aburrían.

Si bien, su madre era peor que el juez de la horca, que conocía todos los delitos por haberlos cometido previamente. Y de sueño infantil nada de nada. Es que disfrutaba en ese lugar, oteando el horizonte extrañamente.

¿Quién quiere ser princesa?, le desoyeron desde pequeño, chinchándole. O por si se iba a dar a la alta costura, provocándole. Pero mirar, para ese ratón, era una evolución más allá de encajes, tules y pedrería. Las siluetas arquitectónicas de cada barrio se las conocía: las tenía memorizadas. Y hasta había ahorrado. Su problema versaba en encontrar a alguien que le operase, y luego él seguiría disimulando, porque a su madre no pensaba faltarle el respeto, que había ratitas con más valor que cerebro.

Solo y desarmado, asustado y sin experiencia, se iba a dejar acompañar de ese viejo profesor de Derecho, el de la mirada que escuchaba. Otro que se negaba a aceptar su caso, el tipo más ciego y con más amaneceres a la par. La mujer, una marioneta o terriblemente manipuladora. El ratón no terminaba de dar con la profundidad psicológica de la misma, tan pronto quería despeñar a ese negro por el tejado que los veía desfilar por las calles, cogiditos de la mano.

Y ese era el juicio de los juicios, creer en lo que no veían, porque que la verdad nunca les era pura, y rara vez todo se reducía a lo simple y perseverante. Conocían en la medida que amaban. Del heavy metal mejor no decir nada.

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