Ser escritor y el adiós a todo eso

16
Ago

Un libro a medias, nadie mejor para una canción lenta

En la película Toro Salvaje, creo que decían: “una mujer en el lugar apropiado, en un momento apropiado, en las circunstancias apropiadas puede hacer lo que sea”. Eso también influye, porque soy un hombre. El título, que me costó dar con él: Nadie mejor para una canción lenta hasta he pensado usarlo para el siguiente libro y no me parece justo; la ceniza sagrada de otros cuerpos acumulada en la voz de viejos cantos no tendría que dar ramas verdes. Es la cara amarga de la soledad, donde sobran las manecillas del reloj y faltan otras maneras de estar solo, acabándose ahí el silencio. Dulce piel que no prolonga afanes.

Siempre lo he visto así, lo que se empieza se termina. Pero no. La firme aceptación de estar conforme con lo que se está escribiendo genera duda. Conforme me pongo con el libro en curso, mi gesto, mi tiempo, me hace patinar. El actual no es como otros, no sale con esa costumbre de andar sobreseguro, me veo más como un manojo de huesos y de palabras; ni prolongo afanes ni adivino astros.

Todo es una espesa corteza, hasta ha habido días que he tenido que evitar para no escribir malhumorado, porque todo influye. Cuando el entorno no es el adecuado, y los trabajos (funcionariales en mi caso) se convierten en patéticos y odiosos, eso de resguardarse en la escritura como tal paz dorada, seguridad, pan y mejor metal, es un andar cuestionable.

Dudo si seguir y darle un mejor desarrollo y fin, correlacionando lo que ya llevo hecho, que es bastante; o bien dejarlo estar. Me daría igual deshacerme del mismo, como ya hice una vez (hecha la excepción todo vale dicen algunos), o apartarlo al sueño de los justos, dejándolo inacabado en una caja sin nombre. Más el futuro de lo que hay no es la duda, sino habitar esa tierra de culpas, porque este libro iba a ser un pequeño y sucio secreto con deterioros de ADN. Versaba sobre un pueblo de china, junto a la Gran Muralla. Se trataba de poner en duda la verdad absoluta y eterna que existe sobre la misma. Y, sin embargo, como que necesito lo menos cien letras para vehicular lo que antes salía en una, por días inerte, cabizbajo, sumido en la incoherencia de la empresa para la que trabajo (la que ni escucha el terco movimiento de los corazones insomnes).

En fin, la realidad tiene la última palabra para validar o refutar. No todo vale. Negar un libro lo mismo es trucar las leyes de la naturaleza. Si no es lo suficientemente bueno, como me parece a mí -por lo sentido hasta la fecha- lo mismo debo simplemente seguir por eso del método y lenguaje, aunque esté disconforme. Dejarlo todo en presencias que nunca se acabaron ni se fueron podría pasarme factura, ¿y si me acostumbro y sucediera con otro más, y más? Creo que tocará habitar la tierra de culpa, ¿no sé si entregarme sin tristeza a ese rumor amargo?

 

 

3
Ago

Escribir por ese placer raro de evadirse, que también

En días en los que uno preferiría ser tragado por un desierto hay mudanzas imposibles. El hecho de perderse no es necesariamente malo. Quizás, ese picor inmediato de la ansiada mujer, las ciudades emblemáticas de naturalezas perdidas, o bien las orgullosas rutas medievales con sus cornisas. Un deleite, que también.

Calles empedradas casi totalmente, zonas reservadas, la gastronomía local. Alimentarse de lo que se tiene, y hasta se pone gafas de sol, sombrero, calcetines finos o más gruesos, subirse a un bote de agua, coger los prismáticos barriendo los horizontes con ligeras brumas azuladas o gélidas estaciones. Un pequeño puerto que recorrer, pubs, terrazas animadas o tradicionales. A veces todo incluso en el mismo día.

Vuelos sin compañías aéreas, paradas para descansar, refrigerios; visitar justo el centro monumental que querías. Bosques, huertas, barracas. Suelos arenosos con su microclima, acumular desniveles. Todo ello resumido en la más pura esencia. Hasta arena fina y calas de granito. Esa farmacia rural, las travesías.

Tiempo atrás llegué a estar en fortificaciones alemanas que fueron históricos y sangrientos escenarios de batallas, con restos de búnkeres y pozos donde pedir deseos avanzando en paralelo. Y la Ruta de la Seda, los viajes de Marco Polo, vestigios budistas, grandiosas carreteras que recorrer con/sin acompañantes de habla hispana. Sí, sentirte extranjero en ninguna parte. Uno de los mayores privilegios.

Artesanías locales, platos típicos, las mezquitas más grandes, antiguas calles y talleres locales. Trámites en aduanas. Deslizamientos de tierra. Caminos hermosos. Aquel glaciar donde la tarde libre para un corto paseo, masaje y seguir recorriendo el mundo. ¿Sí quieres? www.pebeltor.com Puedo escoger la temperatura, actos masculinos, palabras femeninas, abogados, poetas, tropas, médicos, homenajes a reinas y ciudades más o menos pobladas, entre otros.

Descarto de forma categórica los dinosaurios y los parientes cercanos, al igual que los compañeros de trabajo que manipulan los genomas. Una vez intenté clonar fósiles; tal gesta no prosperó, fue algo extravagante. Y se puede discutir, si ustedes quieren: aunque su vida dure apenas unos minutos.

23
Jul

Ser escritor -Ítaca- (La frágil moral)

Un trabajador que escribe a su Luna se engancha a todo tipo de degradaciones, que es lo primero que uno observa y relata. Una droga menor, pero droga al fin y al cabo: escribir, venderse. Y como decían en Alejandría: la importancia de disfrutar el camino, cualquier camino, y no sólo añorar el objetivo.

El demoledor retrato de cómo se gestan las literaturas diarias es ese: trabajo, hastío, intereses… casualidades. Y no, no seré el duende de los títeres. Tengo mi big data (ahorrando costes dentro de lo razonable: sostenibilidad). Es lo que pienso, es lo que creo. Así también escribo, en mi desconexión, otra manera de ejercer y de contaminarme en todos los sentidos, purificándome de mayorías, simplezas y hasta de mí mismo. Escribir es repulsa, y familia. La invención de la soledad y la paciencia pudiera ser lo más tradicional, lo más parecido a la tecnología sensorial. Rueda del oro de todas las marcas y empresas, conjuntos de personas. Si bien, no existe un secreto simplificado para rearmar una empresa o relación cuando no funciona, salvo la base, el armazón: los puntos de encuentro. Sí o sí. Los Cíclopes, los Lestrigones y la fiereza del dios Poseidón no aparecerán en tu camino si mantienes un “pensamiento elevado”, aseguraba Cavafis; los peligros sólo surgirán si los llevas dentro, si tu alma los pone frente a ti, decía el poeta griego.  

Unos lo llamarán coser rotos, otros, no empezar la casa por el tejado; los menos, quienes no se afanan en demostrar la existencia de ningún Dios, dirán otra estructura. Y en toda estructura, sea de personas o de recorridos y arquitecturas varias, lo que rige es el orden establecido y el criterio a seguir. Yo adopté el mío con ella, no pudiendo vencer ni dejarme batir; en el trabajo, he de manejar el timing; como escritor, qué menos que saber de las sincronizaciones. Antes escribía alocado, quería subirme a un tren que no sabía si estaba pasando o no; desconocía hasta mis propios movimientos: necesitaba darme a esa velocidad, que me asfixiaba… De algún modo voy aprendiendo a controlarme, a saber esquivarme: respiro. No me queda otra, los golpes van y vienen, y se ha de mantener la mente en el tiempo presente.

A los que hacían las Américas les asesoraban con lo de “necesitas un nuevo nombre para tu nueva vida en América. Olvida el apellido. Pero uno no puede llamarse Rockefeller cuando quiere dar rienda suelta a no se sabe qué, o arreglar una empresa o una relación, ni con diecinueve años o noventa y nueve; nunca. Ciertos logros requieren de recias espaldas y de manos enormes, no así de pies inquietos de los de caminar sin dueño: hay que saber dónde se pisa, y ser lo bastante fuerte como para que te duela. Escribir me ha ayudado a sentir mejor. También a saber discernir cuando la oferta que se me presenta es traicionera, o sencillamente es la que es, y debo analizar ¿qué llevo perdido?, ¿y qué llevo ganado?

Pero sí, una buena suma de dinero no estaría mal; y un beso, mayor o menor; o un abrazo de los de verdad. En algunas sociedades se hace una limpieza a fondo, con pintura incluida por dentro y fuera del domicilio al fin de un ciclo, en otros al comienzo, que es como debo verlo, aunque esté cavando mi tumba porque siendo independiente te tildan sin serlo. Supongo, que limpiar es otro modo de allanar a los vociferantes, con regateos, pues no es posible escapar del miedo, solo contenerlo, pero sí, dicen de uno… No me queda más que dejarles, que te elijan es la primera mitad de toda guerra; la otra, ejercer el puesto. Ítaca brinda tan hermoso viaje.

Pide que el camino sea largo.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que llegues -¡con qué placer y alegría!-
a puertos nunca vistos antes.
Detente en los emporios de Fenicia
y hazte con hermosas mercancías,
nácar y coral, ámbar y ébano
y toda suerte de perfumes sensuales,
cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.
Ve a muchas ciudades egipcias
a aprender, a aprender de sus sabios.

Presencias que hasta se yerguen en tu alma. Escribir es como soñar lo inexplicable, tocándolo. Una ambición de la vida en modo tenue. Fuera de octubres. Cercano, distante y normalmente desentendido, todo, lo uno y lo otro, siendo un buen gestor de recursos y de sentimientos sin que te afecten más de la cuenta. O sea, como toda relación que se precie o haciendo de buen ejecutivo: aburrido, formal, decidido, prudente y virginal, pero siempre con toques rotundos y tímidos.

Pero ¿qué hacen los gurús de la gestión para aunar y rentabilizar proyectos, vidas? Hoy en día hay hasta cursos de cómo ligar (cómo entrarle a una mujer, leí recientemente), con clases teóricas y prácticas. Yo creía que nada superaba a cuando uno va a dar el pésame a un funeral, y se ríe -como medida de gracia- con el allegado del fallecido, en un duro y feo gesto cruel y animoso, recíproco más bien: de inteligencia excepcional.

El caso es que uno siempre ha de tener un plan. Quieras o no compites, la vida te lleva a emprender caminos diferentes, estés o no en una majestuosa posición; la vida te incauta. Y de manera natural no se aceptan las divinas dádivas: todo tiene un precio. Si eres jefe te revisten de cabrón, lo menos, a poco que hagas o dejes de hacer a las naturalezas, por más que quieras unir el esfuerzo con la rentabilidad, lo tradicional con lo innovador y las emociones con lo sustancial. Y si eres un querido, los primeros días pasan pronto, y la esperanza de alcanzar cierta satisfacción interior también se va con las biografías del silencio. Eso, en caso de tener trabajo o alguien a quien querer. ¡Qué también es lo que me pregunto!, ¿sí tengo trabajo?, ¿sí tengo vida escribiendo? No quiero ser un fotógrafo retratista, tengo mi temperamento, y por supuesto mal genio, sé de lenguajes bruscos e insultantes y de hacer las cosas a regañadientes. Gestionar, escribir, no es un juego de niños. Los escritores hacemos que las cosas sucedan. También sabemos de las cadenas de malas decisiones, o de que nadie quiera escuchar a los trabajadores; toda gramática de gestión se parece al boxeo. Ansiamos dar ejemplo de aquello que exigimos, y aceptamos lo que nos viene… pero para llegar lejos mejor hacerlo con ventajas: conciliamos, aunamos.

Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin aguantar a que Ítaca te enriquezca.

Todo arte y oficio tiene su profesión. Sus códigos. Sus extrañezas. Tiempos. ¿Pero y si te quieren y no estás preparado, si te han pillado a contrapié?, ¿si alguien tiene interés en conocerte? ¿De veras se puede redescubrir que la comida tiene un sabor diferente?, ¿y que la lluvia no cae solo en mi cabeza?… Me han elegido, me han condenado. ¡Qué cabrones!, ni un mal secreto simple… Me han usado como a todo soldado, diciendo sin decir.

Si la memoria no me falla: he pasado por no tener ganas de conocer a nadie; no apetecerme trabajar, en absoluto; no tener ni la intención de extrañarme por las extravagancias, que las sigue habiendo; e incluso a tener los ojos agresivos… Me siento preocupado, por cuando el llorar ya no es de niños pequeños. Es lo que me ajusta estrictamente a la realidad. Inevitablemente hay que trabajar, disfrazado, en la mayor parte (hasta los vagabundos se disfrazan). Y he de ser referencia, ese es mi poder: dar ejemplo. Así como controlarlo todo, sabiendo delegar y hacer. Sí, será un paseo largo, por corto que se nos haga; o viceversa. Llega un punto donde lo que importa es no hacerse daño. No vale con permanecer a la expectativa, y ser uno más de esos retratistas. En todo anuario de la vida terrenal, observar el rostro de otras personas, más rostros cada día, todos distintos y al tiempo iguales, te mantiene los ritmos constantes y te da la seguridad de que los mejores días están por llegar. Así debo entenderlo. Y a los de dientes grandes y brazos flacos, se les ha de urgir con o sin dientes; me tocará a mí, lo llevo reclamando: oficio. Es la alianza global, como al escribir, porque nadie sabe qué va a salir cuando se enfrenta uno a una página en blanco… aunque nos movamos por plazos, objetivos y organizaciones. Y sale: se escribe.

Pero no tiene ya nada que darte.

Dicen que en la entredicha radioactiva ciudad de Chernobyl ha vuelto la naturaleza toda vez que el hombre ha desaparecido y se ha dejado lo salvaje, ¿pero qué naturaleza?, ¿será buena o mala? ¿Qué timing conlleva Chernobyl? Las oportunidades, crecimientos, también pudieran ser incontrolados: nefastos. ¿Acaso es ahora Chernobyl una jaula de oro?, ¿flores que tararean sin problema? ¿Es esa la cara rica del planeta?… No soy lo suficiente mayor como para creerlo. Empiezo a sentir una intensa aversión; empiezo a ser una perra chica. Qué quieto parece todo en ciertos momentos. Pregúntale a tu padre, asesorarían los de las Américas. Y ya no tengo. Pregúntale a tu madre, dirían, de saberlo. Y ni en un acto de desesperación veo solucionar ese punto muerto tan nuestro. Nunca di un paseo tan largo al volver a casa: iba con ella, sin ella; sin duda, algo mejor que nada, quizás lo más preciado para un hijo, e insuficiente a todos los efectos. No fuimos capaces de hablarnos. Andando. Como las leyes de la realidad: ese trayecto será uno de los más recordados, en toda mi vida adulta y de niño máximo. Mi madre jamás ha llorado delante de mí, pero vertía lágrimas a escasa altura de mi cuerpo, con el rictus serio y la vista alzada hacia adelante, seca, a punto de abrir la boca y de decirlo todo y nada… pero sin nada de preguntas: solos, extraños. Patético, tampoco tengo padrino ni madrina. Solo tengo mi rara normalidad, mi respeto. Mi desprecio y exigencia… mi naturaleza: el deber.

¡Ojalá pudiera cerrar los ojos y despertarme delante de un nuevo escaparate!, ¡qué pasen sencillamente esas cosas que no pasan y todos queremos tener!, ¡qué las cosas rotas se arreglen!

Y no, no hay ni silencio. Es un ser y estar conmovido. Todos los semáforos están en ámbar, espejos de almas simples. Hasta querría ser mudo y que me operasen sin anestesia para ver mi propio estallar… para que todo cambie súbitamente, para que nada sea igual… Como hijo, como escritor, eso debo hacer: cambiar las dinámicas. Las actitudes. Pero que todo siempre esté listo. Que nada falte. Siempre con las perfectas educaciones, que no somos ni seremos marionetas. Que los secretos de quienes se hablan y no creen ser vistos no hagan más daño si cabe. Una sintaxis aparentemente desordenada, del medievo; bajo una misma lengua: palabra, orden y mando, con la espada en alto e historias que contarnos. Trabajos de una misma luna: existir, pues lo peor es creer que se tiene razón por haberla tenido o esperar que la historia devane los relojes y nos devuelva intactos al tiempo en que quisiéramos que todo comenzase; que llega el momento de ejercer más y mejor.

Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Ítacas.

Por eso, es importante leer las señales que da una persona desmotivada. Nada le parece suficientemente bueno y se queja. Evade su responsabilidad y da excusas para no cumplir sus metas. No siente entusiasmo por su labor ni busca aprender de otros. Evita el trabajo en equipo y no tiene iniciativa. Destruye la moral de la empresa al difundir rumores o malos comentarios. No apoya la misión y la cultura empresarial. ¿Por qué sucede esto? Si bien hay empleados, personas, que simplemente no se ajustan al perfil de una empresa/relación, y otras veces son las compañías las que fomentan este tipo de actitudes en su fuerza de ventas/Servicio. Es vital reconocer el mantenimiento del negocio. Satisfacer sus necesidades ayuda a que tengan mejores resultados. Si dentro de tu relación/organización se presentan situaciones de esta naturaleza, pero no sabes las razones, hay que preguntarse puerilmente: ¿Qué tienen en común una estrella, una interrogante, una vaca y un perro? Es una pregunta curiosa o más bien completamente extraña y confusa. No he enloquecido aún. Estos cuatro elementos representan gráfica y metafóricamente algo llamado Matriz BCG. Aliados que ayudan a analizar tu cartera de negocios de manera estratégica para que puedas decidir en qué empresas, personas o productos vale la pena invertir y en cuáles no. La matriz de Crecimiento-Participación, en primera instancia lo reduce todo a una vaca, un perro, una estrella o un interrogante. Nada de princesas de mármol o de cristal.  

No toda inversión es efectiva: están los mercados, los ciclos de vida, etc. Hay que categorizar. Enfocar inversión/beneficio para averiguar la rentabilidad. Como escritor, hace tiempo que decidí escribir para mí: analicé los años de vida que tenía, ¿cuánto invertiría?, evalué posibles ventas, mi participación y estrategia. Como jefe, sin serlo, analicé con qué equipo trabajaría, las normas a cumplir y el factor tiempo, además de la oportunidad, pues debía reconocer y aceptar mi propia sombra. Y decidí, que somos lo que somos. Igualito que cuando incrédulo, comencé un diario, medio esquivo medio decidido. Necesitaba coser mis rotos. Ahora, debo manejar las prosas y los versos, algunos torcidos, con docilidad, rigor e ilusión, bajo la misma lengua que se nos va yendo cuando no somos, canalizándolo todo. Paseando en corto o en largo, pero estando, cuidando: los perros no hablan pero oyen muy bien.  

Actualmente, si preguntase por un nuevo nombre, ya estaría perdiendo el tiempo. La prioridad es la que es: cumplir y hacer cumplir; sí, cercano, racional. Plural. Y lo demás son historias. ¡Qué pase lo que tenga que pasar en todas las lunas de lobos! Estamos condenados. En muchas ocasiones son nuestros propios demonios los que nos estorban… hasta el paladar. 

Todos queremos volver a casa, a Ítaca,

avistar desde el mar la isla en la que crecimos,

volver a ver a la mujer que amamos y que nos espera hace tantos años.

Tienen la opción de reservar mi novela La frágil moral en el siguiente enlace (les recompensaré; el talento consiste en cómo vive uno la vida -lo que fácil llega, fácil se va-); muchas gracias: 

https://www.lanzanos.com/distrito93/proyectos/la-fragil-moral/

 

10
May

Obras que son cerrojos sueltos (La frágil moral)

Uno suele contar con el factor esclavo para no rendirse, siéndose obediente: congelándose. A veces es la única forma de superar la escritura, cuando se corta a sí misma, piel con piel.

Me ha sucedido varias veces, que, estando a medias de un libro, o más bien hacia el final, como que mi cabeza pasaba directamente a la siguiente obra. Es algo incontrolable, a priori. Y, entonces uno ha de hacer de cirujano, poniendo las cosas en su sitio, aunque la cabeza planee otras cosas. Es una especie de democracia dirigida o democracia soberana.

Al ir terminando la novela La frágil moral sentí esa cúspide, un reposo y un agobio en mi pecho. Esa novela me ha hecho rectificar. Es la primera vez que destruyo un libro, hecho por mí, porque no pude superar su vértigo. Cuando lo terminé por primera vez no lo sentí como un libro, sí como una serie o una película. Y uno intenta ser lo que es, no fingir otros ADN; luego me quedé con las tres palabras más interesantes (el título) y volví a empezar. Inquieto, fértil, con un vacío que tenía que llenar.

Cambié todo: personajes, lugares, tramas, horarios. Y en tres meses ya pude mirarme a la cara. Ese acento ya lo sentí más familiar, era yo, alguien que escribía. Le puse armas al libro, ceñidos silencios, nombres invencibles y besos al filo de las agujas. Me alejé de aquella tribu tan aislada. Y no siento pena alguna, es trabajo: un apetito es inagotable donde nada es irrelevante.

Lo publicaré, no sé con quién ni en qué formato de inicio, pero espero que pronto. Por un tiempo concurrí a concursos literarios, más o menos por probarme, conocer la disciplina y acumular experiencias. Los otros guarismos no me interesaban nada, que los hay, sí. Pero en el momento en el que consideré que debí rehacer toda La frágil moral supe que precisaba otro salto base. La obra lleva su estilete, sus episodios determinantes y la profunda certeza de esa familia Peterson. 

La extrema cercanía del libro terminado me lleva a vislumbrar, estando el hoy abierto al mañana. Tengo el siguiente libro en la mirada. Es algo brutal, impresionante. Un atropello. Los actos, las palabras, las secuencias son cerrojos sueltos. Lo noto. Cada poco hay una sensación límite, del ir más allá, por todo lo que pueda dar la armonía, la melodía y el ritmo de ese mensaje que iría en el nuevo libro. No obstante, uno ha de contenerse y mantener una regla de orquestación: terminando ese en el que se está. Ese deber y honor lo acabo de gestar, aún tengo el aliento de Chicago y determinadas oraciones y cirugías reconstructivas de esa novela contemporánea, cargadas de toda la musicalidad de esa ciudad emblemática; también sus armas de manipulación.

Y paso página. Sí. Lo mismo me estoy perdiendo algo, pero somos personas que buscamos el sentido de la vida. Un poder, una cumbre. Y hay momentos donde uno coge y pierde altura. Quizás habrá alguien a quien le parezca un contrasentido. Sé que uno de los grandes libros (Lo que el viento se llevó), premiado, se hizo a lo largo de diez años lo menos. Y que, dicen, el mercado no puede asumir todos los riesgos. Pero también hay un momento justo, y un mañana al infinito. 

Eso lo visualicé en esta última novela, y el deseo de posesión. Supe que no era mía cuando la terminé por primera vez, la cancelé, y semanas después ya sentía la necesidad de su muerte, y su destronamiento, para pasar a otra obra. Mi cabeza soñaba, pensaba y visualizaba ese vacío de la caída, dejándola ir sin anquilosarme porque un escritor, escribe.

Lo peor de todo es que pierdes amigos. Ese libro que hacía, que seguía mi mismo camino, se fue. Todo ello. Y el factor esclavo te puede, abriendo otro, cortándote a ti mismo las manos. Pero al mismo tiempo te sientes incapaz, y debes poner una frontera: una relativa pausa. Una postura de miedo, de egoísmo (democracias sostenidas). Después vienen los cálculos, los fastidios, el negar lo que no vale. Dimes y diretes. Para los lectores. Dado que el libro terminado ya contesta por sí mismo, y uno, quien lo escribió, solo es cómplice: respetándolo. Poco más se puede hacer, ni llorar. Que vuele, sea merecedor o no, si acaso un engañoso intento… No creo que haya algo más cercano que estar escribiéndolo y sentir cómo se va, para que florezca… El ocio más querido, tal que viajar, amar, naturalezas; oficios también. Y lo demás son historias, que a buen juez mejor testigo. 

 

 

17
Mar

Ser escritor y con quién nos cruzamos

Me da los buenos días, cuando nos cruzamos. Y yo a ella. Siempre en días de diario. Temprano. Ella ya dispuesta, yo a ello. Va con la escoba, y el carro. Brilla su uniforme, y ella. Y no, no es un maniquí apostado; además, como persona tiene sus secretos.

Sé que tiene dos hijas, fuimos a la misma universidad, ya creciditos. Compartimos apuntes, creo, la barrendera y yo, como tantos otros. Antes no sabía mirar, ya sí. Por eso sé que es ella, aunque los primeros días costaba saludarse, una de esas ingenuidades de los mayores. No sabía si la ofendería al saludarla, no quería rebajarla. Tiene tantas carreras universitarias y más títulos que yo, seguro, y aunque no lo fuera.

Pero ya no callamos, si es que lo hicimos alguna vez. De hecho, cuando no está la echo en falta. No solo porque tiene sus calles impolutas tras su paso. Tampoco callo con la otra uniformada, que también tiene una hija, y se notan sus ausencias. Con esta también medí los saludos, aquí más bien por timidez, un respeto raro de quienes tenemos prudencia en los cumplimientos; esas vergüenzas que con las generaciones se pierden. Pero me conocen, saben mi nombre, donde trabajo y por donde vivo en los unísonos; a mí, que soy de los de fijarse y observar, con tantas personas con las que me cruzo, últimamente me falta tiempo o sobran nombres cualesquiera, pero lo intento, se lo debo. Formar parte de las mismas, son parte de los trabajos y los días, también, en nada mediocres.

Y sí, son diana de mucha gente porque su trabajo conlleva exposición y cautelas varias, aunque por ingrato sea sumamente necesario.  Sin ser supremacista, sino todo lo contrario, ¿qué empresa o país funcionaría sin esas personas de los servicios básicos? Y no, no son los servicios que aparecen en todos los titulares, no hablo de educación, sanidad, cultura; hablo de limpieza, por ejemplo: de viales e interiores.

¿Cómo sería un día perfecto para ellas?, ¿de cualquier persona en el mundo, a quién invitarían a cenar? Muchas de ellas sirven en ministerios, en empresas cotizadas en bolsa, en empresas de suministros (agua, electricidad). ¿Cuál es el mayor logro de sus vidas? ¿Qué es por lo que se sienten más agradecidas en sus respectivas vidas?… apelar a eso entierra las tres frases sobre nosotros que nos hacen extraños y embarazosos, cumpliendo: Buenos días; Hasta luego; Feliz Navidad.

Quizás, deberíamos tomarnos cuatro minutos; además, ven los fallos donde no los hay, y no se les deja razonar… Está claro que esas número dos pudieran protagonizar muchos libros, conocen el terreno donde pisamos, santos, señas, duelos y quebrantos… y matarían por sus hijas. De hecho, si las tuviera, sé que a ellas se las podría confiar, pero al resto… el corazón tan blanco.

Tanto ADN en los trabajos nos está haciendo el mundo esférico. Si las viéramos asomadas a una ventana nos cabrearíamos… pero, quien no sueña está condenado a ser un esclavo, dicen.

26
Ene

Y esa otra realidad: alguien que no quería envejecer

Han sido meses escribiendo una novela, que, finalmente, decido empezar de nuevo. Escribí gustándome el personaje, hasta me llegué a sentir de la misma forma que él, sin embargo, al terminar, ese todo me deja casi sin voz, con la moral flexible y una mezcla de biologías y sentimientos que lo sobrevuelan todo. Era una novela, no un diario o un relato cualquiera. Llegué a oler como él.

Ese personaje traspasó mis letras porque a poco lo vi en pantalla a una velocidad inusitada. Y he sufrido esa luz que arrojan todas las secuencias que perpetúan las retinas. Lo vi como película, con todos los valores. Tenía el enemigo adentro. Y no he sabido darle toda la excelencia. Por ello, he tirado mi libro, mi historia. Toda esa historia de sementales se ha quedado en nada. Cuando uno escribe las palabras también te dicen: a mí me han ganado.

Esas letras ya no tienen voz, forman parte del olvido. Trataban de la evolución humana, de alguien que no quería envejecer. De una persona que sobrellevaba el día a día robando. Su identidad tenía ambición, con él llegué a la diversión y a una villa imperfecta llamada “Olvido” donde había personas de muchas nacionalidades. Donde se nos permitía hacer lo que quisiéramos, todo bajo el mismo idioma: calcar. Había belleza, y arte, sobre todo lo último. De hecho, era un laberinto de obras robadas, algunas detrás de ventanas mal iluminadas, o a la vuelta de algún que otro cubilete, incluso separando el ancho de la calle.

Él fumaba mucho: el Chincheta. Un tal Gabriel, quien demandaba mi atención. Al darte la mano te daba un respingo. Tal vez solo una costumbre sin esperanza. Las mujeres tenían una edad relativamente joven. Todas debían renunciar a algo, como todos; ninguno llegamos a Olvido sabiendo lo que íbamos a encontrar. A cada cual le vendió un humo distinto. Juntos, nos creó la coparentalidad. Todos éramos de todos, mientras él sentía las presiones del reloj biológico.

Su hija y un nutrido grupo de doctores, encabezado por Leslie, una rara avis, normalizaban todos esos cambios y nos establecían vínculos. A mí me encajaron con las francesas. Era eso, el que las calcaba. Para mí empezó siendo difícil, luego un placer y finalmente un tormento, conflictos.  

Unos decían que ese lugar estaba en Colombia, otros en alta mar. Destruí esa noción. Llegó un momento en el que no pude más que pisotear todo ese armamento y las nociones. Entendí que no era un monumento más, y que el rencor, la venganza y la humillación llegarían tarde o temprano. No ahorré en recursos, tampoco me convenció el cierre: forzado.

Me avergüenza cómo los políticos permitieron eso. El arte es solo una manera de fracasar mejor, un hilo para entender la realidad. El Chincheta había caído en la lógica de ser tan certero y profundo que me permitió manejar los clasicismos, racismos y machismos generando marginalidades. Su duelo solo lo podía concebir en el conflicto armado al tiempo que su envejecimiento seguía de manera responsable, amorosa y descarnada.

Y entonces entendí que el arte tiene una capacidad de acción lenta, no así la vida. Quizás me obsesioné con ganar y no vi el sentido de esas imágenes (de noche y de día), hasta lo consideré un caballero, al sinvergüenza. Tuve ese problema, escribí con mucha fuerza y probablemente he malgastado esos meses porque no hemos parado de crecer, por más titulares que le daba, discursando. Hablamos mucho él y yo, en la libertad de su villa, una de tantas.  

La frágil moral también será recordada por eso. Nada es comparable. Dos inviernos u otoños tendrá, lo mismo hasta primaveras, no sé. La verdad es que me paralizó, imbuido… para nada. Ni me di cuenta que estaba sangrando por todas mis presiones o neutralidades. ¿Faltó cariño?, ¿traté de protegerme del futuro?, ¿no he sabido respetar mi opinión?, ¿es autocensura?… ufff. Igual es verdad: en las casas que hay perro huele a perro.

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