Ser escritor y el adiós a todo eso

20
Ago

Las cortinas de un escritor

Ni a gritos se podían tapar algunos silencios. Tan pronto se sentía como un pomposo capullo, que como alguien más guapo que el pecado o sencillamente una puta mierda. Pero escribía, o lo intentaba a duras penas.

Había ido a hacer la compra por no aguantarse. En el peor día de la semana, y a la peor hora. Y lo sabía. Lo bueno, que saludó a un viejo conocido que le reconoció, de esas personas en las que confiar y poder darle las llaves de su casa. Buena gente. Compró comida y helados. Los necesitaba. No pensaba abrirlos por mucho que lo necesitase; otras tantas veces sí que lo hizo.

Tenía edad como para recordar los tiempos en los que la gente cumplía su palabra. Por eso mismo se sentía así, medio engañado, medio defraudado… medio gilipollas. Era un escritor solitario, silencioso y soñador. De niño, alguien callado, a quien le daba vergüenza hablar, sabedor que habría algo esperándole, algo más fuerte, más inteligente, más amable, más duradero. Algo más grande y mejor.

Sin embargo, la vejez le llegó con achaques de estabilidad y poco más, y eso que una mujer llegó a ir más allá de sus hábitos de escucha y las palabras escritas.

Su escopeta, a sus setenta años, seguiría tan precisa como el día en el que se fabricó. Un día especial, porque estrenó ropa ese viejo carcamal; en la noche en la que volvió a fumar.

Su diario pronto supo que eso no fue una buena señal. Todo se le antojó frío, lúgubre y cambiado sin remedio. Estaba solo, con los nervios a flor de piel, con la mirada perdida en la silla, vacía. Pasó a ser el lugar más maloliente al cabo de unos días.

Nadie acudió en años…. llegó a pasar medio siglo de vida cuando alguien abrió la puerta sin que sonase la campanilla previamente. Las cortinas le parecieron llamativas.

26
Mar

y no darse por vencido: invisible y sólido

Solo podemos hacer lo correcto tal y como lo entendemos, y con reverencia encomendarnos a Dios…”, así terminaba el último libro que escribí y publiqué. Una frase que para los mortales lo tiene todo y no tiene nada.

Una vez ofrecí regalarles mis libros a Centros de Enseñanza (los llamados I.E.S. -Institutos de Enseñanza Secundaria-) y a Centros Sociales. Llegué a contactar con ocho institutos y nueve centros sociales, como poco. Fue un ofrecimiento de libros gratis por mi parte, incluso les dije que se los acercaría yo mismo, luego no les comportaba gasto alguno, y sin compromiso de ningún tipo.

En otra época dejé y repartí varios ejemplares por diferentes lugares (parques, marquesinas de paradas de autobuses, etc.), también, donde viajaba o tenía que ir por necesidad, como una consulta clínica donde dejé caer algún libro.

Todo ello lo entendía como parte de la productividad de un escritor y esa simbiosis de ir dándose a conocer. Lo que los expertos digitales denominan: posicionamiento. Y en lenguaje llano: visibilidad, que te conozcan.

Nadie respondió. Nadie.

De primeras no di crédito, después, me pregunté ¿por qué una camiseta de marca podía valer de setenta euros en adelante y un libro que regalaba, nada? Me costó entenderlo. No tuve respuesta alguna, y cuando digo que “no tuve respuesta” es que ni me multaron (por dejar libros tirados), como si fuera alguien invisible y a la par sólido.

Si bien, yo siempre seguí escribiendo. Y sigo. Por supuesto que también trabajé en las otras herramientas, esas de las redes sociales. Una amiga me ayudaba y ayuda en ello, subiendo una entrada semanal que hago al efecto; y yo mismo, intento tener actualizada la página (website) oficial con la que firmo: PEBELTOR. Algo que lleva mucho trabajo, y que no es escritura en sí mismo, mucho menos negocio, porque como escritor no dejo de escribir e invertir tiempo y dinero en mis libros, unos tras otros, sin saber muy bien ¿por qué? y ¿para qué? Pero cuando pasan días y no has sacado tiempo para escribir, sientes que te falta algo, y necesitas hacerlo.

No obstante, y a pesar de la falta de respuestas, uno lo sigue intentando, sin expectativas, pero con oficio. Lo de participar en los concursos literarios, que antes era algo muy recurrente, poco a poco lo fui dejando atrás, aunque de cuando en cuando participio en algún que otro certamen conocido, bien es cierto que, con pocas aspiraciones, aunque con total integridad por mi parte. De hecho, finalizada la fase de escritura de esa última novela (con mis únicas correcciones, el registro de propiedad y su punto y final), como autor decidí participar en un concurso literario que por fecha me permitía presentarlo sin que hubiera mucha demora en los meses hasta saber de su resolución y, al tiempo, contactar nuevamente con algunas editoriales y agencias esperando algo de interés por su parte, que no solo silencio o las típicas buenas palabras en renglones contados (una buena editorial lo quiso, gratis, muy gratis… y no me pareció bien regalarle mi trabajo ni llegar a pagar por ello como si me hicieran un favor). Lo que no hice fue ir en la dirección de volver a contactar con centros a los que entregar los libros directamente, fueran cuales fueran (bibliotecas, institutos); tampoco, en dejar libros en lugares de paso para que los viandantes al uso los cogieran y pasaran a pertenecerles sin más.

Por supuesto que empecé un nuevo libro -casi de inmediato-; como escritor, era lo más correcto y necesario, era volver a empezar a tejer una madeja, sobre la que ya llevaba documentándome, y cerrar una etapa. Cada libro tiene su etapa, sus enseñanzas y sus vivencias. Y cada libro empieza y termina… como que solo, en su incertidumbre, igual que las personas con las fechas marcadas a fuego, con meses más duros, miradas, despedidas y, mucho tiempo y olvidos, casi que en la frontera de todo.   

La novela Lo tenía todo, y no tenía nada no hablaba de cómo se escribe ni de las peculiaridades y necesidades o dificultades de escribir. Sin embargo, trataba y trata de otros deseos. De cómo una adolescente, mimada y niña rica, llega a disponer de una cantidad de veinte mil libras al día para gastárselas, algo a lo que se obliga al suscribir el contrato por mandato de su padre, un magnate que llega a colocarla en la línea de sucesión de la reina Isabel II, habiendo llegado la monarca a los ciento ocho años de vida y reino, anciana pero imperial, casi más poderosa y preciada que nunca. Dentro de su concepción valoré como persona y autor los condicionamientos sociales, el cambio climático, las guerras habidas y por haber, el tapiz de los negocios (enrevesados o no) y la aristocracia, las modas, los avances y demás logros y penurias, con personajes que no se pueden borrar de la memoria, peculiares con sus fuerzas determinadas. Nada de pandemias, de emociones, de culpas o de halagos ni de relatos que maquillasen verdad alguna; sí escritura a secas: palabras y letras, hitos, con la fuerza de la invisible voz, porque conforme escribía lo veía, sucediéndose en mi cabeza.

De momento no he necesitado esas pausas de años o meses que leo y escucho les ocurren a algunos autores/escritores conocidos (supongo que también a los no conocidos). Sigo teniendo hambre de esa desconexión o bono social o como queramos llamarlo que es contar algo o refugiarme en algo. Escribir es eso: imaginarse otras cosas, vivirlas, reunir los días, tener frentes abiertos; poder ser un empresario, o una profesora, un asistente médico, quizás un ingeniero o si acaso un pez. E ir sacando tiempo para todo ello, que también es de lo que más cuesta: el tiempo, la dedicación.  

Entiendo, que, si mis libros fuesen mi testamento solidario y/o negocio, si alguien los quisiera, seguiría teniendo la necesidad de escribir. Es como tener dinero, el dinero tiene que trabajar por sí mismo, además de ser dinero y de tener su propio valor.  

Por eso cada vez es más importante elegir bien dónde se informa uno y con quién trata y contacta. En vida, todos y cada uno de los libros siguen ahí, pegando gritos en mi cabeza, acabados o provocando salir, distintos unos de otros, como el que lleva por título El sexo de las embarazadas mientras se piensa y se hace, porque a nadie se le puede prohibir crecer, soñar y tomar decisiones… al fin y al cabo, todos somos esclavos del deber de nuestro país/es y de nuestro rango, como la mismísima reina Isabel II (de quien se habla mucho en la novela Lo tenía todo, y no tenía nada y algo de la Tercera Guerra Mundial, o lo verdaderamente importante en la infancia: que es sentirse querido).

“Te mató el alcohol y fui yo quien te enseñó a beber” sería una frase aplicable, extrapolándola debidamente, a escribir y seguir intentándolo (vendiéndose o no), tal que llevásemos una bestia adentro. Alguien se acordará alguna vez de la website, o de tantísimas newsletters, post y entradas, videos también, y los numerosos correos divulgativos, solicitando ese interés en caso de tener nivel lo hecho y ajustarse a los preceptos editoriales y otros tantos suelos… Alguien, quizás. Pero de escribir, quien se acuerda es el escritor… y el lector que lo lee, invisible y sólido, también. Gracias, siempre gracias, a los muchos pocos.

Escribir se llama calma, y me costó muchas tormentas. Moral alta, mente fría, mala fama y buena vida. La peor persona del mundo: el escritor. Para quien, como en las guerras, la verdadera desgracia no es solo tener hambre y sed; es saber que hay gente que quiera que tengas hambre y sed.

PEBELTOR

2
Mar

¿Cuántas veces se debería leer un libro?

Los peces no pueden dar conferencias sobre natación, ni los escritores sobre lectura. Hay escritores que narran sobre la vejez, sobre su falta de pudor, su incorrección y hasta se atreven con el humor negro. Pudiendo hacerlo con una visión sutil, insólita y divertida, caracterizando los personajes y todo ese coro de voces, dentro o fuera de los estereotipos mundanos. Pero, ¿y si no se entiende?, ¿o no gusta?

Pasa como con los finales. ¿Por qué esa dispersión absoluta de algunos?, ¿o porqué ir directamente a lo más recurrente? Mezclar las ocultas intenciones y las efusiones emocionales, además de -algunos- ideologías y políticas, dificultan la asimilación, por buenas que sean las sintaxis y adjetivaciones. Todo matiz que no consigue su objetivo es añadir ambigüedad a una obra que quizás no la precisa. Si bien, al narrar se escribe o al escribir se narra y, por tanto, se relata, siendo lo bueno, bueno, y lo malo, malo.

Decir que alguien ha leído el Quijote más de cuarenta veces se hace como ofensa no como halago, en plan “está chalado, casi peor que el Hidalgo Caballero”. Pero ¿a que nadie se atrevería a propinar un pistoletazo en medio de un concierto? ¿Ni nadie critica escuchar una canción muchas veces?

¿Por qué es una aberración leer algo mucho?, ¿o nada? ¿Acaso un pez nada mucho o poco?, ¿acaso es mejor o peor pez por nadar mucho o poco?, ¿gusta más?

¿Puede un libro no dejar de tener profundidad y originalidad, sin resultar cargante?, ¿o tocar varios temas en uno?

Habiendo terminado la novela Gay y Discapacitado, y dándole un tiempo para estar en la nevera, reposando (algo que hago por primera vez como autor), me pregunto si ¿será fácil o difícil su lectura por el público? Muchos, por el propio título, ya pensarán en protagonistas varios; otros lo conducirán a la crítica despiadada. El caso es que esa melodía de asonancias y rimas no ha ensombrecido mi locura ni mi pensamiento, creo. He aprendido cosas que no sabía y que viví de pequeño, como la Guerra de los Balcanes. La primera guerra que pude ver por televisión, y que sigue, como tantas otras. En Isla Cristinita, lugar donde la obra transcurre, hay libros y peces, personas y guerras, bicicletas, dinero, turismo, buena comida, etc.

 

17
Dic

Un ratito más contigo

Tisma venía a serle el complemento perfecto. Alguien que se le acercaba intentando escapar de esa guerra malintencionada, en la que no solo hubo cuatro generales, cuatro curas y otros tantos banqueros, y en la que todo se volvió fácilmente manipulable a la sazón de los discursos ideológicos y xenófobos usados de modo claramente partidista.

En diez días de lucha sin cuartel supo todo sobre el drama humano sin necesidad de verlo por la televisión o un ordenador, que los tenían, y de los mejores en sus días. De estudiante modelo pasó a ser un joven soldado en la retaguardia de sus prismáticos para defender su casa viendo partir a su madre sublevada de su padre en clara legitimidad.

La fiel infantería de su hermana durando bien poco, oyéndose unos y otros dispararse, matarse y sobrevivir en el mismo idioma y ninguno, perdiendo los jóvenes de todos los bandos, y esfumándose todo aquel ingenio, talento, desarrollo, valor y dignidad con tanto extremo e irresponsabilidad.

El bueno de Kovacevic en la cama intentaba cerrar la herida y no podía, pero lo intentaba, guerreando sin mando ni suerte. Pegarle no se le pasaba por la cabeza. Ella le atusaba el pelo, ni por Dios ni alguna que otra bandera, solo por él. Aunque veía morir a mucha gente, de muchas maneras en un rencor asustadizo, queriendo la vida, oliéndola, sintiéndola, compartiendo el miedo, su frío, y hasta esa sangre que le resbalaba de cuando los casquillos de bala vacíos asomaban de nuevo en sus oídos.

 

Extracto de la novela (todavía en curso) que lleva por título Gay y discapacitado

ambientada en un lugar donde no había tren, pero sí estación de tren; 

y donde caminar sobre el mar no era cosa de dioses, sí de surfistas; 

donde había un Cerro Gordo y una Casa Madre; también un ciego; 

y donde los buenos hombres también tenían secretos; y ellas, sí. 

El mundo engullía a las personas como ellos: sin maquillaje.

 

“Cuando escribo soy pobre,

pero siempre tengo dinero”.

PEBELTOR

5
Sep

Ser escritor, para no pudrirse igual que el resto

La atmósfera actual no es en absoluto irreal. El mundo no deja de ser un balcón con vistas y por mucho que escondamos la inacción o las imprudencias en las edades del viento que nos corre, cada noche, de día, o por más valor y calma admirable que se pretenda, el conteo es el que es, habiendo contagios hasta en la playa más fea del mundo. Un mundo que se ha convertido en una cárcel superpoblada hasta para las personas que les planchan las camisas a los ricos y minuciosos millonarios.

No obstante, tal y como dijo Walt Disney: “Pregúntate si lo que estás haciendo hoy te llevará a donde quieras estar mañana”. Y uno lo hace, hasta pide un deseo y cree que se cumple. El engaño también forma parte de la vida. Porque la magia es eso, la proeza de los insignificantes que por una vez se envalentonan cuales asesinos honorables para no terminar pudriéndose igual que el resto.

¿Cómo? Basta con cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar. Un azar que no busca comprender ni coincidir exactamente. Entonces, sí que se siente una sola saliva y todas a la vez. Y los círculos de tiza del suelo, o los bancos en medio de un camino, sirven para mucho más que la poesía moderna trasnochada del arrebato y el dejarse llevar.

Como escritor, pedir un deseo supone un antes y un después, al igual que la pandemia del coronavirus, que según parece también maneja su propio azar. Soñar, desear, no deja de ser una enfermedad que busca atraparte y hacerte suya, contagiándote. Ahora bien, cada cual puede sentir la sensación de ingravidez, de pertenencia, o de placidez y alegría, que también de estupidez o de estar mal a su manera. Porque el escritor y el lector toman sus propias decisiones. Lo de arrodillarse o venderse viene después, cuando se abarata la vida, pero escribir y leer es como presentarse en una juguetería y tener a todo un colegio mirándote por fuera de los escaparates, arremolinados, también la más pura e insolidaria soledad; y a su vez, tener que estar obligado a tener disciplina, trabajo y atención, salvaguardando la inmediatez. La misma prisa que a uno le recorre cuando no sabe si deshacerlo todo y recomenzar, que no deja de ser una impostura para el que escribe y para el que lee. Luego, vendrán los restantes deseos, que nada se desdeña, pues la lectura nos abre las puertas del mundo que nos atrevemos a imaginar.

También están los que dicen y seguirán diciendo que las cosas eran como habían sido siempre. Con o sin lámparas templadas, que se encienden y apagan a rachas, obedeciendo a su necesidad.

Sin embargo, mientras uno se pregunta si lo que está haciendo hoy le llevará a donde esté mañana, en honor a Balzac, bien es sabido que un libro hermoso es una victoria ganada en todos los campos de batalla del pensamiento humano. Y se intenta.

Libros “hermosos” para no pudrirse igual que el resto

www.pebeltor.com

4
Jul

Ser escritor y viajar con una maleta rosa

En una sociedad llena de tópicos, sin ni haberse leído las más de quince mil páginas escritas por el autor, cualquiera creería conocerle al verle arrastrando una maleta rosa. Un rosa fuerte, de esos de verdad, toda ella.

Siendo dos personas todo estaría claro; sería de ella, o de él, porque a alguno se le tildaría. Viajando solo, las habladurías se acentúan más si cabe. No saber qué ocurre exactamente nos puede. La condición humana siempre quiere algo más: fatalidad, amor, ¿quiénes son y qué sienten?, etc.

Recorrer los dos lados de cada camino con la escritura me permite ser el hombre de las marionetas y jugar con la posesión de las vidas. Crear personajes y tramas, como, por ejemplo, meter a tres generaciones en apenas sesenta metros cuadrados, ayuda a la inserción social. Encontrar todas esas herramientas e instrumentos del entorno te permite salvar distancias y, de haberlas, conocer las capacidades que hasta el más raro albergaría.

Pero ¿qué pocos se preguntarían si ese hombre de la maleta rosa es una persona sorda-ciega? ¡Cómo nos gusta el morbo! A todos.

Un buen escritor deja huellas, pero sin pisar a nadie. Eso intento, y aprender; viviendo, siendo. Sobre todo, ahora que estoy terminando mi última novela, titulada La importancia de verse, y, que ansío el inicio de una nueva, tras darme a unas vacaciones en algo merecidas y necesarias, en las que muy posiblemente daré que hablar con la maleta rosa.

 

 

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