Ser escritor y el adiós a todo eso

5
Sep

Ser escritor, para no pudrirse igual que el resto

La atmósfera actual no es en absoluto irreal. El mundo no deja de ser un balcón con vistas y por mucho que escondamos la inacción o las imprudencias en las edades del viento que nos corre, cada noche, de día, o por más valor y calma admirable que se pretenda, el conteo es el que es, habiendo contagios hasta en la playa más fea del mundo. Un mundo que se ha convertido en una cárcel superpoblada hasta para las personas que les planchan las camisas a los ricos y minuciosos millonarios.

No obstante, tal y como dijo Walt Disney: “Pregúntate si lo que estás haciendo hoy te llevará a donde quieras estar mañana”. Y uno lo hace, hasta pide un deseo y cree que se cumple. El engaño también forma parte de la vida. Porque la magia es eso, la proeza de los insignificantes que por una vez se envalentonan cuales asesinos honorables para no terminar pudriéndose igual que el resto.

¿Cómo? Basta con cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar. Un azar que no busca comprender ni coincidir exactamente. Entonces, sí que se siente una sola saliva y todas a la vez. Y los círculos de tiza del suelo, o los bancos en medio de un camino, sirven para mucho más que la poesía moderna trasnochada del arrebato y el dejarse llevar.

Como escritor, pedir un deseo supone un antes y un después, al igual que la pandemia del coronavirus, que según parece también maneja su propio azar. Soñar, desear, no deja de ser una enfermedad que busca atraparte y hacerte suya, contagiándote. Ahora bien, cada cual puede sentir la sensación de ingravidez, de pertenencia, o de placidez y alegría, que también de estupidez o de estar mal a su manera. Porque el escritor y el lector toman sus propias decisiones. Lo de arrodillarse o venderse viene después, cuando se abarata la vida, pero escribir y leer es como presentarse en una juguetería y tener a todo un colegio mirándote por fuera de los escaparates, arremolinados, también la más pura e insolidaria soledad; y a su vez, tener que estar obligado a tener disciplina, trabajo y atención, salvaguardando la inmediatez. La misma prisa que a uno le recorre cuando no sabe si deshacerlo todo y recomenzar, que no deja de ser una impostura para el que escribe y para el que lee. Luego, vendrán los restantes deseos, que nada se desdeña, pues la lectura nos abre las puertas del mundo que nos atrevemos a imaginar.

También están los que dicen y seguirán diciendo que las cosas eran como habían sido siempre. Con o sin lámparas templadas, que se encienden y apagan a rachas, obedeciendo a su necesidad.

Sin embargo, mientras uno se pregunta si lo que está haciendo hoy le llevará a donde esté mañana, en honor a Balzac, bien es sabido que un libro hermoso es una victoria ganada en todos los campos de batalla del pensamiento humano. Y se intenta.

Libros “hermosos” para no pudrirse igual que el resto

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4
Jul

Ser escritor y viajar con una maleta rosa

En una sociedad llena de tópicos, sin ni haberse leído las más de quince mil páginas escritas por el autor, cualquiera creería conocerle al verle arrastrando una maleta rosa. Un rosa fuerte, de esos de verdad, toda ella.

Siendo dos personas todo estaría claro; sería de ella, o de él, porque a alguno se le tildaría. Viajando solo, las habladurías se acentúan más si cabe. No saber qué ocurre exactamente nos puede. La condición humana siempre quiere algo más: fatalidad, amor, ¿quiénes son y qué sienten?, etc.

Recorrer los dos lados de cada camino con la escritura me permite ser el hombre de las marionetas y jugar con la posesión de las vidas. Crear personajes y tramas, como, por ejemplo, meter a tres generaciones en apenas sesenta metros cuadrados, ayuda a la inserción social. Encontrar todas esas herramientas e instrumentos del entorno te permite salvar distancias y, de haberlas, conocer las capacidades que hasta el más raro albergaría.

Pero ¿qué pocos se preguntarían si ese hombre de la maleta rosa es una persona sorda-ciega? ¡Cómo nos gusta el morbo! A todos.

Un buen escritor deja huellas, pero sin pisar a nadie. Eso intento, y aprender; viviendo, siendo. Sobre todo, ahora que estoy terminando mi última novela, titulada La importancia de verse, y, que ansío el inicio de una nueva, tras darme a unas vacaciones en algo merecidas y necesarias, en las que muy posiblemente daré que hablar con la maleta rosa.

 

 

26
Mar

Ser escritor y el estado de alarma

¿Se escribe más o menos en un estado de alarma?, ¿cobran mayor sentido las historias? ¿Supera de veras la realidad a la ficción?, ¿es un servicio mínimo o esencial, escribir? ¿Cambiará la percepción del mundo conocido el Covid-19?

Por orden. Como escritor, decir que me cogió el estado de alarma con un libro recién empezado. Se llama La importancia de verse. Y estoy en ello, procurando aislarme de tantas noticias, que vienen a ser todas la misma. Y como tal, uno, al escribir da rienda suelta a una o varias historias, confinado o no. Ese libro iba a ser una novela romántica, situado en los arrabales de la Pompeya italiana. Solo romántica. Ahora bien, el arlequín de ese bicho otorga más vergüenzas, por lo que tan pronto busco el celo de los protagonistas como que les sumo todas esas preguntas y ese mundo de los contratistas hospitalarios o la desidia y mala gestión de la Administración Pública. En esa Italia todo es posible, de hecho, hasta se han invertido los tópicos, porque son más obedientes las gentes del sur que las del norte, disciplinados en sus casas y oficios. Pero no, no se escribe más ni mejor: los días siguen teniendo veinticuatro horas, y todo esto pasará.

Tampoco es que cambie la percepción del mundo. En el mundo sigue habiendo personas con discapacidad, gilipollas y a quienes la emoción les puede. Un escritor, en sí mismo es alguien aislado y conectado. Que observa y que pone voces. Se suele ser alguien sin cualidades excepcionales, básicamente decente y de instintos sanos al que le puede gustar pasear, comer, reír o estar en forma, por ejemplo. Y que carece de aptitud y vocación para la grandeza. De ahí que toda su fuerza transformadora y destructiva la canalice en las letras, aplastando sin misericordia a los políticos o a quienes haga falta, modelando con brutalidad e imponiendo una moral a sus personajes. Una moral sin una psicología en concreto, y con todas. Lo que viene a ser una estupidez de dimensiones patológicas, que es lo que tenemos con la pandemia actual.

¿Nos merecemos estar encarcelados por un microbio? Un microbio que enriquece la vida y endiosa a las buenas parejas… Pues algo tendrá de goce, de generosidad y de crueldad cuando todavía la gente no sale a la calle armada con un palo o con reliquias de santos dando rienda suelta a sus alegorías. ¿Y lo de descubrir al vecino?, ¿o que las pistas de hielo pasen a ser morgues? Pues no sé, cada cosa a su tiempo.

Pero sí, con o sin alarma y de principio a fin, escribir es desafiar la condición propia. Mover primero en el tablero que nos da la vida. Nadie hace la historia, la historia que no se ve, tanto como que no se ve crecer la hierba; y crece. Obviarlo sería un aparente conformismo.

Se escribe por el amor desgarrado, por justicia social, por no ser simplista, etc. No hace falta una significación ética o darse a la fe rectilínea. Los textos son como los microbios, cada cual con su excitación y urgencia, con su carga de dosis letal. Otros apocalipsis en la ilimitada geografía de la tierra y las mentes, que como todo se debe a la imaginación, al sufrimiento y a los caracteres rebeldes, enérgicos o medio templados buscando maneras de vivir.

Y lo mejor: ¿supera la realidad a la ficción?… No tanto como usted cree. Y usted, ¿no se la ha jugado nunca a sus principios? Básicamente es eso lo que está sucediendo con el Covid-19. Pareciera que ahora los principios no son fundamentales, más al día siguiente, cuando todos volvamos a vernos volverán las prisas, los daños de siempre y los pulsos de las ciudades. ¿Viviremos cantando entonces?, ¿tendremos un grado de felicidad más elevado?… NO. No habrá una solución pausada, racional, pero sí que ayudará haber sido -todos- niños pequeños simpáticos o habernos besado en silencio.

¿Cambiarán las prioridades, al menos? Me reafirmo en mi idea de que somos sentimientos, solo eso. Luego, no. Quizás enderezaremos un poco la cabeza, tendremos la mirada clara, pestañearemos más veces o sintamos punzadas de dolor en las retinas al mojarnos la lluvia.

Lo bueno. Que para algunos los labios tendrán un ardor desconocido. Es más, el hombre tiene una pésima memoria para las cosas que arañan. Nicoletta en sí misma seguirá siendo un misterio. Se conocieron hace décadas, Fabrizio y Nicoletta, que es en la propia infancia y juventud cuando se forman los recuerdos. Apenas en la alarma se habrán saludado un par de veces.

Fabrizio, en cualquier caso, seguirá llevando un pañuelo de tela blanco en el bolsillo izquierdo, para en el otro, quizás dejar espacio a un cariño ingenuo. Aunque lo mismo lo sacrificaría por el bienestar económico: que será la otra guerra, acomodados al fin en un mismo piano emocional.

Consecuentemente, lo esencial, lo mínimo: el amor. 

 

 

14
Feb

Cuando no se siente nada y todo es todo

Luego dicen de los trabajos, pero el día a día también somos las personas. Pero sí, en el lugar adecuado y en el momento adecuado debería encontrase uno mismo cada vez que intenta adivinar su reflejo en el espejo, cómplice pasivo. Sobre todo, en esos días donde supuestamente la obediencia y el amor se unen, como en San Valentín (condicionantes mercantiles aparte).

Uno escribe libros no para ganar dinero, se beneficia no solo de escribirlos, sino de compartirlos. Es sumergirse en la vida cotidiana, donde las esperas más o menos prolongadas hacen capítulos y dueños del fracaso, amén de los propios, también, donde la picaresca invita a las carcajadas y nacen tejedores de sueños, que no son otros más que protagonistas de uno mismo, con toda su bohemia y esperpento. En definitiva, cuentos de buenas noches para niños/as rebeldes. Otro arte de tirar “palante” y sobrevivir con dignidad, evitando el llanto y el lamento que paraliza. Horarios, donde solo es posible ingresar el esfuerzo, el respeto y los lazos de amistad, señal inequívoca de que uno no se rendirá jamás. Ahora bien, ahí no cabe el amor, o más bien no se tiene estrecha relación alguna.

Recién terminada la novela titulada Mary McCarthy, que en días autopublicaré en Amazon y subiré a pebeltor.com, todos esos vacíos se aúnan. Para cuando se la vaya a ofrecer a alguna editorial supongo que ya me habré enfrascado en otra tarea que ocupe parte de mis días y noches, pensamientos todos, dado que los trabajos son eso, por mucho que uno los quiera mejorar, y las relaciones personales (de índole amorosa) algo ininteligible cuando no se es perro ni amo.

Meses atrás escribí sobre China y su entorno, otra obra que me supuso doblegarme, y que recientemente ha rehusado publicar un gran grupo editorial. Otra que sacaré en breve por mí mismo, y que dejaré a expensas de las mareas. En aquel libro, decía tía Rose, la gran protagonista: “A persona joven no hay deuda vieja”. En el ultimísimo, Mary McCarthy, una ordenanza y mujer de excepción, comentaba: “Si quiere quedamos y nos ponemos al día. No soy una pobrecita”, sabedora, que pocas veces en la pobreza había libertad. Ambas novelas las une Cicerón, quien nos enseñó igual verdad, y sostuvo que “desesperarse por sus propios males no era prueba de amistad, sino de egoísmo”. Y eso debe ser lo que reina o no en días tan señalados como esos del amor, frugal o perenne, brillante o condenado.

A mí me pasa cuando escribo, que tan pronto mato como que adoro. Lo de cagarme en la puta madre de alguien es algo intrínseco, que sale por la propia sencillez, en un contexto donde los derrotados saben que lo son. No obstante, uno intenta superarse, no rendirse jamás, pues cada piedra, losa, arena o trozo de cielo que se pisa está la belleza de la hospitalidad, resonándonos también el eco de alguna frase o gesto simpar, pues los días son así: de ese hombre, de esa mujer, de ese amo y perro quieto; y se sufre, pero se ríe. Como prueba los percances domésticos, las políticas, y los bloqueos económicos y financieros: nada puede al amor, se tenga o no.

Cuando de verdad se ama o se quiere, todo en un sentimiento inmenso. Y ni el último minuto es clave en el juicio. Que los hay. Todo se valora, mide y estropea. Todo se pierde y gana… NO, ganar no se gana. Si el amor hubiese sido una obra creada por la inteligencia del hombre, de otro tipo de amor hablaríamos y sufriríamos. La que nos improvisa, acomoda o espera es cruel. Puede cerrar puertas. Como Mary McCarthy. Alguien dijo, en esa obra de exhortaciones:

– El que tiene vacío, verá todo vacío; el que tiene envidia, mirará por ella.

Los papiros más antiguos del Nuevo Testamento aclaraban poco sus dudas, y las mías, y eso que trabajaba en una de las mejores bibliotecas. Quizás, uno, con respecto al amor debiera pensar lo que otro personaje de esos:

– Solo son así los primeros quince años. Luego se relajan con los nuevos.

Porque ni teniéndola se deja de ser principiante, más si cabe cuando te falta, y/o añora. El caso es que la Luna tampoco quiere irse en muchas noches, por perdidos o queridos que seamos y estemos; y el sol, ese espía incansable, bien que sabe que uno tiene demasiada luna para dar luz a una mujer que solo le necesita cuando el sol ya está dormido, si es que se atreviese a irradiar. Eso es la pura contradicción del amor y del escribir: quererse y no quererse, tenerse y no tenerse. Dado que, como con los libros (buenos o malos), uno los hace y los termina dejando de ser dueño de los mismos, por más que uno los haya parido, sufrido, amado, odiado, dicho y redicho.  

En cualquier caso, cuando no se siente nada y todo es todo, por más que los hombres/mujeres y los días nos sean así, qué poco costaría darse al placer de la lectura y del amarse y amar a otros, como si fueran queridos o familiares lejanos hermanándose. Días hay para hacer cada uno sus cosas y para ponerse los pantalones bien puestos, miradas celestiales aparte.

 

16
Ago

Un libro a medias, nadie mejor para una canción lenta

En la película Toro Salvaje, creo que decían: “una mujer en el lugar apropiado, en un momento apropiado, en las circunstancias apropiadas puede hacer lo que sea”. Eso también influye, porque soy un hombre. El título, que me costó dar con él: Nadie mejor para una canción lenta hasta he pensado usarlo para el siguiente libro y no me parece justo; la ceniza sagrada de otros cuerpos acumulada en la voz de viejos cantos no tendría que dar ramas verdes. Es la cara amarga de la soledad, donde sobran las manecillas del reloj y faltan otras maneras de estar solo, acabándose ahí el silencio. Dulce piel que no prolonga afanes.

Siempre lo he visto así, lo que se empieza se termina. Pero no. La firme aceptación de estar conforme con lo que se está escribiendo genera duda. Conforme me pongo con el libro en curso, mi gesto, mi tiempo, me hace patinar. El actual no es como otros, no sale con esa costumbre de andar sobreseguro, me veo más como un manojo de huesos y de palabras; ni prolongo afanes ni adivino astros.

Todo es una espesa corteza, hasta ha habido días que he tenido que evitar para no escribir malhumorado, porque todo influye. Cuando el entorno no es el adecuado, y los trabajos (funcionariales en mi caso) se convierten en patéticos y odiosos, eso de resguardarse en la escritura como tal paz dorada, seguridad, pan y mejor metal, es un andar cuestionable.

Dudo si seguir y darle un mejor desarrollo y fin, correlacionando lo que ya llevo hecho, que es bastante; o bien dejarlo estar. Me daría igual deshacerme del mismo, como ya hice una vez (hecha la excepción todo vale dicen algunos), o apartarlo al sueño de los justos, dejándolo inacabado en una caja sin nombre. Más el futuro de lo que hay no es la duda, sino habitar esa tierra de culpas, porque este libro iba a ser un pequeño y sucio secreto con deterioros de ADN. Versaba sobre un pueblo de china, junto a la Gran Muralla. Se trataba de poner en duda la verdad absoluta y eterna que existe sobre la misma. Y, sin embargo, como que necesito lo menos cien letras para vehicular lo que antes salía en una, por días inerte, cabizbajo, sumido en la incoherencia de la empresa para la que trabajo (la que ni escucha el terco movimiento de los corazones insomnes).

En fin, la realidad tiene la última palabra para validar o refutar. No todo vale. Negar un libro lo mismo es trucar las leyes de la naturaleza. Si no es lo suficientemente bueno, como me parece a mí -por lo sentido hasta la fecha- lo mismo debo simplemente seguir por eso del método y lenguaje, aunque esté disconforme. Dejarlo todo en presencias que nunca se acabaron ni se fueron podría pasarme factura, ¿y si me acostumbro y sucediera con otro más, y más? Creo que tocará habitar la tierra de culpa, ¿no sé si entregarme sin tristeza a ese rumor amargo?

 

 

3
Ago

Escribir por ese placer raro de evadirse, que también

En días en los que uno preferiría ser tragado por un desierto hay mudanzas imposibles. El hecho de perderse no es necesariamente malo. Quizás, ese picor inmediato de la ansiada mujer, las ciudades emblemáticas de naturalezas perdidas, o bien las orgullosas rutas medievales con sus cornisas. Un deleite, que también.

Calles empedradas casi totalmente, zonas reservadas, la gastronomía local. Alimentarse de lo que se tiene, y hasta se pone gafas de sol, sombrero, calcetines finos o más gruesos, subirse a un bote de agua, coger los prismáticos barriendo los horizontes con ligeras brumas azuladas o gélidas estaciones. Un pequeño puerto que recorrer, pubs, terrazas animadas o tradicionales. A veces todo incluso en el mismo día.

Vuelos sin compañías aéreas, paradas para descansar, refrigerios; visitar justo el centro monumental que querías. Bosques, huertas, barracas. Suelos arenosos con su microclima, acumular desniveles. Todo ello resumido en la más pura esencia. Hasta arena fina y calas de granito. Esa farmacia rural, las travesías.

Tiempo atrás llegué a estar en fortificaciones alemanas que fueron históricos y sangrientos escenarios de batallas, con restos de búnkeres y pozos donde pedir deseos avanzando en paralelo. Y la Ruta de la Seda, los viajes de Marco Polo, vestigios budistas, grandiosas carreteras que recorrer con/sin acompañantes de habla hispana. Sí, sentirte extranjero en ninguna parte. Uno de los mayores privilegios.

Artesanías locales, platos típicos, las mezquitas más grandes, antiguas calles y talleres locales. Trámites en aduanas. Deslizamientos de tierra. Caminos hermosos. Aquel glaciar donde la tarde libre para un corto paseo, masaje y seguir recorriendo el mundo. ¿Sí quieres? www.pebeltor.com Puedo escoger la temperatura, actos masculinos, palabras femeninas, abogados, poetas, tropas, médicos, homenajes a reinas y ciudades más o menos pobladas, entre otros.

Descarto de forma categórica los dinosaurios y los parientes cercanos, al igual que los compañeros de trabajo que manipulan los genomas. Una vez intenté clonar fósiles; tal gesta no prosperó, fue algo extravagante. Y se puede discutir, si ustedes quieren: aunque su vida dure apenas unos minutos.

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