Ser escritor y el adiós a todo eso

4
Jul

Ser escritor y viajar con una maleta rosa

En una sociedad llena de tópicos, sin ni haberse leído las más de quince mil páginas escritas por el autor, cualquiera creería conocerle al verle arrastrando una maleta rosa. Un rosa fuerte, de esos de verdad, toda ella.

Siendo dos personas todo estaría claro; sería de ella, o de él, porque a alguno se le tildaría. Viajando solo, las habladurías se acentúan más si cabe. No saber qué ocurre exactamente nos puede. La condición humana siempre quiere algo más: fatalidad, amor, ¿quiénes son y qué sienten?, etc.

Recorrer los dos lados de cada camino con la escritura me permite ser el hombre de las marionetas y jugar con la posesión de las vidas. Crear personajes y tramas, como, por ejemplo, meter a tres generaciones en apenas sesenta metros cuadrados, ayuda a la inserción social. Encontrar todas esas herramientas e instrumentos del entorno te permite salvar distancias y, de haberlas, conocer las capacidades que hasta el más raro albergaría.

Pero ¿qué pocos se preguntarían si ese hombre de la maleta rosa es una persona sorda-ciega? ¡Cómo nos gusta el morbo! A todos.

Un buen escritor deja huellas, pero sin pisar a nadie. Eso intento, y aprender; viviendo, siendo. Sobre todo, ahora que estoy terminando mi última novela, titulada La importancia de verse, y, que ansío el inicio de una nueva, tras darme a unas vacaciones en algo merecidas y necesarias, en las que muy posiblemente daré que hablar con la maleta rosa.

 

 

26
Mar

Ser escritor y el estado de alarma

¿Se escribe más o menos en un estado de alarma?, ¿cobran mayor sentido las historias? ¿Supera de veras la realidad a la ficción?, ¿es un servicio mínimo o esencial, escribir? ¿Cambiará la percepción del mundo conocido el Covid-19?

Por orden. Como escritor, decir que me cogió el estado de alarma con un libro recién empezado. Se llama La importancia de verse. Y estoy en ello, procurando aislarme de tantas noticias, que vienen a ser todas la misma. Y como tal, uno, al escribir da rienda suelta a una o varias historias, confinado o no. Ese libro iba a ser una novela romántica, situado en los arrabales de la Pompeya italiana. Solo romántica. Ahora bien, el arlequín de ese bicho otorga más vergüenzas, por lo que tan pronto busco el celo de los protagonistas como que les sumo todas esas preguntas y ese mundo de los contratistas hospitalarios o la desidia y mala gestión de la Administración Pública. En esa Italia todo es posible, de hecho, hasta se han invertido los tópicos, porque son más obedientes las gentes del sur que las del norte, disciplinados en sus casas y oficios. Pero no, no se escribe más ni mejor: los días siguen teniendo veinticuatro horas, y todo esto pasará.

Tampoco es que cambie la percepción del mundo. En el mundo sigue habiendo personas con discapacidad, gilipollas y a quienes la emoción les puede. Un escritor, en sí mismo es alguien aislado y conectado. Que observa y que pone voces. Se suele ser alguien sin cualidades excepcionales, básicamente decente y de instintos sanos al que le puede gustar pasear, comer, reír o estar en forma, por ejemplo. Y que carece de aptitud y vocación para la grandeza. De ahí que toda su fuerza transformadora y destructiva la canalice en las letras, aplastando sin misericordia a los políticos o a quienes haga falta, modelando con brutalidad e imponiendo una moral a sus personajes. Una moral sin una psicología en concreto, y con todas. Lo que viene a ser una estupidez de dimensiones patológicas, que es lo que tenemos con la pandemia actual.

¿Nos merecemos estar encarcelados por un microbio? Un microbio que enriquece la vida y endiosa a las buenas parejas… Pues algo tendrá de goce, de generosidad y de crueldad cuando todavía la gente no sale a la calle armada con un palo o con reliquias de santos dando rienda suelta a sus alegorías. ¿Y lo de descubrir al vecino?, ¿o que las pistas de hielo pasen a ser morgues? Pues no sé, cada cosa a su tiempo.

Pero sí, con o sin alarma y de principio a fin, escribir es desafiar la condición propia. Mover primero en el tablero que nos da la vida. Nadie hace la historia, la historia que no se ve, tanto como que no se ve crecer la hierba; y crece. Obviarlo sería un aparente conformismo.

Se escribe por el amor desgarrado, por justicia social, por no ser simplista, etc. No hace falta una significación ética o darse a la fe rectilínea. Los textos son como los microbios, cada cual con su excitación y urgencia, con su carga de dosis letal. Otros apocalipsis en la ilimitada geografía de la tierra y las mentes, que como todo se debe a la imaginación, al sufrimiento y a los caracteres rebeldes, enérgicos o medio templados buscando maneras de vivir.

Y lo mejor: ¿supera la realidad a la ficción?… No tanto como usted cree. Y usted, ¿no se la ha jugado nunca a sus principios? Básicamente es eso lo que está sucediendo con el Covid-19. Pareciera que ahora los principios no son fundamentales, más al día siguiente, cuando todos volvamos a vernos volverán las prisas, los daños de siempre y los pulsos de las ciudades. ¿Viviremos cantando entonces?, ¿tendremos un grado de felicidad más elevado?… NO. No habrá una solución pausada, racional, pero sí que ayudará haber sido -todos- niños pequeños simpáticos o habernos besado en silencio.

¿Cambiarán las prioridades, al menos? Me reafirmo en mi idea de que somos sentimientos, solo eso. Luego, no. Quizás enderezaremos un poco la cabeza, tendremos la mirada clara, pestañearemos más veces o sintamos punzadas de dolor en las retinas al mojarnos la lluvia.

Lo bueno. Que para algunos los labios tendrán un ardor desconocido. Es más, el hombre tiene una pésima memoria para las cosas que arañan. Nicoletta en sí misma seguirá siendo un misterio. Se conocieron hace décadas, Fabrizio y Nicoletta, que es en la propia infancia y juventud cuando se forman los recuerdos. Apenas en la alarma se habrán saludado un par de veces.

Fabrizio, en cualquier caso, seguirá llevando un pañuelo de tela blanco en el bolsillo izquierdo, para en el otro, quizás dejar espacio a un cariño ingenuo. Aunque lo mismo lo sacrificaría por el bienestar económico: que será la otra guerra, acomodados al fin en un mismo piano emocional.

Consecuentemente, lo esencial, lo mínimo: el amor. 

 

 

14
Feb

Cuando no se siente nada y todo es todo

Luego dicen de los trabajos, pero el día a día también somos las personas. Pero sí, en el lugar adecuado y en el momento adecuado debería encontrase uno mismo cada vez que intenta adivinar su reflejo en el espejo, cómplice pasivo. Sobre todo, en esos días donde supuestamente la obediencia y el amor se unen, como en San Valentín (condicionantes mercantiles aparte).

Uno escribe libros no para ganar dinero, se beneficia no solo de escribirlos, sino de compartirlos. Es sumergirse en la vida cotidiana, donde las esperas más o menos prolongadas hacen capítulos y dueños del fracaso, amén de los propios, también, donde la picaresca invita a las carcajadas y nacen tejedores de sueños, que no son otros más que protagonistas de uno mismo, con toda su bohemia y esperpento. En definitiva, cuentos de buenas noches para niños/as rebeldes. Otro arte de tirar “palante” y sobrevivir con dignidad, evitando el llanto y el lamento que paraliza. Horarios, donde solo es posible ingresar el esfuerzo, el respeto y los lazos de amistad, señal inequívoca de que uno no se rendirá jamás. Ahora bien, ahí no cabe el amor, o más bien no se tiene estrecha relación alguna.

Recién terminada la novela titulada Mary McCarthy, que en días autopublicaré en Amazon y subiré a pebeltor.com, todos esos vacíos se aúnan. Para cuando se la vaya a ofrecer a alguna editorial supongo que ya me habré enfrascado en otra tarea que ocupe parte de mis días y noches, pensamientos todos, dado que los trabajos son eso, por mucho que uno los quiera mejorar, y las relaciones personales (de índole amorosa) algo ininteligible cuando no se es perro ni amo.

Meses atrás escribí sobre China y su entorno, otra obra que me supuso doblegarme, y que recientemente ha rehusado publicar un gran grupo editorial. Otra que sacaré en breve por mí mismo, y que dejaré a expensas de las mareas. En aquel libro, decía tía Rose, la gran protagonista: “A persona joven no hay deuda vieja”. En el ultimísimo, Mary McCarthy, una ordenanza y mujer de excepción, comentaba: “Si quiere quedamos y nos ponemos al día. No soy una pobrecita”, sabedora, que pocas veces en la pobreza había libertad. Ambas novelas las une Cicerón, quien nos enseñó igual verdad, y sostuvo que “desesperarse por sus propios males no era prueba de amistad, sino de egoísmo”. Y eso debe ser lo que reina o no en días tan señalados como esos del amor, frugal o perenne, brillante o condenado.

A mí me pasa cuando escribo, que tan pronto mato como que adoro. Lo de cagarme en la puta madre de alguien es algo intrínseco, que sale por la propia sencillez, en un contexto donde los derrotados saben que lo son. No obstante, uno intenta superarse, no rendirse jamás, pues cada piedra, losa, arena o trozo de cielo que se pisa está la belleza de la hospitalidad, resonándonos también el eco de alguna frase o gesto simpar, pues los días son así: de ese hombre, de esa mujer, de ese amo y perro quieto; y se sufre, pero se ríe. Como prueba los percances domésticos, las políticas, y los bloqueos económicos y financieros: nada puede al amor, se tenga o no.

Cuando de verdad se ama o se quiere, todo en un sentimiento inmenso. Y ni el último minuto es clave en el juicio. Que los hay. Todo se valora, mide y estropea. Todo se pierde y gana… NO, ganar no se gana. Si el amor hubiese sido una obra creada por la inteligencia del hombre, de otro tipo de amor hablaríamos y sufriríamos. La que nos improvisa, acomoda o espera es cruel. Puede cerrar puertas. Como Mary McCarthy. Alguien dijo, en esa obra de exhortaciones:

– El que tiene vacío, verá todo vacío; el que tiene envidia, mirará por ella.

Los papiros más antiguos del Nuevo Testamento aclaraban poco sus dudas, y las mías, y eso que trabajaba en una de las mejores bibliotecas. Quizás, uno, con respecto al amor debiera pensar lo que otro personaje de esos:

– Solo son así los primeros quince años. Luego se relajan con los nuevos.

Porque ni teniéndola se deja de ser principiante, más si cabe cuando te falta, y/o añora. El caso es que la Luna tampoco quiere irse en muchas noches, por perdidos o queridos que seamos y estemos; y el sol, ese espía incansable, bien que sabe que uno tiene demasiada luna para dar luz a una mujer que solo le necesita cuando el sol ya está dormido, si es que se atreviese a irradiar. Eso es la pura contradicción del amor y del escribir: quererse y no quererse, tenerse y no tenerse. Dado que, como con los libros (buenos o malos), uno los hace y los termina dejando de ser dueño de los mismos, por más que uno los haya parido, sufrido, amado, odiado, dicho y redicho.  

En cualquier caso, cuando no se siente nada y todo es todo, por más que los hombres/mujeres y los días nos sean así, qué poco costaría darse al placer de la lectura y del amarse y amar a otros, como si fueran queridos o familiares lejanos hermanándose. Días hay para hacer cada uno sus cosas y para ponerse los pantalones bien puestos, miradas celestiales aparte.

 

16
Ago

Un libro a medias, nadie mejor para una canción lenta

En la película Toro Salvaje, creo que decían: “una mujer en el lugar apropiado, en un momento apropiado, en las circunstancias apropiadas puede hacer lo que sea”. Eso también influye, porque soy un hombre. El título, que me costó dar con él: Nadie mejor para una canción lenta hasta he pensado usarlo para el siguiente libro y no me parece justo; la ceniza sagrada de otros cuerpos acumulada en la voz de viejos cantos no tendría que dar ramas verdes. Es la cara amarga de la soledad, donde sobran las manecillas del reloj y faltan otras maneras de estar solo, acabándose ahí el silencio. Dulce piel que no prolonga afanes.

Siempre lo he visto así, lo que se empieza se termina. Pero no. La firme aceptación de estar conforme con lo que se está escribiendo genera duda. Conforme me pongo con el libro en curso, mi gesto, mi tiempo, me hace patinar. El actual no es como otros, no sale con esa costumbre de andar sobreseguro, me veo más como un manojo de huesos y de palabras; ni prolongo afanes ni adivino astros.

Todo es una espesa corteza, hasta ha habido días que he tenido que evitar para no escribir malhumorado, porque todo influye. Cuando el entorno no es el adecuado, y los trabajos (funcionariales en mi caso) se convierten en patéticos y odiosos, eso de resguardarse en la escritura como tal paz dorada, seguridad, pan y mejor metal, es un andar cuestionable.

Dudo si seguir y darle un mejor desarrollo y fin, correlacionando lo que ya llevo hecho, que es bastante; o bien dejarlo estar. Me daría igual deshacerme del mismo, como ya hice una vez (hecha la excepción todo vale dicen algunos), o apartarlo al sueño de los justos, dejándolo inacabado en una caja sin nombre. Más el futuro de lo que hay no es la duda, sino habitar esa tierra de culpas, porque este libro iba a ser un pequeño y sucio secreto con deterioros de ADN. Versaba sobre un pueblo de china, junto a la Gran Muralla. Se trataba de poner en duda la verdad absoluta y eterna que existe sobre la misma. Y, sin embargo, como que necesito lo menos cien letras para vehicular lo que antes salía en una, por días inerte, cabizbajo, sumido en la incoherencia de la empresa para la que trabajo (la que ni escucha el terco movimiento de los corazones insomnes).

En fin, la realidad tiene la última palabra para validar o refutar. No todo vale. Negar un libro lo mismo es trucar las leyes de la naturaleza. Si no es lo suficientemente bueno, como me parece a mí -por lo sentido hasta la fecha- lo mismo debo simplemente seguir por eso del método y lenguaje, aunque esté disconforme. Dejarlo todo en presencias que nunca se acabaron ni se fueron podría pasarme factura, ¿y si me acostumbro y sucediera con otro más, y más? Creo que tocará habitar la tierra de culpa, ¿no sé si entregarme sin tristeza a ese rumor amargo?

 

 

3
Ago

Escribir por ese placer raro de evadirse, que también

En días en los que uno preferiría ser tragado por un desierto hay mudanzas imposibles. El hecho de perderse no es necesariamente malo. Quizás, ese picor inmediato de la ansiada mujer, las ciudades emblemáticas de naturalezas perdidas, o bien las orgullosas rutas medievales con sus cornisas. Un deleite, que también.

Calles empedradas casi totalmente, zonas reservadas, la gastronomía local. Alimentarse de lo que se tiene, y hasta se pone gafas de sol, sombrero, calcetines finos o más gruesos, subirse a un bote de agua, coger los prismáticos barriendo los horizontes con ligeras brumas azuladas o gélidas estaciones. Un pequeño puerto que recorrer, pubs, terrazas animadas o tradicionales. A veces todo incluso en el mismo día.

Vuelos sin compañías aéreas, paradas para descansar, refrigerios; visitar justo el centro monumental que querías. Bosques, huertas, barracas. Suelos arenosos con su microclima, acumular desniveles. Todo ello resumido en la más pura esencia. Hasta arena fina y calas de granito. Esa farmacia rural, las travesías.

Tiempo atrás llegué a estar en fortificaciones alemanas que fueron históricos y sangrientos escenarios de batallas, con restos de búnkeres y pozos donde pedir deseos avanzando en paralelo. Y la Ruta de la Seda, los viajes de Marco Polo, vestigios budistas, grandiosas carreteras que recorrer con/sin acompañantes de habla hispana. Sí, sentirte extranjero en ninguna parte. Uno de los mayores privilegios.

Artesanías locales, platos típicos, las mezquitas más grandes, antiguas calles y talleres locales. Trámites en aduanas. Deslizamientos de tierra. Caminos hermosos. Aquel glaciar donde la tarde libre para un corto paseo, masaje y seguir recorriendo el mundo. ¿Sí quieres? www.pebeltor.com Puedo escoger la temperatura, actos masculinos, palabras femeninas, abogados, poetas, tropas, médicos, homenajes a reinas y ciudades más o menos pobladas, entre otros.

Descarto de forma categórica los dinosaurios y los parientes cercanos, al igual que los compañeros de trabajo que manipulan los genomas. Una vez intenté clonar fósiles; tal gesta no prosperó, fue algo extravagante. Y se puede discutir, si ustedes quieren: aunque su vida dure apenas unos minutos.

23
Jul

Ser escritor -Ítaca- (La frágil moral)

Un trabajador que escribe a su Luna se engancha a todo tipo de degradaciones, que es lo primero que uno observa y relata. Una droga menor, pero droga al fin y al cabo: escribir, venderse. Y como decían en Alejandría: la importancia de disfrutar el camino, cualquier camino, y no sólo añorar el objetivo.

El demoledor retrato de cómo se gestan las literaturas diarias es ese: trabajo, hastío, intereses… casualidades. Y no, no seré el duende de los títeres. Tengo mi big data (ahorrando costes dentro de lo razonable: sostenibilidad). Es lo que pienso, es lo que creo. Así también escribo, en mi desconexión, otra manera de ejercer y de contaminarme en todos los sentidos, purificándome de mayorías, simplezas y hasta de mí mismo. Escribir es repulsa, y familia. La invención de la soledad y la paciencia pudiera ser lo más tradicional, lo más parecido a la tecnología sensorial. Rueda del oro de todas las marcas y empresas, conjuntos de personas. Si bien, no existe un secreto simplificado para rearmar una empresa o relación cuando no funciona, salvo la base, el armazón: los puntos de encuentro. Sí o sí. Los Cíclopes, los Lestrigones y la fiereza del dios Poseidón no aparecerán en tu camino si mantienes un “pensamiento elevado”, aseguraba Cavafis; los peligros sólo surgirán si los llevas dentro, si tu alma los pone frente a ti, decía el poeta griego.  

Unos lo llamarán coser rotos, otros, no empezar la casa por el tejado; los menos, quienes no se afanan en demostrar la existencia de ningún Dios, dirán otra estructura. Y en toda estructura, sea de personas o de recorridos y arquitecturas varias, lo que rige es el orden establecido y el criterio a seguir. Yo adopté el mío con ella, no pudiendo vencer ni dejarme batir; en el trabajo, he de manejar el timing; como escritor, qué menos que saber de las sincronizaciones. Antes escribía alocado, quería subirme a un tren que no sabía si estaba pasando o no; desconocía hasta mis propios movimientos: necesitaba darme a esa velocidad, que me asfixiaba… De algún modo voy aprendiendo a controlarme, a saber esquivarme: respiro. No me queda otra, los golpes van y vienen, y se ha de mantener la mente en el tiempo presente.

A los que hacían las Américas les asesoraban con lo de “necesitas un nuevo nombre para tu nueva vida en América. Olvida el apellido. Pero uno no puede llamarse Rockefeller cuando quiere dar rienda suelta a no se sabe qué, o arreglar una empresa o una relación, ni con diecinueve años o noventa y nueve; nunca. Ciertos logros requieren de recias espaldas y de manos enormes, no así de pies inquietos de los de caminar sin dueño: hay que saber dónde se pisa, y ser lo bastante fuerte como para que te duela. Escribir me ha ayudado a sentir mejor. También a saber discernir cuando la oferta que se me presenta es traicionera, o sencillamente es la que es, y debo analizar ¿qué llevo perdido?, ¿y qué llevo ganado?

Pero sí, una buena suma de dinero no estaría mal; y un beso, mayor o menor; o un abrazo de los de verdad. En algunas sociedades se hace una limpieza a fondo, con pintura incluida por dentro y fuera del domicilio al fin de un ciclo, en otros al comienzo, que es como debo verlo, aunque esté cavando mi tumba porque siendo independiente te tildan sin serlo. Supongo, que limpiar es otro modo de allanar a los vociferantes, con regateos, pues no es posible escapar del miedo, solo contenerlo, pero sí, dicen de uno… No me queda más que dejarles, que te elijan es la primera mitad de toda guerra; la otra, ejercer el puesto. Ítaca brinda tan hermoso viaje.

Pide que el camino sea largo.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que llegues -¡con qué placer y alegría!-
a puertos nunca vistos antes.
Detente en los emporios de Fenicia
y hazte con hermosas mercancías,
nácar y coral, ámbar y ébano
y toda suerte de perfumes sensuales,
cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.
Ve a muchas ciudades egipcias
a aprender, a aprender de sus sabios.

Presencias que hasta se yerguen en tu alma. Escribir es como soñar lo inexplicable, tocándolo. Una ambición de la vida en modo tenue. Fuera de octubres. Cercano, distante y normalmente desentendido, todo, lo uno y lo otro, siendo un buen gestor de recursos y de sentimientos sin que te afecten más de la cuenta. O sea, como toda relación que se precie o haciendo de buen ejecutivo: aburrido, formal, decidido, prudente y virginal, pero siempre con toques rotundos y tímidos.

Pero ¿qué hacen los gurús de la gestión para aunar y rentabilizar proyectos, vidas? Hoy en día hay hasta cursos de cómo ligar (cómo entrarle a una mujer, leí recientemente), con clases teóricas y prácticas. Yo creía que nada superaba a cuando uno va a dar el pésame a un funeral, y se ríe -como medida de gracia- con el allegado del fallecido, en un duro y feo gesto cruel y animoso, recíproco más bien: de inteligencia excepcional.

El caso es que uno siempre ha de tener un plan. Quieras o no compites, la vida te lleva a emprender caminos diferentes, estés o no en una majestuosa posición; la vida te incauta. Y de manera natural no se aceptan las divinas dádivas: todo tiene un precio. Si eres jefe te revisten de cabrón, lo menos, a poco que hagas o dejes de hacer a las naturalezas, por más que quieras unir el esfuerzo con la rentabilidad, lo tradicional con lo innovador y las emociones con lo sustancial. Y si eres un querido, los primeros días pasan pronto, y la esperanza de alcanzar cierta satisfacción interior también se va con las biografías del silencio. Eso, en caso de tener trabajo o alguien a quien querer. ¡Qué también es lo que me pregunto!, ¿sí tengo trabajo?, ¿sí tengo vida escribiendo? No quiero ser un fotógrafo retratista, tengo mi temperamento, y por supuesto mal genio, sé de lenguajes bruscos e insultantes y de hacer las cosas a regañadientes. Gestionar, escribir, no es un juego de niños. Los escritores hacemos que las cosas sucedan. También sabemos de las cadenas de malas decisiones, o de que nadie quiera escuchar a los trabajadores; toda gramática de gestión se parece al boxeo. Ansiamos dar ejemplo de aquello que exigimos, y aceptamos lo que nos viene… pero para llegar lejos mejor hacerlo con ventajas: conciliamos, aunamos.

Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin aguantar a que Ítaca te enriquezca.

Todo arte y oficio tiene su profesión. Sus códigos. Sus extrañezas. Tiempos. ¿Pero y si te quieren y no estás preparado, si te han pillado a contrapié?, ¿si alguien tiene interés en conocerte? ¿De veras se puede redescubrir que la comida tiene un sabor diferente?, ¿y que la lluvia no cae solo en mi cabeza?… Me han elegido, me han condenado. ¡Qué cabrones!, ni un mal secreto simple… Me han usado como a todo soldado, diciendo sin decir.

Si la memoria no me falla: he pasado por no tener ganas de conocer a nadie; no apetecerme trabajar, en absoluto; no tener ni la intención de extrañarme por las extravagancias, que las sigue habiendo; e incluso a tener los ojos agresivos… Me siento preocupado, por cuando el llorar ya no es de niños pequeños. Es lo que me ajusta estrictamente a la realidad. Inevitablemente hay que trabajar, disfrazado, en la mayor parte (hasta los vagabundos se disfrazan). Y he de ser referencia, ese es mi poder: dar ejemplo. Así como controlarlo todo, sabiendo delegar y hacer. Sí, será un paseo largo, por corto que se nos haga; o viceversa. Llega un punto donde lo que importa es no hacerse daño. No vale con permanecer a la expectativa, y ser uno más de esos retratistas. En todo anuario de la vida terrenal, observar el rostro de otras personas, más rostros cada día, todos distintos y al tiempo iguales, te mantiene los ritmos constantes y te da la seguridad de que los mejores días están por llegar. Así debo entenderlo. Y a los de dientes grandes y brazos flacos, se les ha de urgir con o sin dientes; me tocará a mí, lo llevo reclamando: oficio. Es la alianza global, como al escribir, porque nadie sabe qué va a salir cuando se enfrenta uno a una página en blanco… aunque nos movamos por plazos, objetivos y organizaciones. Y sale: se escribe.

Pero no tiene ya nada que darte.

Dicen que en la entredicha radioactiva ciudad de Chernobyl ha vuelto la naturaleza toda vez que el hombre ha desaparecido y se ha dejado lo salvaje, ¿pero qué naturaleza?, ¿será buena o mala? ¿Qué timing conlleva Chernobyl? Las oportunidades, crecimientos, también pudieran ser incontrolados: nefastos. ¿Acaso es ahora Chernobyl una jaula de oro?, ¿flores que tararean sin problema? ¿Es esa la cara rica del planeta?… No soy lo suficiente mayor como para creerlo. Empiezo a sentir una intensa aversión; empiezo a ser una perra chica. Qué quieto parece todo en ciertos momentos. Pregúntale a tu padre, asesorarían los de las Américas. Y ya no tengo. Pregúntale a tu madre, dirían, de saberlo. Y ni en un acto de desesperación veo solucionar ese punto muerto tan nuestro. Nunca di un paseo tan largo al volver a casa: iba con ella, sin ella; sin duda, algo mejor que nada, quizás lo más preciado para un hijo, e insuficiente a todos los efectos. No fuimos capaces de hablarnos. Andando. Como las leyes de la realidad: ese trayecto será uno de los más recordados, en toda mi vida adulta y de niño máximo. Mi madre jamás ha llorado delante de mí, pero vertía lágrimas a escasa altura de mi cuerpo, con el rictus serio y la vista alzada hacia adelante, seca, a punto de abrir la boca y de decirlo todo y nada… pero sin nada de preguntas: solos, extraños. Patético, tampoco tengo padrino ni madrina. Solo tengo mi rara normalidad, mi respeto. Mi desprecio y exigencia… mi naturaleza: el deber.

¡Ojalá pudiera cerrar los ojos y despertarme delante de un nuevo escaparate!, ¡qué pasen sencillamente esas cosas que no pasan y todos queremos tener!, ¡qué las cosas rotas se arreglen!

Y no, no hay ni silencio. Es un ser y estar conmovido. Todos los semáforos están en ámbar, espejos de almas simples. Hasta querría ser mudo y que me operasen sin anestesia para ver mi propio estallar… para que todo cambie súbitamente, para que nada sea igual… Como hijo, como escritor, eso debo hacer: cambiar las dinámicas. Las actitudes. Pero que todo siempre esté listo. Que nada falte. Siempre con las perfectas educaciones, que no somos ni seremos marionetas. Que los secretos de quienes se hablan y no creen ser vistos no hagan más daño si cabe. Una sintaxis aparentemente desordenada, del medievo; bajo una misma lengua: palabra, orden y mando, con la espada en alto e historias que contarnos. Trabajos de una misma luna: existir, pues lo peor es creer que se tiene razón por haberla tenido o esperar que la historia devane los relojes y nos devuelva intactos al tiempo en que quisiéramos que todo comenzase; que llega el momento de ejercer más y mejor.

Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Ítacas.

Por eso, es importante leer las señales que da una persona desmotivada. Nada le parece suficientemente bueno y se queja. Evade su responsabilidad y da excusas para no cumplir sus metas. No siente entusiasmo por su labor ni busca aprender de otros. Evita el trabajo en equipo y no tiene iniciativa. Destruye la moral de la empresa al difundir rumores o malos comentarios. No apoya la misión y la cultura empresarial. ¿Por qué sucede esto? Si bien hay empleados, personas, que simplemente no se ajustan al perfil de una empresa/relación, y otras veces son las compañías las que fomentan este tipo de actitudes en su fuerza de ventas/Servicio. Es vital reconocer el mantenimiento del negocio. Satisfacer sus necesidades ayuda a que tengan mejores resultados. Si dentro de tu relación/organización se presentan situaciones de esta naturaleza, pero no sabes las razones, hay que preguntarse puerilmente: ¿Qué tienen en común una estrella, una interrogante, una vaca y un perro? Es una pregunta curiosa o más bien completamente extraña y confusa. No he enloquecido aún. Estos cuatro elementos representan gráfica y metafóricamente algo llamado Matriz BCG. Aliados que ayudan a analizar tu cartera de negocios de manera estratégica para que puedas decidir en qué empresas, personas o productos vale la pena invertir y en cuáles no. La matriz de Crecimiento-Participación, en primera instancia lo reduce todo a una vaca, un perro, una estrella o un interrogante. Nada de princesas de mármol o de cristal.  

No toda inversión es efectiva: están los mercados, los ciclos de vida, etc. Hay que categorizar. Enfocar inversión/beneficio para averiguar la rentabilidad. Como escritor, hace tiempo que decidí escribir para mí: analicé los años de vida que tenía, ¿cuánto invertiría?, evalué posibles ventas, mi participación y estrategia. Como jefe, sin serlo, analicé con qué equipo trabajaría, las normas a cumplir y el factor tiempo, además de la oportunidad, pues debía reconocer y aceptar mi propia sombra. Y decidí, que somos lo que somos. Igualito que cuando incrédulo, comencé un diario, medio esquivo medio decidido. Necesitaba coser mis rotos. Ahora, debo manejar las prosas y los versos, algunos torcidos, con docilidad, rigor e ilusión, bajo la misma lengua que se nos va yendo cuando no somos, canalizándolo todo. Paseando en corto o en largo, pero estando, cuidando: los perros no hablan pero oyen muy bien.  

Actualmente, si preguntase por un nuevo nombre, ya estaría perdiendo el tiempo. La prioridad es la que es: cumplir y hacer cumplir; sí, cercano, racional. Plural. Y lo demás son historias. ¡Qué pase lo que tenga que pasar en todas las lunas de lobos! Estamos condenados. En muchas ocasiones son nuestros propios demonios los que nos estorban… hasta el paladar. 

Todos queremos volver a casa, a Ítaca,

avistar desde el mar la isla en la que crecimos,

volver a ver a la mujer que amamos y que nos espera hace tantos años.

Tienen la opción de reservar mi novela La frágil moral en el siguiente enlace (les recompensaré; el talento consiste en cómo vive uno la vida -lo que fácil llega, fácil se va-); muchas gracias: 

https://www.lanzanos.com/distrito93/proyectos/la-fragil-moral/

 

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