Ser escritor y el adiós a todo eso

9
Dic

Ser escritor y todo eso de las religiones

Cada uno, dentro de sus singularidades, es excepcional.

De igual forma, saber de dónde se viene es estupendo, maravilloso. Y es una labor de todos. Habiendo hueco para todos.

A partir de ahí es mucho más fácil llegar a la gente, no por ello se debe ser profeta. Si la cultura mejorase y el consumidor fuese mucho más exigente, todo sería más acorde a lo que es y se es: un reto de todos.

Reto de mejorar, de conseguir que a todos nos vaya bien.

Por promocionarnos, se hace de todo; se adquieren compromisos, se buscan proyectos comunes, etc. Modestamente, no creo conseguirlo. Si bien, se debe trabajar en la comercialización, dándole información al consumidor, y fomentar todas las cadenas de distribución, cuestión, aparentemente sencilla, pero enormemente difícil. Y sí, hay que tener orgullo de lo que somos, fuimos o seremos: ese techo de cristal.

Tenemos de todo, todos. Y es una extraordinario suerte; muchas veces el problema, que no del sector, sino de la sociedad.

Respecto de los valores: con ellos ganamos todos.

Permítanme una simple reseña. Fomentar y difundir la cultura no es algo que deba acometerlo el escritor. Siempre lo dije, el escritor escribe, comparte. Esa es su campaña. No tiene otro objetivo que sacar ese yo interior, y ser capaz de trasladar y hacer llegar sus percepciones en un moderado diario: un producto cotidiano, sea o no accidental.

A la hora de plantear ese rato bueno, tranquilo, fantástico, que invierte todos los consumos, uno viaja y ni se mueve; también hay sueños de los más cotidianos, milagros y frustraciones. Todo es una manera de pensar. Es muchísimo el trabajo que hay detrás de las palabras y las letras. Recetas, que todas las civilizaciones las tienen. No son la sorpresa del siglo, con tanta era de la comunicación, naturalizando el consumo, las situaciones, y explotándolas más.

Por hacer hincapié en la normalidad, destaco un libro, de esos para juntar a la gente, el cual ya me queda lejos, lo escribí hace varios años. Quise saber de las puertas de Jerusalén y todas las anécdotas de las muchas religiones que van a la limón hacia la misma. Se llama… fíjense si he escrito después, que no me acuerdo del título, sí de lo que quería: la esencia. Hecha la consulta a mi web www.pebeltor.com lo tengo: Zanahorias para todos.

Consulté historia, le pregunté a un amigo que sabía del tema, mejor aún, que lo sabía explicar. Alguien que jamás viajó pero que me hizo sentir ese hoy por hoy como si fuera ayer desde cada rincón de esas puertas. Sí, rara vez la gente ve lo que tiene delante.

Me puse en remojo unos días antes, y desde entonces sigo mezclado, reducido. No es la única vez que me he referido a las religiones. Son tradiciones que están al vacío en todos y cada uno de nuestros minutos. También son docencias para reventar lobos. Pero sí: lo que fui es lo que soy. Y estaré donde la emoción me lleve, pues el mundo cambia a nuestro alrededor y hay que estar, siendo.

Regálate sentimientos: lee, escribe… aunque solo sea para obtener el eco de tu respuesta; ese pudor de hierro, del estar vivo y el vivir, herramientas de comunicación, versátiles, sin problemáticas ni conceptos. En todo trabajo hay preocupaciones sostenidas por esas cuestiones existenciales. Siempre hay que formarse a uno mismo, y trabajar en comunidad. 

Yo soy el que soy, yo soy el que estaré

Antiguo Testamento

28
Oct

Ser escritor: y caminar con ello, frío, por la vida

Mi memoria últimamente se adapta a todo. Hay espacios acogedores y sublimes, fortalezas encubiertas, reservas de curiosidad, excitaciones compartidas y simultaneidades. En justicia algo cegador, cual mujer u hombre encerrado años y años en la caja de un ascensor intentando salir a la superficie.

Por esa necesidad, con el peso del pasado familiar, los impactos de los paisajes y el tener que crecer cada día, aunque sea para ir en contra de uno mismo, para el año que viene pediré frío a la mínima oportunidad que pueda.

El silencio es un lujo que no podemos permitirnos, escribir te aporta mucho más que letras, fechas y sus trilogías. Los contextos no siempre valen, por rápidos que cambien, todos. Y no soy de los de dar las gracias por lo que tenemos ahora como si nada, como si nadie, como si nunca, harto de partidas de ajedrez sin reyes a los que destronar; soy más de boxear por la creciente implicación que todo ser lleva bien adentro, con avalanchas, golpes bajos y los rumores malsonantes por las decisiones erróneamente tomadas en el transcurso de los rounds.

Soy un adolescente bien grande, sí, o un desertor venido a menos. Lo de ser un niño en varias dimensiones me salió con El día que llovió hacia arriba. Una obra donde se muestra que los robots son torpes a la hora de manipular las emociones. Porque ya no sé diversificar más el ocio de la nada; sé lo que quiero. Y sé lo que me cuesta poner la lavadora en casa o en la lavandería si fuera el caso, la barra de pan u otras comodidades o sonrisas de mostrador. Y sí, estoy en la última oportunidad para repostar y pasar página. Algunas que llevan colgadas décadas. Además, como toda la gente, tengo excusas suficientes para todo. Y deseos más que mundanos, prejuicios en cada caso. Hasta sé de ese mundo que no podré leer nunca… ni queriendo. Pero intento novelar, eso lo hacen las personas, sobre todo cuando se pierde la paz para siempre, respondiendo a esa sensación de libertad reverberada con más libertad.

Lo de después, ese suma y sigue, puede que vaya todo en un paquete, el de la vida que te va enseñando. Que a veces es tan multitudinaria como los escenarios de las novelas y los cuentos que practico. Campos donde huelo hasta cómo se recorta la hierba y corren las aguas en sus acequias de antaño y eso que no tengo tal sentido; incluso llamo a los timbres de las puertas chantajeando las escenas cual dócil víctima mientras otros esperan que salga el sol, metiéndome en esas tramas atemperando o acrecentando las reacciones. Brillos que invaden mi cabeza, destellos, y brillos que ni durmiendo encogido se van: es como si me presentase una y otra vez en un funeral vestido de mujer, muy de rosa, con taconazos y medias de rejilla de las más finas pero bien bordadas, para robarle todo el protagonismo al difunto. Por eso quiero frío, porque el desdén se combate con desdén, o simplemente no reconociéndolo… El paseo hacia el faro también es un ritual, ahí voy más vestidito, quizás pintoresco. Son hábitos, escenarios que gritan que los narre, de los que dan brumas de calor, aquelarres varios.

La frágil moral es una de esas transiciones que uno atraviesa: sueños de libertad y paz, cruces de caminos estruendosos; en ello estoy, quedan unos meses. Va de esos lugares en los que muchos padres no se atreverían a poner nombre a sus hijos por temor a que sobrevivan. Sensaciones contradictorias que empiezan a acumularse y uno las tiene que sacar, tras pisar los suelos alfombrados de las Grecas y Lunares, fuegos infantiles y otros modos de mirar. Abandonos, rumores y patrocinios. Como una vida al otro lado de un cuadro, no del que lo pinta, sino del que lo comercia sin que ni sea suyo o tenga derecho a ello.

Sí, vuelvo a ser un depredador cuando me toca morir y reír endiabladamente mezclándolo todo bajo un disparo, gotas de lluvia o la calma contenida que precede al alba, pero sigamos paseando por las discrepancias de uno mismo, las añadiduras y los cambios a través del tiempo… frío, por la vida.

21
Oct

Relatos para vencedores y vencidos

La gente perversa solo tiene cómplices, sí. El miedo, a veces, hace que nos perdamos cosas maravillosas, como esos diez centímetros de silencio que decía Benedetti, entre manos y más manos, tesoros escondidos, sin duda. Pero, en el espacio vacío no hay sonido, sí luz y vibración con la que preguntarse ¿qué habrá sido de esos personajes luminosos o de tensión propia?, todos, palabras y sangre, enigmas hasta para sus propias identidades.

En mis relatos se hallan patrones y todas esas anomalías, propias de todos los reinos. Son enmascaramientos, alteraciones, reflejos, riesgos y preguntas… muchas. En ellos ocurre lo mismo que cuando la lava se desmorona, filtra y junta con el hielo: se hace más poderosa. Saca su músculo, su talento, su tremendismo. Lo que es, es, siendo.

Es otro modo de medir esos ruidos de impacto, traumas sociales tan cotidianos y corrupción si acaso, que tan reconocibles se nos hacen cuando nos paramos a datar y llegar a esos sonidos continuos que nos son integradores, aunque sea a destiempo, solo con su rutina, su amor, su trabajo o lo que sea. Momentos en los que se acaban las lealtades y los que fueron amigos quizás ya no lo sigan siendo. Dudosos pasados donde se arrastra la larga sospecha de falsedad, de exhibicionismo y los tiempos del después.

Relatos que son mucho más que el escritor que los narra, son titulares, evidencias sociales. Historias de fortuna y violencias, algaradas, cuentos que suenan a personajes surrealistas, almibarados o tremebundos por sus problemas; gentes que contestan fatalmente cuando se les acorrala, también mentirosos gentiles. En imágenes vendrían a ser los que desean unos pocos, que no siempre el deseo de quienes tienen que aguantarlos.

Todos los clichés, prejuicios y las calamidades se dotan de la veracidad más visceral, o de canciones para vivos y muertos cual oro y perspectivas. Si bien, quedan las dudas, las opiniones, porque para el lector esas canciones son muy suyas, y se asemejan y atormentan. No por miedo, sino por verdad, al corresponder a hechos.

Y sí, todo relato tiene su antes y su después: su vida. Están los placeres enormes de las rimas del desamor, como aquel Es lenguaje del pasado; comienzos, ya distanciados, que no son insufribles, ni mucho menos. Tampoco resulta difícil de comprender la fuerza motriz de lo que No tiene ningún sentido, que vendría a ser una referencia continua para evitar los ostracismos. Y para fugarse, cabe llegar a ser Fugitivos. Pero para relatos más que actuales los acontecidos en Deseos Humanos, a falta de La Francotiradora de su tía, una que jamás caducará, como el agua, que gusta verla, legendaria, normal en su desamparo… a la que le queda bien poquito.

Relatos, todos, al fin y al cabo, para después de la alegría, de la plenitud, del amor y esa emoción de la posibilidad que a todos nos gusta; mayúsculas o minúsculas con sus muchas semejanzas. Hay diez centímetros de silencio entre tus manos y mis manos, una frontera de palabras no dichas, entre tus labios y mis labios… y algo que brilla así de triste entre tus ojos y mis ojos.

 

 

31
Ago

Ser escritor: en todas las ciudades de espejos

Hay días que ser escritor viene a ser como sufrir la muerte de las mil cuchillas sin enterarse, todo, por una permanencia en ese pacto de falsificadores con un pie en el paraíso y otro en el corazón de las nueve estancias.

Son temporadas salvajes creando oportunidades, con especulaciones de Judas sin más remedio que seguir y seguir por no volver a empezar con nuevas presencias reales, chacales, símbolos del éxtasis, lecciones de los maestros, fuegos, soles, fiscalidades voluntarias y responsabilidades sociales hasta desaparecer de uno mismo y tenerse, dado que a cada palabra toda historia comienza.

Como blanco de plomo, uno acondiciona y define todas esas marionetas siendo sin serlo, porque se puede ser la Reina de Suecia o el peor oro viejo con tal de aportar experiencias; no hay puertas para el infierno con tal de innovar y de estar allí, cambiando los órdenes de prioridades y sabiendo de las heridas del tiempo.

Caben hasta las perfectas educaciones.

La mujer de la escalera lo sabe, a veces me siente farfullar subiendo o bajando cuando voy bajo el celo de Dios con cinco meditaciones lo menos en tal mirada a mis universos.

Otras veces finjo ser un caballo, una burócrata o los pedales de una bicicleta y un sinfín de palabras que reúno en mis manos, pero lo mejor son los años ligeros cuales milagros prohibidos, que no deja de ser el peor de los enemigos, desgarrado y atado.

Hijo de todos, uno que indaga en su oscuro camino hacia la misericordia escucha, observa, serpentea en la luna y las minas… en busca de silencio. Es meditación y el viaje del duelo: otro arte de vivir en la ciudad.

Como las mil cuchillas, resuenan las bandas sonoras, los secretos de quienes se hablan y no creen ser vistos, las dulces historias de las mariposas y las libélulas, rituales y circunstancias casuales, las muchas vidas de repuesto, gentes con pistola, manos izquierdas, sangres, tuberías, peces de colores y todos los azules marinos.

En las tintas, no hay vidas de animales salvajes, todos somos semejantes, aunque ninguna mujer se parece.

La modelo descalza que parece acabada puede ser un caballo negro, un testigo de reputación, habitar a un rey loco diciéndole lo hermoso de morir juntos y jalear todas las suertes malditas.

Cada noche, en cada baile, el escritor fundamenta sus llaves de alquimista relatándose un libro largo de cuentos cortos, y salen los misterios de cuadros robados, indignaciones compartidas, los oídos atentos a los pájaros, tiranos del blues, calabozos y tiempos de hielo entre otros. Todo, por darse su merecido.

¿Cuántas veces se ha preguntado un escritor cómo funciona el sistema?, ¿cuántas veces se ha reformulado mil delitos?, ¿cuántas veces ha alquilado un descapotable?, ¿conspirado?, ¿o sentido dolores que unen?… por meros detalles, tatuajes más o menos sexis, risas, heroicidades de los jefes de manadas como piratas bien educados y pesadillas favoritas.

Sí, el gremio secreto de los libros tiene esas conexiones con las confesiones. Todos somos piratas. Es la misa negra del peso del mundo, la salvaje delicadeza que realza a los comisarios, pero solo amanece en esa tierra más amable que el hogar si estás dispuesto a ese veredicto impuesto. Un mero paseo puede llegar a suponer tal que siete años de abundancias y riquezas. Es un gran frío de experiencias y curiosidades, tratamientos: la otra piel.

Mirarse.

Araña, cisne, caballo, bajo ese paraguas uno es reo y palabras heridas de un bucanero y todos los más allá de las tinieblas. Nieve verde si acaso. Y mentiras aceptadas con todos los matices cuando el olfato participa. Realmente el beso del diablo: fiebre.

Somos los que vemos las primeras veces de dos o más que no se quieren en realidad. Recados, castigos para los buenos, caballeros fantasmas y los hilos enrevesados como confianzas totales. Zorros que están en boca de todos y nadie.

Cuentos populares de la madre muerta, mediterráneos, leyendas y pausas de las buenas. La nieve por tres veces… y faros por dentro.

Por más preparado para todo que uno salga, cuando la tierra se vuelve de plata el ritmo normal de los cuerpos gritan los imposibles y actúan como esa segunda piel recibiendo momentos, sabores, colinas, hombres sin cabeza y un complejo de eslabones que ponen de nuevo la luz de los focos hasta las tantas de la madrugada… por tiempo limitado consideré en los comienzos…

Y no.

Una sanguijuela roja a las cuarenta y ocho horas, suelta y se da a sus reflejos, no a otros, pero los ecos de tantas trampas, postales, vidas, chantajistas, seres pelirrojos y electricidades, dejan a mis ojos como espías mezclándolo todo y a todos.

Ojos negros, de ejército furioso y capitanías varias, de policía descalzo y de triturador de huesos, de paciente cero y de un hijo de puta retorcido; muy retorcido cuando la cosa quiere.

¿Qué pasa en tu cabeza?, preguntaría alguien, creyendo ver a un chimpancé en el lago de mis pupilas. O ¿por qué hay todo y no hay nada en tal nulidad? Más de repente llaman a la puerta, y… la piedra de la paciencia lo cree saber todo. Vuelve la muerte blanca, fluyen las conspiraciones, se sienten nudos por los amantes y sus infamias, hasta se venden a los amigos y se ensayan cartas a Poseidón. 

Es el mal del pasear, donde mejor canta un pájaro y escribe un escritor. ¿Y luego qué, porque las ansias carnívoras de la nada siguen y siguen con sus retahílas?… Ni los loros de siete lenguas acallarían los ritmos lentos, guerras de mujeres, urnas sangrientas, fragmentos de interior, arenas movedizas, ataduras y visillos: sueños. El libertino de calidad es el peor de los dragones: muere en la rectoría, cual asesino en escena. Ni una dirección equivocada le detiene. Tanto pequeño zoológico es un caso perdido: el más bello amor. Eso no ayuda, no, pero son clientes asiduos con los que desvalijarse. Tiempos de clásicos presentes. Otra vuelta de tuerca. Una ínsula de cuentos de prosa y verso: espejos de almas simples. ¡Sí!

El dulce veneno del jazz diario y los cielos repletos de tangos, ¡y que se levanten los muertos!

Huye rápido, vete lejos… a un lugar incierto, las cosas pasan: todo lo que tengo lo llevo conmigo. 

28
Ago

Poesias donde sentir distinto

Cuando los dioses escriben el libro de destino es lo de siempre. Escuchan las medias vidas, saben de los álbumes de fotos, traducen, saben lo que soñamos la última noche, cerca y lejos de nuestra tierra, actúan; conocen a las niñas que saben hablar con las muñecas, los legados, etc. Pero son carceleros del arte de decir adiós.

Donde las mujeres y otros son reyes, es en la furia ámbar, pues en la lógica cotidiana de la felicidad no se puede desperdiciar nada, quien más quien menos necesita redibujar su mundo en la intimidad de cada cual, vigilante, sin hogar ni lugar, girando al mayor de los secretos con ojos en la nuca, lo más indecible posible, y presentar su verdadera elegancia, sus poesías.

Poesías que de entrada son aglomeraciones, verdades que no sirven. Van de quiénes somos, o de pretender saber lo que se siente al recibir un beso estando vestidas/os en plan carnavalesco, por lo pretencioso más que nada. Un encomiable retrato de la estupidez.

En cambio, luego están las rara avis, las poesías de la vida real. De esos que creen no hacerlo. Padres o madres con seis hijos algunos. Sin caer en lo rancio, gentes que emanan otras tradiciones. Más en lo atemporal e independiente de las modas y tendencias, es más fácil hablar a través de las fotografías, de esas que pensamos mejor no mostrar, y que van en condicional. ¿Y el resultado cuál es? Sentir distinto.

Para ser honesto, nunca pensé que pervivirían tantos anhelos, solo que cada una tiene su historia. Surgieron cuando buscaba algo más especial. Y todavía me tienen esposado; reconozco que a veces son difíciles, aún se confabulan y evolucionan sin estar de parte de nadie. Plenas turbulencias… me miro las manos y ni siquiera recuerdo haberlas escrito. Se zarandean. Y mi estómago protesta, hace piruetas. ¿No les han contado nada de mí? Anhelo, más allá del mar son algunas.

Giran el tiempo justo para disuadirme, una de las cosas más raras que se pueden hacer en la vida. Ojos que hacen más y más preguntas. Pitidos urgentes, callados de tantas cosas donde recoger los trozos de secretos cuando cuesta decidir, uniformados para no ser pizpiretas con palabras rigurosamente contrapuestas.

Pero la verdad es que uno se da la vuelta y vuelven a despegar, como los collares de perlas, otros secretos que voy engarzando, para cuando llegue el viejo momento de idear otro traje, formal, y ponerme de puntillas para verlas crecer… hasta entonces, miedo dan, mejor que sean cosas imprevistas, como si nada, tales que fotos descoloridas. Punto final, por nada: horda de posibles. Penitenciarías. ¿Se puede fingir que el pasado no ha existido?, ¿odiarse sin ser uno mismo? ¿Quiénes somos en realidad?

Las leyes son los único que nos hacen a todos iguales, junto a las poesías que no se dicen sentir, que todos las miramos de refilón para ampararnos sin ser vistos.

10
Ago

Novelas donde saber perderse

Mi primera novela no fue el sueño más grande que tuve. Buscaba voces que me hablasen de la cotidianidad, sin que nadie me mirase por encima del hombro. Empecé con breves aproximaciones, más bien todo fue una especie de poder absoluto a modo de diario, que se repitió por tres veces: El libro de un cualquiera, Me columpio en el vacío y A las luces de abril.

Pero como no me podía leer, conformé de algún modo mis primeras novelas como tal. Fui uno y fui tres personas como poco. Tenía como oficio novelar y ser parte de la acción que se desarrollaba en mis letras.

Crucé océanos en tal involucración con El Chándal de la jubilación, Desconfianza Racional y Zanahorias para todos hasta concluir esa mi hoguera con un ejemplar denominado Desconfianza Racional. Otra vez hablaba de mí y conmigo.

Y como seguía pensando en lo que hacía viré a ese rol del Siempre hay algo que decir. Solo quería seguir la línea del tiempo.

Tiempo que me hizo ponerme en carne viva al publicar Buscadores de señales. Desde entonces las pausas ya no son lo mismo.

El verdadero valor del descanso apareció con Viento sobre el mar, eso sí que fue una mano tendida. Yo, como tantos, bebí el liviano veneno de haber nacido por primera vez hace tanto que ni siquiera lo sabía hasta que novelé tal silencio, solo silencio.

Para acabar náufrago sin isla en El Fin de la Infancia, que me deparó silencio y tensión. Es lo único en lo que me reconocía.

Lo mismo todas ellas, novelas, serán de las más vendidas. Tal vez hasta aquí pudiera considerarlo inicios, porque ni era el mejor ni el peor de los tiempos. León, brújula y armario fui con Dinero y mujeres, Billete de ida y Flores de plástico. Obras que no dejan de ser historias de dos ciudades bajo una misma piel, puesto que no quise dejar a nadie fuera, aun a sabiendas del peligro.

Todo un contagio global de sensaciones que necesité valorar mucho más lo nuestro, y pergeñé Las lágrimas de tu payaso. De tan pujante me sentí que entre lo real y lo ficticio derivé a Un cuadro en blanco.

Narraciones donde no había más ley que el movimiento, para quedarme en Deseos Humanos escandalosa y flagrantemente.

Y sigo con esas oscuras pasiones, sin aquel sueño grande. Todo el mundo tiene en su núcleo central una historia… quizás sea la actual: El día que llovió hacia arriba.

Jamás pudiera haberme imaginado tanto sin haber ido paso a paso, novela tras novela, siendo PEBELTOR. En todas ellas, los restos de uno y otro pueden entremezclarse.

Ni me arrepiento ni las destierro: son, soy, somos… Los niños aprenden cuando ven, los adultos cuando el castigo es efectivo, que no deja de ser el contrapunto adecuado con el realismo dominante en mis narraciones. Así pues, tienen donde saber perderse.

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