Ser escritor y el adiós a todo eso

26
Ene

Y esa otra realidad: alguien que no quería envejecer

Han sido meses escribiendo una novela, que, finalmente, decido empezar de nuevo. Escribí gustándome el personaje, hasta me llegué a sentir de la misma forma que él, sin embargo, al terminar, ese todo me deja casi sin voz, con la moral flexible y una mezcla de biologías y sentimientos que lo sobrevuelan todo. Era una novela, no un diario o un relato cualquiera. Llegué a oler como él.

Ese personaje traspasó mis letras porque a poco lo vi en pantalla a una velocidad inusitada. Y he sufrido esa luz que arrojan todas las secuencias que perpetúan las retinas. Lo vi como película, con todos los valores. Tenía el enemigo adentro. Y no he sabido darle toda la excelencia. Por ello, he tirado mi libro, mi historia. Toda esa historia de sementales se ha quedado en nada. Cuando uno escribe las palabras también te dicen: a mí me han ganado.

Esas letras ya no tienen voz, forman parte del olvido. Trataban de la evolución humana, de alguien que no quería envejecer. De una persona que sobrellevaba el día a día robando. Su identidad tenía ambición, con él llegué a la diversión y a una villa imperfecta llamada “Olvido” donde había personas de muchas nacionalidades. Donde se nos permitía hacer lo que quisiéramos, todo bajo el mismo idioma: calcar. Había belleza, y arte, sobre todo lo último. De hecho, era un laberinto de obras robadas, algunas detrás de ventanas mal iluminadas, o a la vuelta de algún que otro cubilete, incluso separando el ancho de la calle.

Él fumaba mucho: el Chincheta. Un tal Gabriel, quien demandaba mi atención. Al darte la mano te daba un respingo. Tal vez solo una costumbre sin esperanza. Las mujeres tenían una edad relativamente joven. Todas debían renunciar a algo, como todos; ninguno llegamos a Olvido sabiendo lo que íbamos a encontrar. A cada cual le vendió un humo distinto. Juntos, nos creó la coparentalidad. Todos éramos de todos, mientras él sentía las presiones del reloj biológico.

Su hija y un nutrido grupo de doctores, encabezado por Leslie, una rara avis, normalizaban todos esos cambios y nos establecían vínculos. A mí me encajaron con las francesas. Era eso, el que las calcaba. Para mí empezó siendo difícil, luego un placer y finalmente un tormento, conflictos.  

Unos decían que ese lugar estaba en Colombia, otros en alta mar. Destruí esa noción. Llegó un momento en el que no pude más que pisotear todo ese armamento y las nociones. Entendí que no era un monumento más, y que el rencor, la venganza y la humillación llegarían tarde o temprano. No ahorré en recursos, tampoco me convenció el cierre: forzado.

Me avergüenza cómo los políticos permitieron eso. El arte es solo una manera de fracasar mejor, un hilo para entender la realidad. El Chincheta había caído en la lógica de ser tan certero y profundo que me permitió manejar los clasicismos, racismos y machismos generando marginalidades. Su duelo solo lo podía concebir en el conflicto armado al tiempo que su envejecimiento seguía de manera responsable, amorosa y descarnada.

Y entonces entendí que el arte tiene una capacidad de acción lenta, no así la vida. Quizás me obsesioné con ganar y no vi el sentido de esas imágenes (de noche y de día), hasta lo consideré un caballero, al sinvergüenza. Tuve ese problema, escribí con mucha fuerza y probablemente he malgastado esos meses porque no hemos parado de crecer, por más titulares que le daba, discursando. Hablamos mucho él y yo, en la libertad de su villa, una de tantas.  

La frágil moral también será recordada por eso. Nada es comparable. Dos inviernos u otoños tendrá, lo mismo hasta primaveras, no sé. La verdad es que me paralizó, imbuido… para nada. Ni me di cuenta que estaba sangrando por todas mis presiones o neutralidades. ¿Faltó cariño?, ¿traté de protegerme del futuro?, ¿no he sabido respetar mi opinión?, ¿es autocensura?… ufff. Igual es verdad: en las casas que hay perro huele a perro.

2
Ene

Ser escritor y la “carta” a sus Majestades

No sé si debo creerme aquello del “te cuidaré más que a mis ojos” o tomármelo como una patraña más de todos los días. El simple gesto de guiñar un ojo es en sí mismo un tremendo dilema, así como las camas bien hechas, con su dobladillo y casi que el juego de toallas a los pies, con todo recogidito.

Suena anticuado, pero no. Al igual que eso de “sus majestades”. Son maestrías, pasiones, deferencias. Algo soez, barroco y exquisito, una delicadeza formal, que de por sí supone una reflexión sobre la complejidad de las relaciones, por no decir ruinas afectivas. Ruinas porque son avances tanto como retrocesos, dependencias emocionales a fin de poder sobrevivir generándonos ilusiones los unos a los otros; y afectivas, porque representan todo aquello que uno no se puede dar a sí mismo.

Si bien, la edad como tal no me impide escribir mis deseos, mis anhelos: mi carta. Uno puede ser niño, joven o adulto y seguir por esos destellos de las ilusiones varias. Es, quizás, toda esa memoria colectiva que uno va sumando lo que hace que la carta nunca sea igual, aunque se pida lo mismo recurrentemente. Ahí, sí que influye la edad, o más bien la experiencia. Supongo, que debe ser miedo.

Fíjense cuando los mayores llevan a los peques a entregar la Carta a Santa Claus o a los Reyes Magos. Se puede adorar la expresión de sus rostros, imprudentemente, con las lágrimas súbitas de unos y esas sonrisas picaronas, de otros muchos. Hay madres que sostienen que ´no quieren que sus hijos crezcan y se hagan mayores´. Que los prefieren animalitos.

Animalitos siempre, de esos que la memoria no olvida. Del amor más puro, sucio y delicioso. Los mismos a los que pondrías en el fondo de un vaso. Un miedo infinito para los adultos, siempre. Tréboles… porque la historia lo requiere así, salen como salen y se llevan como mejor se puede, al igual que estas fechas de los buenos deseos: salud, dinero, alegría y felicidad. Y grima, dulce, pero grima, cual gran cóctel porque los días van dejando sus relatos… que también han de ir creciendo y haciéndose hueco: otro deseo, otra ilusión. Miedo, porque uno va de uno a otro apenas sin pasar por las estaciones. Ni da tiempo a pararse a pensar que todo trébol ha de enraizar para luego brotar y ser bello por especialmente frágil y duro para volver a caer hasta la nueva vida, tal que se deseasen apretujados la muerte violentando a la vida, pretenciosos y potentes, armas y flores que extrapolan todas sus heridas… como los niños que crecen y crecen desde la primera oscuridad.

Dar con un modesto trébol de cuatro hojas ya es casi un imposible. Y no me lo termino de creer. Suena a realismo mágico, historias varias de esas que escribo. Además, aunque se tuviera todo el dinero o el poder del mundo, ninguna madre podría evitar que sus hijos siguieran creciendo ¿no? ¿Qué pedir entonces?

He dudado sobre muchas cosas, muchas veces. Lo de la salud no me lo termino de creer, sigue siendo una lotería. Todos somos pobres en excedencia a ese respecto, ¿o de verdad con dinero se está más protegido de los avatares del destino? Y sé que es un sentimiento colectivo muy fuerte, también de un profundo desprecio. ¿Cuánta gente buena hay que conocemos y enferma o fallece?… Mucha, demasiada. Y no todo será por culpa de la globalización: dejemos de mentirnos

Con toda grandeza y sin remilgos. ¿Qué deseo pedir para que se cumpla?… ¿No tener miedo al miedo ese que escondemos al dar con la verdad?, ¿tirar de la central de sueños?… No sé, vengo de conocer reinos que he inventado, de probar con salmos que tientan todas las carnes habidas y por haber, de trazar medias lunas por doquier y hasta de saltar de un tranvía… para quedarme quieto, con la luz oblicua y el cuerpo contrariado…

¿Pongo el zapato?, ¿les dejo comida?, ¿entrarán los Reyes, sus Majestades?, ¿con esas memorias colectivas suyas y mías que ya se saben de años y años? ¿Trae cuenta?

 

17
Dic

¿Demasiado servicial? Y no

El derecho no está para discutir, es la suma de todo, decía yo antes, y ahora.

Verán, me he duchado, cenado, cepillado los dientes y remirado un poco. Y sí, saltan esas alarmas que todo lo relacionan. Resulta que llevo meses documentándome y escribiendo un libro que se titula La frágil moral; aún le queda, si bien, ya he cruzado el horizonte como quien dice.

El protagonista es un tipo de esos que se dedican a las políticas de los años ligeros, como ser mercenario y trabajarse todo tipo de almas perdidas. Forma parte de un hábitat disperso que me surgió. Como me ha surgido ese nombre de la mujer encontrada muerta en la provincia de Huelva. Una tal Laura, como mi hermana. Pero pienso más en su madre, por si la tuviera, que, condenada, deberá aguantar aún timos, cuando menos en los tiempos de espera. Supongo, que ya sabrá que es mejor ignorar que odiar.

Es la historia interminable… uno que estuvo en tal sitio, y que luego… pero al final no pudo… y… en fin. Que no son incongruencia ni erratas, sino otra muerta que nos espera paciente a que los vivos nos dejemos de realidades ocultas. ¿Qué paso?… Ni lo sé ni me importa. ¿Qué sé? Que mi personaje, ese de La frágil moral se haría otra muesca y diría “17025” sin más. Él no se haría más preguntas por la princesa prometida o lo que fuera esa maestra interina. Y estoy seguro que si nos ponemos a mirar estadísticas de muertes violentas, la cifra no es significativa a nivel mundial. Es más, dentro de un semestre ni nos acordaremos. Seguiremos con los sueños de Europa, los templos de parada y fonda de los famosos, y tantos negocios integrados verticalmente. ¡Hasta abriremos algún regalo de Navidad, quizás!

Eso para quienes vivan con alguien y se den a alguien. Yo podría ser hoy como mi personaje, y quién sabe si haberme construido una casa sobre un camión del ejército. No obstante, uno vive en sociedad, y hay reglas. Sin ellas entramos peor que salimos de las consecuencias notorias de las migraciones. Digo entramos, porque el malo perfecto no existe, todos somos malos. Si nos fijamos, esa joven Laura de malvada tenía poco en su cara, más bien lo contrario. Y por aburrida que fuese, o como si se llamase Isabel, estoy seguro que en algún momento pensaría: igual lo dejo por mi madre.

Fue un antes y un después. Y no creo que en las ciudades del desierto, sino en ese pueblo u otro cercano, o en la capital, hasta en su clase, siendo la maestra más aburrida del mundo para ese alumno que no le atendía debidamente. Posiblemente se quedaría inconsciente tras una sacudida. Si fuera mi hermana, ahora, fríamente pensaría eso, querría pensarlo y acertar. Lo otro sería replantearse si merece la pena pagar tantos impuestos. Hasta me pensaría aquello de ir a coger la mayor ola del mundo. ¡Todo sería una puta mierda! Un antes y un después… De recuperarme prácticamente no saldría, como que viviría en un hotel incluso en mi propia casa, de la cama al baño y poco más, sin ni hacerme la misma, y como único trato un colchón.

Pero no, en unas horas me pondré un jersey llamativo, que me suba el tono; trabajaré como el que más y salvaré mi vida, porque lo que no se puede es ser tan servicial con quienes no cumplen. Son ellos quienes han de hacer las maletas y empezar una nueva vida; siempre habrá una segunda oportunidad. Me gustaría que mi hermano mayor me dijera eso… tampoco hablo mucho con él. Eso también debiera, dentro del no saber qué es Europa. Y con mi hermana. Y con mi madre. Pero ahora solo tengo un amigo: una figura incomprensible, quisiera.

17
Dic

¿Demasiado servicial?

El derecho no está para discutir, es la suma de todo. Pase lo que pase. Lo pienso y escribo al preguntarme si ¿de veras vivimos en Un mundo no tan distinto?, o si ¿somos demasiado serviciales?

Regreso de hacer deporte, dinámico y complejo por ese lunes de diario bien largo, y me enfrento a la radio como compañía mientras hago otras cosas. Pero no. Me viene la libertad de poder elegir, el “sí”, el “no”; y todos esos mirar hacia otro lado. Lo expreso sin ser populista. En absoluto lo pretendo. Esos discursos solo sirven para forzar decisiones, no para ser diligentes conforme a derecho.

Porque mi pensamiento trabaja inconscientemente sobre el camino recorrido, y el camino por recorrer de esa mujer, profesora, que han hallado muerta; y pareciera que hay una intención detrás de su cadáver. Algo, que, por prudencia, omito. No obstante, qué fea se habrá quedado la clase, y qué bella la viuda. Como hombre, como funcionario, como deportista, como persona, sur y norte… la cubro con un velo de respeto y diálogo, con esa transparencia negra de un encuentro como este al regresar a mi casa e informarme de lo acontecido en otros lugares del planeta más allá del despacho donde uno ha de mirarlo todo con las gafas de los que nos mandan.

Sin duda, cuando pueda, creceré en mis mundos imposibles, escribiendo. Es aliento, es normalidad. Si de algo pecaré esta noche será de esa realidad… como que, de lejos, sentado en un precipicio, el suyo, con mis pies colgando… Y en unos días tocará felicitar la Navidad. Imaginemos que es eso, un respeto, a la suma de todas las tradiciones, se crea o no. Y viceversa, una reclamación, una reivindicación, porque hay que seguir creciendo, viviendo, siendo, estando. Esa gesticulación la hemos de hacer pensando que una hora menos es una hora más. ¿Se imaginan qué sería si evitásemos los minutos irresponsables?, ¿los de la desesperación?, ¿los que nos muestran como figuras diferentes?, ¿los de la violencia y el no echarse atrás?

¡Y joder! ¡Qué poco me gustan los tatuajes!, pero ha servido el de su costado para marcarla. Sí. Vio al coco la profesora, según parece: otra ecuación imposible de las que quitan oxígeno. Al mismo tiempo le han sido pétalos de ser y reconocer, de celebrar y de enmarcar.

Es lenguaje del pasado en su totalidad, ya. En Un mundo no tan distinto, ¿demasiado servicial? el cual uso para tapar esas hemorragias y liderar humildemente mi cambio, el de nuevas lecturas, el de nuevas ondas, sumando, porque mañana saldré a correr, escribiré, trabajaré y dejaré cuáles son mis exigencias irrenunciables, con mi día a día, mi ser, mis pasos y muchas gafas: “el derecho no está para discutir, es la suma de todo”.

Estoy, siendo, extrañando.

PEBELTOR

15
Dic

Cuentos para enmarcar la ira

¿No les ha ocurrido nunca, que eso que sueñan, es un reflejo y está sucediendo en realidad?, hasta con música. Y despiertas y es lo primero que ves. Haces como si nada, te avergüenzas, hasta sudas frío. Te tocas y te dices -¿en serio?- como si el futuro te fuera complejo.  

Poco a poco se va diluyendo ese soñar, ese no vivir, viviendo. Ese ir hacia un presente, donde lo que contarías ya es.

Descubres el día para no olvidar desde cada uno de tus rincones, saludas al callejón de todos los huertos. Miras hasta si dejaste la puerta abierta o no. Cuentas todo: ventanas, sillas, alfombra y todo. Intentas hasta comer, esa última carta al viento, y te sigues preguntando mientras degustas, reservado, que lo que ves es lo que es, lo que has soñado.

Aún, todo merece tu atención. Está a tu medida, estés donde estés, ya sea tu casa, un campito, el vagón del metro o el tren donde has dado una cabezadita de las locas, aquel banco del pueblo que te resultaba tan cercano, tu mejor apoyo… Y cuentas, sigues contando, con toda tu pasión, de la básica, en silencio.

Es una lucha para reforzarte. No sabes si te queda mucha vida o si es que ya has ido demasiado lejos. El beneficio varía. A ratos, de ese nadie sabe nada, te pones muy nervioso/a; en otros, cierras los ojos y haces turnos, viendo o no el entorno y tu soledad. Observas chicos malos, habiéndolos o no. Hasta intentas volar, abriendo tus ojos. Te desabrochas el botón del pantalón o los cordones de los zapatos. Todo aprieta, por solitario que te sientas. Hasta que, deduces: somos los más importantes de las cosas menos importantes.

Ya sí, la madurez es un signo en tu piel. Las mejillas se te han entumecido. Te palpas la mano por esa fuerza que te impulsa y te propinas un beso, singular, cortito. Sí, el que no se pone medallas es porque no quiere. Es salud. Moral. Lejos de las físicas teóricas tienes temple. Sonreímos tímidamente. Sí, sabes que hay alternativas a lo turbio. Eres consciente de que respiras lo que escribiste. Caíste en el nunca lo de siempre, con el riesgo latente.

La cara se te queda más real que nunca, es la de los tramposos. Sí, la suerte cumplió su papel, como en cualquier negocio. Y llamas a tu amigo/a, para decirle:

No necesitas analgésicos para salir de tus adicciones, leer es bueno; me ha vuelto a suceder– mientras ella o él limpia su nombre a golpe de millones.

No esperas que te lo agradezca, le eres un monstruo. El del rudo plomo de los cementos que cada cual lleva. Te ven peor que a una iguana. Arqueas los brazos, y, te miras, girando un poco la cabeza. “Tremebundo viaje”, rezas, o escuchas ese eco semejante, al tiempo que los enjaulados conspiran, naturalmente hostiles a la civilización, como los cocodrilos y sus ojos saltones, henchidos de una paz sofocada hasta nuevos repentes, estando sin estar.

Dame veneno que quiero morir– dicen. 

 

9
Dic

Ser escritor y todo eso de las religiones

Cada uno, dentro de sus singularidades, es excepcional.

De igual forma, saber de dónde se viene es estupendo, maravilloso. Y es una labor de todos. Habiendo hueco para todos.

A partir de ahí es mucho más fácil llegar a la gente, no por ello se debe ser profeta. Si la cultura mejorase y el consumidor fuese mucho más exigente, todo sería más acorde a lo que es y se es: un reto de todos.

Reto de mejorar, de conseguir que a todos nos vaya bien.

Por promocionarnos, se hace de todo; se adquieren compromisos, se buscan proyectos comunes, etc. Modestamente, no creo conseguirlo. Si bien, se debe trabajar en la comercialización, dándole información al consumidor, y fomentar todas las cadenas de distribución, cuestión, aparentemente sencilla, pero enormemente difícil. Y sí, hay que tener orgullo de lo que somos, fuimos o seremos: ese techo de cristal.

Tenemos de todo, todos. Y es una extraordinario suerte; muchas veces el problema, que no del sector, sino de la sociedad.

Respecto de los valores: con ellos ganamos todos.

Permítanme una simple reseña. Fomentar y difundir la cultura no es algo que deba acometerlo el escritor. Siempre lo dije, el escritor escribe, comparte. Esa es su campaña. No tiene otro objetivo que sacar ese yo interior, y ser capaz de trasladar y hacer llegar sus percepciones en un moderado diario: un producto cotidiano, sea o no accidental.

A la hora de plantear ese rato bueno, tranquilo, fantástico, que invierte todos los consumos, uno viaja y ni se mueve; también hay sueños de los más cotidianos, milagros y frustraciones. Todo es una manera de pensar. Es muchísimo el trabajo que hay detrás de las palabras y las letras. Recetas, que todas las civilizaciones las tienen. No son la sorpresa del siglo, con tanta era de la comunicación, naturalizando el consumo, las situaciones, y explotándolas más.

Por hacer hincapié en la normalidad, destaco un libro, de esos para juntar a la gente, el cual ya me queda lejos, lo escribí hace varios años. Quise saber de las puertas de Jerusalén y todas las anécdotas de las muchas religiones que van a la limón hacia la misma. Se llama… fíjense si he escrito después, que no me acuerdo del título, sí de lo que quería: la esencia. Hecha la consulta a mi web www.pebeltor.com lo tengo: Zanahorias para todos.

Consulté historia, le pregunté a un amigo que sabía del tema, mejor aún, que lo sabía explicar. Alguien que jamás viajó pero que me hizo sentir ese hoy por hoy como si fuera ayer desde cada rincón de esas puertas. Sí, rara vez la gente ve lo que tiene delante.

Me puse en remojo unos días antes, y desde entonces sigo mezclado, reducido. No es la única vez que me he referido a las religiones. Son tradiciones que están al vacío en todos y cada uno de nuestros minutos. También son docencias para reventar lobos. Pero sí: lo que fui es lo que soy. Y estaré donde la emoción me lleve, pues el mundo cambia a nuestro alrededor y hay que estar, siendo.

Regálate sentimientos: lee, escribe… aunque solo sea para obtener el eco de tu respuesta; ese pudor de hierro, del estar vivo y el vivir, herramientas de comunicación, versátiles, sin problemáticas ni conceptos. En todo trabajo hay preocupaciones sostenidas por esas cuestiones existenciales. Siempre hay que formarse a uno mismo, y trabajar en comunidad. 

Yo soy el que soy, yo soy el que estaré

Antiguo Testamento

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