febrero 2021

25
Feb

El vecino olvidado

Pasaron muchos años hasta que supo de su nombre, una vez, en la que aceptó recogerle un paquete. Fue sin querer, por descuido. No llegó a firmar nada, de esas veces en las que el repartidor tenía autorización para dejarlo en la entrada evitando todo contacto físico directo; y prisa, algo muy usual.

Tan cerca de la vida, como que no, sus apellidos coincidieron. Y fue el silencio, la gravitación de los gestos y las muchas facetas de la misma vida quienes lo redujeron todo a esa infinita capacidad de que ni el uno ni la otra fueran inocentes.

El repartidor, en su entrega, apuntó que el paquete lo entregaba al vecino de portal. La soledad a la que hubieron de enfrentarse fue singular y vergonzosa. Ni ella ni él habían pedido paquete alguno. Quizás fue su puta madre, palabra que tenían borrada del diccionario.

Preguntada la hija pequeña de ella, nada de nada. El chucho con el que jugaba la nena, por lo menos dejó de aullar de una puta vez.

18
Feb

El puto árbol

Quería el surgir de la vida, que también fuese sucia, ruidosa, fea. La Humanidad eran ellos: ni más ni menos. Y eso que la primera bala que se metió no tuvo ni agujero de salida.

Con una mirada cargada a partes iguales de emoción, preocupación y orgullo, más la felicidad de no tener que hablar en ningún idioma que no fuera el suyo, escuchando su propio eco le gritó al puto árbol que uno tras otro había ido enterrando a abuelos, padres, tíos, hermanos, esposa, sobrinos e hijos; y por supuesto a los amigos y sus allegados; desconocidos y animales, también.

Ya no sabía qué hacer ni adónde mirar. Ese árbol que de niño le refugió le había confinado hasta la extenuación. Arbolito, arbolito; tú y yo, tú y yo; solos” era todo lo que quería dejar de olvidar. Un pensamiento de lo más audible. Solo. Con su rabia, y la omnipresente salud y alegría de ese árbol.

11
Feb

Y que la prisa no fuera pecado

En esa casa se podía tener un bebé en cada cuarto, y eso que los hombres como él llamaban a la palabra, más, en el fluir del tiempo y, como si fuera un ejercicio de futilidad, se acababan encontrando. No había telas de araña. A una caricia de distancia, ese farmacéutico sin licencia tocaba y tocaba. Era un orden del lenguaje totalmente desconocido. Hacían lo que sabían hacer, dejando todo lo demás en algo sencillo y feo.

En los días en los que el aire pasaba de largo, y en los restantes también.

Ella sentía la estrechez y el peso de su cuerpo con tenacidad, paciencia y desvelo salvo cuando la risa mataba al miedo y sin miedo no podía haber fe, porque se querían el cura y su prima. La catequista siempre necesitó un lugar donde perderse, donde imaginar, donde jugar, ser y estar. Las feas también podían pasar droga y disfrutar. No todo era ser menos y darse a la sacristía, acarrear cubos de pis caliente, o pasar el cestillo.

Cambiar de residencia cada tres años les mantenía impetuosos. Y que la prisa no fuera pecado, también ayudaba. Además, en cada diócesis siempre había un órgano que tocar, engañar y codiciar: un hotel de esos, de economía de guerra, con todos los genes humanos.

Y cuando la tierra se acababa y los turbulentos albores, la rama aún verde de la infancia les protegía. Dar clase de Teología Aplicada a los nuevos seminaristas sí que era un ascensor al cielo. Los había con orgullo, estúpidos, creídos, evangelistas, salidos, cultos e incultos. Les trataban como a ídolos, sobre todo los que eran víctima del uso inadecuado de los medios virtuales, esos que jamás habían tocado o visto de cerca a una mujer desnuda. Una de las torturas más terribles jamás concebidas, que ese cura y alquimista sabía manejar: “siempre hay tiempo para querer, para buscar y para olvidar todo lo que se pudo ser”. Un tío con instinto animal que al igual que la monja, era bueno en la vergüenza y en la culpa, pero que no quería ir al infierno, y donde un día bueno le era un día que no era malo, reinando los tiempos, que no los reyes ni los dioses.

Sí, el cielo estaba en la tierra.

 

4
Feb

Nieve negra

Lo decapitó y dejó la misma en el interior de una caja de cartón, junto al parking del aeropuerto. Al hijo del fallecido, le firmó: “no nos juzgues por cómo proteger lo que te estamos dando”. Lo subió al avión junto a un osito de peluche, y poco más. La rica maestra le pagó una asistenta, los estudios y un bonus para que no volviera a pisar ese suelo, que su padre ensució. Había tiempo para querer, para buscar y para olvidar todo lo que pudo ser.

La profesora era capaz de usar la polla de uno de los malos como hilo dental, y todo, porque le esquilmaron los senos una vez, y el dinero daba para lo que daba.  

Ella, que firmaba sus libros infantiles como Nieve Negra, no se preocupaba ya de lo que no tenía solución. Libros que contenían todas las pistas habidas y por haber: El papá que no tenía cabeza; El abuelito que perdió las manos; La señorita que no llegó a subirse a la bicicleta; La mamá que no pudo dar más las gracias; La tía que se quedó sin dientes. Títulos que terminaban siempre igual: “La muerte es buena porque no sabemos cuándo es”.

El cartero siempre le repartía la siguiente historia, muy perdido: sobres con libros, que regalaba y adelantaba. La policía no es que estuviera mucho más ducha; por las mañanas se desperezaba como cualquier niño/a de esos que cuidaba en la guardería de la comisaría.  

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