febrero 2024

29
Feb

Los esposos se abrazaron tiernamente

Él, domador de caballos; ella, de las de llorar con lágrimas. Quien corrió a esconderse. Pero su antiguo esposo consiguió alcanzarla.

Cuando ya no quedó nadie a quien matar, los caballos dieron gracias a los dioses por seguir vivos, eso sí, les costó salir hacia la llanura no dejando de pisar cadáveres. Una llanura iluminada por el incendio que se extendía a su albedrío.

Henchidos de alegría, y mientras el fuego profetizaba la nueva realidad, aparecieron gentes de todo tipo, y enormes animales, lentos y aprisa. El humo no tuvo remilgos algunos. Desolación, ruina; se presentía un desastre inminente.

Y sin embargo ella, la agorera, desventurada, con los cabellos revueltos y los ojos llorosos, percibiendo el olor del incendio, apretó y apretó más hasta que pudo con el cansancio y la embriaguez, volviendo a la tierna realidad, dejando aparte la irritable pesadilla.

Ya tendrían tiempo de reconstruir la parte derribada. Tocaba seguir abrazándose y vencer a la expresión de gran pesar que por tanto tiempo les ató las manos a la espalda, consciente de que jugaba su papel como si continuaran enfrentados a unos enemigos invisibles. Girándose él para evitarle el aliento, agitando convulsamente brazos y piernas, sosteniéndole ella, cansada y sucia de sudor, polvo y sangre, antes de retirarse a descansar al aire libre o donde la fuesen a enterrar, juntos o separados.

Su hijo al cuidado de su tía, y ya iba para tres años… otro que con feroz impulso presentía la victoria del descanso, así como su abuelo, quien enmudecería junto a los cadáveres rechinándole los dientes como un león herido, padre y abuelo, quien jamás la enseñó a beber. 

22
Feb

Luego abrieron las puertas de palacio

Elena acababa de volver a su alcoba, donde ya dormía Nicola, su nuevo marido. Al tiempo, el valeroso Simón, que también la había visto en cueros se subió a la torre y encendió una antorcha.

Era la señal. Entrarían. Con barcos y sin barcos. Casandra, la hija agorera era la única que presentía un desastre inminente.

Elena a lo suyo, abriéndose sigilosamente a los centinelas, que otrora época la hubieran dormido y degollado. Pero tocaban tambores y flautas, y había vino y licores importantes en la cantina. Al fin y al cabo, era una jornada en la que celebraban la victoria, y pensaban que ya tendrían tiempo de reconstruir la parte derribada.

Fue un choque terrible. Dolieron los brazos fatigados, y hasta los más viejos desfallecieron. Las espadas contendieron con las lanzas, y las flechas llovieron en todas direcciones. Solo que algunas flechas fueron distintas, de quemazón, que hicieron que varios cuerpos se retorcieran por sus adentros, más terrenales, con los rasgos distorsionados por el veneno y el dolor de la venganza. Casandra, que jamás se volvió loca, ni con la aurora del décimo día prendiendo fuego a la pira; Casandra y su voraz ponzoña, arrojó los pies de su hermana Elena a los afligidos vencidos: su cena.

Elena, que siempre la consideró una niña, y quien quiso ayudarla, por dentro y fuera de las murallas. Ahora bien, las honras siempre fueron las honras. Eso sí, cada muerto merecía al menos un rastro de su nombre en el viento. Y Simón la despidió. Otro que caería con los pies por delante.

Nadie entendió cómo Nicola pudo haberse clavado la espada una vez muerto.

15
Feb

El ruido del tiempo

Cuentan que Andrómaca, la esposa de Héctor, fue a Épiro con Neoptólemo, el hijo de Aquiles,

y que en aquella tierra extranjera edificó una Troya pequeña, como de juguete, en recuerdo de la grande.

El tiempo pasa, eso seguro;

y los colores de la vida.

PEBELTOR

8
Feb

No soy lo que crees que soy

Esa niña necesita que su madre la vigile y esté más pendiente de ella“, pensó la primera vez que la vio. Con el tiempo supo que le importaba mucho más saber estar, vivir disfrutando de las pequeñas cosas, y la autenticidad de las personas en su vida cotidiana. Que tenía una vida bonita, extraña para la mayoría, y en el campo, que era lo que le gustaba.

Bien es cierto que tenía sus cosas la mujercita, algunas veces como una leona enjaulada.

Después supo que no, que el amor no distinguía ni miraba el bolsillo y que la felicidad se tenía o no se tenía, sin apenas poder hacer nada para ello.

A la niña hay que educarla como hicieron con nosotros“, recordó haberlo escuchado. Fue cuando se parecía más a un potrillo que a una adolescente crecida, con una sola amiga, y con poco interés.

Ella tenía un alma libre, tan guapa como distinta, gustándole sentarse en el rellano de la escalera. Escapándose siempre que podía a ver cómo volaban o anidaban los bellos pájaros que por allí revoloteaban.

A los años a punto estuvo de ser madre soltera, resignación dolorosa a la que venció, entre la preocupación y el orgullo. Serena, sin necesidad de estar rodeada de mucha gente, encontrándose bien entre su familia y la naturaleza.

Su único nieto, un niño que nació para ser feliz muy a pesar de todo, también hubo de tragarse la misma historia, casi que de promiscua y atolondrada. De la amiga de su abuela, que tuvo una nieta, cuya madre escuchó como si todo le fuera una auténtica pesadilla lo de esa niña necesita que su madre la vigile y esté más pendiente de ella; o que había que educarla como hicieron con nosotros. Una realidad terrible que había que asumirla, generación tras generación. Algo contante y sonante, heredada de infinitos antepasados y con el sudor de muchas frentes.

Es lo que tenía respirar los aromas que inspiraron el amor de sus padres.

Castigo de Dios y de los hombres en la tierra,

como tantos otros.

 

 

1
Feb

Se mató aquella misma noche

Se mató aquella misma noche como si estuviera en el garaje de su casa. Gané la primera partida, y entonces él se puso furioso. En la mesa de atrás, un hombre calvo que venía de vestir bata blanca nos escuchaba. Los del comedor ni siquiera repararon en nosotros.

En esa ciudad nada era lo que parecía. Ni los edificios, ni los pasos de peatones, los perros, las farolas, las mujeres. Era un puto barco. Enorme. Donde se bebía agua de botella en los camarotes. Con hombres que iban en calcetines o con pijama. Hasta con mondadientes por entre sus labios.

Sin embargo, la noche en la que jugué al billar se hizo el silencio por unos instantes. Al cabo de dos domingos todos queríamos salir. Me sentí culpable.

Le acaricié su pelo corto, parecido al de un bebé; y la abracé con dulzura hasta que sus hombros se dejaron caer del todo. Como novio no podía soportar un montón de cosas. Nos dijimos adiós con las manos y nos separamos.

El perro también se manchó.

Lo tenía todo,

y no tenía nada

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