Pedro Belmonte Tortosa

24
Nov

Ni lo querían ni lo admitían

Los días hasta zarpar eran solitarios, y también las llegadas. Las experiencias eran inclasificables. Tenían depresión y debían refugiarse, por ello ayudaba, y mucho, concebir lienzos, pintar paredes o perseguir ratas y gatos feroces, cuando no ir a follarse a alguien. Los militares no querían articulistas, elogios de la pereza, casas repletas de cosas o usurpadores. Ni lo querían ni lo admitían. No se podían permitir la tristeza, la angustia o los enfados propios y ajenos. El doctor encargado de la salud mental, en sí mismo era un albañil aficionado (para la electricidad o la fontanería apenas tenía mano).

El sexo de las embarazadas

PEBELTOR

17
Nov

El hombre más buscado

Sin papeles, muerto de hambre, con dinero y devoto; o, todo lo contrario. La actualidad le había perdido. Un coche aparcado ilegalmente sobre la acera era lo que quedaba del mismo. Y no de cualquier manera, sobre el capó había un teléfono.

De los de verdad, de los que sonaban. Hasta de voz grave y cejas enarcadas. Iluminado por el sol junto a la ventana a medio bajar, a la vieja usanza. Y un maletín dentro, usado.

También tazas de porcelana sobre una bandeja de plata. De apariencia buena, pero sin rasgos distintivos.

Sobre un parabrisas un folleto de una asociación. De esas que decían salvar a la humanidad. Lo cual era una paradoja, porque el gran prestigio se perdía en cuanto que alguien miraba las cuentas.

Del mismo modo, donde podría haber un cenicero se vislumbraba una cartera vieja y gastada que nadie desearía robar de tenerlo todo. Bien cerca de donde estaban las llaves del vehículo, con su llavero de marca automovilística y compañía de alquiler.

Para colmo la radio encendida, saliendo todos los demonios en los tiempos que la música se había devaluado hasta la saciedad con letras ininteligibles y ritmos pordioseros.

Pero no había que ser severos, ni ponerse iracundos. Desde el interior de un coche de policía mal camuflado dos agentes observaban de lejos el auto y sus inmediaciones; y a ellos otros dos, alojados igualmente en sendos coches. Uno con las manos carnosas abiertas y de escurridiza mirada. No de boxeador turco, pero casi.

Tras esos de los de tener un sencillo escritorio de madera en sus casas, estaba ella, adoptando cierto tono de austeridad. Se trataba de tenerlos entretenidos y engañados. Dispuesta hasta a ser animosa si la ocasión lo requería.

A eso de las nueve la llamarían, tras todo un lunes de vigilia y los días de antes, preparándolo todo. Y no daría un solo paso al frente, seguiría controlándolo todo de reojo, hasta que el banquero enarbolara una sonrisa. Las preguntas importantes vendrían luego. Para entonces los policías ya se habrían afeitado varias veces acentuando los surcos de sus mejillas y ella tendría que echar mano de su discurso declamatorio, conmovedora y compasiva, y tirar de la mirada de adoración a la autoridad.

Invariablemente todos habrían ganado sin ceder un ápice de terreno. Y a por otro banco o sucursal de suburbios paradisíacos. Que si un vaso de papel, un camión y un tipo gordo de entusiastas gestos de asentimiento, reproducidas primero a tiempo real y luego a cámara lenta, más el aire invernal en un precioso día de primavera.

Ni su mujer, la abogada, sabría dónde encontrarlo en según qué días. Pero sí que reconocería el olor de inmediato, y esa incomodidad exquisita de mandarle el coche a recogerlo al aeropuerto. Una sargento incómoda cuando el desahogo de una queja la carcomía y no podía tenderle la mano, que siempre que podía le despertaba con un beso asintiendo con un sincero gesto de comprensión, y que prefería no mirarle en el bloc de notas porque siempre que se iba volvía. Veinte años casados.  

10
Nov

Y siempre, dondequiera que llores

Y siempre, dondequiera que llores,

estaré ahí, contigo. Mirando y sin mirar,

como aquella primera vez, que te creías grande,

pequeñita mía.

Y te haré caso, seguiré siendo una exploradora;

contigo y sin ti, creciendo y creciendo,

y ajustando las decisiones.

Nuestro mundo era menos complejo:

nos perdíamos debajo de la cama,

te metías bajo el fregadero,

detrás del sillón…

y ni siquiera tenía que encontrarte,

te dejabas ver, renacuaja,

aquí y allá, sonriendo…

sonriendo…

Le diré a papá que se apunte,

tenemos que animarlo,

y le moveré el sillón tal que estuvieras ahí,

chiquitita.

Tú y la realidad cercana. Pequeña.

Y buscaremos cohetes en el espacio… ¡tú ayúdame!,

que seguimos juntas mi vida.

¡Ah!, no me olvido de Sophie:

le sigue gustando sentarse a ver llover.

Tu gatita y papá también son héroes que miran a los ojos de los dioses.

Cuídate mi vida… que tenías razón. Toda la razón…

Era cierto, escuchaste bien: “Estaba amaneciendo,

pero la vida nos estaba ofreciendo un comienzo diferente” mi vida.

No te me pierdas guapa… Que yo te crezco. Siempre serás mi mujercita.

Dondequiera que llores estaré yo.

 

 

3
Nov

El sexo de las embarazadas (Novela)

La fortuna de la Base Naval de Rota acogía la inconmensurable belleza y un dolor certero y desasosegante. Una gran urbe, la de Rota, que en tiempos fue poco menos que una aldea con personas de expresión infantil y preocupada, de los que arrastraban con dificultad sus pocas pertenencias e hinchados pies, no gentes sumidas en el profundo sueño de lo militar y el contorno del dinero.

Eran lo que pensaban tumbados en la cama los domingos por la noche.

Toda la comarca, gruesa y lozana ya en tiempos modernos, seguía formando parte de ese premio de las guerras, excelsas y taciturnas, que no siempre caían bien, por eso mejor venderlo así, como algo necesario, rentable, triste. Una felicidad accidental, para no acrecentar más las envidias poderosas. Asociando lo militar con un cuchitril de tres al cuarto y esos mundos de Dios, tal que el mar donde habitaban les fuera una vasta y pobre ciénaga obligada, negando la evidencia.

Hasta los pocos perros que había en los cobertizos militaban, perros de pocos amigos jugando a las reglas. Acurrucados luego, pareciendo dormir, entre la vigilia y el sueño y una suerte de lamentos. Estos sí que decían su verdad, con alaridos o sin ellos; del resto de animales ninguno.

Las mujeres, al cabo, también habían evolucionado. Ya había de ojos azules, y verdes. Sollozaban y acariciaban el pelo, la cara, las manos. Y tenían dinero, que gastaban. Ellas y ellos, invencibles. Por miedo. El terror a algo que no comprendían y contra lo que no podían luchar les obligaba a jugárselo todo. Toda Rota jugaba. Apostaba. Toda Rota era rica y pobre. Tahúr, mentirosa, peligrosa y desconocida. Lo tenían todo, y no tenían nada. Hasta los que decían “que habían sido militares, y que estuvieron en la guerra”.

Ciudadanos negros en un mundo de blancos, siendo el dinero verde.

El sexo de las embarazadas es una obra de justeza para lo que podría ser. Se mata, se hiere, se folla, se vive, se come. Es mar y tierra seca. América y España. Un lugar donde mimetizarse. Con médicos, farmacia y un hospital. E iglesias y lejanías para con los lugares de procedencia, ironías del destino por aviones, barcos y fragatas que hubiera entre todos esos amaneceres y telegramas. Instrucciones y sucesos. Un pueblo, donde nunca sucedería nada, por eso causa gran conmoción la novela, con sus sombreros, zapatos y hospicios. Relevistas también, muchos.

No había nada más universal que una familia española, de Rota, donde lo más importante es que la persona fuese debajo del sombrero. Y que como a Rusia, a Rota no había que entenderla, sino aceptarla.

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PEBELTOR

27
Oct

Aquel ladrón de meriendas

Los había de mañanas con él, de tardes con él, de noches con él, y todo con él. Ya fuera entre árboles ahilados o por donde las formas del agua eran muchas. Ahora bien, donde más le gustaba ir era a una especie de pista de arena, merecedora de los olores de la noche. Y eso que todo en su vida fue un precipicio; que también caótico, guerrero, feminista e impredecible

Allí, con sus carantoñas, sonrisas, paciencias y amarillos verdes llanos databan hasta de la paciencia de las arañas. Y, cómo no, ese perro era un perfecto ladrón de meriendas. En trece años jamás pudo terminarse nadie el bocata si estaba él. Era único y diferente, aquel que fue entrenado para saber del odio a los indiferentes. Un animal adiestrado y vencido. Jubilado mucho antes de tiempo. Pero recuperado y siempre agradecido.

Jamás se cansó tanto como para que el cansancio le cambiara los sentimientos, muy distinto a las personas. Bien es cierto que, como todas las adicciones, unas se controlaban y otras no: siempre fue un galgo de mucho cuidado. Y tenía amistad para las cervezas, y para los cafés. Lo mostraba con un beso en las comisuras, y con lealtad. Desde muy joven hasta los trece años, con ese y otros tantos dueños.

Se fue un domingo de otoño, estando solo, no extrañando a nadie. Y desde entonces ya nunca permitió que una persona le enseñara dos veces que no le quería.

20
Oct

El presidio de unos ricos tontos

Hombres que nunca habían tenido miedo de que los violasen aventaban esa mala bruma. La guerra era una extraordinaria escuela de lucidez; y el miedo.

Se habían acostumbrado al silencio, a callarlo todo, y el mar se lo estaba devolviendo con creces, tras años en los que el sexo se les había vuelto tan común que lo excitante es que les quisieran de verdad.

Lo peor de todo es que no habría nadie más, aunque lo pidieran en sus deseos. Nadie en la perra vida de esa isla les hacía sentir menos como los que marcharon, quienes volvían para acabar lo empezado, tras estar vagabundeando a expensas de la mar y sus corrientes en su salir para volver. 

En ese presidio reunieron a todos los que creyeron haber tenido el suficiente dinero como para ser felices, abandonados los unos con los otros, mayoritariamente hombres. Cien mil euros al mes por persona les costaba que les tiraran la comida sobrante (de una cadena de supermercados baratos) desde un helicóptero. Ellas no, se lo ganaban de otra forma. Una isla en la que ninguno ganaría más ni llegaría antes a jefe, aunque trabajase más horas.

Y de cuando en cuando soltaban a los que en tiempos fueron búfalos, que embestían con ganas. Animales de más de mil kilos que ni disparándoles con fusil cinco veces se detenían, hambrientos e iracundos. En absoluto hedor a maldición, sino pura vida.

De acuerdo con los peritajes, de cada cuatro, tres fallecían en los primeros meses, incluidos los empresarios que habían multiplicado por trece su fortuna en los últimos cuatro años. Ese presidio era pasar de la adolescencia a la vejez sin pasar por la madurez; ni daba tiempo ni había ganas. Cualquier búsqueda del equilibrio precisaba de remedios antiguos y de ningún dinero.

De cara a la prensa estaban reunidos trabajando en pos del sector biotecnológico o algo parecido. Y las tormentas tropicales que se convertían en huracán de categoría 1 ahuyentaba a los estúpidos curiosos.

Los sábados odiaban lo que se amó y amaban lo que se odió. Solo había una mansión de lujo, por llamarla de algún modo, y quién mejor hacía de la depresión algo sonriente podía optar a ella. Dentro había una librería. ¡Qué extraña era la vida! Intentaban suicidarse en las mismas estanterías, y no convertirse en héroes inmortales dejándose caer por los innumerables y escarpados acantilados. La huella de un ser humano verdadero, sin duda, les podía.

El jefe de psiquiatría sabía que eso no era una moda, y que daba igual si era en septiembre o en diciembre, y que siempre llovía. Se hacían un café, y deliciosamente se intentaban quitar la vida. No se trataba de rabia ni de resentimiento, mucho menos de odio: era una especie de decepción ilógica… Tal vez si hubieran leído algo antes, toda esa transparencia, la desnudez, les hubieran sido su fortaleza. Pero no, ese presidio eran muchas cosas y una sola cosa definitiva.

Entre la caridad y el maltrato, ellas defendían al criminal contra el puritanismo, y a los extraños que conocían.  

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