Pedro Belmonte Tortosa

16
Ene

El amante más minucioso

Si hubiera un paseo de la fama en el mundo de la moda, el señor Lowell C. Denson tendría unas cuantas estrellas. Sabía más que nadie sobre los límites del engaño. Podría vestir a una pareja de rinocerontes y hacerla desfilar sin que los asistentes se fijaran en qué tipo de animales eran esas criaturas de herbívoros. “A veces un caballero debe dejarse engañar” les decía a sus chicas. Lo hacía, porque el riesgo estaba en no saber lo que se estaba haciendo. Y por supuesto era un defensor del largo plazo. Raras veces trataba con alguien o buscaba negocios buenos y comprensibles si no era para mucho.

-Compra solo lo que estarías feliz de mantener durante diez años -fue con lo que conquistó a su esposa, entre otros largos caminos a casa. Y esa misma dinámica la mantenía con las restantes.

Ya había engañado a una salvajada de preciosidades, de cuán innecesario le eran, pues algunas juraban en falso y las otras se le enamoraban en demasía. A algunas las dejó con lo puesto como si hubieran probado sus propias drogas.

Esto es una obra de arte, lo otro es un cuadro -se explayó con una, a quien piropeó primero para después deshacerse de la misma como si fuera una moneda de cambio. Podía incluso superar a los banqueros. -No hay que mantener acciones que ya no valen. Lo siento guapa. Las bancarrotas son un gran problema.

Así se las gastaba el gerifalte y padre de Cynthia. El que no se aferraba a lo que no le valía. Era imprescindible tener estómago para aguantarle. De él se contaba que llegó a poner incluso de rodillas a políticos y economistas en beneficio propio, ganando de paso mil millones de dólares que invirtió a los pocos días a pesar de la controversia. Sabía escuchar a los que opinaban distinto. En la industria de la moda, fundamentalmente, no generaba euforia sino prevención y miedo. No había nada demasiado grande a lo que no estuviera dispuesto a enfrentarse. Para él: trabajar era sobrevivir. Jugando fuerte cuando la oportunidad se presentaba.

El ruido de mercado, que a sus asesores les asustaba mucho, a él por astuto y osado le daba rendimientos. Obtenía placer hasta de los estornudos de otros. Y no es que no estuviera demasiado ocupado forjándose una carrera empresarial. Una idea de negocio le podía surgir en cualquier parte y era capaz de echarlo todo por la borda con las mujeres.

Cultivaba una seria adicción a la cocaína, pero no le dejaba que la probasen sus geishas. Las usaba como camello. Una hasta vendió medio gramo a un policía para salvarlo al mismo. De otro modo solo hubiera podido huir de Nueva York y llenarse de deudas vagando por América como una persona sin hogar. Fue cuando enviudó.

Murió estando en la cama con él.

Por entonces sus padres renegaron de él, no así de su nieta. Sus dos hermanos, que murieron con cuatro días de diferencia por causa del cáncer, ya llevaban años haciéndole frente al viento idiota de esa metrópolis neoyorquina. De estar vivos, quizás la vida de Cynthia hubiera sido muy distinta. De vez en cuando bajaban a Manhattan a encontrarse con ella o se iban a pescar. Y les gustaba hacer correrías con los periodistas. Ya no, ella odiaba lo que representaban los malos medios de comunicación. Idolatraban a su padre, como las mujercitas.

Si el señor Denson les decía que se pusieran un gorro lo hacían. Las veía mercancía. Era peor que la cocaína, les cambiaba la química del cerebro. Una amiga de la hija consiguió mantener la apariencia respetable y aun así debió bañarse tal y como él indicó (mientras trapicheaba con las drogas) en el momento exacto y acabó poniéndose la prenda que el mismo le indicó. Se las llevaba de calle. Sin terapia de ningún tipo o con todas. Ninguna se le resistía. El esfuerzo de ir de un sitio a otro les acababa gustando. O bien pedía comida o les enjugaba a pasar frío o calor. Nunca hacían el amor cuando ellas pensaban que lo harían. Tenían el subidón de la existencia.  

Cual albergue católico disponía el barreño en el sitio más insospechado y les hacía bañarse lentamente. Pero de una manera extraña. Después de todo, era de lo poco que le quitaba el estrés. Con tanto pretender ganar dinero, ser el mejor en la moda y mantener a flote el resto de negocios y a su hija, el pequeño interludio no podía serle otra carrera más. Ese caminaba junto a las mismas. Siempre de una en una. Y cerca del mismo había un libro. Durante los cuarenta y cinco minutos de rigor no lo abría. Tenía esa noción romántica del dejar algo para después, creando algo significativo. Les leía, toda vez que se terminaban de lavar y secar con esas hebras traídas de las mejores indias y chinas. De hecho, cuando ellas salían nuevamente a la calle su piel era otra.

Ya trabajasen en un lugar de máquinas tragaperras o fueran de las mejores directivas estaban orgullosas. Como esa agua y jabón que les daba, nada. Les quitaba quince años lo menos. El libro, también. Leer les impedía ser conscientes del daño que sufrían. A la mayoría debían ir a recogerlas o las servía de vuelta en un coche de alquiler privado.

-Gracias porque me ayudaste a sobrevivir a uno de los peores días de mi vida -le agradeció una.

La que fue sacada de Tribeca y nacida en los ochenta. De un famoso restaurante de financieros y artistas de otras épocas. Su origen noruego no fue óbice para que se sometiera a todo el repertorio.

Te quiero -llegó a expresarle.

Podía ser un hombre maravilloso, y un hijo único además de padre estricto. Uno de los motivos por los que no funciona la relación con su hija era por el concepto de arrepentimiento. Ninguno lo llevaba en los genes. Cynthia, además, era de las que escondían los paquetes de cervezas. Sí, solía ser una borracha descuidada, como su madre. A veces soportaba enormes broncas.

Al contrario que su hija, ninguna de esas queridas lo consideró jamás el propietario de sus vidas. Sabía moverse en los brazos de otras. Incluso una que procedía del mundo de la náutica, de esas que pasaban sus vacaciones en alta mar cada vez que le apetecía apenas intentó revelarse. No les dejaba. Y no por ello dejaba de ser una opción de auténtico lujo estar con él. El barreño, el agua, las sales de baño y toda esa filosofía del alquiler del momento ayudaba. El precio no confirmaba lo contrario. Ponía ochenta mil dólares encima de una mesa y les daba tres opciones.

Era peor que el banquero de Lucifer. Recompensarlas cuantiosamente; que terminasen entre rejas por conspiración; o el deseo de volver a verse, despidiéndolas a su manera. Esas tres eran las alternativas, ninguna otra. Nada de vítores y aplausos. Hostiles, sí, algo. Más no solo terminaba por negarles la inmunidad, sino que las acusaba. Ciertamente ellas eran sus clientes. Una de la oficina de informantes de la Hacienda americana se le enamoró de tal modo que le calificó como “el informador financiero más importante de los últimos cuarenta años”. Y es que el señor Denson no solía andarse con chiquitas. Disfrutaban. Era como el mejor director de clientes en su propio emporio, dándose gusto.

De los Estados Unidos, Alemania, Asia, Canadá o los países escandinavos eran la mayoría de mujercitas. Sus objetivos habituales. Pasó años creyendo que su praxis era de lo más legal, a pesar de las fuertes medidas de seguridad que imponía. Él básicamente dejaba que se cuidasen, que se diesen mucha importancia. Era lo que le hacía superior una vez cerradas las puertas a cal y canto, y a ellas. Una red de multimillonarios quiso experimentar con su método y fracasaron. Había que ser Lowell C. Denson para manejar así a las mujeres, además de tener éxito en otros papeles de la vida. Lo de haberle dado una bofetada a su padre no contaba.

En cuanto a lo de leer: no más de tres páginas. Alargarlo podía ser infructuoso. Para disfrutar no había que explayarse ni decir de más. La paradoja, es que hablaba de sí. Era una especie su diario lo que contaba. La de la Hacienda americana y un gran banco pretendieron engatusarle y llegar a un acuerdo de setecientos ochenta millones más su confesión como testigo protegido, por evasor estadounidense entre otras malversaciones a la hacienda pública. No aceptó. Ella sí colaboró excepcionalmente. Hubiera testificado en público o en una corte francesa la princesita, que sospechó de primeras por evasión fiscal y acabó casi financiándolo. Tenía opiniones para todo. Rusia, China, Pakistán, Argentina o la propia CIA (Central de Inteligencia Americana) lo habían intentado antes, ya fuera por las decenas de millones de sus cuentas corrientes o por lo que podría descifrar de otros mandamases.

-Solo se puede hacer cuando alguien de dentro cuenta la verdad -se lo expresó el señor Lowell C. Denson a la mismísima de Hacienda, dándole su propia medicina.

Se conocía muy poco de las mujeres que habían experimentado ese sometimiento. Por iguales que parecieran todos los ricos y educados galanes, participar de ese ensayo clínico, que era tal y como él mismo lo enfocaba, cambiaba a las personas.

-Si buscas un viaje diferente, no te puedes perder el país de los mil contrastes -así lo vendía, sin secretos.

Y siempre daba con alguna voluntaria sana: ellas. Durante el ensayo renunciaban a todo contacto con el exterior y los teléfonos móviles les eran requisados. Las sometía a la dosificación requerida de un fármaco que servía en un mero vaso de agua e iban a ese trance. Nada de extracciones de sangre, punciones, recogida de heces u otras lindeces. De los efectos secundarios tampoco se derivaban problemas cardiovasculares, parálisis del sueño, pesadillas, incontinencia, dolores de cabeza o debilitamiento del sistema inmunológico. Era una exportación global. Vivían otro tiempo: su tiempo. Participando de manera activa y comprometida, aplicando las pautas de lavado que les marcaba.

Otra de tantas, supo argumentarle en su adiós:

-Estos estudios han sido un regalo del cielo para mí, porque en el mundo actual, si tienes cincuenta y necesitas dinero ¿qué haces?

Fue de las pocas que en los últimos cuatro años había escogido los ochenta mil dólares. Ingresos extra para comprarse una moto, una cámara de fotos o una tabla de surf.

Me puedes dejar en medio del desierto del Sáhara -le pidió otra.

No utilizaba el dinero para comprarlas, o los gramos de coca. Tenía su personalidad ese varón. Ese tipo de habilidades le hacía ser especial y distinto.

Algunos de sus asesores discrepaban del mismo. Pocos se atrevían a hablarle, ahora bien, alguno lo hacía en tal sentido:

-He visto a gente que se ha fundido el dinero y, vaya, tenían una gran oportunidad para salir adelante y hacer algo realmente.

No obstante, la mayoría no decía nada, no querían serle moralizantes. Esa peculiar forma de tratar a las mujeres no aparecía en sus discursos.

Viajar a Malasia es lo que le ofrecía a su querida hija. Volver a la infancia y recuperar el encanto. De pequeña algo supo de toda esa diversidad arquitectónica y gastronómica. Tal heterogeneidad uniforme le encantaba a su madre la bailarina. Los domingos por la tarde-noche adornaba con farolillos el salón de la casa y coexistían mejor con las asperezas los tres, estando a escasos metros unos de otros. Le hablaba de plantaciones de té y mansiones coloniales, nunca de moda o danza, sí de playas y de dietas de la longevidad. Era otro opúsculo gratuito, creado para celebrar su aniversario. Cada semana. Ella era el león, él el elefante. La menor la criatura que compartir. Su valor residía precisamente en eso. Otra meticulosa labor de limpieza, bien distinta: de conciencias. Su madre siempre tuvo un humor desternillante y hasta hablaba muy en serio con su sátira, burlándose del mundo con la intención de mejorarlo, al igual que el surrealista del señor Denson que se enfrentaba a la realidad deformándola para que otras reparasen en lo verdadero. El círculo rojo que componía alrededor del barreño quizás era lo que comenzaba a cerrar heridas, aunque fuera por esos instantes.

Para Cynthia su madre siempre fue la persona más incomprendida de la familia. Tal vez ese era el consejo que podría darle a una hermana pequeña, de tenerla. Entendía que no, solo que las líneas de su mano expresaron lo contrario. Si el capitalismo parecía competitivo, tenerla empecinada en averiguarlo era una auténtica pesadilla para su padre. No tuvo otra que ir a esperarlo al aeropuerto y subirse a su maleta, motorizada (delante de todos los medios) como si fuera un bebé o una auténtica adolescente, gritando:

-Mi abuela, de mi madre, tuvo diez hijos y apechugó. Hoy pasamos tiempo pensándolo, pero es un tema que puede herir muchas sensibilidades. Lo mismo tengo un hijo y es el tío de mi hermana pequeña.

Texas tiró de la extrovertida hija cuanto pudo, situándose en medio de las osadas voces y los flashes, así como Friedman, dando vueltas no sabiendo a quién disparar primero, tener más hijos, decidir si tenerlos, quererlos o abandonar ese puzle de estrellas malcriadas.

El padre, pensando para sí aguantó el envite: “no tiene sentido maldecir la vida por una batalla que ganaste”, sosteniendo la maleta como mejor podía y no jaleándola. Aunque al oído de la joven sí que comentó:

Cuando la verdad no puede ayudar es mejor mentir.

Otro largo camino a casa que hubo de soportar, porque Cynthia no le permitió entrar dócilmente en esa noche quieta. Debieron haberle advertido a la niña que el padre seguía teniendo la mano larga, casi más que la institutriz. Algunos periodistas a sueldo lo supieron. Él realizó un guiño como si de los felices y locos años veinte se tratase, un respiro de expansión a su mundo aprisionado entre dos cruentas guerras: el mundo y su hija.

9
Ene

Cuando la nieve

Su cumpleaños era el día más difícil del año. Su padre fingía dejarla hacer. Cynthia no perdía el tiempo en ello ni en su onomástica. Le dio vacaciones al guardaespaldas y a su institutriz, que ese día sí la obedeció a ella y no a su padre, en ese país tan ejemplar de Norteamérica, teóricamente.

Fue despertar y mirar su bandeja de entrada del correo electrónico, desde la misma cama (algo prohibido cualquier otro día) y seguir echada un poquito más en el colchón, sin apenas moverse. La noche había sido mala. Se acordó de su madre y de esas cosas que no había hecho en la vida. Por joven, ya tenía una buena lista de asuntos pendientes. Su padre no le fue más que uno entre un millón. Ni durmió en casa.

No obstante, ponía normas como la de evitar a toda costa los plásticos, o tener siempre la temperatura a veinte grados centígrados, ni uno más ni uno menos, entre una infinidad de obediencias y contaminaciones varias. En fin de año tampoco durmió en su domicilio. Ni se hablaron por teléfono deseándose los mejores propósitos o haciendo las paces. La niña sí se tomó un licor, aunque se quemó la garganta; él no, ya tenía lo suyo. El presidente ejecutivo, y padre, no bebía alcohol. Ese le regaló un perfume, como siempre. Una esencia única, de esas que no salían al mercado. La misma que el día de fin de curso, el día de Acción de Gracias y los otros tantos cumpleaños de la prometedora joven que le importaba un comino la gobernabilidad de la empresa de su padre.

-Son edificios antiguos, en los que se ha hecho el mantenimiento que se ha podido -expresó ante la pregunta de un periodista, pasando de los valores de mercado, los muchos empleados y las arengas de su padre -mirando al local que en esa ocasión inauguraban con toda la pompa de costumbre.

Aquella vez no hubo gritos ni pataleos. La silueta violeta de vestido que llevó puesta fue un berrinche más. Podía ser tan evocadora bien vestida que se empecinaba en ir a lo loco, de ningún modo apropiada para un baile, una rifa o una misa, menos aún para que la vieran junto a su padre y su insigne firma. Los organizados y sindicatos, también eran reivindicativos. Uno de los suyos, pura y simplemente, la disculpaban; obviamente con compromiso y talento. Su padre no contrataba a cualquiera. Neutralizar a la niña ya era más complicado. Un eco de opiniones, le indicaban que la internase y la denigrase a la no existencia durante unos años, dado que no influía bien en su trayectoria laboral y no espabilaba. Aceptar ese discurso le costaba al señor y padre Lowell C. Denson.

Veinticuatro horas al día, siete días a la semana nadie podía con ella. La institutriz, no la actual, sino la primera, quiso hacerla entrar en razón y salió despavorida. La segunda se ocupó de problemas reales y también se despidió. Dos días estuvo sin nadie que la vigilase de ese modo surgió una:

-Es cuando una persona controla completamente a otra, usa violencia para mantener ese control, la explota económicamente y le paga prácticamente nada.

Esa fue la presentación de su cuidadora, que encantó a su padre. Pegar o no pegar fue lo de menos. La bofetada que Charlotte le propinó a la joven fue eso. Una mera puesta en escena de su nueva institutriz, para que siguiera haciendo de las suyas.

El segundo negocio del padre eran las mujeres. Dolor y gloria a todos los efectos.

Si yo pago, yo mando -le dijo a una, para que no dudase de su compromiso- harás lo que yo te diga, señorita.   

El afamado empresario no era un putero cualquiera. Y mejor no preguntar. Ellas se iban con él. Incluidas las turistas. A lo largo de su vida se habría gastado cincuenta millones de dólares en unas trescientas, solo de su país. Y no era nada: como alguna le gustase las cuentas iban aparte.

Cuando una vez la policía le interrogó, supo salir al quite:

-No hablo de las que se definen como trabajadoras del sexo -como un jeque flotando en su chilaba.

Por detrás del tráfico de armas, y delante del mercado de drogas, era el segundo negocio ilegal más lucrativo del mundo.

Para aguantar sin descanso un cuerpo tras otro, ya fuera en diseño como en uso y disfrute, otra de las grandes lecciones impartidas a su hija por el zorro de su padre era tener unos ritos: comer verdura, pescado, un entrenador personal, sesiones de fisioterapia e intentar tener siempre los mismos horarios. Lo tremebundo tampoco lo publicitaba. Cynthia era de lo poco que hacía que un día fuera diferente de los otros días. La estructura misma del tiempo humano no podía con ella.

Su progenitor, que iba de fiesta en fiesta y de aniversario en aniversario, o de sala de un consejo de administración a otro donde todos sus pasos tuvieran sentido, era excepcional con la alimentación y el control horario.

-Papá, morirás de éxito. Por favor, para ya -le comentó una vez, tomándose delante de sus mismísimas narices una especie de vómito de perro.

-Gano, por el color. El color lo es todo: en la vida y en los negocios.

La respuesta le pareció una chorrada a la hija. Peor fue el comentario de después:

-Muchos siglos antes de que tú nacieras, Cicerón enseñó igual verdad, y sostuvo que “desesperarse por sus propios males no es prueba de amistad, sino de egoísmo”. Hace tiempo que no te regalo juguetes, y es por algo. El que tiene vacío, verá todo vacío; el que tiene envidia, mirará por ella.

Ese prisma del amor le pareció un descaro a la menor:

-Soy pequeña como para ponerme a trabajar. No soy una modelo de esas, anoréxicas, que también te follas, arrancadas de sus familias, que ellas sí las tenían. Personas vacías. No me mimes como a tu caballo.

Domesticar, crear lazos, ritos, son cosas que debía mejorar la institutriz, cuyo método era: “el regreso a lo esencial es siempre un deber”.

Por eso mismo Cynthia debió aprovechar su cumpleaños, que las horas corrían y no se agregaban. En sentido estricto quería que le leyeran las líneas de su mano. Pero antes, el poco sol que hubo ese día en Nueva York lo exprimió para sí, detenida y encogida: su manera de estirarse.

Como tu madre te vea se enfadará -se le presentó el padre-. Feliz Cumpleaños hija.

-Ni soy ni seré nunca una bailarina como ella. Gracias -y se le puso flamenca, muy altiva-. Solo subo las piernas para ciertas cosas, papaíto.   

No fue un cambio de planes de última hora. Durmiese donde durmiese, o hiciese lo que hiciese, Lowell C. Denson pasaba por su casa antes de la primera reunión del día.

-Quiero tomarme unos días para estar contigo.

-¿Cuáles?, ¿los del año pasado?, ¿el anterior o el anterior?

-No empieces hija. Así se distinguen los billonarios de los nuevos ricos. Debo trabajar para que todo nos vaya bien. Lo sabes.

Más lujo y dinero no cambiaría las normas de Cynthia.

-Haz lo que quieras. Yo seguiré prisionera… pero hoy es mi día -concilió o negoció.

-Sí. Hoy es tu día. La independencia es otra cosa -cerró el saludo el magnate, alguien sin pareja.

Los bolsillos de ella empezaron a tener miedo. Su teoría es que en ese día le sobraba todo. Y cómo no, ese perfume iba a ser lo primero. No lo tiró desde el rascacielos porque las ventanas no se podían abrir. Un bolso XL de piel en el que poder guardar el portátil iría después. Y de haberle regalado lingotes de oro también los hubiera dado a cualquiera que no fuera de su entorno. Absolutamente todo, porque de ediciones limitadas obsequiaban a esa niña, entregados directamente por secretarios que iban a gimnasios cuya cuota mensual rondaba los mil dólares. Las nuevas formas del lujo no le iban a la cría. Que lo era. Los smoothies verdes los odiaba. No encontraba gloria en toda esa nube de verduras y semillas convertidos en lánguidos, y a veces pesados, batidos healthy.

Quien sí tuvo cercanía fue el chófer. Se sentía identificado en tal artesanía. Le hacía unos llaveros moldeando estaño y acero que de haberlos hecho un rico y no un tipo llegado de Texas en absoluto serían vulgares, sino importantes. La mimaba en vacaciones, en los entrenamientos (que los tenía) y en su día de cumpleaños. Los yates privados y los chefs gourmet o los resorts privados tampoco eran bienvenidos. En eso, el jefe, como llamaba el chófer al padre de la criatura, acertaba. El problema de esa realidad era que las diferencias sociales se tornaban más acusadas incluso desde la infancia.

-Guapa, siempre serás una pija; no puedes evitarlo.

-¿Eso es que no voy lo suficientemente fea Texas? -que era así como le llamaba al conductor, y escolta ese día.

-Estoy seguro que más de cuarenta millones de personas en el mundo, ahora mismo te envidiarían, sin ni saber nada de ti, pero debemos arreglar esa indumentaria. Entra al coche y te peinas, tu mirada eres tú, apártalo de los ojos. Y sí, el dinero y el saber es el único poder de una mujer en este mundo, luego no estropees esos pantalones y la blusa: llévalos normales por favor, que pareces una cortesana.

-¿Cortesana? ¿Me has llamado puta Texas?

-No me lo permitiría jovencita.

Ese estigma de la palabra “puta” lo tenía muy en mente la niña, que llevaba un pantalón de lentejuelas con deportivas, destilando frustración y orgullo herido.

Desafiar el poder patriarcal no lo pretendía el conductor oficial. Las canalladas se pagaban caras en ese emporio. Una de cada cinco mujeres que trasladaba se reía de sus propios chistes, Cynthia no. Tampoco daba besos sin ambrosía, o se guarnecía de la burbuja de las cámaras y los flashes en los grandes hoteles o los mejores restaurantes. La pequeña sí compartía la perspicacia y el respaldo suficiente de ese chófer de empresa.

-La lista -le pidió- ¿dónde te llevo mujercita?

-La tienes tú Texas. ¡No me jodas! ¡Ya estamos!

Él simuló poniéndole esa cara tan suya que nunca la olvidaba.

-Vale. OK. Sorry.

-Lo pies en su sitio, que no eres un perro, guapa. Arranco.

-No le desearía el matrimonio ni a un perro -observó ella, obedeciendo.

-¡Eh! -exclamó ese- no conoces a mi mujer -a las manos del volante, un vehículo que no era sencillo ni extremadamente maravilloso-. Ser hija no es ser tan aterrador. Y tú tienes hasta maquillador. Además, mi mujer es una pasada. Lo sabes.

Cynthia fue Cynthia, callando.

-Profesionales que nos reducen a un producto o un objeto consumible. Sé que ibas por ahí, ¿verdad?

-Verdad.

-¿Y yo? ¿Tú Texas? -citó en una misma frase.

-Tú eres un carca, pero mi carca -se le cambió del asiento trasero al del copiloto, ya recuperada de ese toque de atención.

-Cinturón -escuchó ella de inmediato- y, ¡conciencia de clase! Esto último salió a dúo. Era su frase.

El que trabajaba por seis dólares a la hora de no estar a las órdenes de ese coronel Denson, que estuvo en la guerra, una cosa es que se riera y otra que denostase todos los privilegios.

-No perteneces a una minoría social, nadie te empuja a la calle por necesidad –prosiguió con su santo y seña el negrata.

-OK Texas, que es mi cumple. No me des tú también la brasa ¿vale?, es mi día -dijo ella con una ferocidad de niña mayor, colgándose el papel de víctima.

De repente él echó en falta algo de música. Y como que pinchó.  

-¿Michael?

-No. El señor Michael Jackson jovencita. Señor Michael Jackson -repitió- tenemos esa suerte.

Se acababa de saltar otra norma el chófer. La institutriz lo mataría. Le estaría dando una lipotimia a la boxeadora.

“Si follan con uno, que follen con todos”, pensó ese en su lenguaje interno. No con un fondo de hacer daño. Era fan. Clamaba por su derecho a poseer buena música.

-¿Dónde me llevas? -preguntó dándole ganas de aplaudir.

-Vamos a ir a ver Mujercitas, guapa. Hay que crear el entorno. Luego, que te lean la mano. ¿Vale preciosa? Yo cumplo, tú cumples -así lo consideró ese, otro reflejo de cómo eran como país esos Estados Unidos.

El policía más condecorado de Nueva York, uno que mató a cuatro hombres y no se preocupaba, apodado Fort Apache, les seguía. Por disléxico no perdía ojo. Nunca le importó mucho el cine a Friedman. Un cretino, como cualquier político. Que lo justificaba todo como “legal”. Su sobrenombre indicaba el barrio donde se crió: probablemente el peor barrio del mundo. Los sesenta y cinco años los disimulaba con la enormidad de tatuajes y esos fornidos brazos, polémico por sus expeditivos métodos para reducir el crimen. Se hubiera cargado media Roma clásica para construir otra barroca o simplemente dejara en un vomitorio o boca de túnel y poder disparar al mismo sin ni apuntar, con toda su mala pinta y la ley de ese vasto país dándole la razón. Fueron árabes sus cuatro últimos muertos: mujeres. Su mundo era así.

-Querría vivir a mi aire, tener dinero, hacer mi propio camino -decía Cynthia, al tiempo, que miraba por la ventana.

Cien balas, hubiera recibido la joven de Texas, del señor Lowell C. Denson, de Friedman, de la institutriz, de su maquilladora, del servicio doméstico, del ascensorista y otros tantos agentes laureados del cuerpo de policía de esa ciudad donde se disparaba en el pecho a un crío y no pasaba nada, salvo que se hubiera tenido algo de sexo con el mismo.

No abandonó en su empeño: -Querría vivir sin aire -legitimó.

Al poco se convirtió en una mujer para lo bueno y para lo malo.

-Pequeña. En nada tendrás un cuerpo escandalosamente atractivo. Tienes dinero, solo que aún no puedes ni debes necesitarlo. Y, -resumió- el mundo está cambiando. Aventuras no faltan, hay que saber escuchar. ¡Y guárdate el dedo! No se señala a nadie si no se está dispuesta a pelear hasta el final; hoy no quiero líos. No me seas tan atrevida.

Tímidamente ella lo retiró. -¿Me podrías indicar, por favor, hacia dónde tengo que ir desde aquí? Para.

-Ni hablar. Un plan es un plan. Estás con Texas. Texas cumple su palabra, guapa. Y deja de decir “cerdo gilipollas”. Sube la ventanilla o te ato, no me seas un personaje. Pajarito.

La primera vez que salieron solos, el chófer sintió alucinaciones. No era fácil ser pobre con tanto rico de por medio, o viceversa. Ni ir a ver Mujercitas.

A todo esto, el padre, después de esnifar su segunda raya del día o de la noche, según desde donde se partiese, se fue a rezar. Era el único día del año en el que acudía a la iglesia.

2
Ene

Acabarán bailando

Cynthia se parecía a su madre. No había representado aún a la diosa de la luna Artemisa, y posiblemente jamás lo haría, pero su padre, Lowell C. Denson, el señor Denson, disfrutaba viéndola presumir. No obstante, su reina virgen se le ennoblecía tanto que colmarla de elogios no era lo más recomendable.

Trabajar para la gran apuesta del lujo y ostentar tanto poder le hacía adentrarse en un universo que la agigantaba y empequeñecía. De la mano de su presidente de marcas la colaba en desfiles, reuniones y fiestas, para finalmente terminar espiándola: descubriendo otra manera de hacer moda. Y de competir en la élite del sector de padres de familia.

Recientemente galardonado adujo no saber lo que era una mujer. Lo hizo el mismo día que su hijita apareció con espíritu punk, demasiado aplicada. Le salió fácil, de manera instantánea en el huracán de la polémica. Ella destrozó clichés, y él, acentuó su discurso -claro y directo- con su original forma de dirigir, cosechando tantos seguidores como detractores. Junto al atril, viéndole en primera fila, ocho mil ciento ochenta y seis personas podían haberles acompañado que solo la tuvo a ella y a su madre en su feliz apocalipsis. En el centro del mundo solo estuvieron los tres.

Probablemente, los accionistas se asomaron a un futuro incierto, superados por la transformación social de la industrialización. Muchos pensaron del mismo que se quedaría obsoleto en pocos años: sin ideas. De los que siempre resistían, la mayoría se encontraban en franca decadencia. Y sus amistades poco menos que fueron sombras urbanas, estando ahí, sobre la jungla del asfalto donde se celebró el evento.

Cualquier viandante, con entrada eso sí, pudo haberse parado a mirar y fundirlas con los reflejos humanos a modo de divertimento callejero. Lo dejó mudo su hija en los rincones de esa gran ciudad que albergó no solo juegos de luces inesperadas.

Toda una historia en imágenes que les invitó a reírse de sus propias sombras. Se rieron de quien descubrió otra forma de hacer moda y de quien competía en la élite del sector y por ser padre. Madison Avenue, en la mismísima Nueva York, a las nueve de la noche, con bandejas de hamburguesas servidas por azafatas con vestidos de lunares y cócteles más allá de su querencia por ser descubiertas por un cazatalentos vislumbraba una rara familiaridad.

Comer patatas fritas, y con las propias manos de haber saludado, delante de todo ese elenco por el que el señor Denson estuvo trabajando el último año y medio le hizo parecerse a su madre de muy mal modo. No la regañó en la lujosa fiesta, donde acabó regada por champán entre rumores maliciosos. Según avanzó la noche se fue librando, también porque la música no estaba lo suficientemente alta, amén del nutrido grupo de seguidores. El modelo imperante fue erigirse en el grupo de mayor lujo, el más grande, y competir agresivamente de tú a tú. Se había ocupado de invitar a todos los conglomerados, hasta las poderosas divisiones de fragancias, que siempre destacaban por entre los cotizadísimos catálogos de moda. Iconos y mucho músculo empresarial. Un buen trabajo de su responsable de marcas, mercados y operaciones. Alguien satisfecho de haber nacido, alguien que no soportaba a los camareros por el lado humano que profesaban. “Negocios son negocios” era su religión. Una de las cosas de las que más orgulloso estaba. Buena parte de la construcción, visión de futuro y engranaje estratégico fue suya; medio abogado, medio economista. Le encantaba dibujar sus victorias, iba levantando hoteles y restaurantes de tres tenedores con cada colección que lograban.

Nacido en un poblado ferroviario, el tren ya no paraba para él ni para nadie. Cerraba los ojos al verlos tanto o más que la niña del magnate Denson cuando lo atisbaba cortado por el mismo patrón que su madre.

¡No te soporto! ¡Eres peor que ella! -le decía.

Con ese nivel de estudios, para alguien tan exigente y perfeccionista como su progenitor a poco más que chef llegaría la joven y, sin embargo, de los campus universitarios más prestigiosos guardaba alguna que otra recomendación la nena.

-Sé cuándo la voy a liar y lo hago porque me apetece -sabía valorarse.

Pero él, ya fuera en el backstage o en su propio domicilio, seguía viviendo en el pasado, por mucho que la quisiera.

-El lado humano es muy importante. Estamos orgullosos de no ser divos.

-¡Papá tú no me entiendes! -casi que le escupía la rebelde.

Hace años se focalizaron en conseguir un objetivo. No era la cuota de mercado de las fragancias, que ya lo habían logrado. Era pertenecerse. Tener mucha paciencia. Demostrarse, que así podían estar el uno con el otro.

El concepto de firma siempre había estado por encima de todo. Esa era la visión del presidente ejecutivo, consejero delegado e ideólogo, también nieto del cofundador (una vieja máquina con dos decenas de vagones enganchados según el brazo derecho del señor Denson, que lo odiaba, y eso que llevaba muerto sus muchos años). En la nueva era padre-hija pretendían coherencia, consistencia, la compañía de hacer y observar, tener sus planes de futuro. En fin, desarrollos en absoluto banales, pero demasiado suculentos para donde faltaba arbitrio.

El pasado octubre, un conocido amigo belga de la familia, limpio de polvo y paja, como si tuviera cuatro manos los bendijo y se despidió, una vez terminado el show que le montaron:

-Sois oro en términos de marketing. ¡Y una puta mierda de familia! Nos os queréis. ¡No cotizáis en bolsa!, reconocedlo. ¿Por qué buscáis beneficios inmediatos? ¡Lanzaros más cosas joder!

Todo ello en francés, donde ninguna libertad era libre de por sí.

-Vivimos en una guerra de poder -admitió el padre.

-¡A ver quién produce más! -le siguió picajosa la hija, empecinada en acabar con la industria de su tutor legal.

Tutor era una metáfora, porque cuando se concentraba en su ejercicio profesional no miraba el reloj ni una sola vez. Solo tenía ojos para los números, las firmas, los diseñadores y los escaparates. O al menos en apariencia. Aquel día, en la primera fila también hubo otras. La última una modista que vestía, que era todo lo contrario que su hija: hacía poco, bueno y bien. No era un torbellino, salvo cuando tenía que serlo. Como si le estuviera hecha a medida, la experta en alta costura aceptaba decisiones en principio descabelladas. Sí, atravesaban un momento dulce. Pero no siempre había sido así. Hacia el dos mil trece no tardó en sobresalir su affaire, en la competitiva Semana de la Moda de París.

-Es tu mejor trabajo hasta la fecha -le reprochó su propia esposa. Se lo dijo en el fitting, en el momento justo de probarles y ajustarles las prendas a las modelos el día de antes del desfile.

Y se respiraron nervios y expectación.

No tantos como en el ensayo previo al último estreno teatral de su esposa, solo que la incomodidad añadida por tener a toda la prensa les obligó a poner un montón de dinero encima de la mesa.

Por sorpresa, al día siguiente, en el mismísimo París repitieron su primera colección. Nadie, nunca, jamás lo había hecho. Y crearon tendencia. Fue monocolor, sin estampados, solo que las telas habían evolucionado con los años sin ni tocarlas, dejando a las modelos que exploraran nuevos territorios.

Es la última oportunidad para corregir errores -resolvió la madre, y esposa, con todas quietas. Había muchas más de las que se pensaba.

De manera instantánea se venció por la polémica el potro salvaje. Se bajó de los escenarios y por sus declaraciones, poco más hizo hasta morirse, callada.

El sepelio fue como entrar en una casa incendiada; salieron todos quemados. Insinuaciones, lecturas fáciles y muchos esfuerzos en negarlo. Hasta el grito de una juventud enrabietada que a poco se prostituyó, aunque solo fuera con el lenguaje, desmadrado y excesivo.

Días después la entrevistaron. Pusieron una llanura roja y verde de fondo. Cynthia, la hija y nombre de una de las fragancias más evolucionadas, presumió de madre en un edificio solitario, justo en el tejado, con profunda calma, casi hasta el desasosiego. No se apartó de la misma ni un instante el gerente de medios, que ni se apoyó en la varadilla por miedo al óxido.

Las acciones subieron un treinta y seis por ciento. Su foto apareció en todas las marquesinas: había triunfado sin quererlo, Cynthia, siempre Cynthia, con un reloj señalando impasible la hora en la que su madre se desplomó.

Nueva York era eso: una ciudad fantasma, de reversos y calidad diferenciada. El gorgojeo de los pájaros se oía porque lo imitaban los altavoces repartidos por la ciudad, todas en hilera. Un haz de vías que llegaba hasta las casas bajas.

El padre había influido notablemente en la decisión de venderla. Por entonces era una niña pequeñita, con mucha vida. El caso es que la trató como a una entidad creada para satisfacerle, como casi todas, y también gestionó todo su patrimonio.

-No tienes agua potable, no tienes dinero para desplazarte ni irte de fiestas. No tienes una veintena de hogares.

Protestó ella.

Y él se remontó a todo, absolutamente todo desde que nació. Ni línea telefónica. Fueron los tiempos de la modernización, del creer que todo había sido innecesario. Apostó… y se exacerbó. Pocos años más tarde, ni tres, llevaban como que tres lustros peleándose y abandonándose. Un declive que atropellaba a quien se pudiera entrometer. Él, de profesión nómada; y ella, de la escuela al médico, a la iglesia, de bares, de cines… Como el medio centenar de mujeres que le pretendían, a él y a su revolución industrial.

Cierto es, que, en medio de una paz monacal, muy cerca de todos los límites la espiaba como la niña que era: la suya.

“Antes estábamos acostumbrados al ruido y no nos molestábamos. Ahora ya me hecho al silencio” pensó, propietario de ese edificio de viviendas, el resto, forasteros, atraído por la más abundante belleza deshabitada: se vistió de ella, con su mismo celo… poco a poco, protectora y autoritaria… para ir cobrando forma.

Hubo también quien haría comercio con ello por iniciativa privada, que el padre y magnate no era el único que no residía en chabola alguna. Sus propios empleados podrían ejercer de carniceros, pero ninguno sabía el verdadero valor de esas tiras que se colocaba cuales cintas de baile la damisela, sin ni fuerzas para levantarse ni andar, mucho menos intentar bailar.

“No se trata de obsesionarse con lo que fue” creyó escuchar también a su especialista, “sino en pensar todo lo que podría ser”. Todo, con las aceras desérticas en esa gran urbe, aunque fuera un hervidero esa sala de despiece de Nueva York y sus sanguinarios piratas, nacidos muchos en un monte, como el señor Denson, cuyo lema y mejor herramienta era: creernos lo que tenemos y saber vender lo que hacemos; ningún mercado tiene techo si la calidad es patente.

1
Ene

Lowell C. Denson -dedicatoria-

A esos padres de familia,

que lo quieren todo.

 

(solo falta un día para empezar a leer el libro Lowell C. Denson -padre de familia-)

26
Dic

El príncipe de los silencios

Las luces navideñas parpadeaban en los escaparates y, los aires, estereotipados, olían a nieve. Era lo primero que había que hacer: tomar conciencia. Las farolas lucían guirnaldas. Algunos las iban recorriendo y había un montón de gente haciendo cola para probar las castañas asadas. La vida era un regalo, con o sin cierta vacilación y palmeras de chocolate. A cada lado del mantel blanco, ya en casa, ella sintió de pronto una honda lástima por él. Todo muy bonito. La débil luz del salón lo sabía, por eso no quería ser el techo, con ganas de que todo se le derrumbase encima. Le habían llevado la compra. Ese negror de la pobreza lo embarró todo, y su reflejo.

No. No hubo tregua ni en Navidad ni en Fin de Año.

Las palabras y las grandes representaciones no cumplían con las sentencias supremas. Desearse lo mejor incluía a niños bebiendo de un lodazal, lejos, cerca, humillados, olvidados y sedientos; también los felices por haber salido. Como el repartidor, a quien diez días más y nadie lo echaría en falta del centro, ni la fuerte luz de la entrada al mismo, señalándolo. Saldría y no podría entrar, por decreto y por cojones: había que buscarse la vida y tener varios horizontes.

De origen desconocido, el príncipe de los escándalos, años antes hubo de sujetarse a los restos de una barcaza para que la mar no se lo llevase consigo. Apenas lo quería recordar. Entregaba la compra y daba las gracias. Justo lo contrario que cada noche al regresar al internado, donde antes de acreditarse por tres veces para asearse y tener acceso a una cena caliente debía escribir, como mejor pudiera sobre su familia. El director no quería que se olvidasen del color de los ojos de sus padres, de quién era más alto, de sus voces y el tacto. De ahí el apodo marcado en su taquilla y gorra. Príncipe de los silencios; porque renegaba, y no se lo permitían: debía recordar todo cuanto hubiera sido, saberse las direcciones de la gran ciudad, de qué pie cojeaba cada clienta del supermercado, el día que harían el pedido, la forma de pago y lo que consumían no era del todo saludable. La soledad de su propio hijo la sentía en sí mismo el director, que se sentía tiranizado por los caprichos irracionales de tanto afán en separarse en las sociedades modernas, fidelidades conyugales o malditas bendiciones aparte. Muchas veces con dolor, y una honestidad entrañable, tanto lo que entendía de los demás como lo que comprendía por sí mismo, ese exalumno llegaba casi a agitarlo abnegadamente ciego hasta que el principito volvía a ese pequeño lugar de donde salió.

22
Dic

Newsletter de Diciembre de 2019

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