Pedro Belmonte Tortosa

10
Oct

Puso el motor en marcha, creyendo que la echarían de menos

En la universidad le dio igual la liberación de la mujer, enarcó las negras cejas, poco más. Las mordaces opiniones de otros ni las contempló. Observándola, ya no volvería a colocarse las gafas sobre el puente de la nariz con el imbécil del profesor mirándole el bajo de la falda, sibilinamente.

De mayor, tal día, de buenas a primeras se bebió todo el café irlandés y puso la alianza de su boda en el hueco del cenicero, que su coche aún tenía de esas cosas. Le dolía bastante la cabeza y, habiendo bajado la ventanilla y puestas infinidad de canciones, miró el reloj analógico del salpicadero, el que siempre daba la hora. Si bien, ello fue un magro consuelo. Llegaba bastante tarde.

Lo que jamás supo, es que él hizo lo mismo. Incluso levantó más viento que ella. Los invitados también.

3
Oct

La isla y sus torreones

Cuando llegó el otoño, con el amanecer de las mañanas más oscuras y un sol que se crecía imponente hacia el mediodía, quedándose en la trastienda hacia media tarde amablemente, cual mechón de pelo por detrás de la oreja día sí día también, demasiado crecido en ese pasillo de las estaciones, a él se le colmaban todos los instintos de imaginarse habitándola.

No era un muchacho grande, gordo y lampiño, sino uno que rezumaba madera, miel y todo cuanto hubiese de noble en las franjas de suelo que pisase, desde que el mismo empezó a lactar de los senos de su madre, embalado por entre sus rodillas, muslos, vientre y pechos.

Ella había tenido un novio anterior, o varios, la que aprendió a echar una mano desde muy pequeña, y no por ello dejó de tener inquietud y encanto, que escondía de más o bien que los mostraba en arrebatos de inesperada locuacidad para a veces quedarse tan muda como el mejor atardecer.

Insensatos, cada cual afirmaba, que, en sus recuerdos, enarcando las cejas pero agradecidos, una vez poseyeron un lugar que compartir, donde no hubiera más formas que la marea creciente, las carreteras distintas, los conciertos de invierno y la seguridad de creerse delincuentes vertiendo una botellita al mar o a un río cualquiera con la pequeña alegría de llegar a levantarse temprano o acostarse tarde, adorando hasta el olor a frío corriéndoles por las venas, retozando como cachorros y comiendo panecillos en el desgarbo de sus tardías adolescencias.

El ritual era agradable. Los primeros de mes, él; el resto de días, ella. Por infrecuente que ello les fuera, mes tras mes, año tras año, desde los dieciocho no menos hasta sus cuarenta y tantos, en días apocados y otros hasta hablándole a la luz de los ojos que se veían reflejar en la cambiante humedad del espejo, justo antes de salir a esa farmacia de los días, igual que un ratón dejando a un lado la aspereza, los miedos y las malas prisas para recorrer con carácter los alrededores sin malos modales, dispuesto.

“No habría funcionado”, asintió ella, toda vez que se le cuadró el sol invernal, poniéndose un mechón de pelo detrás de la oreja donde una franja de suelo de madera brillaba como la miel. “Cierto. Antes no, ahora sí”, contestó él, acercándose, primero con las yemas de sus dedos, luego, con la boca cerrada. Pero parece que eso ella supo hacerlo.  

26
Sep

Y llovieron pájaros… otra vez: primera sangre

Y llovieron pájaros en una soledad parcialmente compartida, hermosa y triste. El día de lluvia en Nueva York fue así, delator. Otra trinchera infinita privilegiada. Otra vez que le tocó hacer de girasol ciego a la hija del ladrón. Más la lluvia, fina, le hizo sentir una mercenaria despedida. Una negrera negra bien blanca repleta de abusos sin poder decir ni hacer.

Pocas veces, tan claro y con tanta intensidad sufrió lo que amaba, quedándose sin nada, ni el afán de posteridad.

Suerte que lo tenía todo para esa noche, permaneciendo sentada en un escalón durante toda la búsqueda, apartándose obligada de los: dicen que han dicho que dicen.

La policía hizo prácticamente lo mismo. Se pusieron en contacto con el maquinista y detuvieron el tren.

Ahora se hallaba más cerca de la ciudad que de su casa. Sin embargo, nada de eso le importaba al señor Berger. Ni siquiera la lluvia.

El orden era para gente aburrida; arrollar a alguien a semejante velocidad arrastrando sus cuerpos destrozados hasta otra parte de las vías, pavimentando el andén y encenderse un cigarrillo por la pura evolución de las cosas fue el frío inicio. El señor Berger, en su coche patrulla, la condujo directamente a su domicilio. Por descontado que sí, ningún otro pudo hacer eso. Si de algún modo su hija hubiera atropellado a una mujer sin saberlo, todavía.

Los vecinos congregados en la zona empezaron a irse sin poder reprimir una última mirada curiosa al señor Berger. No les costaría encontrar los restos de su mujer. 

19
Sep

El olor y ese todo

Ese algodón de invierno, también hermosa alma de verano, en la noche que conduce al día y el blanco de todos los errores tiene memoria, y olor; un todo, que invade, con genes que aíslan del mundo sin tener que fingir ausencias.

Y todo lo demás se podrá solucionar con recursos económicos.

12
Sep

El hambre era la misma hambre

Cada día se ponían una máscara. Ella lo llamaba maquillaje, ponerse guapa; él, haciendo de cómplice, no le arrebataba esa libertad y también se arreglaba. Hacia la noche ya tenían otras permanencias de pasión, anhelo y peligro.

Pero sí, pudiera entenderse que él solo cumplía con su deber y ella ansiaba escapar. Solo que los inocentes no salen corriendo y las esclavas paren esclavas.

Cuando salieron de la cárcel y entraron en la misma, ninguno supo qué elegir, separados. Y hasta el mismísimo día del juicio final dudó ese hombre condenado.

5
Sep

Los 05 de septiembre

El banco apenas ha cambiado. Mismo lugar, mismo entorno, y una ligera evolución arquitectónica. La farola sí que no la han sustituido, sigue a ras de vida. Como yo, es de las que creen que otro fin del mundo es posible. Yo llegué a soñar que el corazón se le hacía añicos para no tener que volver a verla, más la postergación de hacer lo que realmente se quiere en la vida es dolorosa. Nunca falla, todos los 05 de septiembre vuelve y se sienta.

Es, el puro retrato de la precariedad y reivindicaciones de toda una generación. No le queda otra que darse a sí misma la flor, igualita que la primera vez, aquella que dejó estar por unos minutos (que se nos hicieron eternos). A punto estuve de ir a por ella; mi torpe marido no me dejó. También disfrutó viéndola. Hasta le pusimos nombre. Los años dieron para mucho.

Si fuera argentina decidimos llamarla Eva, nuestra Evita; si fuera Ucraniana, que algo tiene también, sería Tatiana. Él se inclinó por esa zona, de hecho, hasta fuimos de vacaciones hacia el río Irpín por si la veíamos también allí. Dos años antes a Buenos Aires. Todas las calles las paseamos. Perdí once kilos. ¡Quién los perdiera ahora! Han pasado muchos. Mi hija me dice que soy tonta, que ¿por qué no le pregunto?, ¿qué me viene bien expresarme?, hablar, reír. Pero para una cocinera jubilada como yo qué otra cosa podría hacer sino mirar la vida de los demás. Y algo le tendré que contar a mi nieto. Otro hombretón. Su abuelo falleció también con la intriga. Mucho Alzheimer pero bien que se acordaba de cuándo era el día, dejándonos tan poco espacio en la ventana, menos mal que mi hijo el grandullón lo bajaba bien cerca de ella, porque fueron los únicos que han estado a menos de dos metros de esa belleza nuestra. Ni el perro Tomason Olivier; otro que se nos murió, ¡pobre mío!

En el centro de salud lo vengo comentando desde hace unos años, por si alguien la ha visto. Y no, aunque Marie, la enfermera, me dijo una vez que hay mujeres que hacen eso: que aparecen y que desaparecen, con o sin flor. Ninguno de la familia nos lo creemos, cierto es que habría que ir sospechando, mal que nos pese, porque sigue tan joven como el primer día nuestra princesita, por años que pasen.

Yo, al día siguiente, me subía a la barandilla, imitándola florida. ¡Qué recuerdos! ¡Quién pudiera! Y él contemplaba mi dolor y desamparo en un universo poético de lo más hermoso. Hasta le hacía ojitos mientras la música huía noche abajo.

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