Pedro Belmonte Tortosa

18
Abr

Esas otras ventanas, a horas que no son horas

Ella, que no era una más de la fraternidad de las diosas, soñaba con un caballero de chocolate. Él, de los de la tribu que por no tener no tenía ni palabras, jamás hubiera soñado con alguien que oliera como la hierbabuena.

Ambos eran la flor marchita de la vida, víctimas de su propia superioridad, por el miedo que les daba decirse la verdad. Uno, que bien podría haber sido Al Capone, más cuando uno no puede ni andar en calzoncillos en su propia casa, gritar en silencio los triunfos ni le salía; y la otra, por fatalista ni besos de sirena.

El top de las cinco mejores ciudades para vivir lo conocían: Zúrich, Vancouver, Múnich y Auckland. Estaban en una de la otras Vienas, extrañados y ausentes, con todo lo que quedaba de ellos y la ventana reuniéndolos.

Ella se casó tiempo atrás con un rico, él aún lloraba por todo aquello que nunca pudo contar a nadie, ni forzadamente en un hospedaje. Al otro lado la institutriz, con esa carta para entregar desde hacía treinta años más sus sonrisas forzadas. El cuarto pasajero ya podría ser un malhumorado dragón o no; ni con los ojos verdes.

11
Abr

De friegasuelos en un matadero a cirujana plástica

Las primaveras y las repentinas vueltas al invierno tienen eso, escasas propuestas económicas en los broncos cruces de reproches; pero sí, el amor es estadísticamente imposible.

Con quince hermanos, vincularse a ese mirador de los ruidos blancos, necesidad o no, la hizo descendiente sin culpa. Fueron ellas, todas las mujeres, las que en su imperialismo le obligaron a usar tirantes para corregir su postura, de los más contundentes y extraños; ni la dominación cultural más flexible, más eficaz y menos costosa.

Se enamoró de su hermano, gemelo, incesto que confesó al no tener otro perfume de amor. Fue expulsada, no de una, sino de varias casas y escuelas, incluso las que tenían formación religiosa.

Aprendió a tocar la guitarra, y a falta de gracia, virtud o engaño la vendió, con la anuencia y el beneplácito de habérsela robado a su profesor, otro galán, de los más guapos y varoniles, como todos, que la dejó preñada en una de las casas de huéspedes donde estuvo trabajando de interna.

Sonámbula, jamás nadie le puso una bandeja de agua a los pies de la cama. Sí, no hay nada más engañoso que un hecho evidente.

No obstante, en la dura vida moderna, mirando sin terminar de verlo todo y conteniendo sus propias carnes, dio solución a los problemas de su ayer, su hoy. ¡Ni los tonos pastel para estrenar la primavera, mimetizándose, o los instantes del universo cuales oportunidades, salvándole de aquellas mujeres y hombres imposibles que nunca le escucharon sus sueños! Vio la justicia secuestrada, y no, no fue un exceso de autocomplacencia. La encarecida petición se hizo realidad, ya no olería más a carne podrida. Pobre entre los pobres, creyó ver cómo unos pacientes se relajaban tocando prótesis mamarias.

 

3
Abr

Lo que nos hace ser lo que somos

Alguien tuvo la delicadeza de tomarnos por más listos de lo que somos, ¿o no?

Con tantas cosas conocidas y extrañas, resulta que para la vida a ratos tenemos la fragilidad de los justos, estanterías compartidas, intimidades improvisadas, la automatización de tareas sencillas y hasta la casa del preso, en fin, un mutismo que encierra pánicos, donde ni la alegría de la esperanza.

Sí, el mundo se olvidó de llorar; es lo que nos hace ser lo que somos. Sigo sin entender ¿qué la hace la madre de su hijo pariendo a su nieto?, más bien que lo publicite, pues una cosa es la ciencia y otra la intimidad de las personas, sobre todo de los niños y los más indefensos, o ¿por qué se manipulan objetos inanimados habiendo personas como si todo lo demás no fuera disfrute y eso sí?, ¡y no!, no soy un conservador radical, en absoluto. Pero me siento raro, desubicado; hoy, nuevamente, he tenido que esquivar una ganga financiera: me han llamado del banco ofreciéndome ser rico adquiriendo un producto de los suyos, ¡cuánta fortuna! La dificultad de ahogarse le he deseado prudentemente a la comercial de la entidad mientras la misma ni se extrañaba con su gracia salvadora: “Sí, debe decidir entre el decidido y el moderado”.

28
Mar

Ahora que somos jóvenes

Nada hay peor que la impaciencia, que la mirada cobarde, aunque parezca mentira y sea difícil de explicar. Lo que sorprende es que eso sea suficiente cuando somos jóvenes, extraños, o nos toman/tomamos por ello.

Sí, hubo uno, alguien, que se mató volando, por oír y no escuchar; por volar sin alas, al suelo. Se arrojó cargado de interés y convicción, con una voz nueva; todavía lo miran las farolas. En la sala de espera quedó la madre impaciente, su camino propio, la identidad compartida. Buscaba amparo, complicidad, calidad: miró abajo, sí. En los tiempos de prisa quedó su certidumbre, una tiza; su nido, lo más sagaz, ese sentimiento de final de pulso, un recuadro, su nota: luminosa y ligera, incierta, más la tiza que no recorrió su cuerpo, la que comenzó a sentir cosas extrañas; la sensación de hormigueo por hora y media, su mal carácter, un perdón de intenso dolor, viejo, independiente y soberano, marginado, pobre: cordial y rencoroso.

Al puntito de provocación, hubo una sobre respuesta, planes de futuro, el toque más irónico: la sirena. Supervivencia, quizás; prisa y orgullo, o la infancia sin infancia, lo cual demuestra que no todo lo sabemos. Perplejo, incómodo, instalado en su grácil desasosiego, el doctor de abogados no tiró de la muletilla judicial: visto para sentencia. Albergó suficiente vida palpitando, pero desde muy, muy lejos, contenido en el dato, en la edad, halagüeño… Ni la curiosidad desatada, apenas anécdota. Pero miraba y mirada. “Las niñas siempre dicen la verdad”, pensó, con el mal gusto pasándosele. Trenzó toda una serie de historias, situación en la que la mantuvieron, aparentemente deshumanizada: hasta sus sádicos talones y la ligazón. Exacerbar los recovecos oscuros de una sola tacada no fue. Las llaves continuaron encalladas en el mismo punto. El teniente coronel dijo la palabra insurrección. Pero ya éramos nosotros mismos, meros intermediarios en esas relaciones. Lo perfectamente posible. Cámaras en lugar de ojos. El jaque de rigor.

Tiene la cara plana, de aspecto borroso, y una mirada inexpresiva” empezó a decir uno del equipo médico, haciéndose cinco preguntas muy directas, enseguida.

21
Mar

Con ese afán compulsivo de etiquetar: dolor y gloria

Esos silencios que reclaman sus espacios, o los espacios que no se llenaron, nos llevan a lo mismo: al afán compulsivo de etiquetar. Todas las palabras no pronunciadas pasaron, y las vergüenzas no arrojadas, jamás tendrán sus indescriptibles sensaciones. Ausencias, sombras… espacios desnudos y silencios de transición: estraperlos. Pacifismos mediocres. Desidias donde la estupidez insiste siempre. Idearios.

Ahora bien, la naturaleza tiene su libre albedrío con ese afán compulsivo de etiquetar, también; naturalezas que cubren las ruinas haciéndolas bellas, con nuestros tiempos, nuestros silencios y nuestros espacios. Abrazos rotos.

Con las políticas de hoy y ese absurdo no parar, si acaso, se corta, se quema y se envenena un tumor, la persona; en un tiempo, lo mismo con ponerse uno recto se tiene la inmunidad, curándonos los desórdenes y el esperpento… En fin, silencios, espacios, tiempos: afanes que todavía están muy verdes.

Cara de niño querría tener siempre, y no saber; dejando a los zorzales el alba, y los llantos para una despedida: una. ¡Menos mal que cuando un hombre muere!, y se extraña, siempre llega la lluvia, llenando las ausencias, las sombras y los espacios desnudos; silencios de transición en sí mismos. Indescriptibles sensaciones: naturalezas de la naturaleza, verdes buenos, con nuestros tiempos, nuestros silencios y nuestros espacios. Abrazos rotos. 

17
Mar

Ser escritor y con quién nos cruzamos

Me da los buenos días, cuando nos cruzamos. Y yo a ella. Siempre en días de diario. Temprano. Ella ya dispuesta, yo a ello. Va con la escoba, y el carro. Brilla su uniforme, y ella. Y no, no es un maniquí apostado; además, como persona tiene sus secretos.

Sé que tiene dos hijas, fuimos a la misma universidad, ya creciditos. Compartimos apuntes, creo, la barrendera y yo, como tantos otros. Antes no sabía mirar, ya sí. Por eso sé que es ella, aunque los primeros días costaba saludarse, una de esas ingenuidades de los mayores. No sabía si la ofendería al saludarla, no quería rebajarla. Tiene tantas carreras universitarias y más títulos que yo, seguro, y aunque no lo fuera.

Pero ya no callamos, si es que lo hicimos alguna vez. De hecho, cuando no está la echo en falta. No solo porque tiene sus calles impolutas tras su paso. Tampoco callo con la otra uniformada, que también tiene una hija, y se notan sus ausencias. Con esta también medí los saludos, aquí más bien por timidez, un respeto raro de quienes tenemos prudencia en los cumplimientos; esas vergüenzas que con las generaciones se pierden. Pero me conocen, saben mi nombre, donde trabajo y por donde vivo en los unísonos; a mí, que soy de los de fijarse y observar, con tantas personas con las que me cruzo, últimamente me falta tiempo o sobran nombres cualesquiera, pero lo intento, se lo debo. Formar parte de las mismas, son parte de los trabajos y los días, también, en nada mediocres.

Y sí, son diana de mucha gente porque su trabajo conlleva exposición y cautelas varias, aunque por ingrato sea sumamente necesario.  Sin ser supremacista, sino todo lo contrario, ¿qué empresa o país funcionaría sin esas personas de los servicios básicos? Y no, no son los servicios que aparecen en todos los titulares, no hablo de educación, sanidad, cultura; hablo de limpieza, por ejemplo: de viales e interiores.

¿Cómo sería un día perfecto para ellas?, ¿de cualquier persona en el mundo, a quién invitarían a cenar? Muchas de ellas sirven en ministerios, en empresas cotizadas en bolsa, en empresas de suministros (agua, electricidad). ¿Cuál es el mayor logro de sus vidas? ¿Qué es por lo que se sienten más agradecidas en sus respectivas vidas?… apelar a eso entierra las tres frases sobre nosotros que nos hacen extraños y embarazosos, cumpliendo: Buenos días; Hasta luego; Feliz Navidad.

Quizás, deberíamos tomarnos cuatro minutos; además, ven los fallos donde no los hay, y no se les deja razonar… Está claro que esas número dos pudieran protagonizar muchos libros, conocen el terreno donde pisamos, santos, señas, duelos y quebrantos… y matarían por sus hijas. De hecho, si las tuviera, sé que a ellas se las podría confiar, pero al resto… el corazón tan blanco.

Tanto ADN en los trabajos nos está haciendo el mundo esférico. Si las viéramos asomadas a una ventana nos cabrearíamos… pero, quien no sueña está condenado a ser un esclavo, dicen.

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