Pedro Belmonte Tortosa

21
Ene

Ni el cielo de los animales

Y así se veía y quería seguir viéndose, sentada en el marco de la ventana, consigo, donde ni el cielo de los animales.

Su mejor recuerdo, toda vez que se había hecho mayor y la senectud de la ancianidad le permitía esa libertad del recordar lo vivido. Una rara paz, como cuando tomó el sol a deshora o fuera de estación en los setenta.

El sonido de ese clarinete lo seguía oyendo. En lo sustancial jamás dejó de tocar aquel hijo del vecino que no tenía pelo. Justo antes de cenar, la mayoría de los días. Minutos de libertad y virtuosismo dentro de la precariedad. Hubiera pagado una especie de tasa o de peaje tras los primeros días, que como todo hubo de pasarlos, no siendo un canto al sol.

Después, ni un inspector de trabajo hubiera puesto pegas. Acostumbrada a leer sentencias en el Tribunal Supremo y, pudiendo disfrutar de su buena pensión más la indemnización que supo hurgar al erario público tras asesinar a su esposo, en sí, todo se reducía para la magistrada a ese reino del ventanal, no siéndole la silla de ruedas una valla inexpugnable.

Retrotraerse a ese lugar le permitía observar los cuarenta y siete sofás uno tras otro en el recalcitrante palacio y su lujo de estilo neoclásico impostado. Es más, hasta podía llegar a pensar en jugar al hockey o bailar en una discoteca. Aquel clarinete solo lo cambiaría por los ratitos en el casino. El de su casa no le era suficiente. Ni la sala para fumar shisha, la zona de spa, masajes o el explícito salón de belleza.

Las uniformes notas corregían hasta las injusticias de tantísimos años que de alguna forma fueron los más favorables para su carrera, permitiéndole presidir la sala y lo que no era la sala. Una mujer, como todo clarinete, de ideales pacíficos e historia violenta. El día que se le fue la voz al chaval, viéndolo caer inestable y firme al pavimento, sus medios ojos hicieron el resto. Menos una sentencia que impuso a la titular de una perfumería por abusar de las canciones ñoñas francesas en su local, las restantes doctrinas impuestas no dejaban de ser un lastre o la simple y dulce introducción al caos, pues firmaba, siempre, con lo del “ni el cielo de los animales”, tras el habitual “hágase cumplir”. Una verdad mundialmente conocida, y en su vecindario.

Un hombre soltero y de gran fortuna fue el único individuo que la aguantó, el único que se negó a subir al estrado. Aquel padre, el del empujón.  

14
Ene

No ser nada y serlo todo

-En enero se mata mejor, pero hoy no quiero matar a nadie- dijo la malnacida en busca de un poco de paz, con sed de mar, cual marino que perdió la gracia del mar.

-No puedo hacer de niñera de una mujer madura -le contestó con la calma luchada, empezando su avasallador carrusel.

En fin, el amor y lo que no era amor: ese secreto que los ojos no sabían guardar.

7
Ene

El Reino de las Edades

Esa ciudad, reino o lo que fuera no era tan diferente. Un lugar de putas o de beatas, encantadoras ambas, donde todo tiempo oscilaba entre la brillantez comedida y la genialidad indiscutible, y eso que la oscuridad se antojaba reiterativa, no obstante, gozaban de una paz estimable. Unos hacían mapas de cera, otros, llaves de niebla. Nadie asesinaba a su madre el día después de Navidad y luego se ponía a rezar.

Algunos habían llegado a esa edad en la que los petirrojos cambiaban de color sin cortapisas, con arbitrariedad y fanfarria, sobre todo cuando el humo del tabaco se quedaba suspendido en el aire como esperando a que alguna corriente los transportase a otro lugar. Era la zona 45.

Un sitio tan de paso que nadie jamás admitió haber estado. Algunas se cortaron los párpados inferiores para disimularlo, otros, con sabrosa mezcla de racionalidad y conmiseración se hicieron pasar por paseantes solitarios bajo fructíferos brotes de romanticismo. Los menos, tuvieron gestos de desaprobación, aunque al poco ya no fueron tan ariscos. En la comarca de al lado estaba la curva 46, un idílico lugar que por señuelos tenía los infinitos de la naturaleza, más lo perplejo es que dentro de todo ese marco emocional y físico no solo cabía la reclusión en sí mismo, sino que también la posibilidad de albergar preseas para superar la zozobra, según pareceres. Maliciosamente algunos intentaban llegar directamente a esa meta o lugar de paso, fundamentalmente artistas arruinados, los que bebían garrafón y demás. Un pomposo y arrogante tipo quiso inclusive robar todo el helado de turrón y las galletas de canela de la zona 45 e intentar parecer mejor que nadie ofreciendo ese trato para ir directo a la curva 46. El malparido falleció. En la zona 45 no se tenía nada y se tenía todo; había quienes sin ser creyentes rezaban el rosario cada noche, que con llanto contenido y manos entrelazadas flexibilizaban a su antojo; y eso que la zona 45 era el único pueblo o edificio de colonización que no tenía santo ni dios alguno.

Aquello de que se daban besos secos era rotundamente falso. Lo que sí hacían era siempre respirar por la nariz, por aquello de que al inhalar vía nasal acrecentaban el efecto del óxido nítrico en su cuerpo y tenían mayor fortaleza. “Era una bellísima persona” dijeron de quien no pudo hacerlo. Podrían criticar sus métodos, pero en un mundo perfecto las cifras no mentían. Superar el recinto 44 con nota lo hacían únicamente seres rocosos, por indisciplinados, caóticos o académicos; en el recinto 44 se aprendía a manejar la capacidad para la distancia y la proximidad o se moría uno/a con el frío instrumental.

Y lo de que en la zona 45 se podía disimular con sonrisas de quinceañero y ganar al sistema estaba por ver. Pero había nacido un candidato. Otras/os se quedarían anclados en esa zona hasta que no tuvieran nada más que decirse. En el recodo 47 ya se empezaban a plantear absurdeces como el tema del blanqueamiento anal, volviendo a aquellos ingenuos y encumbrados espaciosos 15 de cuando se intentaban mirar el perineo guillotinándose algunos el cuello. La mafia de las edades sabía jugar con todo eso. Una mafia que como todas existía cuando había cosas prohibidas. La huida era una condición que iba más allá de la fuga. En el libro de instrucciones se decía que había que pasar por todas y cada una de las edades.

Por comodín solo estaba lo de irse a silbar a la vía del tren en cada lustro, salvo en la zona 45, que era toda una excepción a la regla. Algunos interesados manifiestamente optaron por disimular como si estuvieran ya en la parcela 80 por aquello de que hasta los sobacos todo les era cintura, sobre todo quienes ocupaban silla de juez sin dejar de ser enemigos. Por suerte, el sistema los detectaba y les cortaba la lengua y un poquito más a esos falsos ancianos y residentes para que los infortunados tomaran conciencia el día después y volvieran a la casilla de salida donde algunas agotaban al mismísimo sol con tanta charla.

Si se era reincidente nada de ir hacia atrás, directamente te enviaban a tu puta casa donde no había posibilidad alguna de conseguir helado de turrón, galletas de canela o cualesquiera de los parabienes que se iban sumando con el paso de las ciudades y los años. Coloquialmente, a esa villa la llamaban el retiro, por aquello de no hacer daño ni de que tampoco se sufriera de más o de menos, así, según circunstancias, cada cual decidía dentro de lo posible; y la suerte, que formaba parte de todas las vecindades. En el mismísimo receptáculo 1 ya te daban la ficha con la que se iba a jugar el resto de la existencia. Un sistema de intercambio muy similar a la moneda.

Era hacia los puñeteros angulosos 51 cuando aparecían las cartas de amor perdidas. Había quien se ponía irascible e imbécil casi siempre, que ni con el sonido y el rumor de las palabras. Los otros adultos consolidados, los del coronado 69 sí que no sabían mentir, ni dar explicaciones chulas, no siendo ni débiles ni complacientes, no obstante, había casi tantas opiniones como seres humanos.

Más o menos aceptables eran los del restrictivo 99, que sabían de todas las filosofías y gravedades; algunos perdían el control y no podían contener la orina. En la ronda 99 los relojes no andaban hacia atrás, y por tanto se debía dar la cara, no valía solo con la ambición. Madurar era cuidar lo que se decía, respetar lo que se escuchaba y meditar lo que se callaba.

Un poco menos contundentes eran los del reducto 76, tan íntimos que resultaban casi inapropiados. La prisa no era un pecado, por cierto. Algún motero mugriento aún tenía dispensa; quimeras como la ruta 66 se podían medio creer, aunque nadie lo hubiera atestiguado. Nadie era perfecto.

Los hijos de puta que se anclaron en el montículo 18 y se negaron a avanzar siempre fueron seres suertudos mantenidos por el sistema, igualitos que sus primos del pavimento 33. Una puta mierda todos ellos. Creídos, subnormales y casi anormales; bondadosas algunas. En el planeta Saturno los hubieran extraditado a los anillos más lejanos en un santiamén, pero como en todo reino existía una horda de gilipollas gobernando y opositando, como tantos otros aplaudiéndolos (seres cuya verdadera ficha nadie conocía y, casi que, mejor). Ofendidos y ofendedores en tan lucrativa profesión del cuento se otorgaban prestigio, generándose derecho e identidad, inmunizándose al no tratar con la realidad, así como que garantizándose una inocencia desmedida más allá de la duda razonable; tan pronto eran miembros de una sociedad hetero patriarcal como homófobos o influencers favoritos.

El otro cisco lo tenían montado los veinteañeros del puerto 22 que eran super machistas y violaban sistemáticamente a las gallinitas. Una lideresa llegó a decir que fue montada por un perro, la misma que gestionaba una cafetería del tipo obrador sin gluten y, al tiempo se ocupaba de procurar esos calendarios de tías en pelotas que vendían ya fuera en Navidad o a la orilla del mar, con la condena de un par de veintenas más aprovechándose del libertinaje sexual y el derroche económico del primer mundo y sus problemas. Catedrática de Universidad que era la que vaticinaba el miedo y se procuraba su beneficio.

Al mismo tiempo otros se abrazaban esperanzados. Eran los que habían superado casi todas las regresiones de fe religiosa y una buena parte de las tonterías de la humanidad y numerosísimas sesiones de yoga, medio fallecidos a nivel global. El contacto humano tardaba en normalizarse, pero se daba. Todo apuntaba a que los del desnivel 29 volverían a dar por culo a otros. Y es que el libro de instrucciones no se equivocaba; sabía de todos los rituales. Un libro que no se podía regalar, teniendo preguntas inamovibles para respuestas capaces de llevarnos al núcleo de intimidad más preciado, en ocasiones. Un librillo de almohada, para algunos; de inolvidables veladas, para otros; y de apegos feroces cual maravilloso texto zoológico. Era horrible darse cuenta de eso, pero no dejaba de ser el primer libro para la cofradía de los sepultureros. A ellos sí que no se les podía hablar de batallas. Soldados enloquecidos y criminales poco salaces que sabían de la música con la que bailaban los otros, los que alguna vez dieron un mal paso, se saltaron las fronteras de los años o usurparon laberintos. Todos en su fetén nicho 31.

El factor humano quienes lo ponían eran los del mítico boulevard 78. Padres, muchos, de los poligoneros 48. Los últimos, músicos callejeros; encabezando las listas de los mejores éxitos y, pulsiones parecidas, quienes habían sobrevivido a garitos de mala muerte y tipos de muy mal carácter en una doblez moral nada ambigua.

Los insoportables del escalón 58 tenían su propia batuta. Gentes de relojes de cuco. Tapices. Paredes llenas de fotos. Eslóganes caducados. Directores generales, normalmente. Seres que trataban de reescribirlo todo y que su palabra fuera definitiva sin arriesgarse ni financiar nada que resolvían a la mitad, si acaso. Soporíferos conferenciando. No valían ni para agregados culturales en el Reino Unido. Si bien, en el libro de instrucciones los definían de otro modo: “un sitio elegante poblado por gentes honestas que nunca parecen trúhanes”. Todo ello por no decir hombres vulnerables y destrozados que hasta se tenían que emborrachar para ser mezquinos.

Los mejores seductores siempre fueron los del canalón 72. Hacia la media noche y durante todos los eneros tenían un plano fijo irresistible, arquetípicos de caballeros andantes, casi monacales si se precisaba marchando al ritmo del amor de sus vidas en aras de un bien mayor. Muchos de los cuales estaban hospitalizados, otros a punto de fallecer, representando ellos solos, enhiestos, la entereza de todo un reino sobrándoles las músicas y las flores de pretil, no malogrando palabras. Finalistas y debutantes. Más pronto que tarde se dejaba de llorar por ellos, llegando a entender por qué sucedían algunas cosas.  

El comercio de los hombres siempre fue otra verdad profunda de ese y otros tantos libros, países y reinos. Lo paradójico es que todo era bien común y una naturaleza amoral. 

31
Dic

Crea tu propio futuro, cabrón

De pequeño hizo todo lo que su entrenador le ordenó; haciéndose mayor, jamás contradijo a sus padres; como adulto, no paró de mover sus pies; envejecido, domingo tras domingo ayudó a colorear y colocar los cromos, dudando incluso de que él los hubiera coleccionado.

“Una sirena, mira lo que te digo Preciosa. Una sirena, ni más ni menos Princesa” siempre le espetó a su esposa. A quien veló durante más de dos años bajo los barrotes de su cama, no consiguiendo convertirse en un campeón.

Más en su falta de agilidad siempre recordó eso (“Una sirena, mira lo que te digo Preciosa. Una sirena, ni más ni menos Princesa”), y que cambiar de año siempre fue una enfermedad respetable, como los envoltorios de papel de seda.

Tampoco se apartó ni un milímetro de su programa, pudiendo leer sus amigos, aplaudiéndole en primera fila su esquela: Crea tu propio futuro, cabrón. Precio que pagó sin rechistar ni regatear el dueño de la pensión.

24
Dic

El sabor a casa

El sabor a casa jamás lo olvidó. Los relojes siempre marcaban el mediodía. No había noticias. Ni policías, ni guardias. Todo era normal. Lo moderno era tradición. Los niños eran la mejor protección y escolta: se movían, reían y decoraban, hasta se lavaban las manos. Para el mañana había fuerzas, aunque se trasnochara, que se hacía. Ni la noche ni los días estaban por encima de nada, fuera verano o invierno. Cuantos mecanismos fueran precisos se ideaban, con mesas corridas, salas de juegos improvisadas, lumbres, bebidas y comidas que no tenían hora, sí un calendario.

Quienes gustaban de rodearse de los suyos y querían sentir esa mejor compañía, cabían; quienes optaban por practicar deporte, aislarse, viajar y otros hábitos sostenibles, igualmente lo podían hacer, y se desarrollaban.

Se pagaba más de la cuenta, pero se tenía asumido de antemano, con lo que el esfuerzo se hacía y se premiaba, comenzando por lo local, mejorando las distancias. Es más, los disparates, las fugaces miradas, el perfeccionamiento y los sorteos se agradecían. Tanto las mejillas como los ojos se sonrojaban y humedecían. Las culpas y los fracasos seguían, pero eran eso.

Otros tantos sumaban apodos varios. Algunos empleados hacían empresa. Se saludaba a los jardineros, a los del barrer las calles, la gente se ponía cárdigan, y pantalones de cuero, fuera el tiempo que fuera, otras, poco. Hasta algunas/os se veían en mejor sitio en tres meses, delgados, ricos, con los muslos tersos, riéndoseles en el silencio absoluto o haciéndoles trenzas a las niñas por no ser cíclicos y albergar rencores.

En videos había desmadres y exigencias. Se recordaba cuando el coche resultó ser el lugar más a mano para el sexo. Muy raramente alguien apostillaba a la abuela, que ya no eran solo cosas de barrio, contentas.

Algunos regatistas se echaban a la mar como demonios, en su consuelo y mano. A nivel periodístico todo era poco, y lo mismo. En los hoteles surgían primeras citas, y señores cuales adolescentes.

Cada cual creaba un contexto saludable a su modo. Los jefes hacían cócteles, y llegó a haber piscinas llenas de cadenas de oro. También estaban los que perdían su corbata. Más lo preferido era cuando se veía a un niño razonando con los zapatos, porque te podían dejar un caracol, un ciempiés o el juguete preferido, ya fuera de Papa Noel, Los Reyes Magos, el amigo invisible, la propia Navidad, o la avasalladora vecina de impresionante belleza en esos días que no se soportaba el resto del año. También, con vehemencia, había quienes se decepcionaban porque esperaban una moto. Los hábitos de compra daban para todo, el mundo por sí solo ya poseía propiedades antiinflamatorias y juntarse y regalarse algo ayudaba, tanto o más que el relamer de labios de los enamorados, que también se hacían más caso que otros días.

Días en los que muy pocos les pegaban fuego a los cuadros o a los contenedores, que cuando ardían era porque alguno echaba brasas de la lumbre sin percatarse en vez de dejarlas resollar en el cubo de zinc.

Hasta darse los buenos días se hacía con solemnidad, no como arresto domiciliario. Adolescentes incluidos.

Los chuchos eran perros, los gatos almohadones de buen atuendo, los serijos el mejor asiento, un plato y un tenedor o servilleta algo valioso, y la intemperie de la lluvia o el sol la fuerza del vínculo.

A nivel radiofónico se recuperaban algunas historias buenas, tanto como que se volvían a radiar libros, y no solo clásicos. Todo conjugaba con los juguetes sexuales, artesanos o no, y las soledades en el espejo.

Se podía ser humano o asesino, pero no las dos cosas.

Después de pasar por el cajero no quedaba nada si se era impetuoso en la toma de decisiones.  

Lo ligeramente atractivo y misterioso aburría pasado un rato. Lo del mar iba bien con el mar.

La naturaleza, en algunos casos, recuperaba un poco su esplendor.

Algunas, en las iglesias, se sentían como una mariposa de luz, dentro de la gran oscuridad de las velas.

Sonaban las músicas que no eran de niños pero que podían ser de niños. Con coristas por doquier, en casa o en medio de la calle. 

A los ciegos, que eran ciegos y no invidentes, las patatas se las ponían en el plato a las doce y cuarto. Y no había mayor preocupación.

Chocolates, helados, frutas, grasas, carbohidratos, carnes, pescados y demás se comían, que no se dejaban para hacer cosméticos. Una molienda de horas y almacenamiento, aunque algunas muchachas veían crecer la hierba con tal de no comer de más, en su país de los sueños perdidos durante las sobremesas. No obstante, resultaba difícil desaparecer en el recuerdo de otros, alguien tenía que cargar siempre con la regañina, contraponiendo la insana búsqueda de lo estéticamente perfecto.

Restaurantes y grandes superficies se volcaban en el detalle y el pequeño cliente, que no solo el devenir del llenar las bolsas y el carro. “Guapa, hermoso”, les eran la gente, decían.

La vulgaridad extranjera era tremendamente atractiva en las islas. Les dejaban iluminar sus vacaciones. Previo pago, claro.

En política, como de costumbre, se buscaba a alguien a quien odiar porque era rentable. Creyéndose diferentes al resto, como siempre, o muy parecidos.

En fin, que los corazones que reían eran los corazones que lloraban. Que el pequeño Sebastián había crecido, pero había vuelto a ser un niño. Solo, en su casa. Pero reunió a todos. Encendió la chimenea, preparó con esmero viandas y dispuso los enseres de mejor modo, decorando, que no estorbando. Recuperó lo que quedaba en su casa de aquellos juegos de playa, libros sin librerías y, a su avanzada edad, solo con el olor del pensamiento y la leña encendida recuperó todo el ayer perdido, poniéndosele cara de pan en una paz silenciosa que no precisó de televisión alguna que emitiera mensajes de siempre, o vacíos de programaciones y galas emperifolladas. Entre plato y plato, o tapas, pasó las páginas de ese álbum donde se albergaban las fotos y dedicatorias de los suyos, repletas de caras conocidas que también habían crecido, algunas, con más distancias de las deseables, allén de los mares. Y no presidieron las canas, para el pequeño Sebastián todas eran personas jóvenes, incluso las de aquellos tiempos que jamás conoció. Como postre: un deseo (el de siempre).

Le cambió el gesto cuando la policía llamó al timbre y casi que se le metió adentro de la misma casa, prefiriendo las luces a las velas y cambiándole la orientación, sacándolo de ese hacer de la lumbre. La fotocopia de la cara de uno de los suyos le llevó al presente más inmediato. Un acertado policía le solicitó que tomara asiento. Y dijo sí. Desde ese momento, para Sebastián todas las horas y días le fueron segundos, encantado de volver a encontrarse con su hermana. No terminó de querer saber qué pasó, y eso que oyó de la asistente social: rapto, pelea, habrá de cuidarla. A su edad se siguió sintiendo combativo, y capaz de priorizar entre lo urgente y lo necesario. Al bastón no le dijo que no, e hizo sitio para el andador de ella o la silla de ruedas, por lo que supo. Y a su amigo el Corbata, ese perro pelón que enterró años atrás, en absoluto lo dejó al margen: “Viejo amigo, esta te va a gustar, era toda una ardilla”. La gata habló por sí y por el can, casi que haciéndose a un lado y yendo hacia la pantorrilla de Sebas (como le llamaba ella desde siempre) sin entorpecerle. La bicicleta también intentó buscarle, medio pedaleando. El horno se abrió solo y precalentó por si acaso, rematando las bienvenidas; así como que la vajilla se impresionó de tal modo que respondió con un círculo de color en cada uso, mientras el armario recuperó el espejo de cuerpo entero que años y años escondió. El felpudo no supo dónde ponerse, nervioso de más. Los enchufes y los accionadores de las luces no la habían conocido, menos aún las luces led o la silla eléctrica que ascendía lentamente a Sebastián a la planta primera, escuchándole decir a la gata Santiaga, una y otra vez: “Canalla, déjame sitio”. Una silla que ya tenía mucho aprendido, que trabajaría de más, y que podía con todo. Trucos de perro viejo tenían él y ella. 

17
Dic

Un ratito más contigo

Tisma venía a serle el complemento perfecto. Alguien que se le acercaba intentando escapar de esa guerra malintencionada, en la que no solo hubo cuatro generales, cuatro curas y otros tantos banqueros, y en la que todo se volvió fácilmente manipulable a la sazón de los discursos ideológicos y xenófobos usados de modo claramente partidista.

En diez días de lucha sin cuartel supo todo sobre el drama humano sin necesidad de verlo por la televisión o un ordenador, que los tenían, y de los mejores en sus días. De estudiante modelo pasó a ser un joven soldado en la retaguardia de sus prismáticos para defender su casa viendo partir a su madre sublevada de su padre en clara legitimidad.

La fiel infantería de su hermana durando bien poco, oyéndose unos y otros dispararse, matarse y sobrevivir en el mismo idioma y ninguno, perdiendo los jóvenes de todos los bandos, y esfumándose todo aquel ingenio, talento, desarrollo, valor y dignidad con tanto extremo e irresponsabilidad.

El bueno de Kovacevic en la cama intentaba cerrar la herida y no podía, pero lo intentaba, guerreando sin mando ni suerte. Pegarle no se le pasaba por la cabeza. Ella le atusaba el pelo, ni por Dios ni alguna que otra bandera, solo por él. Aunque veía morir a mucha gente, de muchas maneras en un rencor asustadizo, queriendo la vida, oliéndola, sintiéndola, compartiendo el miedo, su frío, y hasta esa sangre que le resbalaba de cuando los casquillos de bala vacíos asomaban de nuevo en sus oídos.

 

Extracto de la novela (todavía en curso) que lleva por título Gay y discapacitado

ambientada en un lugar donde no había tren, pero sí estación de tren; 

y donde caminar sobre el mar no era cosa de dioses, sí de surfistas; 

donde había un Cerro Gordo y una Casa Madre; también un ciego; 

y donde los buenos hombres también tenían secretos; y ellas, sí. 

El mundo engullía a las personas como ellos: sin maquillaje.

 

“Cuando escribo soy pobre,

pero siempre tengo dinero”.

PEBELTOR

Al continuar con la navegación entendemos que se acepta nuestra Política de cookies. Más información

Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia de navegación, y ofrecer contenidos y publicidad de interés. Al continuar con la navegación entendemos que se acepta nuestra Política de cookies.

Cerrar