Pedro Belmonte Tortosa

24
Sep

Vivir, y trabajar

No dije nada más, no hizo falta. Se serenaron, pero no quisieron sentarse a mi lado. Ella volvió a la butaca e intentó cruzar las piernas para luego descruzarlas, mirándome sin decir nada. Él mantuvo el tono que siempre le había dado buenos resultados, fijando los ojos en la falda de ella.

-Tú y los estadistas planetarios.

El velo de humedad y no pretender ser un arrogante con los mayores me llevó a salir.

Y entonces pasó de nuevo. Podía estar sordo, pero no ciego. Se movían alegremente, reían. Y todo sin venir a cuento. Así llevábamos ocho días. Todas las mañanas salía pronto y ahí estaban. Mis caminatas no tenían otro propósito que convencerme a mí mismo.

-Es que eres muy joven -me decían-, pero no te preocupes hijo, que se te pasará en un suspiro antes de que te des cuenta.

Solo que seguían y seguían aquellos que no levantaban la vista del suelo. Hombres y mujeres agotados de cansancio, carcamales que no paraban de bailar. Todas mis vísceras competían ferozmente por no ver más ese tumulto. Sentarme en la mesa de la cocina con un cigarrillo entre mis labios y la botella de anís no me curaba del susto. Y siempre el mismo susurro rítmico y entrecortado, que me invitaba a volver a la cama y dejarlos tontear.

-Vuelve. Tienes todo el tiempo del mundo para hacer lo que siempre has querido. Disfruta. Algo habrá que hacer para soportar esta mierda de vida, ¿no? En tus días malos te quiero el doble.

El compacto silencio de la noche abrumado por el sonido real, de la libertad total de hacer lo que a cada cual le diera la gana, no me permitía hacerme ilusiones. Eso no podría estar pasando en mi época, en mi país. Trabajar tampoco ayudaba; el ejercicio de la medicina me estaba convirtiendo en un experto en pijamas con tanto robot y, sin ninguna enfermedad.

17
Sep

Tantas cosas se decían

“He aprendido a decir tu nombre mientras dormías”, pensaba ella dejándose hacer en esos pocos ratitos de cordura que le quedaban por vivir, no pronunciándolo por vergüenza y respeto en todo ese cielo de recuerdos.

Esa cosa extraña del dolor hacía que su marido la peinase. Los dientes rotos no se los podía arreglar.

Cada vez que ella cerraba los ojos, el cielo tintado de penumbras hacia de las suyas. Unas veces sabía dónde estaba y otras tantas no. Efectivamente, los pobres no eran pobres porque querían.

Hacía tiempo ya que su fiel perro les dejó a los dos solos. Ese del gesto de la pata colocándola sobre su dueña, también ofreciéndole una mejor vida. Ese adiós quien peor lo llevaba era el esposo, pues el can reforzaba su comportamiento de cuidador; sin él, a veces se mostraba inseguro, solo con la vida de su silencio.

En ciertas noches, ella lo despertaba con el llanto de una madre como si nadie se hubiera presentado a celebrar el cumpleaños de su hijo. A sus edades y memoria compartida, en cada quincena había varias onomásticas. Afortunadamente, ya había superado la necesidad de comer azúcar.

La libertad, para esas pérdidas de memoria, no se podía comprar con dinero: el descanso sí; el mayor esclavista de la historia, como el amor y sus cuentos completos. Pero él lo vivía adrede, como en una tregua, estando otros tantos con la primavera rota en una esquina, sin cariños algunos y los retratos certeros de los anhelos del ser humano. Tantas cosas se decían sin decir, que no solo les unía el amor sino también el espanto. El hombre en el olvido, y ella, siempre quisieron a alguien que se quedara aún después de lo desagradable que podía llegar a ser la vida; y el bueno del perro que adoptaron, Verne III, que también se llevó sus vejaciones, escupitajos y gritos.

10
Sep

La juventud, que se fue para no volver

La juventud, que se fue para no volver. No pasa un solo día sin que los recuerdos, la camaradería, la ilusión interpreten erróneamente mi expresión.

Las sofocantes madrugadas, los recreos embutidos en largas jornadas de trabajo, sonreír al ceño fruncido de los amigos, el inagotable conocimiento del tiempo, cerrar los ojos para apreciar mejor sabor del primer bocado. También ser espontánea, generosa. O el tirar de aplomo para pronunciar un discurso impecable sin ceder a la menor vacilación aparentando ser ciega y sorda. Y rellenar las copas a la velocidad precisa para crear el ambiente propicio a las confidencias. Todo influye.

Más lo bueno siempre perdura en la memoria y se proyecta al futuro, que, todavía, cuando me miran podría notar el rubor de mis mejillas y hasta podría sentir el tacto de los dedos; un asombro que me expondría y del que necesitaría tiempo para recuperarme, abrumada por el estupor. Y medio reiría, una risa que no lograría disipar del todo la tristeza que flota como una nube tenue y sombría. Pero reiría, cristalizando el nerviosismo… y no hará falta mucho más, pues tampoco necesitará terminar las frases para interpretarme, aunque tengamos una inquietud muy parecida al miedo con movimientos de los que cortan la respiración… Me lo he explicado muchas veces. 

5
Sep

Ser escritor, para no pudrirse igual que el resto

La atmósfera actual no es en absoluto irreal. El mundo no deja de ser un balcón con vistas y por mucho que escondamos la inacción o las imprudencias en las edades del viento que nos corre, cada noche, de día, o por más valor y calma admirable que se pretenda, el conteo es el que es, habiendo contagios hasta en la playa más fea del mundo. Un mundo que se ha convertido en una cárcel superpoblada hasta para las personas que les planchan las camisas a los ricos y minuciosos millonarios.

No obstante, tal y como dijo Walt Disney: “Pregúntate si lo que estás haciendo hoy te llevará a donde quieras estar mañana”. Y uno lo hace, hasta pide un deseo y cree que se cumple. El engaño también forma parte de la vida. Porque la magia es eso, la proeza de los insignificantes que por una vez se envalentonan cuales asesinos honorables para no terminar pudriéndose igual que el resto.

¿Cómo? Basta con cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar. Un azar que no busca comprender ni coincidir exactamente. Entonces, sí que se siente una sola saliva y todas a la vez. Y los círculos de tiza del suelo, o los bancos en medio de un camino, sirven para mucho más que la poesía moderna trasnochada del arrebato y el dejarse llevar.

Como escritor, pedir un deseo supone un antes y un después, al igual que la pandemia del coronavirus, que según parece también maneja su propio azar. Soñar, desear, no deja de ser una enfermedad que busca atraparte y hacerte suya, contagiándote. Ahora bien, cada cual puede sentir la sensación de ingravidez, de pertenencia, o de placidez y alegría, que también de estupidez o de estar mal a su manera. Porque el escritor y el lector toman sus propias decisiones. Lo de arrodillarse o venderse viene después, cuando se abarata la vida, pero escribir y leer es como presentarse en una juguetería y tener a todo un colegio mirándote por fuera de los escaparates, arremolinados, también la más pura e insolidaria soledad; y a su vez, tener que estar obligado a tener disciplina, trabajo y atención, salvaguardando la inmediatez. La misma prisa que a uno le recorre cuando no sabe si deshacerlo todo y recomenzar, que no deja de ser una impostura para el que escribe y para el que lee. Luego, vendrán los restantes deseos, que nada se desdeña, pues la lectura nos abre las puertas del mundo que nos atrevemos a imaginar.

También están los que dicen y seguirán diciendo que las cosas eran como habían sido siempre. Con o sin lámparas templadas, que se encienden y apagan a rachas, obedeciendo a su necesidad.

Sin embargo, mientras uno se pregunta si lo que está haciendo hoy le llevará a donde esté mañana, en honor a Balzac, bien es sabido que un libro hermoso es una victoria ganada en todos los campos de batalla del pensamiento humano. Y se intenta.

Libros “hermosos” para no pudrirse igual que el resto

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3
Sep

¡Abracadabra!

Cumplir escrupulosamente las instrucciones, sucumbir a una profunda mezcla de sentimientos, estar al filo de la medianoche, que nadie se acordase nunca de los muertos de la fosa común, y experimentar con otros.

Así transcurrían los años para una buena maga, ahora bien, ella se sentía traicionada y era una fanática de la magia, por lo que daba miedo no tenerla cerca, y porque sabía muchas cosas que podían hundir a cualquiera.

No le movía la codicia, sino la indignación, el ansia de revancha. Creía en la virtud de estirar el tiempo igual que una goma elástica, sobre todo cuando la sotana le quemaba el cuerpo.

Enemiga de dar nombre a las cosas, sobre todo a las difíciles de bautizar, la pócima venía a representar un símbolo del mundo. Las cosas grandes, las ideas puras y bellas, andaban confundidas con la pandemia, la falsedad y la maldad: y no había mejor modo de separarlas.

La hipocresía del pecado ya no lo disfrazaba todo.

Con la mirada erguida y el olor de la tierra, las lentejas con ceniza consumían la piel del tiempo en ese azar y lumbre, cual asesina honorable. Esa y no otra era la proeza de los insignificantes: que sabían hacer cosas, que tenían amor propio, que no estaban del lado de allá de las políticas de unos y otros; y miedo ninguno.

“Los extraños que me pueblan son mi peligro”, dijo. “Abracadabra; abracadabra”. Pinceles sin pelo, niños boca abajo, manos encallecidas de algunos… De todo había junto al puchero. “Nada está perdido si se tiene el valor de proclamar que todo está perdido y hay que empezar de nuevo”, esbozó justo antes de prenderlo y darse a la soberana libertad, como si por primera vez su boca se entreabiera de veras y le bastase con cerrar los ojos y comenzar de nuevo, apoyando apenas la lengua en sus dientes, con ese perfume viejo del silencio y el crepitar de lo que se estaba cociendo por debajo de la mano que acariciaba lentamente el simultáneo aliento de los que con dolor se ahogaban.

27
Ago

El rincón de las cosas que faltan

A aquellas alturas, la condición de mis pacientes clandestinas cambiaba mucho. Las solía dejar a solas con la angustia durante al menos un par de horas; quizás toda la tarde. Me buscaba una excusa y me ausentaba. Era su momento, su realidad. Con el tiempo llegué a adivinar los gestos de cada cual.

Al volver, siempre se comportaban como si no hubiera llegado nadie, y no se apresuraban a despedirse, tal que nadie las esperase e incluso que ningún hijo suyo levantase por un momento la mirada buscándolas.

Poco a poco fui menguando las visitas, incluso las educadas en la fe católica. Me di cuenta que todas las actrices mentían. El sonido de sus risas hacía cosas en mi corazón, quisiera o no. Intenté disuadirme metiendo una vez a un violinista imposible en tal rincón un día, pero seguían ellas y sus gritos sordos; y de lo poco que conseguí es que saliera de mis adentros el dios de la ira. Quería tener de todo, pero no quería que todo se viera por miedo a perderlo. Me daba miedo llegar a tener algo más fuerte que yo y que pudiera esfumarse todo.

Ellas, de un modo u otro, presentaban la misma sintomatología: querían que alguien luchase por ellas, es lo que siempre habían querido. Confesarse con un extraño, por doctor que fuera, no les variaba el gesto de nostalgia cuando sonaba el timbre. Se les iluminaba la razón como si fuese a llegar alguien a buscarlas, cuando no era más que el sonido que anunciaba el fin de la terapia, mezclando las luces cálidas con las sombras frías.

Todas, igualmente, llegaron a tomarse el café ojeando de pasada el periódico, y hasta se ofrecieron para hacerme algún que otro recado. En principio fue la calma, a simple vista, lo que les podía. Por eso, y por mucho que pudieran doler sus consecuencias, el rincón de las cosas que faltan habría de quedarse solo algún día, inexorablemente.

Media docena de pasos bastaron para que me sintiera más viejo, más cansado que en cualquiera de los fracasos anteriores, porque nunca me había implicado tanto, porque nunca había hecho tan bien lo que me pedían, pero, sobre todo, porque tenía la certeza de que acababa de quemar el último cartucho.

No obstante, la miseria de la situación actual sobrepasa con mucho todo lo que hemos vivido hasta ahora. Aquel rincón no es más que un gueto o cárcel superpoblada, por desierto que esté, habiendo quienes sostienen los días y los trabajos cansados, rotos o muertos de dolor e indignados en el invierno más grande jamás visto. Una masacre de frío glaciar bajo la luz pálida y gris del alba de un verano que no fue, ni primavera tampoco, apostado ya el otoño en la cruel soledad de los soldados que caen irremediablemente en la batalla. Sí, aquel rincón de las cosas que faltan, por donde se mostraba un valor y una calma admirables, pudiera ser la playa más fea y angosta del mundo cuando la atmósfera se torna en irreal en tanta paz salvaje de no saber enfrentarse con medicina a la medicina y las personas.

La vida es breve, el arte es largo, la oportunidad fugaz,

la experiencia engañosa y el juicio difícil. (Hipócrates)

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