Pedro Belmonte Tortosa

26
Mar

Ser escritor y el estado de alarma

¿Se escribe más o menos en un estado de alarma?, ¿cobran mayor sentido las historias? ¿Supera de veras la realidad a la ficción?, ¿es un servicio mínimo o esencial, escribir? ¿Cambiará la percepción del mundo conocido el Covid-19?

Por orden. Como escritor, decir que me cogió el estado de alarma con un libro recién empezado. Se llama La importancia de verse. Y estoy en ello, procurando aislarme de tantas noticias, que vienen a ser todas la misma. Y como tal, uno, al escribir da rienda suelta a una o varias historias, confinado o no. Ese libro iba a ser una novela romántica, situado en los arrabales de la Pompeya italiana. Solo romántica. Ahora bien, el arlequín de ese bicho otorga más vergüenzas, por lo que tan pronto busco el celo de los protagonistas como que les sumo todas esas preguntas y ese mundo de los contratistas hospitalarios o la desidia y mala gestión de la Administración Pública. En esa Italia todo es posible, de hecho, hasta se han invertido los tópicos, porque son más obedientes las gentes del sur que las del norte, disciplinados en sus casas y oficios. Pero no, no se escribe más ni mejor: los días siguen teniendo veinticuatro horas, y todo esto pasará.

Tampoco es que cambie la percepción del mundo. En el mundo sigue habiendo personas con discapacidad, gilipollas y a quienes la emoción les puede. Un escritor, en sí mismo es alguien aislado y conectado. Que observa y que pone voces. Se suele ser alguien sin cualidades excepcionales, básicamente decente y de instintos sanos al que le puede gustar pasear, comer, reír o estar en forma, por ejemplo. Y que carece de aptitud y vocación para la grandeza. De ahí que toda su fuerza transformadora y destructiva la canalice en las letras, aplastando sin misericordia a los políticos o a quienes haga falta, modelando con brutalidad e imponiendo una moral a sus personajes. Una moral sin una psicología en concreto, y con todas. Lo que viene a ser una estupidez de dimensiones patológicas, que es lo que tenemos con la pandemia actual.

¿Nos merecemos estar encarcelados por un microbio? Un microbio que enriquece la vida y endiosa a las buenas parejas… Pues algo tendrá de goce, de generosidad y de crueldad cuando todavía la gente no sale a la calle armada con un palo o con reliquias de santos dando rienda suelta a sus alegorías. ¿Y lo de descubrir al vecino?, ¿o que las pistas de hielo pasen a ser morgues? Pues no sé, cada cosa a su tiempo.

Pero sí, con o sin alarma y de principio a fin, escribir es desafiar la condición propia. Mover primero en el tablero que nos da la vida. Nadie hace la historia, la historia que no se ve, tanto como que no se ve crecer la hierba; y crece. Obviarlo sería un aparente conformismo.

Se escribe por el amor desgarrado, por justicia social, por no ser simplista, etc. No hace falta una significación ética o darse a la fe rectilínea. Los textos son como los microbios, cada cual con su excitación y urgencia, con su carga de dosis letal. Otros apocalipsis en la ilimitada geografía de la tierra y las mentes, que como todo se debe a la imaginación, al sufrimiento y a los caracteres rebeldes, enérgicos o medio templados buscando maneras de vivir.

Y lo mejor: ¿supera la realidad a la ficción?… No tanto como usted cree. Y usted, ¿no se la ha jugado nunca a sus principios? Básicamente es eso lo que está sucediendo con el Covid-19. Pareciera que ahora los principios no son fundamentales, más al día siguiente, cuando todos volvamos a vernos volverán las prisas, los daños de siempre y los pulsos de las ciudades. ¿Viviremos cantando entonces?, ¿tendremos un grado de felicidad más elevado?… NO. No habrá una solución pausada, racional, pero sí que ayudará haber sido -todos- niños pequeños simpáticos o habernos besado en silencio.

¿Cambiarán las prioridades, al menos? Me reafirmo en mi idea de que somos sentimientos, solo eso. Luego, no. Quizás enderezaremos un poco la cabeza, tendremos la mirada clara, pestañearemos más veces o sintamos punzadas de dolor en las retinas al mojarnos la lluvia.

Lo bueno. Que para algunos los labios tendrán un ardor desconocido. Es más, el hombre tiene una pésima memoria para las cosas que arañan. Nicoletta en sí misma seguirá siendo un misterio. Se conocieron hace décadas, Fabrizio y Nicoletta, que es en la propia infancia y juventud cuando se forman los recuerdos. Apenas en la alarma se habrán saludado un par de veces.

Fabrizio, en cualquier caso, seguirá llevando un pañuelo de tela blanco en el bolsillo izquierdo, para en el otro, quizás dejar espacio a un cariño ingenuo. Aunque lo mismo lo sacrificaría por el bienestar económico: que será la otra guerra, acomodados al fin en un mismo piano emocional.

Consecuentemente, lo esencial, lo mínimo: el amor. 

 

 

23
Mar

Newsletter de Marzo 2020

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21
Mar

Mary McCarthy

Nadie es más esclavo que quien falsamente cree ser libre. Así es la obra: Mary McCarthy, donde no se sabe si perdonar sería la palabra adecuada, pues las historias no cambian las ideas.   

Las horas que necesita la locura de la ciudad de Manchester y la complicidad a través del tiempo hacen que algún que otro personaje nunca haya tenido dieciocho años porque estaba trabajando; y no tiene reparo alguno en confesar que lloró mucho. Con ternura, pero con crudeza; y una joven con una sensibilidad especial que nos brinda ese enlace truncado que nos permite reponernos de las heridas causadas a través de la reflexión y la melancolía conforme avanza el texto, sutil y perturbadora. Otra manera de apreciar todos esos días quietos de los seres viajeros.

Mary está en Manchester, justo en la trastienda de una apreciadísima biblioteca, y donde se explica el por qué los hombres blancos enfurecidos consiguen lo que quieren. Sí, es una sociedad llena de contrastes: modernista en los albores y tradicional en el cuño del dinero y el poder, como siempre fue y será. Narrar las peripecias de humildes y grandilocuentes abnegados aporta frescor y belleza, aunque apenas tengan espacio para vivir.

No en vano, es un clásico inspirado en muchas generaciones de mujeres luchadoras, y hombres. Con humildad, insurrección y estrategia, sale a flote el conflicto del Reino Unido por ser precisamente eso, un reino. Escocia, las Irlandas, Gales e Inglaterra abren esa rara ventana al mundo de la corona interior y los viejos pupitres.

Además, se cuenta la leyenda de la biblioteca John Rylands. Una especie de credo empañado por el poderío de alguien que se hizo rico con los telares de algodón y los que en su mitad vagan por estar completos.

Pero es Mary McCarthy la que pasa de princesa y ordenanza de esa biblioteca radiante a criada en casa de príncipe. Una emoción que se produce, como todo, en el Reino Unido: enmascarado. O no tendría jamás la oportunidad de acercarse a ellos.

Otra frase que podría resumir esta obra, sentimientos podría albergar el gato Garlan o la propia Marilyn (su alter ego), alguien que no sabría llorar y algo por lo que vivir, vendría a ser: Cuando los inviernos eran inviernos.

En definitiva, se supera el poder y la depredación en esa ciudad de Manchester, viajando, en el cercenado y peligroso, que también placentero, mundo de Mary: la que nadie saca a bailar más que por un compromiso. El señor Griffin, un galés, irlandés, escocés o quizás hasta francés de pura cepa, pudiera hacer que todo cambie, tanto como que puede convertirse en una pesadilla para la mismísima Reina Isabel II. 

¿Nos robaron la juventud con todos esos cuentos para niños y niñas felices?, ¿cuál es el oficio de vivir bien? ¿Pagarse cada uno sus balas?

 

21
Mar

China y su entorno

Lo que fue ya no está, pero brilla contigo es el mejor resumen de la cruel y dura obra: China y su entorno. 

No sé si he justo o demasiado estricto, soñador o embaucador, si bien, si queremos historia hay que hablar de todo. Igual, si me llaman tonto no me parece lo menos adecuado, más que nada por ese estilo de narración tan complicado que me ha obligado a usar esta obra y su destino. Y no, no soy historiador, dicho sea, con toda la seriedad intelectual, pase lo que pase:

-¡Qué sino Roma y el sur del Rubicón!

Primero hice El libro de los hunos, quizás, probablemente el más atrayente y dificultoso de hallar (hay que leer hacia la tercera y última parte del libro para saber de esos pueblos perdidos y hallados); después concebí Las ciudades bazar, explorando otras zonas del mundo donde no todos llegan, sitios dentro y fuera de los entornos; y finalmente, escribí Nadie mejor para una canción lenta, que es la obra que lo engloba todo, haciendo redonda la historia de toda esa China y su entorno.

Todo ese sojuzgamiento de las Américas, dentro de la humildad que siento y a la que estoy obligado como escritor, la empaticé leyendo Las palmeras salvajes, obra de W. Faulkner, y también una parte de la integrada 4321 de Paul Auster. Esas obras tenían y tienen trampas extras, como la que he pergeñado. Incluso preguntas personales, de amigos y enemigos. Y luego pasa lo que pasa, que la realidad a uno le pone nervioso y se sufre en la exigencia, en la crítica y en todas esas finales, porque el libro ha sido todo un caos, justificando ese teatro de mi otra vida (lo que nadie se atreve a responder): la familia, el trabajo que paga las facturas, las amistades, y ellas (un todo y nada).

Otra frase que podría resumir esta obra la leí en algún sitio, frunciendo el ceño, pero no recuerdo dónde: Los perros no hablaban, pero oían muy bien.

Lo que sí les aseguro es que no he estado alquilando hamacas en la playa, ni echado en ellas, con todo mi respeto, igualmente. Me ha costado mucho, muchísimo, echar esta suerte. Más el día en el que el baile se acabó, llegó… ¿no? ¿Qué castigo me pondrían? ¿Debería dedicarme a otra cosa?

 

19
Mar

Engranajes desde la distancia

A su mediana edad, por un casual, se dio cuenta de que eso estaba ahí. Nunca antes había usado la misma: cuando el terrible error de meter la mano en la boca del perro. Ahora, la sintomatología era bien distinta. Flojedad de piernas, dolor de lumbago, comer por dos veces, merendar por otras tantas y las matemáticas de las pérdidas al ver hacia la noche el estado de los mercados bursátiles o lo poco que importaba que lloviese, hiciera sol o nevase cuando nada y todo se quería, porque los telediarios decían lo mismo que el día anterior pero aumentado en cifras en una rara homogeneidad.

La religión y la magia iban de la mano, no podían detener a ese bicho. El bicho que dejó todo en tiempos de silencio y de darles vueltas a la vida: esa otra intocable herencia. Pero sí, los espejos estaban en silencio, ya no sabían dar imagen alguna para que los días fueran menos raros, todos iguales. Uno, una, se miraba y la mayor parte del tiempo se veía a sí mismo/a: ni guapo, feo o con o sin actitud. Era como si una caja de cartón se mirase en el espejo. Solo había cartón y comparecencia. Ni retrasos, porque no se llegaba tarde a ningún sitio. Todo era el mismo acontecimiento: una espera compleja. Los estudiantes eran eso, estudiantes: tenían más clases que nunca. Hasta deberes de música para quienes no se habían matriculado en esa optativa. Los progenitores, por decreto, no admitían interpelaciones -pasadas las mil-. Decían las malas lenguas que un adolescente dejó de ser adolescente y pasó a ser persona en tal encierro (jamás se pudo probar, no existía documento al respecto).

El mundo se había vuelto extraño, los repartidores eran de veras los dueños de las calles. Ni ecologías ni leches. Fueran como fueran. Como si querían conducir comiendo patatas fritas y a toda pastilla; estaban autorizados. La policía hablaba, no multaba. Y hasta se admitían manuscritos literarios en las editoriales: se habían leído todo lo habido y por haber, o bebido. La gente necesitaba a infelices o aventuras tuvieran o no un final feliz. Un libro era algo agradecido. Ya nadie se preocupaba por los secretos más extraños de los millonarios, o por cuchicheos sin épica. Eso fue lo que simple y llanamente confundió a los gobiernos: todos. Cuando liberaron a ese bicho creyeron que toda persona pasaría a verse como una foto de sí misma. Y no. Entonces, ¿por qué caían las bolsas?, ¿o por qué el sexo pasaba a ser algo habitual pasados los cuarenta y cinco? Una economía quebrada por la deuda, en la que no hacían falta los abrigos.

No parecía el mejor largo camino a casa. Ahora bien, Roma acogía la mayor exposición de Rafael de la historia y tenía más visitantes que nunca, con la población guardándose del contagio en sus casas. Eso tampoco lo habían previsto los gobiernos. Jamás creyeron ni en sus mejores análisis que la gente fuera a ser tan solidaria. La comisión que estudió la idoneidad de contaminar o no, apenas contempló otro escenario. Lo más, previeron nueve meses complicados. Empezó en Tokio, pero allí la virulencia no fue tal. El bicho llegó en su punto álgido hacia la vieja Europa, a ciento y pocos días de los Juegos Olímpicos. Eso sí que sucedió según el protocolo. Ahí no hubo nada que cambiar. Otras cosas sí. La red de peluqueros a domicilio quedaba la margen, ni ellos mismo se lo creían. En su puta vida habían tenido tanto trabajo. O los perros. Ya no quedaban, sus propios dueños los habían exterminado. Cada gobierno debió intervenir los suyos. Gran sensibilidad tuvieron aquellos que cedieron a la causa a sus mejores amigos antes de que los transportistas y los farmacéuticos los reclutasen a fin de mantener el orden público. En el corazón del bosque tuvieron arrestos, algunos dueños, de arrinconarse con los mismos, si bien, definitivamente los farmacéuticos se aliaron con la Superioridad e impidieron que aquello progresara. No estaban en la Edad Media ni en los bosques de Sherwood. La lucha ideológica entre la derecha y la izquierda ya no tenía sentido. La inconsciencia de la gente era otra. Tampoco es que alguien esperase la llegada de los americanos, con nuevos productos, estilos de vida y lenguajes.

Siete tiros y colgado boca abajo hallaron a algunos. El respeto a los demás renacía en uno mismo. La nueva novia de cincuenta y tres años de uno lo lloró a puerta cerrada. Apenas un par de líneas fueron suficientes para que esa despedida fuera la más apesadumbrada. La gente lo leía absolutamente todo. Hasta el punto de que también fueron ellos quienes interrumpieron sus carreras profesionales. El encierro lo normalizaba todo. Los del Reino Unido se creían franceses y nadie sabía nada. El sellado de las fronteras siempre se vio necesario. No así el desabastecimiento de papel higiénico a nivel interestelar. Los supermercados hubieron de poner límites muy concretos en productos para evitar el acaparamiento abusivo de los clientes. El desbordamiento era colosal. En toda la vía láctea no había mayor protección que lavarse las manos profusamente veintisiete veces al día de media, como poco.

Hasta a los más románticos se les había olvidado tal fantasía con tanta sociedad de la información y presencia en las redes. Asco se le tenía a los gérmenes. Y cariño. Sí, pero no uno cualquiera. Demasiado poco había sucedido. Lo peor estaba por llegar. Y no era precisamente por emular las condiciones laborales  de países como Singapur, Hong Kong o las Coreas, que ya estaban unidas. Una licenciada en Económicas y Políticas por la Universidad de Essex lo adivinó sin ni saberlo. Los tiempos del odio no era lo más detestable. La gente quiso usar las bañeras de sus casas y no tenían tapones (los habían perdido, tirado), o lo que era peor, las habían sustituido en los años previos por mamparas y platos de ducha de mierda. Todos esos años dejándolas inservibles, o anuladas, con tanta vida de corrido de sus propietarios o inquilinos para acabar mirándolas y poco más.

Luego, ¿cómo proceder con todo ese cargamento de vino, cervezas y hasta leche semidesnatada? Los licores se los estaban echando por todas partes para desinfectarse generosamente, sobre todo con esa ´la mayor caída de la Bolsa´, algo plausible. Psiquiatras y psicólogos, que no estaban obligados a permanecer en sus casas, confinados, se fueron a tiempo. En todo el mundo interior y exterior. Otros, que como los farmacéuticos sabían de las reglas del juego. Al menos temporalmente. Con tanto distanciamiento social la gente echaba de menos un baño, con o sin agua, pero un baño, de la mejor manera posible.

Quienes habían vivido previamente alguna guerra fueron de los pocos que alumbraron esa posibilidad. Allí estaban, preparados para esos tres meses de parón. “Si el periodo agónico no es breve, debe realizarse una transferencia a un ambiente no intensivo”. Eso recomendaban los especialistas: esos psiquiatras. Quienes lo intentaban con sus familias y ellos mismos. Los gobiernos tampoco habían previsto eso. Los gabinetes de crisis nunca pronosticaron que fueran tan importantes las bañeras. Grandes, medianas, pequeñas, con escalón, redondas, cuadrangulares, tipo SPA, etc. Sus sustitutos naturales eran los fregaderos. Muchísimo tiempo pasaron algunos en los mismos. Sobre todo donde había alguna ventana cerca, aunque fuera con vistas a un patio interior. La naturaleza de los asuntos lo requería. Era un sobrecogimiento global. En Marte, Plutón, Júpiter, La Tierra. Bien es cierto que no era metodológicamente razonable.

Y el Rey, antes o después se pareció a su padre: institucional y humanamente. Quizás fue su comparecencia más difícil, por ese todo. El Jefe del Estado y su familia, con la gratitud personificada en esa primera línea de defensa: las roomba y otras tantas máquinas aspiradoras medio autónomas. Por fin nadie les estorbó, uniéndose en torno a un mismo objetivo. Con serenidad, con confianza y también con decisión y energía, adaptándose a las indicaciones de las autoridades y expertos: “cuidado con el agua caliente; poca o mucha, quema”. 

Era fácil decirlo, y también se sabía que no era nada fácil volver a la normalidad. Más temprano que tarde bajarían la guardia y saldría de esa palangana improvisada, recuperando la vida de convivencia en las calles, puestos de trabajo y comercios: otros pulsos, vitalidades, fuerzas. Una sociedad en pie frente a cualquier adversidad, paradójicamente arrumbada a ese pequeño espacio, por común y distinto. Los farmacéuticos siempre lo supieron. Aunque también hubo excepciones. Algunos profesionales apenas pudieron bañarse en una copa de vino. De lo que no habían dicho les pareció bien, a todos -borrachos o no-; y de lo que dijeron los gobiernos, siempre les gustó: unidad y conciencia. En el 2085 aún las farmacias seguían usando el celofán transparente para ponerse a hacer esos puzzles con la excusa de las recetas. Una especie de distopía que lustro tras lustro la hacían realidad, ordenándolas, con cada crisis pandémica. En ese sentido eran los únicos que no se aburrían singularmente. Otro tipo de madurez. Las reediciones de cromos nunca llegaron a esas pinceladas de realismo porque confundían y se perdían el sentido de la realidad. No bastaba solamente con la esperanza de pegar una etiqueta áquí o allá´, había que hacerlo difícil. Cinco años eran muy largos. La gente tenía que entretenerse leyendo códigos de barras en un esfuerzo de solidaridad y entrega, sobre todo con los más vulnerables. 

Era tan grande el enemigo, que los modelos ideológicos alternativos tampoco calcularon sustancialmente que todos los universitarios querían entrar a las facultades de farmacia, ya tuvieran una, dos o tres carreras a sus espaldas. Había tal convergencia de sensibilidades, que recapitular todo eso daba acompañamiento y simbolizaba y empatizaba con la causa de ese hilo común denominador de las preocupaciones de los ciudadanos: pasar el rato. No se podía pedir mucho menos, hubiese o no monarquías parlamentarias. En otros tantos países y planetas sucedía lo mismo. Esa preocupación. Ese sentir. Ese hilo conductor de los ciudadanos y de la política. 

El descontento titánico sobre ese particular empezó un 2020. Y otras tantas cosas. 

 

12
Mar

La importancia de verse

Ahora que hay que ser obedientes y atender a lo que nos recomiendan -los especialistas- de cara a los virus,

no estaría de más leer un poquito y cuidar lo que se tiene, porque al final uno termina creyéndose lo que hace.

Y después, que todo pasa por piedras que haya en el camino -incluso sin ninguna razón en particular-, todavía más.

(Un tonto es el que hace tonterías)

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