Pedro Belmonte Tortosa

13
Dic

Zapatitos y el bastón roto

De pequeña quiso tener un restaurante, pero acabó trabajando en una zapatería. Y no era suya. Como cocinera también hubiera sido muy discreta, quería valer lo que valía, más aún en esos negocios de larga tradición que habían vivido el relevo generacional y estaban siempre de cara al escaparate, bajo los envoltorios.

En un lugar donde necesitaba el reclamo escuchaba de todo, como esas frases tan descomunales del “las mujeres solo son propiedad de los caballeros”, siempre, con el sigilo de un gato que rondaba a un pajarillo dormido.

Ni la sonrisa la delataba, lo más, que de cuando en cuando abría la ventana de la trastienda y respiraba, imaginándose el espacio exterior. Incluso, lo olía a barbacoa en el estío, la pequeñita astronauta. Claro que, eso era cosa de uno de los jubilados, el que extrañaba y le sonreía plácidamente.

Ese le regalaba los oídos llamándola Zapatitos. Y lo decía por todo el arco mediterráneo, porque unos días, pocos, se lo llevaba su familia. -De veraneo- decía él, insatisfecho -dos días-. También la noche de Navidad. No más.

-¿Pero quién te crees que eres?- lo oyó ella quejarse, no sin dificultad.

Más hubo de regirse el abuelillo por ese plazo que le imponía su hija, quien deseaba seguir en ese su piso, con quien había vivido por excelencia. No obstante, el día a día les superaba a todos.

Hacia la noche ya era otra cosa. Era su momento. No se sentaban a la mesa. De alguna forma ese le convidaba a moverse.

-Deja ya de preocuparte por el peso- le dijo el anciano una vez -confía, la tienes- subrayó contundente.

Como en una soleada mañana de marzo desdeñosa, la parca soledad les unía.  Eran amigos, el de la gorra y ella, quien le ponía música a su vida.

Todo empezó, porque un día el guardia civil no pudo dominarlo todo, y ella, patrullando por esa ventana no dudó en saltar encarecidamente y ayudarle. Se había tropezado con su mismo bastón. Ese hombre, que de joven se subió a muchos tejados mirilla en mano, no cesó en su empeño hasta que la jovencita aceptó verle luego, al cierre del negocio. Fue entonces cuando aprendieron a valorar lo realmente bueno, con la interrupción de esos dos minutos, cada tres días, en los que él debía atender a su hija por teléfono, distante más de mil kilómetros. La cual, sentía una envidia brutal de la ´niñita tendera´, como la calificaba, quien iluminaba dos hogares en uno y ninguno.

Si bien, la miseria calculada de esos días le hacía ver que distaba poco para separarse, y se le ensombrecían las piernas a Zapatitos, pero giraba y giraba, como podía, liándose y jugando a la confusión. Lo que pasaba, es que no cesaba de rondarle ese colmo de la realidad invisible al que pasaba las noches durmiendo en la misma habitación en la que vivía de no ser por su invitada:

-No me quedaré tranquila mientras sigas viviendo tan lejos. Te traeré cerca. Hay una residencia estupenda. Tienen arneses y líneas de vida.

 

9
Dic

Ser escritor y todo eso de las religiones

Cada uno, dentro de sus singularidades, es excepcional.

De igual forma, saber de dónde se viene es estupendo, maravilloso. Y es una labor de todos. Habiendo hueco para todos.

A partir de ahí es mucho más fácil llegar a la gente, no por ello se debe ser profeta. Si la cultura mejorase y el consumidor fuese mucho más exigente, todo sería más acorde a lo que es y se es: un reto de todos.

Reto de mejorar, de conseguir que a todos nos vaya bien.

Por promocionarnos, se hace de todo; se adquieren compromisos, se buscan proyectos comunes, etc. Modestamente, no creo conseguirlo. Si bien, se debe trabajar en la comercialización, dándole información al consumidor, y fomentar todas las cadenas de distribución, cuestión, aparentemente sencilla, pero enormemente difícil. Y sí, hay que tener orgullo de lo que somos, fuimos o seremos: ese techo de cristal.

Tenemos de todo, todos. Y es una extraordinario suerte; muchas veces el problema, que no del sector, sino de la sociedad.

Respecto de los valores: con ellos ganamos todos.

Permítanme una simple reseña. Fomentar y difundir la cultura no es algo que deba acometerlo el escritor. Siempre lo dije, el escritor escribe, comparte. Esa es su campaña. No tiene otro objetivo que sacar ese yo interior, y ser capaz de trasladar y hacer llegar sus percepciones en un moderado diario: un producto cotidiano, sea o no accidental.

A la hora de plantear ese rato bueno, tranquilo, fantástico, que invierte todos los consumos, uno viaja y ni se mueve; también hay sueños de los más cotidianos, milagros y frustraciones. Todo es una manera de pensar. Es muchísimo el trabajo que hay detrás de las palabras y las letras. Recetas, que todas las civilizaciones las tienen. No son la sorpresa del siglo, con tanta era de la comunicación, naturalizando el consumo, las situaciones, y explotándolas más.

Por hacer hincapié en la normalidad, destaco un libro, de esos para juntar a la gente, el cual ya me queda lejos, lo escribí hace varios años. Quise saber de las puertas de Jerusalén y todas las anécdotas de las muchas religiones que van a la limón hacia la misma. Se llama… fíjense si he escrito después, que no me acuerdo del título, sí de lo que quería: la esencia. Hecha la consulta a mi web www.pebeltor.com lo tengo: Zanahorias para todos.

Consulté historia, le pregunté a un amigo que sabía del tema, mejor aún, que lo sabía explicar. Alguien que jamás viajó pero que me hizo sentir ese hoy por hoy como si fuera ayer desde cada rincón de esas puertas. Sí, rara vez la gente ve lo que tiene delante.

Me puse en remojo unos días antes, y desde entonces sigo mezclado, reducido. No es la única vez que me he referido a las religiones. Son tradiciones que están al vacío en todos y cada uno de nuestros minutos. También son docencias para reventar lobos. Pero sí: lo que fui es lo que soy. Y estaré donde la emoción me lleve, pues el mundo cambia a nuestro alrededor y hay que estar, siendo.

Regálate sentimientos: lee, escribe… aunque solo sea para obtener el eco de tu respuesta; ese pudor de hierro, del estar vivo y el vivir, herramientas de comunicación, versátiles, sin problemáticas ni conceptos. En todo trabajo hay preocupaciones sostenidas por esas cuestiones existenciales. Siempre hay que formarse a uno mismo, y trabajar en comunidad. 

Yo soy el que soy, yo soy el que estaré

Antiguo Testamento

7
Dic

Newsletter de Diciembre de 2018

Para poder ver la newsletter pinche en el siguiente enlace: Newsletter Diciembre 2018

6
Dic

Vuelta a empezar

¿Por qué se pierden las confianzas?, ¿por qué las amistades se esfuman? ¿De verdad son los trabajos y los días?

Su rostro estaba tenso, los ojos enrojecidos, malamente vivos. Quien fue mi amiga vino en su sofoco, justo semanas después de que dejase de hablarme. Yo no lo pedí, ni ella; la empresa decidió, tras tantos años incompletos. Era su voz el único refugio cómplice. La que parecía reunir los mejores dones.

Y como que me olvidé de los ojos, su pelo negro actuó. Ella también. Estábamos solos; el otro vértice, su as de corazones quizás también estaría soñando hacia atrás en su zona de confort, con agujetas, ya sin más quinielas ni caminos de ida.

A mí, como a ella, compungida, me tocaba aceptar esa calma del saber perder.

Pude casi que olerle el temor pavoroso del no fiarse. Cuando le fui un ángel me apreciaba, se gustaba de tratar conmigo; ciertamente creía manejarme, como toda mujer que se precie. Y claro, los desempeños son los que son: cada uno con sus responsabilidades.  

Semanas atrás cometí el error de haberle dado explicaciones. Pero estaba solo, me sentía solitario, enojado, molesto por su quehacer y el de la empresa y los muchos entuertos, que también los tengo. No supe de las transparencias de las piedras y del saber desaparecer: esa extraña manía de estar siempre.

Aquella exigencia la hizo más combativa y lo que antes era servicial, olvido del bueno y ternura quedó en nada. Otra suerte de la vida con la que lidiar. Su nadie a quien seguir. 

Y de todo ello, con perspectiva, uno sabe que las diferencias las unen las muchas culturas, los trabajos y los días. Todas, todos y cada uno/a. Sí, en este mundo uno tiene que saber dónde está y lo que hay, además de lo que quiere. 

No obstante, lo que de verdad me duele en el alma es que dudase de mí cuando le pedí ayuda al ver rimar todos los dolores hace unos años y no poder hacer nada, salvo certificarlo y someterme a las grietas del juego de la vida. No acudí a ella por desesperación, sino porque era mujer, madre, amiga, de esas pocas personas que estaban, pero… hay muros de humo, culpas y convicciones.  

Ahora bien, ya aprendí que cuando toca tomar decisiones no se pueden tener amigos, consejeros ni médicos de los días. El premio, entiendo, que siempre será ese banco lejano adonde huir, en mi unidad, pobres ricos, vergüenza de tanto y tan poco; un sitio de perdón, extraño, en el más allá… con su ambiente de humildad, en parte por esa confianza de uno.

Los trabajos y los días nos traicionan a todos con las posibilidades, lo matan todo, hasta la realidad suficiente… Creer, disociar

29
Nov

Utiliza la cabeza, sí

Me preguntó ¿que qué hacía?, ¿que si utilizaba la cabeza?

Que fueron compañeros de instituto, de esos de tantos extraños, y que ahora tenían pendiente un café, que le tocaba a él invitarla. Que notaba que a ella le interesaba, que le vino a decir con la mirada que le sacase de su rutina.

Todo, porque coincidieron, ella con su madre y su tía, y él con un amigo en un callejón, donde se miraron de lejos y cerca, parándose y llenándoseles el alma. Él le dio dos besos. Ahí quedó todo, casi veinticinco años después.

Que le costaba salir de ese callejón, sí, ¿qué si utilizaba la cabeza?

Otro civil atrapado en la guerra.

22
Nov

Nueva incertidumbre: accesibilidad

Caída, presunción, extrañezas… accesibilidad. ¿Y si no pudieras andar mañana?

Iba hacia el centro, a una reunión, confiado; faltaban minutos para el anochecer, justito de tiempo. Y esa mujer en silla de ruedas (eléctrica) se convirtió en protagonista, más que el black friday dichoso que llega a todos sitios. Ella iba con todas las de la ley, visible pero discreta, violenta y responsable.

Sus manos eran las de una mujer de mediana edad, con uñas pintadas en tono rojo oscuro que congeniaban con las pulseras de buen ver que realzaban el esculpido. Lo devastador era lo complicado y moderno: un marcador digital en verde primavera que rayaba lo que le quedaba de batería.

Dependiente, accionada el mando con su mano derecha sin honduras, perfecta en su desperfecto. No era de esas personas de capacidades diferentes. Lejos de estereotipos o excepciones, era de las que no podían ni pueden andar, de hecho, en realidad es cuando menos coja e incapacitada; minusválida, sí; a lo sumo discapacitada física en las lenguas soeces.

Ambos discurríamos por una calle en obras, donde el acerado y los pasos de peatones se arreglan y desarreglan, unas veces unos y luego otros. Circular por esas baldosas es todo un deporte de riesgo, pero ella iba muy bien, demasiado. De hecho, me igualó el paso en dos veces que la adelanté.

Dos veces en las que me pregunté si lo estaba haciendo bien en mi trabajo. Soy de los que, a tenor de la financiación, deben implantar la accesibilidad a los edificios donde se ejerce públicamente. Y uno no sabe hasta qué punto priorizar y condicionar todo el bienestar necesario. Entre arreglar baños, goteras, averías de calefacción, aires, sacar a flote los trastos viejos y dar la pertinente uniformidad a las instalaciones, se deben reordenar lo accesos para adecuarlos a todos, para todos, clientes y trabajadores. Son pocos los clientes que llegan incapacitados a ese efecto, se les viene dando respaldo domiciliario, y trabajadores somos los que somos y quedamos. Si bien, su presencia me trastocó todo mi quehacer, por correcta, normal y dispuesta esa mujercita.

Se me quedó la cara muy poco accesible. Mi casa tampoco es accesible; ni muchas calles. ¿Cómo casar tantos argumentos con el blanco de mis ojos, el negro de mis ojos, ceñidos, de hombre, y sus ojos de mujer contra todo? Mujer, de la que no atisbé pelvis, muslos, pies.

Tiene que ser duro que toda tu vida sea un otoño.

 

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