abril 2019

18
Abr

Esas otras ventanas, a horas que no son horas

Ella, que no era una más de la fraternidad de las diosas, soñaba con un caballero de chocolate. Él, de los de la tribu que por no tener no tenía ni palabras, jamás hubiera soñado con alguien que oliera como la hierbabuena.

Ambos eran la flor marchita de la vida, víctimas de su propia superioridad, por el miedo que les daba decirse la verdad. Uno, que bien podría haber sido Al Capone, más cuando uno no puede ni andar en calzoncillos en su propia casa, gritar en silencio los triunfos ni le salía; y la otra, por fatalista ni besos de sirena.

El top de las cinco mejores ciudades para vivir lo conocían: Zúrich, Vancouver, Múnich y Auckland. Estaban en una de la otras Vienas, extrañados y ausentes, con todo lo que quedaba de ellos y la ventana reuniéndolos.

Ella se casó tiempo atrás con un rico, él aún lloraba por todo aquello que nunca pudo contar a nadie, ni forzadamente en un hospedaje. Al otro lado la institutriz, con esa carta para entregar desde hacía treinta años más sus sonrisas forzadas. El cuarto pasajero ya podría ser un malhumorado dragón o no; ni con los ojos verdes.

11
Abr

De friegasuelos en un matadero a cirujana plástica

Las primaveras y las repentinas vueltas al invierno tienen eso, escasas propuestas económicas en los broncos cruces de reproches; pero sí, el amor es estadísticamente imposible.

Con quince hermanos, vincularse a ese mirador de los ruidos blancos, necesidad o no, la hizo descendiente sin culpa. Fueron ellas, todas las mujeres, las que en su imperialismo le obligaron a usar tirantes para corregir su postura, de los más contundentes y extraños; ni la dominación cultural más flexible, más eficaz y menos costosa.

Se enamoró de su hermano, gemelo, incesto que confesó al no tener otro perfume de amor. Fue expulsada, no de una, sino de varias casas y escuelas, incluso las que tenían formación religiosa.

Aprendió a tocar la guitarra, y a falta de gracia, virtud o engaño la vendió, con la anuencia y el beneplácito de habérsela robado a su profesor, otro galán, de los más guapos y varoniles, como todos, que la dejó preñada en una de las casas de huéspedes donde estuvo trabajando de interna.

Sonámbula, jamás nadie le puso una bandeja de agua a los pies de la cama. Sí, no hay nada más engañoso que un hecho evidente.

No obstante, en la dura vida moderna, mirando sin terminar de verlo todo y conteniendo sus propias carnes, dio solución a los problemas de su ayer, su hoy. ¡Ni los tonos pastel para estrenar la primavera, mimetizándose, o los instantes del universo cuales oportunidades, salvándole de aquellas mujeres y hombres imposibles que nunca le escucharon sus sueños! Vio la justicia secuestrada, y no, no fue un exceso de autocomplacencia. La encarecida petición se hizo realidad, ya no olería más a carne podrida. Pobre entre los pobres, creyó ver cómo unos pacientes se relajaban tocando prótesis mamarias.

 

3
Abr

Lo que nos hace ser lo que somos

Alguien tuvo la delicadeza de tomarnos por más listos de lo que somos, ¿o no?

Con tantas cosas conocidas y extrañas, resulta que para la vida a ratos tenemos la fragilidad de los justos, estanterías compartidas, intimidades improvisadas, la automatización de tareas sencillas y hasta la casa del preso, en fin, un mutismo que encierra pánicos, donde ni la alegría de la esperanza.

Sí, el mundo se olvidó de llorar; es lo que nos hace ser lo que somos. Sigo sin entender ¿qué la hace la madre de su hijo pariendo a su nieto?, más bien que lo publicite, pues una cosa es la ciencia y otra la intimidad de las personas, sobre todo de los niños y los más indefensos, o ¿por qué se manipulan objetos inanimados habiendo personas como si todo lo demás no fuera disfrute y eso sí?, ¡y no!, no soy un conservador radical, en absoluto. Pero me siento raro, desubicado; hoy, nuevamente, he tenido que esquivar una ganga financiera: me han llamado del banco ofreciéndome ser rico adquiriendo un producto de los suyos, ¡cuánta fortuna! La dificultad de ahogarse le he deseado prudentemente a la comercial de la entidad mientras la misma ni se extrañaba con su gracia salvadora: “Sí, debe decidir entre el decidido y el moderado”.

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