agosto 2020

27
Ago

El rincón de las cosas que faltan

A aquellas alturas, la condición de mis pacientes clandestinas cambiaba mucho. Las solía dejar a solas con la angustia durante al menos un par de horas; quizás toda la tarde. Me buscaba una excusa y me ausentaba. Era su momento, su realidad. Con el tiempo llegué a adivinar los gestos de cada cual.

Al volver, siempre se comportaban como si no hubiera llegado nadie, y no se apresuraban a despedirse, tal que nadie las esperase e incluso que ningún hijo suyo levantase por un momento la mirada buscándolas.

Poco a poco fui menguando las visitas, incluso las educadas en la fe católica. Me di cuenta que todas las actrices mentían. El sonido de sus risas hacía cosas en mi corazón, quisiera o no. Intenté disuadirme metiendo una vez a un violinista imposible en tal rincón un día, pero seguían ellas y sus gritos sordos; y de lo poco que conseguí es que saliera de mis adentros el dios de la ira. Quería tener de todo, pero no quería que todo se viera por miedo a perderlo. Me daba miedo llegar a tener algo más fuerte que yo y que pudiera esfumarse todo.

Ellas, de un modo u otro, presentaban la misma sintomatología: querían que alguien luchase por ellas, es lo que siempre habían querido. Confesarse con un extraño, por doctor que fuera, no les variaba el gesto de nostalgia cuando sonaba el timbre. Se les iluminaba la razón como si fuese a llegar alguien a buscarlas, cuando no era más que el sonido que anunciaba el fin de la terapia, mezclando las luces cálidas con las sombras frías.

Todas, igualmente, llegaron a tomarse el café ojeando de pasada el periódico, y hasta se ofrecieron para hacerme algún que otro recado. En principio fue la calma, a simple vista, lo que les podía. Por eso, y por mucho que pudieran doler sus consecuencias, el rincón de las cosas que faltan habría de quedarse solo algún día, inexorablemente.

Media docena de pasos bastaron para que me sintiera más viejo, más cansado que en cualquiera de los fracasos anteriores, porque nunca me había implicado tanto, porque nunca había hecho tan bien lo que me pedían, pero, sobre todo, porque tenía la certeza de que acababa de quemar el último cartucho.

No obstante, la miseria de la situación actual sobrepasa con mucho todo lo que hemos vivido hasta ahora. Aquel rincón no es más que un gueto o cárcel superpoblada, por desierto que esté, habiendo quienes sostienen los días y los trabajos cansados, rotos o muertos de dolor e indignados en el invierno más grande jamás visto. Una masacre de frío glaciar bajo la luz pálida y gris del alba de un verano que no fue, ni primavera tampoco, apostado ya el otoño en la cruel soledad de los soldados que caen irremediablemente en la batalla. Sí, aquel rincón de las cosas que faltan, por donde se mostraba un valor y una calma admirables, pudiera ser la playa más fea y angosta del mundo cuando la atmósfera se torna en irreal en tanta paz salvaje de no saber enfrentarse con medicina a la medicina y las personas.

La vida es breve, el arte es largo, la oportunidad fugaz,

la experiencia engañosa y el juicio difícil. (Hipócrates)

22
Ago

Booktrailer Es lenguaje del pasado

Es lenguaje del pasado

20
Ago

Pastillas de arena y playa, doctor

No le habría gustado que fuera así, porque estaba cansado de fracasos y el ceño se le fruncía, pero al salir a la terraza que se abría a la furiosa inmensidad del mar abierto, se sintió casi feliz, muy satisfecho de haber aceptado un riesgo infinitamente mayor, dejando la identidad alojada en el bolsillo de la americana y la relevancia de su trabajo casi que en la papelera de reciclaje del ordenador portátil y el último botón de la imperturbable camisa. Una ironía que desembocó en una sonrisa melancólica.

Cualquiera diría que lo estaba deseando.

15
Ago

Láminas de agua dura

Amor es comer con hambre y beber con sed, le dijo él a ella. ¡Sois unos putos locos en tu país!, tuvo como respuesta.

Y la tiró. Para al poco quedarse todo en calma, incluso el aleteo de las pestañas, cual lámina de agua dura.

La niña negra del autobús llegaría a no mucho tardar y se daría cuenta de que no eran solo cosas, lo que le decía su madre en las noches de luz sin sombra.

Por todo lo que no había llorado delante de ella, ese agua lo sumó todo: modales, instintos y centenares de libros marcados con los que templar el sufrimiento y la mirada deshabitada por cuando los labios ya no abrazasen.

PEBELTOR

 

13
Ago

Los barquitos de papel

-Yo dejaría el whisky para después -esbozó con aplomo-, igual le hará falta, ¿no? -fue incapaz de obviar el brillo burlón de esos ojos.

-Cuéntame, anda, ¿cómo van las cosas? De veras que me alegro de verte ¡eh!, y con tan buen aspecto -le tuteó en su conveniencia el gerifalte.

-Un café solo y una copa de coñac -pidió ese diplomático para su jefe, sin descomponer su gesto. Todo para el del chaleco beige y camisa azul de manga larga, siempre de manga larga.

-¿Tú la conoces?, a la del vestido cóctel blanco. ¿Está todo preparado? -preguntó el mandamás.

-No, pero conozco a una mujer que la odia -afirmó obediente el profesional, al tiempo que calculaba qué parte de la verdad podría contarle a su jefe.

-Por eso te quiero tanto mi buen amigo -se jactó el del chaleco a punto de iniciar otra vida, y los mismos días.

En teoría, su lugarteniente no debería haber conocido el contenido específico de las cajas. Ahora bien, jamás fue tan cierto.

El hombre que volvió para vivir allí se había convertido no ya en un ciudadano del mundo, políglota, cosmopolita y experimentado, sino también en un torpe protegido difícil de relacionar. Es más, al escoger las gafas, no se sabe por qué, descartó todas las monturas que le pudieran ocultar, desdiciendo a su séquito, frunciéndoles los labios en una involuntaria mueca de desagrado, como si se avergonzara de tener que ocultarse. 

Quienes no tenían ideología, con los semblantes serenos y los leves movimientos de cabeza acometían una confesión en apariencia delicada, acostumbrados a los murmullos, los silencios y las simplezas de las simpatías, oficiando como dignos funcionarios sin que ninguno de ellos llegase a experimentar la menor inquietud, ni por los mismísimos pechos y las abotonaduras bien apretadas de algunas.

En la dirección indicada, la ley y el dinero ayudaban a perfeccionarlo todo.

Por lo demás, las esquinas seguían haciendo esquina y sufriendo ese papel de perpetua sospecha, y los malos jugadores de ajedrez seguían sin saber cómo mover a los peones en las aperturas.

6
Ago

Aunque todavía haya quien no lo crea

En aquel momento en el que le estiró el brazo derecho sujetándola y llevándosela, ella no se acordó de lo que había dicho ni hecho horas antes. Sintió que aquel triunfo era suyo y que nadie podría quitárselo jamás, accediendo como si con ello fuese a morir joven lo más tarde posible.

Por su cara, asemejada a un cuadro expresionista más que a una cara de puro goce, más de uno adivinaría que era una de tantas del harén. El capitancillo ese, que no solía ceñirse a más verdad que la suya, difícilmente las recordaría el resto de su vida fuera del orden y mando. El más joven de la última hornada que había llegado a esa tesitura por ser hijo de alguien, tan exultante como su abuelo, compartiendo discretamente sus éxitos. Otro, que únicamente se dedicaba a pensar cómo teñirse su cielo diario con esos abriles. 

A ella, cuando se le pasasen los efectos de las drogas, todos sus antepasados volverían a mirarla desde el cielo en unos de esos ratos en los que los generales aprovechaban solo para dormir y ella/s para limpiar y ventilar sin molestar a nadie, hartas de rezar en la cama bien abiertas, bajo la tutela de la madame. ¡Qué menos que seguir siendo mujeres! Ni llorar podían por sí solas, las menos con la primavera metidas en una caja de música.

El boxeador dormía en el gimnasio. 

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