mayo 2024

30
May

Peaje de libertad

Lo que era en la vida tomar malas decisiones. Le cambió la mirada. Había que pertenecer a algo, tener algo. Perdió todo lo que podía perder. Y venía de leer tanto que notaba el sabor de la tinta en los dedos. Además, se estaba haciendo viejo, pues le interesaba más el vino que la camarera.

Esa ciudad no era un lugar para que una persona afrontase una larga separación. Las personas se necesitaban. Quizás por ello se le sentó retrepada sobre la mesa del despacho y descolgó el teléfono. Tiempo después, uno de los dos cadáveres apareció en su última guardia conservando restos de lencería francesa de seda y, tampoco le cuadró mucho.

La pista de un coche como ése no tenía que ser difícil de seguir. Al día siguiente hubo mucho madrugador en los juzgados. Más así lo acordó y firmó su señoría ilustrísima dando fe.

23
May

Estaciones de paso, y ventanas al ayer y al mañana

Nos vamos volviendo adictos a la soledad, a sentir paz, a no dar explicaciones, a tener nuestro espacio, a no dejar entrar en el corazón y en la piel a cualquiera, a ser autosuficientes y a brillar solos. A todo ese miedo y amor propio, a querer. El confort moral de seguir teniendo un bando o ninguno, antes o después de la incomodidad de tener que reconocerse, en definitiva. A no depender de otros. De ahí vagar por la España despoblada, deshabitada, vacía.  

En Suellacabras a los niños jamás se les enseñó a aburrirse. Fueron pastores, cabreros. Y ese rostro del pasado pervivía, además de los gatos negros, los días cortos y las noches largas, o viceversa, que el tiempo era cambiante, caluroso más bien. Seres que sabían cuidarse, mejor o peor.

¿Por qué ese pueblo soriano y no otro? Por huir. Por no ir todos los días al gimnasio, por hacerle kilómetros al coche, para salir en vacaciones, por aquello del aburrimiento de la tele, por salir de uno mismo y no darse a la obsesión de querer a alguien cuando la misma se fue, sin ni llegar a despedirse siquiera.

Cierto es que eso mismo sucedió en Suellacabras, hiciera o no calor. Donde habiendo gentes que salían a la plaza del pueblo con sus sillas o las del bar que hubo, otros afanaban los campos, animales y tierras, transitando esos caminos y parajes más que secundarios. Sí, gentes que no se saludaban, queriéndose. Pocas, porque eran pocos, pero sentidas.

Extrañeza y cercanía. Justo lo que se sentía en tal lugar al paso de los coches, invadiendo sus intimidades. Un pueblo, para el que hubo muchos pueblos y ninguno, circulando y apenas parando, tan solo a dejar esas instantáneas de verdad y desazón, de soledad, de parquedad, dolo y rabia. Esfuerzo y aspiración. Quizás, esperanza y malestar. Necesitando algo más que un sitio propio.

Un sitio adonde volver cuando no había nada mejor que hacer. Excusa y vida. Casas viejas con casas nuevas, unas y otras entrecruzadas por barrios efímeros, la maleza del campo y el ruido de las hojas de ribera si se tenía mejor suerte. Estaciones de paso y ventanas al ayer y al mañana.

Estancias donde a la ida y a la vuelta ya hubiera una ganancia, por ser parte de uno mismo. Costosa mujer indomable, mujer perdida, que no rostro del pasado. Pocas cosas fueron tan humanas como ella y ese viaje sin la misma a Suellacabras, pensando en que las guerras del mañana se lucharían en el mañana. Y no. Todos los generales fueron a la guerra sintiendo lo mismo: miedo, amor, vulnerabilidad, cabreo, inquietud. Una soledad mayúscula e inusitada.

El libro fue una gran jaula al aire libre para el autor. Arder y no quemarse. Darse cuenta de que había dejado entrar a alguien en su vida y que, tras varios años, mejores o peores, se le había marchado. A fin de cuentas, las mejores personas siempre llegaron sin buscarlas. Y los libros le eran eso: juegos de la eternidad. Cosas, no palabras. Vida e identidad.

La vida que conllevaba días de esos, en donde los recuerdos le invadían y necesitaba salir; mientras el corazón tuviera deseo y la imaginación conservase las ilusiones. Luego escribir le fue barro en los ojos, consciente de donde estaban los límites. Respetándola como a ese mes de octubre que nunca terminaría de irse del todo ni acabaría de quedarse para siempre. Un largo octubre, con su primavera y su verano; siéndole las emociones de lo más honestas, no teniendo en quién apoyarse.  

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21
May

Suellacabras: La luz del mundo donde la vida se doblegaba

El libro venía a ser un diálogo entre pueblos y culturas que no solían verse ni tratarse, para responder a la realidad de un mundo global desde una perspectiva que les permitiera mantener la singularidad y la independencia.

¿A quiénes? A Suellacabras y esos pueblos de extraordinarias y penosas vidas, donde apenas ya se podían comprar ultramarinos, revistas, caramelos, chicles y disfraces de indios y vaqueros.

Era mezclar la paja, el grano, el agua, su falta y el dinero y los momentos de tentación. El trabajo, los problemas de pareja, los guardiaciviles, las estaciones de autobuses y de tren, las experiencias y un pintor en algo americano. Pasar de beber cerveza a apurar el whisky con hielos a base de piedras de lujo teniendo de vecino al mismísimo diablo.  

No se podía hacer chocolate con mierda, ni en esas Tierras Altas ni en otras. Lugares donde la vida tenía esos días, en donde los recuerdos les invadían.

La discreción era prácticamente la única norma que tenían. Pocas cosas eran tan humanas como ellos. El silencio les habitaba, estando en el lenguaje callándose. El lugar también era un espejo deformador de los propios vicios de la sociedad.

Con seres que formaban parte del imaginario colectivo, y de épocas no tan pasadas, como Eliseo, el preso y cabrero. Una voz cosmopolita que pertenecía a la familia humana, y se deleitaba al cruzar las necesarias fronteras; lo mismito que su hermano, con sentido de pertenencia y añoranza. Llenos de hondura y de conciencia, con una mirada más allá de su pueblo, defendiendo todo aquello en lo que creían: ni más ni menos que lo que eran. Y lo que era más difícil e infrecuente, saber vivir con la iglesia sin que las edades lo deformasen todo.

El humo de incendios lejanos y muertes dejaban un vacío insustituible. Para otros era el cielo, o lo que no tenía nombre. Un mundo lleno de violencia, desigualdades y decepciones. Macabros crímenes, exacerbadas pasiones, sombríos misterios. Imágenes situacionales donde confluían lo viejo y lo nuevo, lo alto y lo bajo, lo normal y lo anormal. Donde ver águilas, donde cultivar el amor, y donde la enfermedad les arrebataba los sueños.

Gentes resistentes de lo imposible y soñadoras de lo ingenuo, como tener otro frontón, habiendo uno y no usándolo nadie. Otro anillo de silencio más, como la pista de pádel y demás servicios municipales donde nadie había. Personas que medían las palabras y tendían la mano, cual barca que esperaba en la costa la subida de la marea un día tras otro, sin nadie.

Clarividentes infancias, y melancolías donde el ser no era una fábula, y nadie podría decir que no existían los de ese pueblo de mierda. Hombres constantes, fieles a sí mismos; y la luz del mundo donde la vida se doblegaba. Pues el ruido se hacía cada vez más intenso a las órdenes del viento.

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Para otros era el cielo,

o lo que no tenía nombre.

16
May

Dos sillas, una mesa, nadie

Guardado quedaba lo que fueron el uno para el otro, más allá de lo visible de dos sillas, una mesa y todo cuanto movió el amor y empujó el primer café al que ella le invitó.

Antes de abrir los ojos a la vida, sus retinas ya se estimularon buscándose a la luz en plena oscuridad del café, reconociéndose sin saber si vivirían mucho o poco juntos.

Nadie quedaba, o todo, de aquella primera vez. Y eso que no pudieron haber nacido en una época mejor que esa, en la que todo de antemano estuvo perdido. Si bien, para su guerra sólo servían sus armas, y para su lucha sólo servía su paz. Un puente de hierro se había forjado. Y ninguno volvería a caer en el error de tal amargor. Ninguno buscó el perdón social. Eso también era de cobardes, cual auge y caída.

Ella siempre creyó saber más del amor que nadie, y se centró en sus propios intereses.

Al final resultó una gran experiencia, sobre todo por trabajar el amor con alguien que trató de ser honesto, aunque ser completamente honesto fuese una tarea muy difícil para cualquiera. Lo que se vendía era el resultado de esa experiencia, ese momento mágico. A veces, claro, no había magia ninguna. Y todo quedaba en eso: dos sillas, una mesa, nadie. Ni un mísero café de despedida, cuando se temía más a los vivos que a los muertos. 

9
May

Pasar más tiempo juntos

Después de malgastar su tiempo en quehaceres despreciables se volvieron a encontrar. Nunca les gustaron las armas, pareciéndoles vulgares. Su trabajo consistió en recordar, y sacaron partido a lo que siempre supieron hacer.

Podían sentir una compasión tremenda y, al mismo tiempo, ser despiadados. Ahora bien, optaron por bordear los límites de la verdad en esa tierra de nadie. Ella se conformó con estar enterada, que no saber. Él, con la utilidad de todo ese triste dolor. Cada cual sus días. Uno los pares, la otra los impares.

Y como si nada le cogió la mano y mil ojos escondió la noche en la víspera de casi todo. Viéndose y teniéndose de veras. Habiendo llegado después de ser invisibles, y ser invisible era casi peor que estar enfermo.

El silencio de la vivienda y tener que descifrar el desconcierto con palabras les fue complejo en ese cruce de caminos. Si bien, su trabajo consistió en recordar, y sacaron partido a lo que siempre supieron hacer. En un santiamén se pusieron al día y establecieron nuevas metas sin tener que llegar a lo más trágico e irresoluble.

Cosas como hacer un bizcocho, andar juntos, zurcir unos calcetines, planear un viajecito, comprar unos regalos, aprovechar las rebajas, o preguntarse por la salud surgieron sin más. Fue una contrición extraña en la que ninguno tentó la gravedad ni dijo mamarrachadas o puso condiciones, surgió. Sí, surgió. Como la primera vez que vio un muerto a los nueve años, u olió la colonia de jazmín de su abuela, quien tuvo la mala ocurrencia de morirse. Aquella vez los nervios tampoco estuvieron tan encendidos, solo se pasó de la niñez a otros asuntos.

Y en ese afán se dieron a vivir y se quisieron querer: pasando tiempo juntos. Los días pares él, los días impares ella. Cierto es que en verdad era al revés, porque cuando a ese le correspondía llevar el peso de la relación miraba más por ella que por él, y si por cansado que estuviera había que salir a dar un paseo, lo hacía. Cosa que ella agradecía, tirando de su parte y siempre dándole facilidades. En cuanto a los tonos nada de nada, el vaso siempre estuvo medio lleno, jamás medio vacío. 

Una pena y toda una desgracia que sus días buenos y malos se hubieran reducido a cuatro, dos para ella y dos para él, empatando con la muerte el amor. Amor que estuvo desnutrido un breve lapso de tiempo de veinte años, recuperado en cuatro días con creces.

Él hubiera dado su vida por ella, no obstante, le tocó llevar la pena. Culpable de no haber sabido quererla a tiempo. Y ella por fin tuvo su ansiado viaje, atestiguando la inocencia de alguien y pasando más tiempo juntos desde ese embarcadero donde esperar y tomar la mano.

2
May

La habitación cerrada

Si no millones, muchos miles de habitaciones cerradas había como esas. Vivían con ese rencor, más bien dolor. Se llegaron a sentir nada. Sin apenas defensa y casi que siendo la comida de otro, viendo el rostro de sus torturadoras día sí día también.

Sus mentes obedecían sin defenderse, bajo la intemperie del aire de las ventanas cuando se podía. Las cuidadoras eran ciegas que podían ver, pero que no miraban más allá. Poco más que un ardid populista, aislándolas y teniéndolas recogidas en días señalados. Gente carcomida por el veneno con lapidarias frases que mejor no citar. Todas, desarraigadas, y no creyendo en ese tipo de amor, presas igualmente.  

Por no haber no había ni una buena música de radio que les gustase, o palabras de esperanza y amistad. Les daban pastillas. Bebían lo normal: agua. Y hasta con eso algunas veían perros verdes. La costura, en tiempos, fueron su libro de las ilusiones. Solas en una especie de celda en su propio cuerpo, como que culpadas de veintiocho delitos cada una.

Tocar sus pies y calzarlas, comenzar a mirarlas desde abajo sin mirarles los ojos, vestirlas y ellas dejarse, apoyando sus manos en los hombros quienes podían, era el reto diario y entretenimiento para las que fueron sombras de la crianza, habiendo pasado de la suntuosidad de palacios en algunos casos a la miseria de convivir como presidiarias.

Todas, encerradas y castigadas por hacer ese bien, habiendo llegado a la edad a la que una persona se consideraba vieja. Locas de atar. Hijas repudiadas y madres parturientas. 

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