De cuando la vida es tan incierta, sí, incierta, las oportunidades deben aprovecharse en el momento que se presentan. Eso se decía quien no quería que le olvidasen, o sí, mano a mano en su perspectiva, necesitando tiempo, tiempos, ya ni creyendo en nada global e integral, obligado a aceptar su condena. Modernidades que no se podían rayar con tiza en pared alguna.

La cárcel carecía hasta de esas anestesias, miradas, unidades y latidos varios, convivencias de pobres ricos. Su ciencia, su negocio, por extraño que fuera o fuese, era el silencio como tal. Otra dieta de poder. Algo que tampoco se podía escribir ni rayar para discernir las nadas y los todos.

A falta de ello, dedos, dedos y más dedos: índices, pulgares, corazones y otros que sabían de más, silenciados e integrados; de lo poco o mucho que le quedaba al prisionero, preso. Y esa idea que se le dejaba caer: otra de sus suertes. Todavía le quedaba media hora para perder la cabeza en la abrupta piel de los barrotes, allá, en el fondo de la mirada… y la memoria del agua, claro, que era lo único gratis.

 

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