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7
Dic

Newsletter de Diciembre de 2018

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1
Nov

Opinión de los jefes

“Es normal tener miedo si antes no te supieron cuidar, pero ya te digo, la idea preconcebida y la realidad coinciden: hay que respetarse mutuamente. Yo no tengo en quién pensar. Los grandes momentos no vienen de grandes oportunidades; alguien consciente de lo que es se deja de súplicas. Sé tanto de ti que has perdido mi interés. Dan ganas de quemarte cabrón, ¿no sé cómo no lo hago?”

Todo eso hube de escuchar, porque no cuadraban los presupuestos y no íbamos al día. -La caldera no tira bien por tu culpa- decía con superioridad -¡ni los balances!- apuntaba en su no parar, -¡me ocupas mucho tiempo!- anunciaba. Me costó asimilarlo, tenía muy metido eso tan suyo del -no podemos llorar por alguien que no quiso estar aquí-; hasta hice bueno el cuento de Alicia en el País de las Maravillas y como que caí intencionadamente madriguera abajo a cierta parte, donde las leyes de la lógica no tenían aplicación. Por un tiempo me valió, por así decirlo. Muchas caras conocidas.

Pero no, no todo lo que siempre quise estaba al otro lado del miedo. Con ojos lastimeros recordé su último aviso -no querrás estar cerca de mí cuando pierda la paciencia- y pensé que solo una persona de la más tosca ignorancia podría formar parte de esa empresa. Me fui. Acostumbrarme hubiera sido otra forma de morir. ¡Y hacía calor joder!

Hoy día, a pesar de que haya gente que diga que ´el respeto se gana, no se impone´ hay que dejarse de precisiones sobre la incerteza y arremangarse, fundamentalmente para dominar tu propia sensibilidad. Con ello puedes llegar donde quieras. Ahora solo trabajo unos pocos días al año. Halloween es uno. Más bien, el de las postrimerías, esa mañana, sobre todo, cuando todo se arregla sobre la marcha.

Cuando la adicción a lo instantáneo y tantas tendencias matan lo más cercano, por bromista que seas sorprendiendo, la gente sufre, y ese jolgorio de la noche de los muertos pasa factura. Los insultos, en general son difíciles de traducir. Con eso del ¿truco o trato?, la gente se lo toma todo muy a pecho.

-¡Cretino!, ¡Hijo de puta!, ¡Idiota!- de todo se oye. Nada es extraño, nada. No quiero confirmar más términos, pero… ufff lo que sobrevuela. Las calabazas repeladas esas bien que lo saben. Lo aseguro.

Así que yo me como ese otro hueso de todos los santos, el de poner paz en la discordia, escucho esas partidas de ajedrez sin reyes, y los rezos también, porque bien temprano muchas personas aún tiemblan de miedo, o sufren de remordimientos. El primer año debí pescar los clientes con caña, dejándome ver; ya no. Costó aprender a dominar el espacio y el tiempo con el mayor respaldo y consenso de los factores ambientales y todos esos estímulos que nos hacen estar más despiertos, hasta en los pensamientos profundos. Ahora vienen, vienen solos. Algunas parece que tosen con sosiego, ellos se excusan: ´no me culpe de lo que no he hecho´ haciendo especial hincapié a que era todo broma. En cualquier caso, Dios no pega con bastón. Yo siempre trato a todos de usted, y por igual, en este universo de la comunicación. Nunca me gustó que mi jefe me tutease y me demonizase a todas, me costaba que discerniese entre tomarnos un café juntos y conseguir los objetivos que a todos nos marcan. Así que trato por igual a los vivos y a los muertos. Esto último Hacienda no lo entiende, pero ¿quién entiende a Hacienda?, me han vuelto a cambiar el formulario de la declaración trimestral, ¡hijos de puta!, ¡no hay Dios que los entienda!

21
Oct

Relatos para vencedores y vencidos

La gente perversa solo tiene cómplices, sí. El miedo, a veces, hace que nos perdamos cosas maravillosas, como esos diez centímetros de silencio que decía Benedetti, entre manos y más manos, tesoros escondidos, sin duda. Pero, en el espacio vacío no hay sonido, sí luz y vibración con la que preguntarse ¿qué habrá sido de esos personajes luminosos o de tensión propia?, todos, palabras y sangre, enigmas hasta para sus propias identidades.

En mis relatos se hallan patrones y todas esas anomalías, propias de todos los reinos. Son enmascaramientos, alteraciones, reflejos, riesgos y preguntas… muchas. En ellos ocurre lo mismo que cuando la lava se desmorona, filtra y junta con el hielo: se hace más poderosa. Saca su músculo, su talento, su tremendismo. Lo que es, es, siendo.

Es otro modo de medir esos ruidos de impacto, traumas sociales tan cotidianos y corrupción si acaso, que tan reconocibles se nos hacen cuando nos paramos a datar y llegar a esos sonidos continuos que nos son integradores, aunque sea a destiempo, solo con su rutina, su amor, su trabajo o lo que sea. Momentos en los que se acaban las lealtades y los que fueron amigos quizás ya no lo sigan siendo. Dudosos pasados donde se arrastra la larga sospecha de falsedad, de exhibicionismo y los tiempos del después.

Relatos que son mucho más que el escritor que los narra, son titulares, evidencias sociales. Historias de fortuna y violencias, algaradas, cuentos que suenan a personajes surrealistas, almibarados o tremebundos por sus problemas; gentes que contestan fatalmente cuando se les acorrala, también mentirosos gentiles. En imágenes vendrían a ser los que desean unos pocos, que no siempre el deseo de quienes tienen que aguantarlos.

Todos los clichés, prejuicios y las calamidades se dotan de la veracidad más visceral, o de canciones para vivos y muertos cual oro y perspectivas. Si bien, quedan las dudas, las opiniones, porque para el lector esas canciones son muy suyas, y se asemejan y atormentan. No por miedo, sino por verdad, al corresponder a hechos.

Y sí, todo relato tiene su antes y su después: su vida. Están los placeres enormes de las rimas del desamor, como aquel Es lenguaje del pasado; comienzos, ya distanciados, que no son insufribles, ni mucho menos. Tampoco resulta difícil de comprender la fuerza motriz de lo que No tiene ningún sentido, que vendría a ser una referencia continua para evitar los ostracismos. Y para fugarse, cabe llegar a ser Fugitivos. Pero para relatos más que actuales los acontecidos en Deseos Humanos, a falta de La Francotiradora de su tía, una que jamás caducará, como el agua, que gusta verla, legendaria, normal en su desamparo… a la que le queda bien poquito.

Relatos, todos, al fin y al cabo, para después de la alegría, de la plenitud, del amor y esa emoción de la posibilidad que a todos nos gusta; mayúsculas o minúsculas con sus muchas semejanzas. Hay diez centímetros de silencio entre tus manos y mis manos, una frontera de palabras no dichas, entre tus labios y mis labios… y algo que brilla así de triste entre tus ojos y mis ojos.

 

 

18
Oct

Le llaman Judas… ¡qué silencioso!

Hizo su trabajo, pero no gustó a algunos. Concretamente a dos, que, además, creía que eran de los buenos amigos, pero se lo llevaron muy por lo personal, o eso pareciera, dadas sus conductas y su frágil moral. Gran parte de lo que no hizo le concedió el privilegio de ser acreedor del elogio o de la censura.  

Lo que él no quiere es que la intranquilidad le haga perder la perspectiva. No. Él mismo se ha preguntado varias veces si ha sido un hipócrita o no, como acusado que parece, tanto en lo personal como en lo laboral. Mira su propia suerte, y hasta se pregunta ¿cómo pudo ser tan imbécil?, ¿o si se dejó engañar por ese mar de hierba? ese inmenso reino de la amistad.

Pero ya nada es igual, porque el teatro es la fotografía del alma, y aquí no hay teatro, por eso todo duele más… les viene a ser un traidor, un hombre de paja. Ni mirarle a los ojos ha podido su amigo en tal extrañeza, pero le acusan; y eso que ha sido el único que les defendió. Con ella un apenas –buenos días– que resonó a sucio, del peor tabaco.

Ya todo serán vísperas, juicio. Así es la condición humana y sus artimañas, que quema, falsea, cuando no nos gusta, faltando a todas las glorias.

¡San Judas será y es ya!, el que traicionó su sanedrín… jamás lo hubiera pensado de ellos dos, para estar otra vez donde empezaron –extraños-, sonando raro las decencias y obligaciones en tanta jaula.  

De haber sido mujer, como Gilda, esa Rita Hayworth de 1946 (otra Judas), hubiera sacado las uñas, temiendo sufrir de amnesia o algo parecido, haciendo frente a esos arrebatos de la fragilidad del bien, para no vivir en el vacío, porque necesitaría una razón para tantos pecados: ¡Con qué felicidad se echan fuera las emociones y se pone la gente a la defensiva!”. O el Glenn Ford de la misma: Por amor de Dios cada cosa a su tiempo”.

En fin, que ese Judas tendrá que ser un aventurero, como decía Gilda (Rita), con su amado mío (“yo podría ayudarte a recuperar esa práctica”), porque precisa de alguien verdadero a quien darle las buenas noches y que no haya más máscaras, dado que el odio (es casi odio) es una emoción muy intensa, y África queda lejos, o América, así como que no se pueden suprimir las emociones o cerrar una ventana sin más. ¡Pero basta ya de antifaces!

Sí, todo problema para alguien, es cualquier cosa, menos insólito. Sí, las emociones nublan el cerebro. Amor, toda una pluralidad de bienes y la vulnerabilidad de la vida humana ante la fortuna y la naturaleza de la amistad.

Qué silencioso es que no haya absolutamente nadie, ni esas buenas noches”.

Las cosas malas terminan en soledad hija mía”, un proceso natural difícil de detener (de otro grande entre los grandes, que firmaría cualquier idealista). Veredictos que no deciden nada en el día a día, luego Judas, le llaman Judas, como que desconocidos, siendo no más que un hombre solo al que no le gustan las miradas de derrota.  

27
Sep

Y lejos de eso… lugares como Florencia

 Sitios que bien podrían ser el faro del fin del mundo, lugares donde uno se aleja de las reglas del tiempo y atiende a otras lealtades que huelen a sencillez y a humanidad, ante lo insólito de la situación… porque por más sonajeros, encierros, herraduras, alarmas, turistas y candiles que nos pongamos o con los que nos crucemos, el lugar es como para pegarse un tiro.

Ese mundo latente se asoma sin engendros desde la Roma, pasando por el Renacimiento hasta las edades modernas, desde luego con evidentes aciertos. Es, por tanto, una realidad discreta, oculta, lista y desvelada que da que pensar, no solo ver. Ahora, como entonces, no sé si podríamos crear así de bien. ¿Acaso es que no nos impregnan tanto las efusiones carnales?…

Merodeo, visito, engarzo situaciones, me ajetreo en según qué circunstancias y salen esos pulsos profundos, bien logrados y mejor definidos. La fuerza irrefrenable te lleva a querer verlo todo sistemáticamente… Y lo del silencio… lo del silencio es igualmente cierto: en este lugar existe una canción para los vivos y otra para los muertos. Quizás sea lo más propio del lugar, y lo que infunde más respeto, desamparo y abandono.

La próxima vez tengo que venir acompañado, tanto matiz, tanta riqueza, te deja solo y te otorga una personalidad rara, muy marcada: maquiavélica y florentina; supongo que con ese hacer bondadoso del compartir afectos y fraternidad, todos estos cánones que otros idearon calan mejor al alzar los ojos ante la inmensidad, una tras otra, provocando ese vacío que pide a gritos.

Sin duda, seguiré abusando de este lugar privilegiado y dinástico aunque lo vea todo del revés, pues los fantasmas a uno siempre le persiguen por aquello del trágico realismo. De ahí que me sienta un oso y no un niño, pero un oso bueno, al menos… con un pie en el paraíso. ¿Cuántos habrá como este me pregunto? como parte de todo ese extrañamiento, plagado de todo ese sentido del tiempo que atenaza y turba como si fuera contando nubes y más nubes, sumido en laberínticos paseos bajo la realidad, la alucinación y el sueño.

Porque lo de soñar, sigue siendo mi epidemia y mi albor. Quizás ella esté aquí, lo mismo es que un día vino y ya nunca llegó a recuperarse completamente, quedando en tal apogeo… Aún es de día, me creo, y miro de soslayo mi musa. En casa, la sombra del ciprés es alargada, el campanario siempre suena igual. Viento sur hace, el perfecto para un viajero emigrante, las basílicas y galerías. Y hojas rojas veo por esos mundos. ¡Hasta los árboles son refugio! Dan norte, a todos los sueños y cuerpos cincelados.

Ufff… apenas unos días que llevo, y ya lo siento como un año en mis vidas. ¡Qué guerras disputaban nuestros antepasados! Yo querría ser uno de esos príncipes destronados.

El mundo que agoniza“, dicen los que no tienen madera de héroe como los de antaño, o los banqueros que no saben gestionar todos los parabienes. ¡Anda que no estamos despersonalizados! amorfos y sumisos. ¡Cuánta estrechez, abandono y miseria! Y qué bonito es esto, todavía me siento como un niño, muy lejos aún del nunca o nada, del todo o siempre, amigo de su propio oso. ¡Será Florencia!, ¡será el renacer!

A la metrópolis le sobra toda la masificación para poder abordar de mejor modo los reductos de integridad y autenticidad mágicamente, que los hay, tantos como muertes y resurrecciones, censuras y aquellos sentidos del progreso tan dignos como vapuleados. Tal vez sea el tráfico, las intransigencias o los pensamientos negativos lo que a uno le hace preferir salir escopeteado, que albergar más y más. O que no sé musitar más de lo razonable, expresarme, cambiar mi mente y mi vida, entumecido y necesitado de dosis de fantasías. Los monstruos y los fantasmas son reales: viven dentro de nosotros por aquí, y a veces ellos ganan. Sí, y los creyentes con una mano rezan y con la otra pecan. Primero las sonrisas, luego las mentiras, por último los trompicones. He matado a la mayoría de los malos, también a alguno de los buenos. Estorban. Sabía que iba a ser laborioso.

¿O será el reflejo de lo que uno quiere y no puede? No soy un santo inocente, ni los que aquí perecieron, y crecieron. Hay besos que se dan con la mirada, otros de memoria.

¿Quién sabe si tendré una gripe incontrolable entre tanta belleza y me quede? Florencia es la epidemia de la primavera al albor del otoño: duele todo, gusta todo. Lo mismo hasta lloro de dolor al intentar huir: parece imposible volver atrás. Necesitaría volverme de hielo, imaginar e idealizar la rutina diaria.

20
Sep

Imagina que morirás mañana

Hay estilos de vida que no aprobaríamos. Estilos que no hemos ni probado a llevar por cercanos o extraños. Estilos que nos son discordantes, repugnantes, que depredan nuestro sentido común. Y estilos, que, cuanto más los vemos, más nos gustan. De esos en los que la experiencia de los sentidos te dicta, si necesitas un corazón o te morirás.

¿Estás satisfecho con lo que has hecho con tu vida? Imagina que morirás mañana

No, si la jueza llevará razón, encima: en una ciudad pequeña, de cada dos personas, una te odia y otra te quiere… Pufff. Aquello que fuimos, corazones de sapo, si acaso. 

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